Ante la nueva farsa electoral del 26-J: ¡Boicot!


Toda la maquinaria institucional, política y mediática de la dictadura de la burguesía está de nuevo perfectamente engrasada y preparada para recibir otra democrática dosis de farsa electoral; las urnas se preparan como las vías intravenosas de un paciente alicaído, y las papeletas representan aquí el papel del suero que, así lo creen realmente, purifica la sangre de las formaciones sociales capitalistas. La clase dominante convoca una vez más a propios y a extraños —a burgueses y a proletarios— a concurrir con ánimo festivo a los que, esta vez sí —según los representantes políticos de voluntad servicial y diligente—, serán los definitivos comicios del cambio.

Pero tantos cambios —el sensato, el real, el que une, el único posible, etc.— han sido propuestos y defendidos en los últimos tiempos que la política burguesa española está al borde de convertirse en una reducción al absurdo de sí misma. Y es que a pesar del siempre voluptuoso despliegue de medios que hacen los explotadores en cada fiesta democrática, en cada jolgorio electorero, no podemos dejar de percibir en esta ocasión unos ánimos de perfil bajo entre nuestros enemigos de clase, casi como si ellos mismos estuvieran efectivamente hastiados —y temieran hastiar a los desposeídos— de los primitivos rituales de que su clase se ha dotado para la gestión de un mundo que hace mucho dejó de necesitarles. Pues, en realidad, como se ha visto durante los últimos meses de inestabilidad e indecisión política, el Estado capitalista español es —y todos los demás son— una maquinaria lo suficientemente autómata —tanto como el proceso mismo de producción de mercancías— como para funcionar en modo de piloto automático, con un gobierno en funciones y un rumbo inquebrantable: la extracción de plusvalor y el orden público, es decir, la gestión del trozo de pastel de explotación y opresión que corresponde a “nuestra” burguesía.

No obstante, dado que el plusvalor no sólo se extrae sino que también se distribuye entre fracciones burguesas a través del aparato estatal —pues la clase capitalista no es ni de lejos una clase homogénea en su composición interna, al margen de su comunidad esencial de intereses—, la ausencia de Gobierno y la atmósfera de profunda incertidumbre que reina en el actual proscenio de la política burguesa suponen un grave problema para todos los que, obsequiosos hasta la náusea, nos invitan a formar parte de su farsa el 26-J. Resulta meridianamente claro que en la presente coyuntura ninguna fracción de la burguesía que integra el Estado español ha sido capaz de hacerse con una hegemonía política otrora tan fácilmente conquistable gracias al sistema turnista, ampliamente denostado en nuestros días ante la emergencia de nuevas fuerzas políticas regeneradoras. Por el contrario, la comparecencia de estos nuevos partidos —que venían a intentar suturar la profunda crisis de representatividad abierta a partir del 15-M— ha devenido en una grave crisis política al no encontrar —aún— un encaje coherente, que satisfaga a los objetivamente interesados en la política burguesa, con respecto a los viejos pero todavía imprescindibles partidos que aseguraban sin sobresaltos la continuidad del régimen. Sea como fuere, para desgracia de nuestros explotadores, el atolladero en el que se encuentran no parece tener una fácil escapatoria. Cualquiera de las posibles salidas que se empiezan a esbozar sólo agravarían la presente crisis, por lo que este estado de bloqueo o parálisis parece la opción menos mala que nuestro enemigo ha encontrado, o al menos la forma más sencilla de ganar tiempo esperando a que algo —¡y la historia no es especialmente promisoria a este respecto!— les saque del lodazal que es esta nueva versión de la Crisis de la Restauración. Buena cuenta de ello da la situación del PSOE —al que siempre hemos identificado como el verdadero partido de Estado—, asomado con terror a la posibilidad nada desdeñable del sorpasso por parte de la socialdemocracia rediviva, encarnada en Podemos. El simple hecho de su existencia como magnitud política capaz de encuadrar —y reencuadrar— masas en el Estado burgués revela ya su función histórica como nueva socialdemocracia, como expresión de la patética política de las clases medias —aristocracia obrera y pequeña burguesía— temerosas de su inevitable proletarización. Pero indagar en un nivel más hondo nos permite vislumbrar las contradicciones que carcomen la actual configuración del Estado español: mientras el partido de Estado —el PSOE— se desangra electoralmente a ambos lados del espectro político concebible por la burguesía, los poderes que lo encumbraron a susodicha posición le empujan a pactar con Ciudadanos; por el contrario, su base social le impele a entenderse con Podemos. Así las cosas, hágase lo que se haga en materia de pactos de gobierno o investidura, el arreglo al que se llegue será, con toda seguridad, un parche temporal que terminará por desprenderse de la materia a la que pretendía remendar, demostrando que la crisis política del Estado español será, además de profunda, previsiblemente duradera. Pues, además o incluso antes de la problemática de la representatividad y los equilibrios entre fracciones burguesas, la cuestión nacional catalana sigue siendo, como ya lo fue en la primera Restauración, un vector esencial —si no el fundamental— de la mencionada crisis. Y tampoco aquí los respectivos representantes de cada fracción burguesa en liza parecen capaces de encontrar una salida sensata pues, a pesar de la mojigatería de la burguesía nacionalista catalana —que se ha demostrado insolvente, como era de prever, a la hora de ejecutar el mandato democrático que su nación emitió—, la cerrazón miope de la reacción española imposibilita cualquier avance que venga a desencallar una situación que, si bien puede dar determinados réditos electorales a partidos con poca visión de Estado, supone objetivamente un factor de inestabilidad que ningún capitalista español desearía prolongar. Pero el proletariado revolucionario ya compareció ante esta problemática reivindicando su inapelable voluntad internacionalista y su defensa inquebrantable y radical del derecho de autodeterminación[1]. Que pruebe ahora el oportunismo patrio a relegitimar la sujeción de Catalunya a España, pues quizá sea la única ofrenda que su miserable partido pueda ofrecer al capital financiero español para seducirlo... ¡antes de que nuestra clase les barra a unos y otros de la faz de la tierra!

