V. El Poder Está por Disputarse

Los hechos probaron que la orientación del PCE de que se encontraba en mala posición para un avance revolucionario y que sólo estaba en posición de “detener la corriente fascista”, no correspondía con las circunstancias. Una gran marejada de lucha estaba a punto de estallar en España, con ondulaciones que se iban a esparcir por todo el mundo.

Hacia fines de 1935, un desacuerdo entre las fuerzas de derecha provocó la disolución de las Cortes (el Parlamento español) y la convocación de nuevas elecciones. En particular la CEDA aguarda las elecciones con mucha confianza, esperando consolidar completamente su base para transformarse en el indisputable centro reaccionario.

Por parte de grupos y partidos de masas, se formó un Frente Popular electoral, incluyendo a varios partidos pequeño-burgueses republicanos, la Esquerra Catalana que representaba a los industriales de Cataluña, los socialistas, los comunistas, los sindicalistas y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de orientación semitrotskista. Otros partidos republicanos que representaban los intereses de la gran burguesía y la pequeña burguesía rural, junto con la Lliga de la gran burguesía catalana, los separatistas vascos y otros partidos autonomistas, formaron un Centro. La CNT de los anarquistas, a pesar de que no estaba oficialmente representada en la Coalición como consecuencia de su propia decisión política, también apoyaba al Frente Popular. El programa de esta coalición consistía casi completamente de la lista de viejas demandas republicanas: algunas reformas industriales y agrarias de menor importancia (excluyendo la redistribución), algunos planes educativos y medidas para promover la industria. También incluía una demanda que fue acogida con mucho entusiasmo por las masas populares: la liberación de los presos.

Cuando la votación terminó el 16 de febrero de 1936, millones habían depositado su voto en contra de la burguesía y los terratenientes —y por el Frente Popular. La sobresaltada coalición de derecha fue derrotada por un estrecho margen.

Pero los resultados de la elección constituyeron sólo el comienzo. El programa republicano resultó ser considerablemente más conservador que el ánimo de las masas populares, quienes se apresuraron a saltar ante la oportunidad que les proporcionó la victoria electoral. Al día siguiente, inmensas multitudes confluyeron sobre la prisión de Valencia, forzando la liberación de los presos políticos. En Oviedo, Asturias y en muchas otras partes de España, esta “demanda” de liberación de los presos políticos fue implementada antes de que se promulgara ley alguna.

Los campesinos pobres y braceros se abalanzaron sobre muchas de las grandes estancias, ocupándolas por la fuerza. Estos asentamientos —tierra expropiada que se trabajaba en forma cooperativa— aparecieron primero en Badajoz y Cáceres, para luego extenderse por muchas otras partes del país.

Las huelgas también se multiplicaron, incluyendo muchas huelgas políticas por la supresión del fascismo. En unos pocos días, el número de huelguistas alcanzó la cifra de 450.0000 personas.

Junto con esto, debate, lucha y reuniones políticas de masas, estallaban en toda calle, en toda ciudad. Un observador burgués afirma que “había reuniones de cientos de miles donde los trabajadores aplaudían con entusiasmo a los oradores que anunciaban que el fin del capitalismo estaba próximo, y que tenían que hacer lo que los trabajadores hicieron en Rusia”.[19] Miles de militantes de la Juventud Socialista marcharon uniformados en Madrid para el Primero de Mayo, gritando consignas por un “ejército rojo” y un “gobierno obrero”.

Aunque todavía relativamente pequeño, pero con una influencia en rápido ascenso, el PCE se halló impulsado hacia adelante, cabalgando la cresta de esta ola de lucha. Las masas ocupaban tierras y derrocaban cabildos municipales, como lo describe José Díaz, Secretario General del Partido, “no a través de canales legales, sino de canales revolucionarios, entregándoselos a los socialistas, a los comunistas y a los republicanos de izquierda”.[20] Dolores Ibarruri y otros diputados comunistas de las Cortes presionaron al régimen para que concediera tierra a los campesinos pobres (desde luego, esto sólo legalizaría lo que ya era un hecho consumado).

Fue un momento crítico de la trayectoria del PCE. Todavía no tenía la arrolladora influencia sobre eventos que habría de tener más tarde, ni tampoco estaban involucrados directamente todavía los intereses de la Unión Soviética. En ciertas formas apoyaba las furibundas luchas de masas, pero al mismo tiempo ya estaba comenzando su larga luna de miel con los elementos “antifascistas” de la burguesía y la pequeña burguesía, especialmente con el grupo de Azaña.

