En la encrucijada de la historia: la Gran Revolución Cultural Proletaria y el sujeto revolucionario

En la encrucijada de la historia: la Gran Revolución Cultural Proletaria y el sujeto revolucionario

El Partido es el movimiento revolucionario de la clase ‘para sí misma’. La clase que se autotransforma de clase explotada en humanidad emancipada es el Partido, como expresión del movimiento de la clase en esa transformación."

Tesis de Reconstitución del Partido Comunista

El cambio de concepción del mundo es un cambio radical."

Mao

¿Cómo se puede hablar de una victoria de la Gran Revolución Cultural Proletaria si no es transformada la concepción del mundo?"

Mao

El marxismo exige la unidad de la lógica y de la historia."

Mao


Este año se conmemora el 50º aniversario del lanzamiento de la Gran Revolución Cultural Proletaria (GRCP) en China, acontecimiento de extraordinaria y trascendental importancia en la historia revolucionaria de nuestra clase proletaria y cuyas lecciones son cruciales para el porvenir de su revolución. El enemigo, ya sea en la forma de social-fascista chino, imperialista occidental (y no tan occidental) o, simplemente, revisionista, lo sabe, y por eso, en un ejercicio de transposición de lo que en ellos está ínsito, cubre este episodio histórico con el estigma de la infamia y el horror. Frente a ellos lo reivindicamos con orgullo y a viva voz, sabiendo que su indignación no es sino la mascarada de un juicioso pavor. Pero desde la Línea de Reconstitución (LR) entendemos que con esto no es suficiente, que hoy día ya no basta con la reivindicación y la apología de este acontecimiento, sino que la honra de su memoria exige que nos acerquemos a él desde el aprovechamiento de la perspectiva histórica que ya tenemos para, en primer lugar, comprenderlo. Sólo así evitaremos que sus lecciones queden reducidas a estereotipada e inerte palabrería, como suele suceder entre sus defensores maoístas. Aunque no todo el maoísmo demuestra tan irreflexiva y perezosa actitud, ello no oculta la falta de ese balance histórico en profundidad que esta corriente del movimiento comunista adeuda al acontecimiento que la alumbró.

Por nuestra parte, trataremos de homenajear a la GRCP contribuyendo a desbrozar el campo de ese balance histórico, para que su experiencia práctica pasada pueda convertirse en precioso patrimonio teórico de futuro para la revolución proletaria. El estudio que a continuación presentamos no tiene ánimo de exhaustividad, ni pretende abarcar todas las dimensiones de tan rico, complejo y polifacético hecho revolucionario y sólo representa una muestra del estadio actual de nuestros conocimientos sobre la cuestión, sometidos, por supuesto, a rectificación o modificación siempre que una ulterior profundización o una certera crítica nos impelan a hacerlo. No obstante, más allá de sus posibles defectos, que sometemos al vivificador escrutinio de la vanguardia proletaria, sí creemos haber avanzado en el establecimiento de la perspectiva que es genuina de la LR, la única que en las actuales circunstancias consideramos acorde con las exigencias revolucionarias del marxismo. En primer lugar, el estudio trata de situar el acontecimiento en la larga perspectiva histórica, tanto respecto al Ciclo de Octubre como dentro de la Revolución China. Creemos que esto es una exigencia básica del materialismo histórico, del estudio científico marxista, tantas veces arrumbado por el dominio del pragmatismo politicista en el movimiento comunista o por la irreflexiva adscripción a una u otra tradición de nuestro movimiento, cuyas respuestas se pergeñaron en otro momento histórico y que, a ojos vista, resultan del todo insuficientes para dar salida a la crisis en la que el comunismo lleva décadas sumido. En segundo lugar, el enfoque que ofrecemos toma como eje fundamental la cuestión cardinal de la entera obra de la revolución proletaria, que no es otra que el problema del sujeto revolucionario, del Partido Comunista, esto es, la necesidad de comprenderlo en la materialidad de su actuación histórica como condición para su materialización, para su reconstitución, hoy en día. Él será el prisma privilegiado desde el que nos adentraremos en la apasionantemente instructiva y enriquecedora historia de la Revolución China y su episodio culminante: la GRCP.

Publicamos también en este número de nuestra revista, a continuación del presente estudio, el último epígrafe, titulado ¿Errores de aplicación o “errores” de base en la conducción de la GRCP?, del capítulo dedicado a la Revolución China en el trabajo que los camaradas del Colectivo Conciencia e Transformación (CCT) dedican a hacer un recorrido por el Ciclo de Octubre, por considerar que contiene en general útiles e interesantes elementos críticos.

I. El significado histórico del Viento del Este

Del mismo modo que el pensamiento racional sistemático surgió, en los albores de la civilización occidental, desde el lirismo mitológico, apartándose del mismo paralelamente a la propia disgregación interna de la sociedad, a la afirmación de su división clasista, podría resultar natural que en nuestra época, creadas ya las condiciones objetivas para el reencuentro de la sociedad consigo misma, para su reunificación en un estadio superior de civilización, el Comunismo, se empiecen a vislumbrar las semillas de la reunificación de esos dominios del espíritu humano violentamente segregados por el desarrollo de la división social del trabajo. Mao Tse-tung[1], la principal figura dirigente de una de las dos grandes experiencias de construcción y avance hacia el Comunismo que han marcado el siglo XX, y la que más lejos acertó a llegar en tal empresa, es particularmente propenso a tales arrebatos líricos, que puntean toda su obra teórica.

