I. Introducción

“En Madrid la gente que se arremolinaba en la estación de tranvías de Atocha, podía oír el tiroteo proveniente de los barrios bajos en los suburbios de Usera y Carabanchel y podía ver sus destellos en el cielo. Victoria Román, una estudiante universitaria, vio que niños pequeños empezaban a arrastrar adoquines hasta el sitio donde hombres y mujeres erigían barricadas. Ella debía marcharse de la ciudad, pero ahora sentía que no podía hacerlo”.
“‘Me quedo’, le dije a la gente encargada de la evacuación que quería que acompañase al Levante a los niños que había estado cuidando. Les dije: ‘Nadie puede marcharse de Madrid en un momento como este’”.
“Las tropas de Franco habían alcanzado casi las afueras de la ciudad. Los cobradores de los tranvías empezaron a gritar: ‘Cinco céntimos al frente’, porque para entonces se podía tomar un tranvía a las líneas del frente. José Bardasano, un pintor y diseñador de afiches, vio un tranvía que partía lleno de barberos, que ni siquiera habían tenido tiempo de quitarse el delantal y aún llevaban peines en la mano”.[1]

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Durante el mes de julio de 1936, estallaron en la sociedad española poderosas fuerzas sociales, fuerzas que convulsionaron al mundo entero y que en esa época empezaban a empujar irreversiblemente al mundo hacia su mayor conflicto interimperialista.

El 18 de julio y días consecutivos, el Ejército de España con el General Francisco Franco, quien pronto emergería como líder indisputable se abalanzó a derrocar a la República, en ese momento en manos de una coalición de Frente Popular que había ganado las recientes elecciones parlamentarias. Con el respaldo de prácticamente toda la clase dominante de España, el apoyo activo de Italia y Alemania, y el consentimiento de Inglaterra, las fuerzas de Franco atacaron en ocho zonas militares estratégicas del país, con el propósito de converger rápidamente sobre la capital, Madrid. Pero las cosas no resultaron así. En cambio, este intento de imponer el fascismo motivó el levantamiento revolucionario más amplio y más profundo que estremeciera a Europa en todo el periodo previo a la II Guerra Mundial. En todas las regiones del país (con excepción de Navarra, la región más conservadora y atrasada socialmente), las masas inundaron las calles, se apoderaron de armas y formaron milicias, rodearon y se ganaron a muchas de las tropas de Franco, y repelieron el intento de la clase dominante de salvar el orden reaccionario que se venía desmoronando desde el comienzo de la década.

Las masas de obreros, pequeños campesinos y jornaleros, se revelaron de modo tal que desafiaron las fundaciones más básicas del dominio burgués. Un símbolo de esto fue la espontánea y supremamente popular rebelión contra la Iglesia Católica, uno de los principales portavoces de la clase dominante que quedó en el territorio controlado por la República, cuando los grandes capitalistas y terratenientes huyeron a la seguridad, detrás de las líneas de Franco. La Iglesia española era mucho más que un símbolo ya que poseía más del 15% de toda la superficie cultivable y grandes valores en capital bancario y otras empresas financieras. Como un legado del imperio colonial de España y un indicio de la continuación del parasitismo de su clase dominante, sus 35.000 curas, 20.000 monjes y frailes y 60.000 monjas de una población total de 24 millones, formaban una maquinaria política que era uno de los principales soportes de la clase dominante, especialmente en el campo.

El apoyo que le prestaba a Franco la jerarquía eclesiástica no era únicamente político, también abarcaba formas más directas. En Teruel, donde el ejército de Franco estaba asediado por las fuerzas de la República, el obispo dio su bendición a que se tomara de rehenes a las mujeres y los niños de la ciudad para garantizar la seguridad de los fascistas, al ser capturado se exigió que explicara sus acciones y él respondió: “Nadie se resigna fácilmente a la derrota”. Durante los primeros meses de la Guerra Civil, se le prendió candela a centenares de iglesias y muchedumbres risueñas bailaron sobre sus cenizas. Y no fueron sólo las secciones más explotadas del pueblo, las que más odiaban a la Iglesia, quienes aplaudieron la quema de las iglesias, también se alegraron muchos intelectuales (como por ejemplo, profesores hartos del control antieducacional que ejercía la Iglesia sobre la educación), aunque algunas secciones más acomodadas se horrorizaron.

