VII. Línea Militar y Política

Dado que la principal forma de lucha de clases era la guerra civil misma, la línea militar del PCE y la Comintern concentró las cuestiones políticas.

Sería erróneo pensar que con una línea política correcta en acción, la victoria hubiera sido inevitable en la Guerra Civil española. Nuestro punto de vista es justamente el contrario: hay que analizar toda la guerra desde el punto de vista del avance o retroceso de la revolución proletaria mundial, cuyos intereses son más elevados que la obtención o pérdida del Poder en un país en particular. Pero también es cierto que el proletariado encaraba una situación relativamente favorable en España, que la línea del PCE y la Comintern no supo aprovechar.

La lucha militar en España se puede dividir, a grandes rasgos, en tres etapas. La primera se inicia con el conato de golpe de Estado de julio de 1936, continúa a través de los cataclismos revolucionarios de las semanas subsiguientes, y alcanza su culminación con las batallas de Madrid y sus alrededores entre noviembre de 1936 y marzo de 1937. Éste fue un período de avance y retroceso, en el que la ofensiva fascista dio lugar a una serie de insurrecciones populares, pero en el que de conjunto las fuerzas de Franco mantuvieron la iniciativa y continuaron ganando terrero, hasta la asombrosa victoria de Madrid en noviembre y los triunfos republicanos en las batallas de Jarama y posteriormente en la de Guadalajara, en las cuales Franco se vio forzado a concentrar, en forma progresivamente creciente, sus fuerzas en sus frustrados intentos por rodear la capital. Este período terminó en un empate, con la ocupación fascista del oeste y parte del norte de España.

La segunda etapa, el año de 1937, abarca una situación complicada. El PCE, después de Madrid, había ascendido al liderazgo político y militar y se había concentrado en conformar una fuerza armada regular y unificada. Las fuerzas de Franco lanzaron una ofensiva contra el norte, el cual se rindió en octubre. Al final del año, el Ejército Popular Republicano regular estaba listo para la acción, pero, al mismo tiempo, habían afluido hombres y material a la zona nacionalista de Franco. Entretanto, ya era claro que la ayuda occidental no era una perspectiva inmediata, y la ayuda soviética estaba limitada por varios factores. El resultado de todo esto fue que para cuando el ejército regular dirigido por el PCE estuvo consolidado, las fuerzas de Franco habían logrado una amplia ventaja técnica y estratégica.

En la última etapa, que se extiende desde diciembre de 1937 hasta el final de la guerra, el Ejército Popular Republicano libró, con gran coraje, una serie de batallas, en unas condiciones de desigualdad cada vez mayores. Hacia finales de 1938, las tropas de Franco aglutinaban a cerca de un millón de hombres; aunque en su mayoría eran reclutas, también incluían a 50.000 soldados portugueses, 50-80.000 voluntarios italianos, 135.000 marroquíes, y personal técnico alemán. A principios de 1938, los nacionalistas superaban a los republicanos, en tropas y armamentos, aproximadamente 2 a 1. A final del año, el ejército republicano estaba peleando virtualmente sin ningún apoyo aéreo o de artillería. Esta serie de batallas incluyó la ofensiva republicana que capturó temporalmente a Teruel (diciembre de 1938), el gran cruce del Ebro (julio 1938), la defensa de la provincia de Valencia (diciembre de 1938) y algunas otras batallas de menor importancia. Estas batallas pretendían mantener la línea de defensa contra Franco y demostrarle a los imperialistas que el ejército republicano aún estaba vivo y era capaz de dar batalla. En ningún momento hubo un plan estratégico para cambiar el balance de las fuerzas en preparación para una eventual contraofensiva estratégica. Las fuerzas republicanas gastaron esta etapa, y de hecho toda la guerra, quemando tiempo estratégicamente, en espera de ayuda de armamentos provenientes del extranjero.