Los planes de los militares para un golpe de Estado eran un secreto a voces. Los periódicos y los politicastros derechistas lo daban a entender consistentemente y amenazaban con que dichos planes estaban en ciernes, mientras las diversas fuerzas de clase maniobraban. El grupo de Azaña, ahora en el Poder, propugnaba por llegar a algún entendimiento con las fuerzas agrupadas en torno a los generales fascistas. El editor de los escritos de Azaña, Juan Marichal, lo admite al decir que los preparativos para un golpe militar “no jugaban en la mente atribulada de Manuel Azaña el mismo papel que las actitudes y las acciones de la extrema izquierda”.[20] Azaña escribe que en una conversación privada con Gil Robles, él le dijo a este dirigente de la CEDA: “Sus amigos deberían darme un margen de confianza. No deberían crearme problemas. Ya tengo suficientes problemas con el otro lado”.[21]

Azaña realizó algunas maniobras para supuestamente obstruir los planes de los golpistas. Franco fue enviado a las Islas Canarias (desde donde fácilmente estableció, sin embargo, un puesto de comando seguro y conveniente con su base principal de apoyo, el Ejército de África estacionado en Marruecos). El General Goded fue enviado a las Islas Baleares (desde donde luego dirigió las fuerzas en Cataluña); y el general Mola fue enviado a Pamplona (la base de apoyo monarquista a tiro de cañón de Madrid y directamente al otro lado de la Sierra de Guadarrama).

Como acota con desdén un historiador derechista, el gobierno supuso que poseía “control del ejército desde arriba, el método más efectivo, basado en la operación de la disciplina jerárquica en las fuerzas armadas”[22]. Pero no poseía tal control, a pesar de las ilusiones y embustes de los politiqueros pequeño-burgueses y republicanos y sus seguidores, incluyendo al PCE.

Los Generales Se Movilizan

Para principios de junio los diversos sectores de la clase dominante habían relegado a segundo lugar sus camorras intestinas el suficiente tiempo para ponerse de acuerdo en un plan de acción. Desencadenaron a cuadros falangistas y monarquistas en una ola de estallidos de bombas y asesinatos para “desestabilizar” la situación y excitar sentimientos entre las masas de la necesidad de “ley y orden”.

A estas alturas, el movimiento de masas estaba chocando con los límites dentro de los cuales había sido encerrado por los republicanos y por las organizaciones de izquierda. Los sindicatos y todos los partidos políticos importantes habían creado milicias, entre las cuales la mejor organizada y de más rápido crecimiento era el Quinto Regimiento del PCE. Un número del periódico Claridad del socialista Caballero, clamaba en grandes titulares “¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!” al unísono con la presión de las masas por armas. Pero los republicanos jamás las concederían, pues como lo dijo uno de ellos, las armas en las manos del pueblo estarían “preñadas de inconcebibles peligros políticos”.[24]

Las masas estaban en tensión, pero estas medidas las habían puesto a la defensiva, a la espera de que la burguesía jugara su carta.

El 17 de julio, Franco hizo planes para salir de su exilio en Las Palmas en un avión piloteado por un agente británico. El 18 de julio, los militares atacaron desde la guarnición de Melilla en Marruecos; al mismo tiempo, Franco aterrizaba en el sector francés de Marruecos, donde emitió un pronunciamiento: “El Ejército ha decidido restablecer el orden en España …”.

Desde cuarteles en los cuatro puntos cardinales del país, a menudo con la colaboración largamente planeada de alcaldes “republicanos” y los politiquillos locales, los militares avanzaron sobre las sedes de sindicatos y partidos, sobre los barrios obreros, ayuntamientos y otros puntos estratégicos. En todas las ciudades, multitudes que a veces conjugaban a cientos de miles, se lanzaron a las calles exigiendo armas. Ahora, por fin se distribuyó entre el pueblo cierta cantidad de armas, mientras que otros desenterraban rifles enterrados desde la derrota del alzamiento de 1934. Pero con o sin armas, allí donde las masas se lanzaron a montones a la calle y donde asumieron la ofensiva, las tropas fascistas se vieron rápidamente aisladas y paralizadas. En Barcelona, cientos de miles de personas lucharon contra las tropas en combates muy desiguales, en donde hileras de personas eran acribilladas, sólo para ser reemplazadas por aquéllos que venían detrás. En Madrid, los soldados fueron atrapados en el Cuartel Montaña y aniquilados allí mismo.