Las fábricas y tierras de cultivo abandonadas por los capitalistas que huyeron a la seguridad del territorio controlado por Franco, fueron tomadas. Los sindicatos, los comités de fábrica, las cooperativas campesinas y las milicias, apresuradamente constituidas manejaban gran parte de los asuntos de la vida cotidiana, especialmente en Barcelona. Aquí, en la ciudad más industrializada de España, los visitantes de la “civilizada” Europa sentían que habían aterrizado en otro mundo: los cafés, las esquinas y tranvías, vibraban con el intenso debate político que se desarrollaba entre los obreros. La sensación de que estos obreros eran los que ahora estaban al mando era tan fuerte, que gente de todas las clases se vestía en ropas de trabajo. Hasta los financistas que quedaban empezaron a denominarse “trabajadores bancarios”.

Sólo en el Protectorado Español de Marruecos tuvieron éxito los generales en consolidar una fuerza fiable de mercenarios de la Legión Extranjera y tropas marroquíes (cuya participación no era inevitable, como ya hemos de ver). Aviones italianos y alemanes transportaron estas tropas desde Marruecos, por sobre el estrecho de Gibraltar, a las ciudades del sur de España, desde donde se precipitaron hacia Madrid.

Pero después de tres meses de avances en que los ejércitos nacionalistas de Franco se abrieron paso por entre la resistencia republicana y liberaron a muchas de las guarniciones asediadas, finalmente el 7 de noviembre, los pararon en seco en la afueras de Madrid. Allí obreros y otras secciones del pueblo, armados precipitadamente y organizados por sus partidos políticos y sindicatos, lucharon contra los bien equipados profesionales de Franco, atascándolos en una batalla que rabió de un edificio a otro y de un piso a otro de la Ciudad Universitaria y en las trincheras que atravesaban los suburbios occidentales de la ciudad. Al día siguiente, las primeras Brigadas Internacionales, formadas por voluntarios —incluyendo muchos revolucionarios— de todas partes del mundo para ayudar a la República, unieron sus fuerzas a los hombres y mujeres de las milicias republicanas y con éxito defendieron las líneas del frente. A partir de ese momento, España se soldó en dos partes, en dos regímenes opuestos luchando una guerra civil entre sí que duraría tres años. La organización del apoyo a la República y (pronto) la dirección de las fuerzas de la República en la Guerra Civil, pasó a ser la tarea principal de la Internacional Comunista (la Comintern) durante ese período.

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“Ahora la línea estaba diezmada, entre nosotros y los fascistas no había nada más que grupos desorganizados de hombres apaleados por la guerra … Vi a otro camarada del Ejército Republicano de Irlanda, Jack Cunningham, reuniendo un pequeño grupo, nos apresuramos y juntamos nuestras fuerzas … Detrás de nosotros, el grupo marchaba en silencio … Recordé un truco de los viejos tiempos cuando hacíamos manifestaciones prohibidas en Irlanda. Alcé la cabeza y grité: ‘¡Canten fuerte, hijos de su madre!’; primero trémulamente y después más poderosa, se elevó de nuestras filas la canción: La Internacional retumbó por el campo en ruinas.
“Seguimos marchado hacia el frente; algunos que iban en retirada se pararon asombrados, luego dieron media vuelta y se unieron a nosotros, vitorearon y la canción continuó. Miré hacia atrás, detrás del mar de puños en el aire ¡qué bola de zarrapastrosos! ‘Manuel, ¿cómo se dice forward en español?’ ‘¡Adelante!’ me grita. ‘¡Adelante!’ gritamos en media docena de acentos extranjeros …”.[2]

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La victoria de la fuerzas de Franco en marzo de 1939 marcó la conclusión no sólo de tres años de guerra civil, sino de hecho de una década de intensa y creciente lucha de clases por las masas españolas, especialmente el proletariado. La Guerra Civil, sin embargo, vio la extinción progresiva de este espíritu revolucionario. Cuando la fuerzas de Franco volvieron a atacar y finalmente capturaron a Madrid al fin de la guerra, el ejército profesional del que había llegado a depender la República, se desintegró bajo el derrotismo y la traición de sus propios generales. Las masas civiles, cuyo heroísmo armado había salvado antes la ciudad, ahora miraban en silencio. La década de lucha revolucionaria no había llevado ni a la revolución ni a avance alguno; en vez, como lo dice el dicho español, se agrió el vino. Después de todo este cúmulo de ricas experiencias, el proletariado español quedó sin comprensión ni organización revolucionaria. A pesar de las asombrosas hazañas de las masas en la guerra, la pura verdad es sencillamente que aun si la República hubiese encontrado el modo de derrotar militarmente a las fuerzas de Franco, de todos modos la guerra de conjunto hubiera resultado en un revés para el proletariado; muchísimo antes de la derrota militar, el liderato revolucionario —la Comintern y el Partido Comunista de España (PCE)— habían capitulado políticamente.

¿A qué se debió eso?