La fragilidad de la posición estratégica de Franco en los primeros meses es evidente. En el norte, sus tropas estaban demasiado extendidas, reteniendo precariamente a Valladolid y Zaragoza. En Sevilla, la vieja base anarquista y del PCE, existía una vulnerable isla de control nacionalista. El principal cuerpo de las tropas franquistas, que tenía que atravesar el Estrecho de Gibraltar, quedaba expuesto al ataque en ese cuello de botella. Sin embargo, como ya vimos, la República se replegó a defender la capital, mientras las milicias eran devoradas pedazo a pedazo, en la misma forma en que la clase dominante había derrotado los levantamientos campesinos por cientos de años.

La crítica de Kang Sheng al PCE por “defender Madrid hasta el final”, es un tanto errónea y refleja en cierto modo la idea de que en España la revolución tenía que desarrollarse primero en el campo y luego rodear las ciudades. Esta forma de guerra prolongada, en que la revolución debe pasar por un largo período de defensiva estratégica antes de estar lo suficientemente fuerte como para entrar a la ofensiva, fue necesaria en China, pero no en España donde el desarrollo de los acontecimientos fue diferente. Las fuerzas populares controlaron Madrid desde el comienzo y, aunque el PCE y otros veían esto básicamente como necesario a su estrategia de lograr ayuda de Inglaterra y Francia, aun así había buenas razones políticas (y militares) para esforzarse por mantener el control de la capital. De hecho, el impacto político que la victoria de Madrid ejerció sobre las masas (tanto en España como internacionalmente) fue electrizante. Pero no se fue más allá de ello. Kang Sheng hizo una importante aseveración a este respecto: las fuerzas republicanas concentraron todas sus energías en la defensa de Madrid (sitiada por Franco) sin atreverse a enviar fuerzas a atacar a Franco en sus puntos débiles, de esta manera descuidando el principal propósito de la guerra, que, como dijera Mao, no es el preservarse uno mismo, sino el destruir al enemigo.

Lo que se necesitaba más que nada era la política revolucionaria de ataque. Cualquier concentración de fuerzas que amenazara las líneas de comunicación de Franco con los distantes territorios fascistas, hubiera tenido serias consecuencias. Un ataque a la cabeza de puente del enemigo en Algeciras era lo indicado a todas luces, como lo era la declaración de independencia de Marruecos.

La armada, en manos de marinos radicales que se habían amotinado, podía haber atascado el cuello de botella en el Estrecho, aislando a Franco de su retaguardia, y avanzar contra sus tropas en Algeciras. Pero tal maniobra, guerra revolucionaria en el Mediterráneo, hubiera enojado a los británicos, quienes consideraban el Mediterráneo como su “esfera de influencia”, y quizás hasta hubiera provocado un conflicto abierto con ellos, ya que los británicos mantenían barcos de guerra en el área para prevenir que algo así ocurriera. (De hecho, los barcos de guerra británicos se trasladaron al puerto de Barcelona durante los combates de mayo de 1937 allí, aparentemente listos a intervenir en caso de que los republicanos resultaran incapaces de controlar la situación.)

A medida que la guerra continuaba, la fuerza técnica de Franco se tornó verdaderamente formidable. Aun en los inicios, cuando las fuerzas fascistas estaban marcadamente rebasadas en número, éstas poseían un gran número de tanques y artillería de construcción bastante homogénea, y abastecida de municiones. Las tropas republicanas, que peleaban con armas de fabricación y origen de muy diversas fuentes, muy a menudo no conseguían las municiones correctas para sus armas —y con frecuencia éstas eran tan viejas que eran prácticamente inútiles. Posteriormente, los alemanes dotaron a Franco de armamento nuevo y sofisticado, como el más veloz avión de la guerra civil, el Messerschmidt, y la tan temida artillería de 88 milímetros. Los republicanos se empantanaban mucho por su inexperiencia, mientras que los fascistas podían usar su armamento de una forma mucho más coordinada y efectiva.