Los generales habían contado con una acción rápida y violenta, usando un mínimo de fuerzas. Los líderes de las organizaciones de masas vacilaron a veces —engatusados por funcionarios reaccionarios del gobierno que prometían “el apoyo de las autoridades”, o intimidados por el despliegue de fuerza, o a la zaga de los funcionarios republicanos en su vacilación— pero allí donde las masas tenían una muy saludable falta de respeto por la “legalidad burguesa”, éstas reaccionaron inmediatamente y aplastaron a los militares en sus cuarteles.

De las ocho divisiones fascistas asignadas a igual número de regiones en España, a tres de ellas se les encomendó la tarea crucial de marchar sobre la capital y dominarla. Con el derrumbe de estos planes a manos de las masas enardecidas, todas las esperanzas fascistas se concentraron en el Ejército español de ocupación de Marruecos —el dizque Ejército de África— que debía desembarcar en los puertos del sur y avanzar invencible y raudo hacia el norte, hacia la capital. Sin embargo, los levantamientos entre la clase obrera habían influenciado profundamente a los marinos españoles, en su gran mayoría hijos de familias proletarias. Cuando un radiotelegrafista del Centro de Comunicaciones del Almirantazgo en Madrid descubrió el plan de los oficiales, telegrafió al personal de radio de todos los barcos y se armó el alboroto. Los guardias de los arsenales a bordo de los barcos se apoderaron de las armas y las distribuyeron entre la marinería, quienes trabaron sangrientas batallas con los oficiales. El 20 de julio, a las 5 p.m., se recibió un telegrama del Centro de Comunicaciones “liberado” del barco Jaime Primero:

“Encontramos una seria resistencia por parte de los comandantes y oficiales a bordo y los hemos reducido por la fuerza. En la refriega murió un capitán y un teniente … solicítanse urgentemente instrucciones respecto a los cadáveres”.[25]

Los amotinados se apoderaron de casi toda la flota para la República, levantando así una barrera importante entre la única fuerza consolidada y confiable con que contaban los generales (en Marruecos) y su objetivo estratégico, España. Varios miles de tropas tuvieron que ser transportadas en aviones italianos y alemanes sobre el Estrecho, en lo que constituyó la primera intervención considerable de estas potencias. El motín en la armada formó un cuello de botella crítico para las tropas de Franco.

El golpe no cumplió su objetivo —no fue decisivo. Los mayores centros de población, las zonas industriales y la mayoría de las tierras de cultivo más preciadas, quedaron en las manos del pueblo. Políticamente, el país estaba fracturado, estaba por disputarse el Poder. Algunos gobiernos nacionalistas burgueses se consolidaron prestamente en Cataluña y las Vascongadas, mientras que en el resto del país la fuerza de los diversos partidos variaba de una región a otra.

Guerra Popular en Madrid

Madrid se transformó en el escenario del primer gran enfrentamiento entre el Ejército de África y la República. Los alemanes le habían prometido apoyo a los generales bajo la condición de que tomaran la capital. De igual manera, los republicanos ya arraigados en su “estrategia inglesa”, creían que las otras “democracias” europeas, y especialmente los británicos, les proporcionarían ayuda si mantenían el control de Madrid. Y desde un punto de vista puramente técnico, Madrid constituía un invaluable centro de comunicaciones, caminos, vías férreas y pertrechos militares.

La distribución de las tropas siguió un patrón decisivo: las tropas regulares de la guarnición de Madrid, muchas de las cuales habían permanecido leales, fueron enviadas a los pasos de Guadarrama para defender Madrid de Mola; se trajeron más tropas provenientes de Badajoz y Murcia. La milicia, por su propia naturaleza, cayó en una posición defensiva; en cada pueblo se formaron unidades que operaban sin plan general. Aunque lucharon bravíamente, fueron rebasadas por los adversarios, rodeadas y aniquiladas una y otra vez por la Legión Extranjera. Las milicias se dieron a agruparse defensivamente a lo largo de caminos, prontas a la retirada, pero de esta manera caían presa de la artillería y de los bajos bombardeos aéreos.

El 6 de noviembre, 10.000 soldados franquistas combatían en los suburbios de Madrid, con igual número de reservas avanzando en la retaguardia.

El PCE, aunque no comenzó la batalla de Madrid siendo la fuerza política más importante en la ciudad, en breve asumió el liderato de la lucha. En verdad, el Partido no tenía más alternativa que emprender esta tarea, si es que quería jugar un rol en la dirección ulterior de la República. Más aún, había que defender a Madrid por medios de una guerra popular, como veremos pronto, puesto que al comienzo, la ciudad enfrentó a las organizadas y bien armadas tropas fascistas, con poco más que la voluntad de resistir de un millón de habitantes.