Ejemplo famoso y sobresaliente de esa inclinación lírica es su sentencia: “el viento del Este prevalece sobre el viento del Oeste”. Dejando a un lado la interpretación de tales escarceos y de tal hecho, ya sea la de los sinólogos académicos (el peso de la tradición china de dirección política, que valora y estimula las inclinaciones poéticas del gobernante), ya la de los maoístas (los países oprimidos como foco principal y vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial –RPM—, aun en nuestros días), y la parte de verdad que puedan contener, así como la obviedad de que a finales de los 1950 el campo socialista (China fundamentalmente, a pesar de las propias esperanzas de Mao) se orillaba hacia el Levante desde el eje atlántico, nos interesa saber si detrás de tal sentencia hay alguna enseñanza general y, como exige el marxismo, universalista, que esquive tanto la edificación estética como la tentación tercermundista y nos introduzca a una comprensión global del proceso histórico, que pueda ser de utilidad también y especialmente para la vanguardia proletaria en un país imperialista.

Efectivamente, si, teniendo en cuenta el entrelazamiento histórico de la revolución burguesa y la revolución proletaria, clave para comprender el Ciclo revolucionario de Octubre, tomamos como punto de partida el inicio del segundo gran ciclo de la revolución burguesa[2], detonado por la revuelta de las colonias británicas en Norteamérica, el foco de la revolución mundial se desplaza constantemente hacia Oriente: Francia, suelo donde el proletariado toma el testigo histórico de la burguesía (1848 y 1871), Alemania, Rusia, China y, en los finales del Ciclo y cruzando el Pacífico, el Perú.

De nuevo, la Revolución de Octubre es el eje clave, que abre un Ciclo histórico cualitativamente diferente. Rusia, eslabón débil de la cadena imperialista, es un complejo de contradicciones donde los apetitos y la expansión imperialista junto con algunos centros urbanos modernos de excepcional importancia, con una gran concentración de capital y masas proletarias, se dan la mano con un océano campesino que evoca el Medievo. Puente entre Oeste y Este, un proletariado revolucionario excepcionalmente combativo recibe con avidez de Occidente, de Alemania fundamentalmente, el marxismo y, a través de su revolución, lo ofrenda a los pueblos de Oriente.[3] Con la distancia respecto a la política cotidiana a que le había obligado su fatal enfermedad y ya abandonada su inconsecuente esperanza de un desenlace victorioso de la revolución proletaria en Europa, Lenin, en 1923, en su verdadero testamento político y con una clarividencia casi profética, escribía:

“El desenlace de la lucha depende, en última instancia, del hecho de que Rusia, la India, China, etc., constituyen la mayoría gigantesca de la población. Y precisamente esta mayoría de la población es la que se incorpora en los últimos años con inusitada rapidez a la lucha por su liberación, de modo que, en este sentido, no puede haber ni sombra de duda respecto del desenlace final de la lucha a escala mundial. (…) la siguiente colisión militar entre el Occidente imperialista contrarrevolucionario y el Oriente revolucionario y nacionalista, entre los Estados más civilizados del mundo y los Estados atrasados al modo oriental, los cuales, sin embargo, constituyen la mayoría (…)”[4]

Lenin pone el foco precisamente en esta proyección de la revolución mundial hacia los pueblos de Oriente, cuyos movimientos nacionales, que van a ser uno de los actores fundamentales a lo largo del siglo XX, han recibido un formidable impulso a raíz de los inspiradores ejemplos de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, especialmente de Octubre, y también de la carnicería imperialista de 1914-1918. Stalin, poco después, recogiendo la importancia de este hecho, sintetiza su aspecto de clase fundamental e histórico:

“(…) es asimismo indudable que la base de la cuestión nacional, su esencia misma, la constituye, a pesar de todo, el problema campesino. A ello, precisamente, se debe que los campesinos sean el ejército básico del movimiento nacional; que sin este ejército no haya ni pueda haber un movimiento nacional potente. Es esto, precisamente, lo que se tiene en cuenta cuando se dice que el problema nacional es, en esencia, un problema campesino.”[5]

Efectivamente, en los países oprimidos la dominación extranjera imperialista se refleja, entre otras cuestiones, por el mantenimiento y aprovechamiento para su beneficio de las formas y relaciones pre-capitalistas, con el sostén de la feudalidad, la semi-feudalidad, en el campo, así como, en consecuencia, de una oligarquía terrateniente nativa que se convierte en uno de los puntales sociales fundamentales del poder imperialista. De ahí que la lucha nacional consecuentemente anti-imperialista deba apuntar allí a una transformación radical de las relaciones sociales en el campo.[6]