Pero, como afirma Mao, la inferioridad técnica siempre es una condición de las fuerzas revolucionarias. Al encarar este problema durante la guerra de China contra el Japón, Mao plantea una valoración muy diferente: “Las tropas enemigas, aunque fuertes (desde el punto de vista de ciertas cualidades y condiciones de su armamento y sus efectivos), numéricamente son débiles, mientras las nuestras, aunque débiles (igualmente, sólo desde el punto de vista de ciertas cualidades y condiciones de su armamento y sus efectivos), son numéricamente muy fuertes. Además, hay que tener en cuenta que el enemigo es una nación extranjera que invade nuestro país, en tanto que nosotros resistimos a su invasión en nuestro propio suelo”.[45]

De la misma forma, en España las fuerzas de Franco eran numéricamente muy pequeñas (casi hasta el final) tanto en relación con las fuerzas militares republicanas, como en relación con las masas: eran una fuerza represiva altamente aislada. Esto significaba que la línea franquista a menudo era desigual, irregular, defendida por patrullas que se desplazaban entre puntos fortificados, vulnerables a una embestida sorpresiva (como el Ejército Popular con frecuencia lo comprobó). A menudo, aunque un área podía estar “ocupada”, no había personal suficiente para resguardarla (aun después de las acostumbradas rondas de ejecuciones y terror). Por último, las fuerzas franquistas adolecían de un punto débil del cual no adolecían los imperialistas japoneses —aunque no eran un invasor foráneo, dependían de la fuerza de otras potencias, y este apoyo no era tan firme como la República y el PCE lo hicieron ver. A finales de 1937, aun después de la caída de Santander y del norte, la inesperada resistencia de los republicanos preocupaba seriamente al Ministro de Relaciones Exteriores italiano, Ciano, quien “temía que una ofensiva republicana derrotara totalmente al frente nacionalista. Decía en enero 14 [1938], ‘o damos el primer golpe, o nos desligamos con maña y quedamos contentos con inscribir en nuestras banderas las victorias de Málaga y Santander.’ ”[46]

La estrategia defensiva de los republicanos, sin embargo, no pudo aprovechar esta contradicción. Después los italianos decidieron, más que retirarse, aumentar su ayuda. Como consecuencia, los republicanos quedaron cada vez más atrapados en esta estrategia defensiva. Después de la caída del norte en 1937, la República combatía en líneas interiores, perdida la oportunidad por ahora de una estrategia ofensiva inmediata. Hombres y material entraron a raudales a la zona nacionalista, ensanchando en esta forma la brecha técnica. El Partido no desarrolló un movimiento político entre las masas de la retaguardia, reduciendo así la posibilidad de obtener fuerzas auxiliares de guerrilla y milicia.

Un ejemplo típico de operaciones militares en la guerra abarcaba un largo período de acumulación de fuerzas en ambos lados: el Ejército Popular lograba abrir una brecha en algún momento mediante sorpresa y puro arrojo y capturaba cierta cantidad de territorio. Entonces las fuerzas franquistas concentraban todas sus fuerzas disponibles en la zona invadida para forzar al Ejército Popular a retroceder, con un gran costo para ambos. Los republicanos peleaban encarnizadamente para retener este territorio pues su objetivo, después de todo, no era derrotar al ejército fascista sino impresionar a los imperialistas occidentales (o, en ocasiones, distraer una ofensiva enemiga mayor en otra parte). Después de tomar la iniciativa, los republicanos se la concedían al enemigo.

Pero como antes, el Partido no buscó cambiar la situación para encontrar formas de tomar la iniciativa. Como dice Mao, “En toda guerra, las partes beligerantes se disputan la iniciativa en un campo de batalla, en un teatro de operaciones, en una zona de guerra e incluso en el conjunto de la guerra, ya que la iniciativa significa la libertad de acción para un ejército. Todo ejército que, perdida su iniciativa, se ve forzado a la pasividad deja de ser libre y corre el peligro de ser derrotado o exterminado”.[47]

Al perder la iniciativa, el Ejército Popular fue a dar cuesta abajo a ese deslizadero.

¿Por qué, especialmente al comienzo de la guerra cuando tenían condiciones más favorables, el PCE y los republicanos no fueron capaces de aprovechar las contradicciones inherentes a las posiciones militares de Franco y aniquilar sus fuerzas? Muchos de los consejeros militares enviados por la Comintern para ayudar a la República, eran conscientes de la ineficacia de la línea militar republicana y estaban muy bien capacitados para poner en práctica otra, ya que habían ganado mucha experiencia y habilidad en guerra móvil y lucha de guerrillas en la guerra civil rusa y otras partes (incluyendo a China). Pero la estrategia militar servía a la línea política general y a las metas del PCE y la Comintern.