Los ministros del gobierno, ahora encabezados por Largo Caballero, se habían marchado hacía días, designando a un tal General Miaja como “Presidente de la Junta de Defensa”. Los eminentes “ministros populares” del gobierno habían arrancado precipitadamente, tempranito en la mañana para “evitar dar una impresión de huida”. Sin embargo, no pasaron del suburbio de Tarancón, donde los interceptó la enfurecida Columna Rosal de los anarquistas, amenazándolos con ejecutarlos por deserción y devolviéndolos a la carrera a la ciudad. Esa noche se escaparon por vía aérea.

Mientras tanto, la Junta de Defensa (que el gobierno había nombrado de manera tan formidable) existía sólo en la mente de Caballero. En su mayoría, las llamadas de Miaja a las oficinas de gobierno, incluso a las oficinas a cargo de pertrechos y personal militar, no encontraron respuesta; otros le contestaron con una risotada y colgaron. Miaja estaba llegando al punto de desesperación: él sabía que tenía solamente diez cargas de municiones para cada uno de los 10.0000 rifles que quedaban en la ciudad.

El Jefe de Operaciones y los otros seis secretarios más importantes del Ministerio de Guerra habían desertado. Mikhail Koltsov, corresponsal de Pravda, describió así la triste situación:

“Fui al Ministerio de Guerra ... subí por las escaleras hasta la antesala. ¡No había un alma! ¡En el descanso, dos viejos empleados sentados como figuras de cera, vestidos en su librea y cuidadosamente afeitados… esperando ser llamados por el Ministro al sonido de su campanilla … ¡Hileras de oficinas! Todas las puertas están abiertas de par en par … entro a la oficina del Ministro de Guerra… ¡Ni un alma! Un poco más allá en la hilera de oficinas —la oficina del estado mayor con sus secciones; el estado mayor del frente central, con sus secciones; el cuerpo de comisarios con sus secciones; el departamento de personal con sus secciones. Todas las puertas están completamente abiertas. Las lámparas en el techo se ven brillantes. En los escritorios hay mapas abandonados, documentos, comunicados, lápices, bloques de papel llenos de apuntes. ¡Ni un alma!”.[26]

Internacionalmente se pensaba que la victoria de Franco era inminente. Winston Churchill predijo que “esta desagradable situación española” se acabaría en una semana. Los directores de la compañía telefónica de Madrid, perteneciente a bancos norteamericanos, prepararon un banquete para recibir “al nuevo gobierno”.

Pero la llamada de Miaja al cuartel general del Quinto Regimiento del PCE encontró un panorama muy diferente. El Quinto Regimiento había crecido hasta tener, por lo menos, 60.000 personas. Incluía no sólo organizaciones militares, sino también organizaciones de manzana, y contaba con planes para la movilización de toda la población para trabajos defensivos y de apoyo. Se organizaron comités para acabar con los agentes quintacolumnistas (la palabra se originó en Madrid: las tropas fascistas avanzaban sobre Madrid en cuatro grandes columnas, la “quinta columna” estaba dentro de la ciudad). A los pocos días, en la mitad de la refriega, Miaja iba a recibir un telegrama de Caballero exigiendo los cubiertos de plata que había dejado en la residencia del Primer Ministro. Miaja resopló el siguiente mensaje: “¡Los que permanecemos en Madrid seguimos comiendo!”

Las masas se volvieron a levantar para enfrentar a los atacantes: por lo menos 50.000 milicianos, hombres y mujeres, erigieron una muralla de cuerpos humanos. Brigadas de los sindicatos —trabajadores ferroviarios, barberos, trabajadores de la construcción; un batallón de trabajadores gráficos y artistas; un batallón de deportistas; un batallón de mujeres participó en una cruenta batalla en el Puente de Segovia. Los mineros de la región de Asturias formaron unidades de zapadores, los dinamiteros, que se distinguieron en la lucha antitanque.

Las selectas tropas de la Legión Extranjera, que se regodeaban en su reputación de salvajismo y con la extraña consigna “¡Muera la inteligencia, viva la muerte!”, ahora se vieron atascadas al borde de la ciudad. Una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo estalló aun de piso a piso en la Universidad, pero las milicias no retrocedían. (Una unidad informó haber pedido al cuartel general instrucciones sobre las posiciones de retirada en caso de necesidad. La respuesta fue “al cementerio”).