Aquí emerge con toda su fuerza la enseñanza fundamental del leninismo, que es la insustituible importancia primordial del factor subjetivo consciente en la obra de la RPM. Es desde este prisma como cabe entender, acreditado por la experiencia de la Revolución Rusa, el tratamiento leniniano del problema nacional y democrático. Así, Lenin emerge como el dirigente de esa revolución desde la lucha contra toda forma de economicismo determinista que vincule unívocamente las tareas de la revolución con el sujeto que debe acometerlas, o que considere que éste lleva fatalmente inscrito en un instinto predeterminado económicamente el carácter de su actuación. Lenin defenderá con consecuente intransigencia la capacidad del proletariado para ponerse a la cabeza de la revolución democrática, esto es, para arrebatar a la burguesía la dirección de las ingentes masas campesinas y llevar a término sus tareas históricas de destrucción de las relaciones pre-capitalistas y feudales, para acometer inmediatamente el socialismo como parte del mismo proceso ininterrumpido. La Revolución Socialista no emerge mecánicamente del proletariado como impersonal fuerza productiva del proceso histórico, sino que depende de la capacidad creativa y consciente de esta clase social para asir en cada momento el eslabón clave de la cadena de desarrollo social. Ésta, precisamente, la defensa de la creatividad y la acción subjetiva por encima de rígidos esquemas apriorísticos y de un objetivismo económico dado, la capacidad del proletariado para atender e integrar, digerir, en sí a su opuesto, a esas tareas de carácter burgués que la necesidad histórica pone en su camino, es la gran enseñanza teórica y filosófica universal que se esconde tras el enconado combate de Lenin contra el economicismo y, particular y especialmente para lo que ahora nos atañe, contra lo que denominó como economicismo imperialista, jalón clave en esta lucha general que ocupó la vida del dirigente bolchevique. De ahí su enconada defensa del derecho de autodeterminación, pues su arrumbamiento, además de debilitar en lo particular la Revolución Rusa, suponía especialmente la incapacidad del proletariado para atender al despertar político de lo que en ese momento era la inmensa mayoría de la población mundial, certificando la bancarrota prematura de la RPM.[7]

Que el proletariado se probara como clase de vanguardia a escala universal, que empezara a adquirir una experiencia histórica clave, pasaba precisamente por sumergirse en ese viejo mundo agrario, asumir a su contrario e integrar la tarea democrático-burguesa a la vez que la transforma y la proyecta hacia la Revolución Socialista, algo que desde el punto de vista político-programático se traduce como Nueva Democracia. Ésa, precisamente, es, desde el punto de vista de la dialéctica, la estructura del sujeto: capacidad de asumir para sí a lo otro de sí, negación de la negación.

Éste y no otro es el significado histórico, con implicación universal y universalista, del viento del Este que efectivamente signó el Ciclo de Octubre. Con él el proletariado empieza a emerger como sujeto de la historia. Primero, germina como clase independiente, revolucionaria, desde la comprensión y síntesis de toda la experiencia práctica de la lucha de clases precedente y la asunción de las más altas cotas alcanzadas por el saber humano: es la formación de su cosmovisión y el material que compone sus fuentes y partes integrantes. Segundo, se destaca como sujeto político históricamente determinado desde la afirmación de su capacidad de acción autónoma y creativa en lucha contra toda forma de paralizante y disolvente espontaneísmo economicista: es Octubre, momento de mediación clave y salto cualitativo en este proceso histórico. Tercero, ya dispuesto y con un horizonte propio, independiente y de vanguardia a nivel mundial, se referencia y se funde con el mundo tal y como es en la riqueza de su concreción histórica determinada, un mundo entonces mayoritariamente rural y campesino, pero ya articulado e integrado bajo la opresiva bóveda del imperialismo y, por tanto, objetivamente maduro para la RPM. Prácticamente, podemos observar a nivel histórico universal los mismos momentos que conforman los estadios de formación del proletariado como sujeto también a nivel político particular, esto es, como Partido Comunista: de la vanguardia teórica, del estadio de la crítica revolucionaria, a las grandes masas, a la transformación efectiva del globo, la praxis revolucionaria, pasando por el momento clave de la mediación práctica que referencia su proyecto a nivel mundial.