La discusión de una estrategia alternativa de guerra popular, sobrepasa los propósitos de este artículo. Pero ciertos elementos de tal estrategia son aparentes: la necesidad de menos rigidez en la retención de territorios y plazas fuertes, la necesidad de una política de concentración de tropas para lograr superioridad local en las operaciones, la necesidad de desintegrar las tropas enemigas, la necesidad de un movimiento político en la retaguardia, la necesidad de componentes guerrilleros y milicianos.

El Ejército Popular Republicano se adhirió rigurosamente a una estrategia militar convencional. En algunas situaciones, tales como la defensa de Madrid y el cruce del Ebro, el Ejército Popular no tuvo más alternativa que recurrir a algunos de los principios básicos de la guerra popular. Pero en su mayor parte, al estilo burgués convencional de la época, mantuvo un frente rígido y tendía a retener los fuertes territoriales a cualquier costo. Abandonó el uso de la agitación política, en el frente y en la retaguardia, para desintegrar las fuerzas enemigas. No contó con las masas para apoyo logístico, sino que se volvió casi totalmente dependiente de los sistemas convencionales de suministro. Quizás lo más revelador es que la guerra de guerrillas no formó parte de la estrategia republicana.

El ejército republicano, actuando en un territorio relativamente pequeño y bloqueado, necesitaba mantener en su poder cierta cantidad de terreno. Pero dentro de esto, había lugar para mucha más fluidez, incluyendo el uso de la retirada estratégica y el establecimiento de bases guerrilleras en la retaguardia enemiga, es decir, guerra de guerrillas. No es que la guerra de guerrillas hubiera debido ser la principal forma de combate —ni siquiera como forma secundaria fue este el “eslabón perdido” de la Guerra Civil española—, esto no hubiera solucionado todos los problemas. Pero la ausencia de guerra de guerrillas como parte de la estrategia republicana, pone especialmente de relieve algunos factores claves en la línea militar del PCE, así como en su línea sobre la revolución agraria.

La guerra de guerrillas tiene una larga historia en España. La palabra misma se deriva de las luchas populares contra los franceses a comienzos del Siglo XIX. Esto es en parte, porque el territorio español es muy favorable para ella; casi cualquier parte del país es accesible a partir de zonas montañosas. Además, ciertas condiciones de la Guerra Civil favorecían la lucha guerrillera. Franco tendía a desplegar sus tropas, numéricamente inferiores, en una cadena de puntos fortalecidos con grupos de tropas, dejando brechas muy débilmente protegidas entre tales puntos. Esto los hacía muy vulnerables a la infiltración. Sus tropas tendían a localizarse muy cerca de las carreteras y las cabeceras de largas líneas de comunicación, haciéndolas muy susceptibles al ataque y hostigamiento en la retaguardia.

En Extremadura hubo una lucha de guerrillas espontánea y a gran escala. Pero la organización sistemática de combate de guerrillas se limitó a operaciones tácticas de diversión, como soporte a acciones en las líneas del frente. Es difícil encontrar algún comentario que abogue por esta política. Stalin, Molotov y Voroshilov sugirieron específicamente el empleo de la guerra de guerrillas como un (no el) componente estratégico de la guerra, en su carta a Largo Caballero, citada anteriormente. Aunque no está totalmente claro qué tanto la falla se debió al PCE, o qué tanto al seguidismo del PCE a fuerzas republicanas aún más retrógradas, hubo un importante obstáculo al empleo exitoso de la guerra de guerrillas. La guerra de guerrillas está ligada al principio revolucionario de armar a las masas —debe apoyarse en el papel consciente, activo, de un gran número de gente. Sea que las unidades estén compuestas por guerrilleros “de medio tiempo” o por guerrilleros profesionales, esta forma de combate no puede ser generalizada ni consistente si no está fundamentada en un movimiento político. Pero como lo expresó sin ambages un cuadro de base del PCE: “Prácticamente no había política en la retaguardia; estábamos tan envueltos en nuestras tareas en el frente que se dejó en manos de unos pocos líderes políticos expresar la posición y puntos de vista de sus partidos en la retaguardia. Casi no había movimiento político de masas; eso nos hizo muy vulnerables”.[48]