Mientras tanto el grueso del espectro comunista sigue expectante el normal y tedioso curso de la democracia como un paciente escruta su televisor en la cama de un clínico: a ratos indignado con la nefasta oferta, poco seductora, que ve desfilar ante sus ojos cada cuatro años (aunque últimamente, ¡maldita sea la democracia burguesa!, con mayor frecuencia); en otras ocasiones encendido de rabia, espetando al televisor que él podría hacerlo mejor si le dejaran. El primer caso es el de las organizaciones revisionistas que no por no concurrir a las elecciones están menos presas de la lógica parlamentaria, de la que dependen en última instancia; el segundo, el de los partidos que se suman gustosos al circo electoral, como los siempre dispuestos PCPE o PTD, selecto club al que se ha sumado desde el 20-D, con toda desvergüenza, el PCOE, cuyo lema de campaña, al nivel de esta organización revisionista, es un irrisorio “el golpe al capitalismo donde más le duele”. ¡Olvidamos que las revoluciones proletarias se sucedieron a golpe de papeleta!

Sea como fuere, tomen la forma que tomen las miserias del mundo del capital y los despropósitos de los revisionistas —en total bancarrota por la irrupción de Podemos—, al margen de las determinaciones de la política burguesa y desde posiciones independientes, crece y se afianza el espacio ideológico —y cada vez más un espacio político también— de la Reconstitución. El conjunto de la vanguardia teórica (los sectores del proletariado que se interrogan de manera honesta por los requerimientos de la superación histórica del capitalismo) va comprobando cómo sólo el Movimiento por la Reconstitución articula coherentemente la cosmovisión marxista con un actuar político acorde a sus principios; cómo sólo la reconstitución ideológica del comunismo, a través del Balance del Ciclo de Octubre desarrollado en lucha de dos líneas, puede hacer seguir avanzando las posiciones del marxismo-leninismo entre nuestras masas; cómo esta reconstitución ideológica del comunismo, es decir, la hegemonización del comunismo revolucionario en el seno de la vanguardia teórica, puede posibilitar la reconstitución efectiva del Partido Comunista en tanto sujeto revolucionario, es decir, como fusión objetiva de vanguardia y masas y no como la unión intersubjetiva, tan voluntariosa como inútil, de activistas y abnegados comunistas; así, en definitiva,  los sectores avanzados del proletariado entienden cada vez mejor y en mayor número cómo sólo el Plan de Reconstitución que nuestro Movimiento enarbola, defiende y aplica abre un horizonte esperanzador para los oprimidos del mundo, señalando la necesidad de la Guerra Popular como continuación de la política proletaria por otros medios cuando la fase de preparación de la revolución (Reconstitución) ha cumplimentado sus objetivos estratégicos.

Así pues, sostenemos una vez más —y lo haremos cuantas sean necesarias— la consigna del boicot para la presente cita electoral y cuantas vengan en el futuro, al menos mientras transitemos por la fase de reconstitución ideológica, pues resulta inobjetable que la vanguardia marxista-leninista está lejos de poder utilizar los resortes parlamentarios como palanca para la articulación del movimiento revolucionario (cosa posible sólo en la etapa de conquista de la vanguardia práctica, es decir, de fusión de la vanguardia revolucionaria con los sectores más avanzados de las masas). Por lo tanto reivindicamos el boicot como la única consigna justa, desde el punto de vista del proletariado revolucionario, ante las elecciones del 26-J, y ponemos en valor su significado estratégico frente a la tibieza, ambigüedad y claudicación del conjunto de las fuerzas del revisionismo, siempre dispuestas a pasar por el aro del electoralismo y el parlamentarismo si la recompensa satisface sus acomodaticias mentes de burgués.



¡Ante la farsa electoral, boicot!

¡Ni un voto obrero en las urnas!

¡Por la reconstitución ideológica y política del comunismo!

¡Guerra popular hasta el Comunismo!