De este modo, el viento del Este es el camino de creciente fusión del proceso de la RPM y su horizonte con el mundo tal como aparece históricamente determinado; un sendero que ha dotado de una primera experiencia histórica significativa al proletariado y que a cada paso, por mor de esa creciente experiencia, ha ido destacando y potenciando el aspecto subjetivo consciente de la RPM, mostrando su creciente vigor y potencialidad, auténtica, por parafrasear a Mao, “arma mágica” del proletariado. Así, el estandarte bajo el que el proletariado parisino se dispuso a asaltar los cielos en 1871 no fue otro que la vieja bandera revolucionaria nacional de 1792: defensa de la nación sin la guía del marxismo, pero a pesar de todo gloriosa Comuna, primera experiencia de dictadura del proletariado. El proletariado ruso hace suyo y desarrolla el marxismo y en este desarrollo forja el principal instrumento de su revolución, el Partido de Nuevo Tipo, instrumento de consciencia capaz de cabalgar una revolución democrática en marcha y desviarla de su rumbo natural hacia un horizonte superior, demostrando a la vez que el mantenimiento prolongado del poder proletario no es ninguna utópica ensoñación. El proletariado chino reafirma la universalidad del marxismo, construye su estrategia general, la Guerra Popular, montado sobre una guerra campesina también desencadenada previamente, y más aun, ya en el poder, demuestra con la GRCP que tampoco el desarrollo de lo nuevo a gran escala, la construcción del Comunismo, viene dada por algún impersonal automatismo histórico, sino que su historia será la de una construcción consciente o no será. Finalmente, su mejor discípulo, el proletariado peruano, asumiendo esa experiencia tal y como viene dada y encarnado inicialmente en “un puñado de comunistas” nos da, tal vez, el mejor ejemplo contemporáneo de lo que la subjetividad revolucionaria, asentada sobre el creciente conocimiento de las leyes históricas de la lucha de clases, puede desencadenar: aquí es la vanguardia la que por mediación de la Guerra Popular genera la guerra campesina y un estremecedor proceso revolucionario que, contradictoriamente, ya apunta al porvenir de un nuevo Ciclo de la RPM. Desde la espontaneidad ingenua de la nación en armas hasta la implantación creativa, planificada y sistemática del proceso social revolucionario, el soplo oriental ha consagrado la actividad de la vanguardia como el elemento clave de la Revolución Comunista, dotando, a fuer de experiencia revolucionaria, a tal actividad de un valor cualitativo incomparable al de su posible magnitud cuantitativa, auténtico equivalente histórico-social de la fisión nuclear en el plano tecno-científico.

II. El Partido Comunista de China: la constitución de un verdadero Partido Comunista…

Con el Partido Comunista de China (PCC) sucede algo habitual durante el Ciclo de Octubre, como es la falta de una racionalización sistemática de su completa naturaleza como tal Partido, encontrándose ésta centrada en el aspecto de la organización de la vanguardia, que es, precisamente, la forma en que acabó asentándose esta autocomprensión en la tradición de la Komintern. Así, por ejemplo, los Estatutos aprobados por el PCC en su IX Congreso, el Congreso de la Revolución Cultural, con la perspectiva amplia de los momentos álgidos de la Revolución China ya a sus espaldas, en su parte teórica introductoria, señalaba que el PCC:

“(…) está compuesto por los elementos más avanzados del proletariado; es una vigorosa organización de vanguardia que dirige al proletariado y a las masas revolucionarias en el combate contra el enemigo de clase.”[8]

Como decimos, esto era absolutamente común a la tradición de la Internacional Comunista (IC), siendo notable que ello sucediera incluso en su partido matriz, el Partido Bolchevique, cuyo creador es a su vez el que, a lo largo de su obra y sin una total agrupación sistemática de los mismos, establece los elementos para el correcto entendimiento de la naturaleza del Partido de Nuevo Tipo. Como la LR ya ha señalado en numerosas ocasiones, sólo la perspectiva del Ciclo concluido ha permitido su reunión y comprensión cabal y multilateral. Ello, en el fondo, no es sino una expresión del principio materialista que indica que las formas de la materia se han desarrollado generalmente antes que la conciencia completa que se pueda tener de las mismas.

En cualquier caso, el que el PCC haya conseguido, no sólo desarrollar una revolución victoriosa hasta la conquista del poder, sabiendo concretar y desarrollar los principios marxistas establecidos en función de las condiciones específicas de China, sino también impulsar el proceso de construcción socialista de forma pionera, más allá de los límites alcanzados por la experiencia previa, esto es, la soviética, ya es un indicativo de algo que la LR también ha señalado en alguna ocasión, a saber: que no se puede hacer tabla rasa respecto a todas las secciones de la IC, aun siendo correcta en general su valoración respecto a las graves insuficiencias en la constitución de las mismas. Ello nos lleva a interrogarnos sobre el proceso de constitución del PCC, a tratar de comprender qué factores le van a dotar de la fortaleza necesaria para desarrollar e impulsar la RPM hasta límites entonces inexplorados. La reiterada insistencia de Mao, cuando habla del Partido, respecto a la importancia fundamental para el mismo de la teoría revolucionaria y de su ligazón con las masas, ya es un indicativo de ello.[9] En esta prospección nos centraremos fundamentalmente en los elementos de la morfología constitutiva del Partido, sin atender tanto, aunque en esencia son factores inseparables, al contenido de la línea que va a impulsar y enriquecer, fundamentalmente la Nueva Democracia, por haber sido ésta mucho más valorada y comprendida por el Movimiento Comunista Internacional (MCI), especialmente por su ala maoísta.

En octubre de 1939, en plena Guerra de Resistencia contra el Japón y con el PCC convertido ya en el bastión referencial de la lucha nacional, Mao llama a hacer un balance de la historia del PCC con el fin de asegurar su vigor, la comprensión de las tareas que afronta y el modo de abordarlas:

“Hacer el balance de la experiencia de los últimos dieciocho años y de la fresca experiencia actual, partiendo de nuestra comprensión de la unidad entre la teoría marxista-leninista y la práctica de la revolución china, y difundir el resultado en todo el Partido para que éste se convierta en un partido sólido como el acero y evite la repetición de los errores del pasado: ésta es nuestra tarea.”[10]