Obviamente, el efecto de esta falta de trabajo político en la retaguardia tuvo una significación que va mucho más allá del problema de la guerra de guerrillas. Y lo que describe a las áreas de la retaguardia de la zona en manos del Frente Popular, se aplica doblemente detrás de las líneas franquistas, especialmente dada la línea del PCE contra la revolución agraria. Sobra decir que un movimiento clandestino tras las líneas franquistas, incluyendo guerra de guerrillas, hubiera tenido un efecto poderoso en desmoralizar y desintegrar las fuerzas enemigas. Ni el PCE, ni ninguna otra fuerza, trató de crear una organización clandestina que pudiera continuar el trabajo político en áreas que estuvieran o pudieran caer bajo Franco. Dado que se oponían a la activación y movilización política en la retaguardia en la zona del Frente Popular, no es de extrañar, pues, que tampoco lo hicieran en el territorio enemigo.

El “Ejército Popular” Republicano

El PCE encontró su mayor fuente de “legitimidad” en la esfera militar y se constituyó en la fuerza que más abogaba por la unidad de comando y la disciplina. Llegó a ser conocido como “el mejor combatiente por España”, y miles de las masas más combativas y revolucionarias se le unieron sobre esta base. Fue a través del aspecto militar que se canalizó fundamentalmente el fenomenal crecimiento del PCE: de 30.000 militantes en febrero de 1936, a 100.000 al inicio de la Guerra Civil, a cerca de 500.000 al final de la misma.

Un oficial de carrera escribe:

“Al Partido Comunista se le debe dar crédito por haber sentado el ejemplo en acatar la disciplina. Hacer eso aumentó enormemente no sólo su prestigio, sino su número. Incontables hombres que deseaban enrolarse y pelear por su país, ingresaron al Partido Comunista.
“A menudo, cuando me encontraba con alguien que salía para el frente, le preguntaba:
“‘¿Pero por qué te uniste al Partido Comunista? Tú nunca fuiste comunista ¿verdad? Tú siempre fuiste republicano’.
“‘Me uní a los comunistas porque ellos son disciplinados y hacen su trabajo mejor que nadie.’”[49]

El socialista Oliveira dice: “Oficiales y funcionarios del Ejército que jamás abrieron la página de un folleto marxista, se hicieron comunistas, algunos por astucia y premeditación, otros por debilidad moral, otros inspirados por el entusiasmo que animaba a esta organización”.[50]

La piedra angular de la política militar del PCE fue su esfuerzo por disolver o amalgamar las milicias y crear una fuerza armada “legítima”. Para poner un ejemplo, el Partido disolvió su propio brazo armado, el Quinto, y luego se dedicó a reconstruir y a la vez obtener el control organizativo del ejército republicano. En este sentido tuvieron gran éxito —para 1938, más del 60% de los oficiales, la mayoría de los comisarios y un gran porcentaje de las tropas (quizás un tercio) eran miembros o simpatizantes del Partido (aunque, a la luz del comentario de Oliveira, el entusiasmo inicial, que condujo a mucha gente sin experiencia política hacia el Partido, no fue transformado de manera general en una línea y concepción del mundo marxista). Pero, a pesar de algunas de las características copiadas del Ejército Rojo soviético, y a pesar de su obstinada persistencia combativa, era un ejército burgués. Lo que hace que un ejército sea revolucionario es, por sobre todo, su meta: de ésta se derivan la estrategia, tácticas y línea organizativa, que se apoya en las masas populares y en su participación cada vez más consciente. El Ejército Popular tenía algunas características en común con el Ejército Rojo soviético al que emulaba (particularmente al comienzo), pero sin una línea revolucionaria general, éstas se convirtieron en meras formalidades, o se descartaron del todo.