Fueron los aviones, los tanques y la artillería los que cogieron más por sorpresa a los milicianos carentes de experiencia militar. Al principio no había mucho a que echar mano para repeler los tanques. Un periodista norteamericano informó con toda seriedad que las milicias españolas habían inventado una nueva arma antitanque llamada “echando cojones al asunto” porque ésa fue la respuesta que un luchador tras otro había dado frente a los tanques. Los milicianos, imitando conscientemente las películas soviéticas que se exhibían en todo Madrid, se arrojaban en el camino de los tanques enemigos, los dejaban que se acercaran a unos pocos metros, para luego arrojarles cargas de dinamita.

Con la llegada de las primeras Brigadas Internacionales, organizadas por la Comintern, los combatientes aprendieron a cavar trincheras y a habérselas más científicamente con los tanques y la artillería. El impacto de las Brigadas llenó a los madrileños de inspiración. Los cuadros disciplinados de la Comuna de París (franceses y belgas), los batallones Edgar André (de alemanes y británicos) y Dabrowski (polacos) avanzaron por las calles cantando La Internacional, con los puños en alto. También había otros indicios de la influencia del movimiento comunista internacional: retratos gigantescos de Lenin y Stalin dominaban la ciudad, especialmente durante la celebración de la Revolución de Octubre, que tuvo lugar durante el auge de la arremetida fascista. Como parte de esto, se transmitían a Moscú detalles de la lucha minuto a minuto, y allí se difundieron por altoparlantes a las masas reunidas, con motivo de la celebración del aniversario de la Revolución Bolchevique.

Las Brigadas trajeron consigo algo más que ayuda —trajeron entrenamiento militar. Por una parte, la mayoría de los brigadistas venían de países que, a diferencia de España, habían luchado en la I Guerra Mundial, de manera que muchos de ellos eran veteranos. Muchos también eran veteranos de otro tipo: veteranos de la insurrección húngara de 1919, veteranos de los combates callejeros en Alemania, y así por el estilo. El pequeño contingente británico del Batallón de la Comuna de París provenía de Oxford y Cambridge, universidades de la clase alta británica, cuyo currículum incluía cierta útil instrucción militar. Fueron valiosos maestros —pero su conocimiento técnico, aunque necesario, venía acompañado por una línea militar burguesa que más tarde fue adoptada íntegramente por el PCE.

Durante esos días de noviembre y en las grandes batallas que siguieron, en las que la República repelió los intentos de cercar la capital, fluyó libremente el entusiasmo y la rica creatividad de las masas en la guerra. La descripción proporcionada por un líder sindical comunista, escrita luego de que la Unión Soviética enviara su primer cargamento de armas a la República, resulta típica:

“Cuando se recibieron los primeros tanques soviéticos, hubo que entrenar rápidamente a las tripulaciones;se trataba de una tarea especializada que en la Unión Soviética podría demorar un año. Se instó a los chóferes de taxi de Madrid a entrar a este servicio. ‘Esto es exactamente como manejar un taxi, excepto que en vez de tener un volante hay dos palancas’. Se necesitaba gente que supiera trigonometría para operar los telémetros; la solución fue sacar los telémetros. De igual forma, los receptores de radio fueron reemplazados por banderolas de señales. El lugar que ocupaba la radio fue destinado para depositar tres proyectiles más. Los asesores soviéticos no podían creer que se estaban entrenando tripulaciones en cuarenta días. Vinieron a ver. Julián contempló a los taxistas operar sus tanques en perfecta formación ...”[27]

Había que montar a toda velocidad una industria de armamentos —pero, ¿dónde podía ubicarse en una ciudad sujeta a diarios bombardeos niveladores? Un ingeniero municipal elaboró un plan para hacer uso del túnel incompleto del metro de Madrid; cuando se establecieron las diversas fábricas en el túnel, la República contó entonces con lo que probablemente era la fábrica de armas más segura y con la forma más extraña del mundo.

El frente finalmente se estabilizó en las afueras de la ciudad. Las batallas siguientes hacia el sudeste en el Valle de Jarama, y hacia el norte de Guadalajara, también acabaron en estancamiento. El PCE, contando sólo con las masas populares, había logrado su hazaña más prestigiosa. Pero era la última vez que el Partido iba a jugar un rol dirigente de esta manera. De ahora en adelante, de la misma forma que se apoyaba en burguesa, el PCE también se iba a apoyar en métodos de guerra burgueses y a dirigir la guerra al estilo burgués.