El propio Mao se afana en ello y en los meses subsiguientes, en este marco, producirá alguno de los documentos capitales de la Revolución China, especialmente Sobre la nueva democracia. En él y otros textos del periodo realiza una excepcional panorámica sobre la forma en que el comunismo ha arraigado en China. Para Mao, el momento decisivo, que señala una auténtica divisoria en el curso de la Revolución China, es el Movimiento del 4 de Mayo de 1919. Con éste, a juicio de Mao, la Revolución China, que arrecia desde 1840, deja de ser una revolución burguesa de viejo tipo, para pasar a serlo de nuevo, de Nueva Democracia, llamada a ser dirigida por el proletariado:

“En el frente cultural o ideológico de China, el periodo anterior al Movimiento del 4 de Mayo y el que le sigue constituyen dos periodos históricos diferentes. (…) a partir del Movimiento 4 de Mayo, las cosas cambiaron. Surgió en China una fuerza cultural fresca, totalmente nueva: la cultura e ideología comunistas, guiadas por los comunistas chinos, o sea, la concepción comunista del mundo y la teoría de la revolución social. El Movimiento del 4 de Mayo tuvo lugar en 1919, y la fundación del Partido Comunista de China y el comienzo real del movimiento obrero se produjeron en 1921. Todo esto sucedió después de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución de Octubre, esto es, en una época en que la cuestión nacional y el movimiento revolucionario de las colonias habían tomado en el mundo un nuevo cariz. Aquí la conexión entre la revolución china y la revolución mundial es sumamente clara. Una fuerza política fresca –el proletariado y su Partido Comunista— subió a la escena política china”.[11]

Mao comprende que Octubre marca un hito en el desarrollo de la historia universal, el inicio de un nuevo Ciclo de la misma, cuyas salvas de artillería van a tener un profundo impacto en el movimiento de todos los pueblos del mundo, y naturalmente en el chino. Pero Mao establece otra conexión fundamental. Así, a juicio del revolucionario chino, la transformación en el “frente ideológico”, de la que “surge la concepción comunista del mundo”, antecede a la fundación del Partido Comunista y al “comienzo real del movimiento obrero”. La perspectiva de Mao es rigurosamente leninista –sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario—, pero no se trata en ningún caso de la visión de un doctrinario, empeñado en encajar los hechos en su dogma, sino que expresa la realidad de que, efectivamente, el Movimiento del 4 de Mayo va a ser, no sólo la ola que deposite el marxismo en las playas de China, sino también el útero donde van a nutrirse de experiencia política los iniciadores y fundadores del comunismo chino.

Efectivamente, el Movimiento del 4 de Mayo, es fundamentalmente un movimiento intelectual y estudiantil, algo que el propio Mao se encarga de subrayar:

“El Movimiento del 4 de Mayo fue la respuesta al llamamiento de la revolución mundial, de la Revolución Rusa y de Lenin. Fue parte de la revolución proletaria mundial en esa época. Si bien el Partido Comunista no existía aún, había un buen número de intelectuales que aprobaban la Revolución Rusa y poseían rudimentos de la ideología comunista. Al comienzo, el Movimiento del 4 de Mayo fue el movimiento revolucionario de un frente único de tres sectores: intelectuales de ideas comunistas, intelectuales revolucionarios de la pequeña burguesía e intelectuales de la burguesía (estos últimos formaban el ala derecha del Movimiento en aquella época).”[12]

Octubre, estableciendo la Revolución Socialista como referente político mundial efectivo, había plantado la semilla de la fascinación por el comunismo entre un nutrido grupo de la juventud intelectual y revolucionaria nacionalista china. El propio Sun Yat-sen, fundador del moderno movimiento nacionalista chino, el Kuomintang (KMT), hablaba en tono comprensivo y exculpatorio acerca de “el fanatismo y la excesiva admiración de los jóvenes estudiantes chinos hacia la revolución rusa”.[13] El Movimiento del 4 Mayo era una corriente heterogénea, en la que convivían diversas sensibilidades ideológico-políticas, bajo la bóveda común de la lucha nacional anti-imperialista. De hecho, una de las matrices comunes del Movimiento era la auténtica revolución cultural y literaria que la intelectualidad revolucionaria impulsaba contra la vieja cultura feudal-confuciana y su estereotipada forma literaria de transmisión, abogando por la adopción de la lengua vulgar, más asequible para las masas populares. Así, una de las enseñas enarboladas por el movimiento, distintivo de su enrolamiento democrático anti-feudal, era su apertura a las influencias culturales exteriores, en la que el marxismo convivía con otras corrientes intelectuales occidentales. Todo ello lo convertía en un terreno fértil para una intensa y rica batalla de ideas, para una lucha de líneas entre los representantes intelectuales de las diversas clases representadas en el movimiento.[14] Es precisamente a través del hervidero de esta lucha ideológica como los primeros marxistas chinos, organizados inicialmente a través de una serie de círculos de estudio[15] que, al calor de Octubre, florecen entre 1918 y 1920, van a alcanzar esa primera consistencia y madurez necesarias para plantearse la fundación formal del PCC.[16] Coetáneo del Movimiento del 4 de Mayo de 1919, publicado precisamente ese mes, es el artículo Nuestra concepción del marxismo, considerado la primera exposición más o menos completa del marxismo oriunda de China, obra de Li Ta-chao, reconocido como el principal introductor del marxismo en el país asiático[17] y uno de los fundadores del PCC, asesinado por la reacción en 1927.