Al sistema de comisarios (“delegados” políticos al comando de una unidad militar) se le desentrañó su contenido, o en muchas áreas, se abandonó a mitad de la guerra. Los comisarios eran necesarios para vigilar las acciones de los oficiales, muchos de los cuales se sospechaba estaban jugando doble. Pero aún más importante era su papel político. Como afirmó (un tanto eclécticamente) el representante de la Comintern Carlos Contreras, el comisario debía ser “el alma de una unidad de combate, su educador, su agitador, su propagandista... Debe interesarse del estómago, del corazón, del cerebro del soldado del pueblo. ... Él procura que se satisfagan sus necesidades políticas, económicas, culturales, artísticas”.[51]

El PCE tenía en los comisarios, la mayoría de quienes eran miembros o simpatizantes del Partido, un pilar de su influencia sobre las FF. AA., y por esa razón el comisariado se constituyó en el foco de agudas luchas intestinas con los republicanos. A mitad de la guerra, Prieto pudo ingeniarse la forma de lograr el abandono o la drástica reducción de la responsabilidad de los comisarios, y en general logró restaurar la autoridad absoluta de los oficiales.

Otro indicador del carácter crecientemente burgués del Ejército Popular —y por tanto de su debilidad— fue el papel de las mujeres combatientes. Cuando estalló la Guerra Civil, muchas mujeres se pusieron un overol, el uniforme de la milicia, consiguieron un arma y se fueron a luchar. De todos modos, la mujer había sido por largo tiempo una fuerza motriz en el movimiento revolucionario español, como lo marcaron indeleblemente en la memoria de la clase dominante española las “Damas Rojas” en 1909, dirigentes de un serie de quemas de iglesias y motines contra el envío de tropas a Marruecos. En parte, el impacto de la líder del PCE, Dolores Ibarruri (“la Pasionaria”), se derivó del hecho de que parecía simbolizar tal fuerza.

Una mujer que vivía en Madrid describe un ambiente diferente en las relaciones entre hombre y mujer durante la República: “Era tan obscuro (debido a las precauciones contra ataques aéreos) que a menudo me topaba con gente en la calle. Pero nunca me molestaron ni me dieron a entender que era una mujer. Antes de la guerra, no hubieran faltado comentarios de uno u otro tipo —ahora eso había desaparecido por completo. La mujer había dejado de ser un objeto, era un ser humano. Personas al mismo nivel que los hombres...”.[52]

La clase dominante vio esto como una amenaza a sus más sagrados ideales y al orden social. Las fuerzas de Franco mataban a muchos de los hombres que capturaban, especialmente los que se pensaba que eran comisarios, militantes de partidos políticos o en alguna forma líderes. Pero tenían una política estricta con las mujeres que capturaban: matarlas a todas de inmediato.

Aun en el lado republicano, ver mujeres en las trincheras era intolerable para algunos. Después de la conclusión de la batalla de Guadalajara en marzo de 1937 (la batalla final alrededor de Madrid durante la arremetida inicial), se retiró a las mujeres del frente. “Dolores Ibarruri, La Pasionaria, vino al frente a decirle a las mujeres que su lugar estaba en la retaguardia, donde serían de más utilidad al esfuerzo bélico. Trajeron camiones para retirar a las mujeres; pero una amiga mía de la infancia y otras no se marcharon. Nunca supe lo que le pasó a mi amiga, pero yo creo que murió en acción”.[53] En el nuevo Ejército Popular, amoldado a las expectativas de los oficiales republicanos de la vieja escuela, y en el ambiente prevaleciente de “respetabilidad”, no había lugar para las mujeres combatientes.

¿Qué ocurrió en realidad con las distintas unidades milicianas que representaban a las diferentes fuerzas políticas en España? Las del sur, Extremadura y Andalucía, cayeron en manos de Franco casi inmediatamente; las fuerzas de la región vasca nunca se sometieron a ninguna disciplina de una autoridad central, y también fueron aniquiladas muy al comienzo (hacia el otoño de 1937); las milicias de la CNT (anarquista)[vii] y del POUM se opusieron a la “militarización” por el gobierno central, hasta que fueron disgregadas a la fuerza por unidades bajo la dirección del comandante Lister, del PCE. El ejército regular, que finalmente se consolidó al final de 1937 bajo el liderazgo del PCE, estaba principalmente integrado por fuerzas nuevas —en su mayoría conscriptos— y en realidad sólo existió en la zona central.