De fondo, radica en la concepción plenamente errada —y desastrosa— de la Comintern del tipo de coyuntura histórica hacia la cual se encaminaba el mundo en ese entonces. Como lo dice Bob Avakian en su Informe al Comité Central del PCR en 1979, en un pasaje que se aplica llamativamente a España.

“El quid es éste: es precisamente la llegada de las contradicciones a un punto decisivo a escala mundial —la aproximación de la resolución de la espiral principal, con la perspectiva inminente de una guerra mundial— lo que genera a la vez una gran probabilidad de que el polo socialista enfrente un ataque total de una o varias potencias imperialistas también genera, o apresura, las condiciones objetivas necesarias para la revolución en varios países, quizás inclusive en las potencias imperialistas mismas. Esto eleva a un nivel muy intensificado la contradicción entre defender al país socialista y ayudar a apoyar y acelerar la lucha revolucionaria en los otros países. Hasta ahora, ¿cómo han lidiado con esto los países socialistas y el movimiento comunista internacional?”
“No muy bien. Como sabemos, por lo general la tendencia predominante ha sido subordinar todo a la defensa del país socialista…”.[3]

En España, para ser directos, se sacrificaron las oportunidades de lograr grandes avances revolucionarios en ese país y a escala mundial por la defensa a nivel de Estado a Estado —de la Unión Soviética. La estrategia del liderato soviético requería una alianza con el bloque británico-francés contra Alemania. Era inadmisible permitir que cualquier cosa, inclusive la revolución, pusiera en peligro esa alianza, como indudablemente lo hubiera hecho una revolución respaldada por los soviéticos en España, el socio menor de Inglaterra. Además este análisis de la Comintern coincidió con las concepciones capitulacionistas que el PCE estaba desarrollando por su propia cuenta de que las masas en España y el Partido encaraban una situación demasiado difícil, particularmente después de la invasión de las potencias fascistas, y que su única esperanza era la intervención o una ayuda masiva de los imperialistas “democráticos”, Inglaterra y Francia.

Ya hace bastante que muchos revolucionarios por todo el mundo intuyen que ésta no fue una vía revolucionaria. Pero por otro lado, es irrefutable que la maniobra militar de la clase dominante de España contra las masas y la intervención de Italia y Alemania, crearon una situación difícil para el proletariado español; más aún, la crisis mundial estaba preñada de peligro para el Estado socialista. ¿Se podía haber seguido otra vía? Para ayudar a disipar el aura sombría y derrotista que envuelve toda la cuestión de las oportunidades de hacer revolución en tiempos de guerra interimperialista o de guerra inminente, hay que hacer no sólo un balance de la Guerra Civil española, sino llegar a una comprensión clara y correcta de la II Guerra Mundial.

Este artículo no es, de ninguna manera, un balance completo ni concluyente de la Guerra Civil española, ni aún menos un intento de responder a todos los interrogantes fundamentales sobre la naturaleza de la sociedad española y el camino que tiene que seguir la revolución proletaria allí. Más bien se trata de un análisis de la Guerra Civil española en el contexto de (y para ayudar a hacer) un balance más amplio de la coyuntura histórica que confrontaron los revolucionarios del mundo en torno a la II Guerra Mundial, y de la línea incorrecta que adoptó la Comintern sobre la naturaleza de esa coyuntura y la relación entre defender a la URSS y avanzar la revolución mundial. El movimiento comunista internacional no necesita ni una excusa más en favor de la Comintern; necesita el tipo de valoración franca que podemos hallar en la discusión entre Mao Tsetung y Kang Sheng sobre la experiencia española. En esta discusión, Kang Sheng dice (en el contexto de lo que es principalmente una larga charla de Mao y claramente expresando también el punto de vista de Mao):

“No se ocuparon de estos tres puntos: ejército, campo y Poder político. Se subordinaron completamente a las exigencias de la política exterior soviética, y no consiguieron nada en absoluto”.[4]

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“La escena le quedó grabada indeleblemente en la mente. Los derechistas, jubilosos, desbandados por el barrio obrero; los obreros no los atacaron, no les gritaban. Lo que jamás olvidaría José Vergara fue la expresión de odio y desesperanza en sus rostros. ‘Sabían que no podían hacer nada. Habían perdido la guerra’. ‘Era fácil decir’, pensaba Paulino García, estudiante y comisario comunista, ‘que se estaba perdiendo la guerra porque Alemania e Italia ayudaban a Franco e Inglaterra y Francia no ayudaban a la República. ¿Quién podía negar la importancia de eso? Pero no era la única respuesta. Teníamos que preguntarnos: qué podíamos hacer nosotros, qué oportunidades existían que no habíamos aprovechado, qué tareas no habíamos desempeñado...’”.[5]

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