Como vemos, Mao, ejerciendo como albacea de la historia del movimiento comunista chino, sitúa con absoluta nitidez su detonante y su primera manifestación social en un movimiento exclusivamente intelectual, sin un carácter de masas amplias. De hecho, lo subraya a continuación al hablar de los puntos flacos del Movimiento del 4 de Mayo:

“Su punto débil consistía en que se limitaba a los intelectuales, sin que participaran los obreros y campesinos.”[18]

Evidentemente, es una verdad innegable que por separado el socialismo científico y el movimiento obrero son igualmente débiles, pero la cuestión es que Mao capta, distingue y sitúa, conceptúa, el momento fundamentalmente ideológico, el momento de la vanguardia teórica, en el desarrollo de la revolución y lo sitúa, necesariamente, en el inicio de la misma. Esto es algo que pasará a ser patrimonio de su pensamiento y que jugará, como veremos, un papel clave en la concepción y lanzamiento de la GRCP. Así, dos décadas después de este escrito, Mao, ya en el poder, recordaba:

“La revolución china comenzó por la propagación del marxismo. Gracias a esta propagación nació una nueva opinión pública que facilitó la revolución`.”[19]

Por supuesto, la revolución proletaria necesariamente debe comenzar en el plano ideológico y hacer su primer pie social sobre un suelo intelectual –independientemente del origen sociológico de los que sustenten tal suelo inicial—, por las características propias de esta capa social, algo que sólo los más zafíos materialistas vulgares pueden cuestionar:

“Los intelectuales y los jóvenes estudiantes, particularmente sensibles a los acontecimientos, son los primeros afectados.”[20]

Como vemos, la importancia del Movimiento del 4 de Mayo para el desarrollo de la Revolución China es difícilmente subestimable. Se trata de un movimiento extremadamente minoritario a escala de la sociedad china, pero de vanguardia ideológica, fundamentalmente urbano y por ello con un rápido acceso a los elementos más dinámicos e inquietos de la sociedad china, que, además de esta juventud de vanguardia, están naturalmente compuestos por el proletariado. De hecho, la fundación formal del PCC en julio de 1921, con el inestimable soporte de la IC, no puede ser considerada en ningún caso como la constitución material efectiva del Partido Comunista en China, pero sí que representa un hito desde el momento en que supone la agrupación de un embrión dirigente que, a la vez que se empieza a dotar de una mínima base marxista propia, en medio de las condiciones particulares chinas de la lucha de líneas, y de unos mínimos rudimentos de cohesión organizativa, se establece como el depositario, oficialmente reconocido, del horizonte político abierto por Octubre. Ello precisamente le permite disponer la proyección de su influencia hacia una primera esfera social más amplia. Por eso, podemos considerar que, desde 1921, el proletariado revolucionario chino se ha dotado, no de su Partido, sino de su movimiento de vanguardia referencial, de su referente de vanguardia marxista-leninista. De hecho, hasta 1925 la propia Komintern describía al PCC como “fundamentalmente una organización de propaganda”.[21] Ellos van a cumplir la función crucial de mediadores entre la teoría revolucionaria y una subsecuente socialización de cierta amplitud:

“(…) sus tendencias revolucionarias [de los intelectuales y jóvenes estudiantes] son muy fuertes. Están dotados, en mayor o menor grado, de conocimientos científicos capitalistas, poseen una aguda sensibilidad política y, en la presente etapa de la revolución china, desempeñan con frecuencia un papel de vanguardia o sirven de puente con las masas. (…) En particular, la gran masa de intelectuales relativamente pobres pueden unirse con los obreros y campesinos para participar en la revolución o apoyarla. En China, también fue entre los intelectuales y los jóvenes estudiantes donde primero se difundió ampliamente y se aceptó la ideología marxista-leninista. Sin la participación de los intelectuales revolucionarios, es imposible tener éxito en la organización de las fuerzas revolucionarias.”[22]

En las condiciones de efervescencia revolucionaria que vive la China del momento –no olvidemos la Revolución de 1911 que ha traído el derrumbamiento de la monarquía imperial y una endémica y violenta inestabilidad política—, el Movimiento del 4 de Mayo se expande rápidamente hacia los elementos más o menos modernos de la sociedad urbana, ellos mismos una minoría en la aplastantemente rural y campesina China de entonces, pero de una importancia social cualitativamente decisiva. Continúa Mao:

“Pero, al desarrollarse hasta desembocar en el Movimiento del 3 de Junio, se convirtió en un movimiento revolucionario de amplitud nacional, en el que participaron no sólo los intelectuales, sino también las amplias masas del proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía.”[23]

En este contexto de ebullición y rápida expansión del movimiento revolucionario, los intelectuales que componen el PCC se van a dirigir en un primer instante, fundamental y casi exclusivamente hacia el proletariado chino, el despertar de cuyo movimiento, irrelevante hasta la fecha, se da precisamente en este momento. Es decir, la clase obrera china no conoce una fase de movimiento económico con conciencia en sí previa a la aparición y referencialización de su organismo revolucionario de vanguardia, sino que su entrada en el ruedo político se hace directamente desde el plano de la política y su movimiento sindical está fuertemente caracterizado por este carácter más elevado.