En breve, como lo dice la conversación con Mao, el PCE conformó un ejército burgués y se lo entregó a la burguesía. Algunos de sus generales eran viejos monarquistas, otros (al menos por ahora) miembros del Partido Comunista, pero políticamente era un ejército formado para servir a la política burguesa —de una u otra forma, la preservación del viejo orden— y no a la política revolucionaria, la lucha por la transformación de la sociedad y la eliminación de clases y distinciones de clase en todo el mundo.

Los imperialistas británicos, a quienes de hecho, se les había entregado de esta manera un ejército para reemplazar el que Franco había enganchado a otros imperialistas, lo captaron a las claras. Winston Churchill hizo la siguiente afirmación a finales de 1937, cuando el mal llamado Ejército Popular había desplazado las viejas milicias más o menos del todo y después del incidente de Barcelona: “Durante el año pasado, se ha producido simultáneamente un marcado avance hacia un sistema ordenado de gobierno y de guerra en el carácter del gobierno republicano español … Los anarquistas han sido dominados a punta de fuego y acero. Un ejército que tiene una entidad coherente, una organización estricta y una jerarquía de comando se ha formado … Cuando en cualquier país la estructura de la vida social y civilizada es destrozada por odios atávicos, el Estado sólo puede ser reconstruido sobre una estructura militar … En este nuevo ejército, la República española tiene un instrumento no sólo de significado militar sino también político ...”.[54]

¡Qué desenmascaramiento el de esta cita! No sólo del PCE sino de los imperialistas británicos, quienes, aun cuando reconocían y admiraban la labor del PCE en el restablecimiento del orden burgués, aún hallaban que correspondía a sus intereses imperialistas que Franco destrozara a la República.

El PCE arguyó que tenía que crear un ejército regular porque las milicias solas sencillamente no podían derrotar a Franco. Apelaban a la siguiente situación: “… No había Estado Mayor Central en el propio sentido de la palabra, ni ningún otro Cuerpo que pudiera revisar la situación en todos los frentes de batalla, formular un plan de acción conjunta y decidir sobre la distribución de los suministros disponibles de hombres, municiones, armas y vehículos de motor. ...”[55]

Era cierto que el espíritu y audacia de la milicia, tan abrumador en combate de ciudad y en un campo con abundante cobertura, no era suficiente en campo abierto, donde se requería un manejo coordinado. Un oficial republicano reportó, después de visitar el frente de Aragón y con un evidente anhelo por un ejército regular:

“¿Qué hubieran hecho con buenos jefes, con buen material suficiente y con una disciplina de guerra?
“Pude verlo después, cuando fui visitando los diferentes sectores del frente. Las fortificaciones eran nulas en aquel entonces. A fuerza de valor, se tomaba una posición. Nadie se encargaba de hacerla fortificar. Y, como es lógico, se perdía en el inmediato contraataque enemigo. La utilización del material era, igualmente, absurda. Estuve en una posición donde había algunas piezas de 10.5. Pero no había munición. Ésta estaba en poder de una columna vecina que no quería entregarla, a pesar de no disponer de artillería…
“El sistema de trincheras era también a medida de las circunstancias. En algunos puntos se habían hecho defensas mirando a las columnas vecinas, que pertenecían a otro sector político. Casi había una cierta satisfacción cuando un sector sufría una zurra enemiga...”[56]

A las milicias no les faltaba ni pizca de heroísmo, pero sin un comando unificado, sin una coordinación del personal y el material, no se podía montar una ofensiva, ni sostener una posición defensiva. Aun el mismo líder anarquista García Oliver, cuya organización defendía con fervor el sistema miliciano, tuvo que admitir: “Ellos (las tropas enemigas) rodean un pueblo y después de un par de días, cae; pero cuando nosotros rodeamos uno, nos pasamos la vida entera ahí”.[57]