Como venimos señalando, aunque extremadamente minoritario para el conjunto de la sociedad en la que está inscrito, al proletariado chino cabe aplicarle aun más si cabe ese carácter cualitativamente decisivo. De modo general, el “derrumbe de todas las murallas de China” por la penetración de las relaciones capitalistas en los países más o menos atrasados, su subordinación y dependencia de un mercado y una estructura económica mundial cada vez más integrada y entrelazada generan, en sus eslabones débiles, un auténtico hervidero social. El poder imperialista redobla y hace más insoportable la explotación de las vastas masas campesinas a la vez que, con su capital de exportación introduce, acentuando el desequilibrio de la economía nacional, una serie de cabezas de puente capitalistas, a veces extraordinariamente modernas y con una enorme concentración proletaria: véase San Petersburgo, véase aun más, Shanghái. No por casualidad, China será el ejemplo paradigmático, con un valor y proyección históricas, de estos elementos y condiciones. Allí se hacina en una serie contada de ciudades un proletariado de recientísima aparición, apenas desarraigado de la tierra y de las seguridades y costumbres de la tradición, y por ello particularmente inquieto y bullicioso; intranquilidad a la que cabe sumar el tormentoso marco político chino del momento. Su concentración[24], su vínculo, aún reciente, con el campo, su inquietud y las condiciones de un país oprimido, que impiden o dificultan la aparición de una capa de aristocracia obrera con relevancia social, sitúan al proletariado chino en condiciones de aparecer como tal clase en conjunto, aun a pesar de la inmensa minoría que representa en la sociedad china, o precisamente por ello, como elemento de vanguardia del movimiento nacional y la revolución de forma relativamente homogénea y compacta. Mao destaca especialmente algunos de estos elementos cruciales:

“Dado que en la China colonial y semicolonial no existe, como en Europa, base económica para el socialreformismo, el proletariado en su conjunto, salvo unos pocos vendeobreros, es la clase más revolucionaria. (…) como el proletariado chino, por su origen, está formado en su mayoría por campesinos arruinados, tiene vínculos naturales con las grandes masas campesinas, lo cual le facilita formar una estrecha alianza con ellas.”[25]

Efectivamente, al igual que los móviles detonantes del Movimiento del 4 de Mayo son fundamentalmente de carácter nacional anti-imperialista –la indignación provocada por las cláusulas del Tratado de Versalles referentes a China, el tratamiento de las 21 condiciones del Japón y el traspaso a este país de las antiguas concesiones chinas de la derrotada Alemania imperial— y, por ello, dada esa consecuencia del Movimiento que tanto alaba Mao, naturalmente anti-feudales[26], la motivación del despertar del movimiento obrero chino será también esencialmente nacional e, incluso, serán los nacionalistas sus primeros promotores y organizadores. Un hito a este respecto es la huelga que en la primera mitad de 1922 consigue paralizar completamente Hong-Kong, motivada, no tanto por demandas económicas, sino por la presencia del imperialismo británico y que es organizada por el KMT.[27] Éste, por cierto, es un hecho perfectamente asumido y comprendido por la IC:

“En la medida en que los intelectuales burgueses nacionalistas atraen hacia el movimiento revolucionario a la clase obrera para luchar contra el imperialismo, sus representantes asumen ante todo un papel dirigente en la acción y en la embrionaria organización profesional. En un comienzo, la acción de la clase obrera no supera el marco de los intereses ‘comunes a todas las naciones’ de la democracia burguesa (huelgas contra la burocracia y la administración imperialista en China y en India).”[28]

Es este contexto de efervescencia y referencialización de la lucha nacional, cuando todos los elementos más modernos y progresivos de la sociedad china (burguesía nacional, pequeña burguesía, proletariado) están formando un frente unido anti-imperialista, lo que permite al proletariado, poco numeroso pero concentrado en lugares decisivos respecto a los vínculos económicos y políticos de dependencia de China con el imperialismo, las grandes aglomeraciones urbanas más o menos costeras, situarse en la posición de suministrar la más aguerrida fuerza social de choque al movimiento nacional. Es por todo este marco que se encuentra, como clase en conjunto, en situación de actuar como vanguardia práctica de un movimiento nacional general. Efectivamente, este proletariado representa al elemento de avanzada de la lucha anti-imperialista efectiva, el que más dispuesto se halla a arrostrar los riesgos prácticos de la misma y, por su referida composición y situación, como subraya Mao, el que se encuentra en mejor situación para servir de mediador y transmisor del movimiento hacia la aplastante mayoría de la nación, el campesinado, cuyo despertar supondrá el decisivo punto de no retorno para la revolución nacional y social china. Precisamente, al respecto de este despertar, de las formas de encararlo, se irán acumulando las fricciones entre el KMT y el PCC que llevarán a la ruptura de su alianza. Pero no adelantemos acontecimientos.