Pero, ¿por qué, en lugar de un falso “Ejército Popular”, no creó el PCE un auténtico Ejército Rojo, un ejército que tanto en su estrategia militar como en su organización interna, fuera capaz de movilizar a las masas populares (junto con otras formas de organización combativa) para derrotar a Franco, y de desarrollar y consolidar la fuerza política y militar del proletariado que les permitiera eventualmente establecer el socialismo? ¿Por qué no se podía formar tal ejército, articulándolo con milicias locales en la zona republicana, con unidades guerrilleras detrás de las líneas enemigas y con otras formas de organización bajo el liderato del Partido —un ejército que hubiera servido para entrenar al pueblo y propagar una línea política e ideológica revolucionaria, así como para jugar su papel militar principal—?

El argumento de que los otros grupos políticos no hubieran aceptado la existencia de un ejército bajo la dirección del PCE —la respuesta clásica a esta pregunta— es ridículo. Los anarquistas y el POUM fueron despojados, de todas formas, de su aparato militar por el PCE. Aunque muchos militantes de base de estas organizaciones y otras tendencias “de izquierda” posiblemente hubieran rehusado servir bajo cualquier fuerza armada comandada por el PCE, la razón de su negativa se entretejía con su propio deseo de algo más revolucionario que lo que ofrecía el PCE.

Ciertamente, si el PCE no les hubiera pasado el ejército, tal vez entonces Azaña, Prieto y otras fuerzas burguesas podrían haber instigado la formación de ejércitos separados bajo su propio liderazgo. Sin embargo, esto tiene que ser analizado desde el punto de vista de la meta. “Sin un ejército popular, nada tendrá el pueblo”, como escribió Mao.[58] Al comienzo de la guerra, ante el surgimiento de diferentes ejércitos bajo diferentes banderas políticas —fenómeno que tiende a ocurrir en cualquier situación en que la burguesía ha perdido el control y el proletariado no lo ha ganado aún— el PCE argüía que la única forma de acabar con Franco era unirse sobre la base más ampliamente aceptable: el republicanismo. Pero sin un ejército cuyo liderazgo estuviera en las manos del proletariado y su partido, el único resultado posible de la Guerra Civil era un resultado determinado, en una u otra forma, por los imperialistas. Sin tal ejército, el Poder político —la revolución— era algo imposible. Así que la creación de un ejército revolucionario independiente, en manos del proletariado, era una cuestión de principio. Al mismo tiempo, sin embargo, ¿por qué no pudo el Partido luchar por lograr el liderazgo en el combate contra Franco -es decir, un liderazgo político comunista auténtico, y sobre esa base, el liderazgo militar— y no un liderazgo de los comunistas basado en la política burguesa? Aunque esto podría haber planteado problemas tácticos, no hubieran sido más infranqueables que los que planteó el hecho de tener ejércitos separados bajo el liderato de Mao Tsetung y Chiang Kai-shek en China. Como ya habíamos dicho, los republicanos de Azaña y los socialistas del ala derecha, de cualquier forma, se oponían a librar una guerra sin restricciones y, en general, actuaron como un freno a los esfuerzos bélicos de la República.

La República cayó en su propia trampa. La Unión Soviética envió algo de ayuda militar y la Comintern organizó ayuda material y tropas, pero en la medida en que los republicanos simplemente “libraron una guerra regular, al estilo de la burguesía”, no podían derrotar las fuerzas franquistas a yudadas por Italia y Alemania sin una ayuda masiva de Inglaterra y Francia. No fue la debilidad del “Ejército Popular” lo que convirtió el apoyo británico y francés en una condición esencial, sino justamente lo contrario: la debilidad del “Ejército Popular” dimanaba principalmente de la línea que consideraba tal ayuda como el factor más esencial. Inglaterra, por sus propios motivos, no proporcionó tal ayuda e impidió que Francia lo hiciera. Por consiguiente, la “estrategia inglesa” que era el núcleo de la estrategia militar del PCE, no fue más que una fórmula segura para la derrota. En esta forma, la línea militar estuvo subordinada a la línea política general, como siempre ocurre —en este caso una línea errónea y desastrosa, con consecuencias reaccionarias.