Como vemos, efectivamente, los comunistas, apenas nacidos a la independencia organizativa, no participan de estas primeras expresiones importantes del proletariado chino, pero inmediatamente, dada su referida orientación social, se van a significar en su movimiento y a alcanzar una decisiva influencia en él. Ésta se va a hacer notar en el siguiente jalón decisivo de la Revolución China, que es el Movimiento del 30 de Mayo de 1925, al que los comunistas ya van a estar estrechamente vinculados organizativamente y en el que van a desplegar una acción efectiva. Este movimiento, de carácter huelguístico fabril, pero masivo y generalizado, se hace de nuevo bajo la bandera nacional de lucha anti-imperialista, pero ahora el PCC es capaz de referenciarse inmediatamente. De hecho, 1925 es un año clave en el desarrollo de esta primera etapa de la historia del PCC. Si en enero de 1925, en el momento de celebrar su IV Congreso, el PCC apenas sumaba la cifra de un millar de militantes (no olvidemos que su Congreso fundacional en 1921 representaba a 57 militantes en total), para finales de este año esa cifra se ha multiplicado por diez y, a partir de ese momento, hasta 1927, no dejará de crecer, agrupando en ese último año a casi 60.000 activistas.[29] Así pues, a partir de este momento, 1925, podemos considerar que el comunismo ha penetrado a la vanguardia práctica y se encuentra en condiciones de conectar con las grandes masas de la sociedad china, con la fuerza cuyo peso numérico la convierte en decisiva para el desenvolvimiento de la lucha de clases revolucionaria en ese país, el campesinado. Ésta es, precisamente, la siguiente fase o escalón que señala Mao:

“En el segundo periodo, cuyos jalones lo constituyen la fundación del Partido Comunista de China, el Movimiento del 30 de Mayo y la Expedición al Norte, se continuó y amplió el frente único de las tres clases, formado durante el Movimiento del 4 de Mayo, se atrajo a dicho frente al campesinado, y se estableció en el terreno político un frente único de todas estas clases”.[30]

Paralelamente a esta ampliación de su radio de influencia social, la línea del comunismo chino se va ir definiendo y concretando. Si, como hemos visto, ya se había establecido una primera comprensión general del marxismo, un fundamento suficiente para referenciarse crecientemente entre la vanguardia ideológica de la sociedad china, ahora se trata de su aplicación a la realidad concreta del país como línea política. Sucintamente, podemos resumir su desarrollo como una creciente ampliación que, desde el más cerrado obrerismo inicial se va a ir extendiendo, primero hacia la burguesía nacional, hasta llegar finalmente a comprender al campesinado.

Efectivamente, en un primer momento, son los delegados de la Komintern los que deben poner sobre la mesa todo su prestigio e influencia para obligar[31] a los renuentes dirigentes del PCC a abrirse a una política de colaboración y alianza con el KMT –él mismo asesorado por los soviéticos—, que será decisiva para la expansión y el desarrollo del Partido. Este periodo de colaboración con la burguesía nacional dio al PCC un primer y precioso bagaje de experiencia política en la gran lucha de clases, pero culminó en el desastre de 1927 debido a la desviación derechista de su dirección. Así, si en un primer momento la dirección del PCC, encabezada por su primer secretario general, Chen Tu-hsiu, se había visto arrastrada por la IC a la alianza con el KMT, ahora esta política se abrazó con fervor unilateral, amenazando la propia independencia del Partido y comprometiendo la posibilidad de su expansión hacia el campesinado, respecto al que se tiene una política timorata, temerosa de la revolución agraria, que se evita impulsar decididamente para no perturbar las relaciones con el KMT.[32] Es precisamente alrededor de la lucha de líneas en torno a esta cuestión donde Mao empieza a destacar en el seno del Partido.

De cualquier manera, y a pesar de los conciliadores esfuerzos del PCC, el KMT, alarmado por la, a pesar de todo, creciente influencia y prestigio comunistas, decide romper la alianza. Entre abril y julio de 1927 se desata una sangrienta cacería anti-comunista que costará miles de vidas entre los obreros revolucionarios y los militantes del PCC y que será agravada por la reacción del PCC, aún fuertemente marcado por el influjo obrerista-economicista, cuyo colofón militar es el putschismo insurreccionalista, que lanzará durante la segunda mitad de 1927 una serie de insurrecciones y asaltos armados frontales en las ciudades que culminarán en el sangriento fracaso de la Comuna de Cantón en diciembre.

Los supervivientes de esta debacle se ven obligados a pasar a la clandestinidad o a huir al campo, donde desde finales del año anterior, el campesinado, despertado por la Expedición al Norte, comienza a rugir con creciente brío: la guerra campesina es ya una realidad. Es a este escenario donde los fugitivos del PCC van a parar, agrupados crecientemente en torno a Mao, quien ya viene defendiendo el papel decisivo del campesinado en la Revolución China en la lucha de líneas en el seno del PCC.[33] De este núcleo va a surgir el equipo dirigente que se destacará en la historia del PCC hasta la GRCP, así como la primera base de apoyo rural del Partido en las montañas de Ching Kang Shan. A toda la experiencia atesorada en los años anteriores entre el proletariado urbano y en la colaboración con la burguesía nacional, la vanguardia marxista china puede sumar ahora la primera experiencia rural plena. El PCC, en un sangriento proceso de concreción de su línea ha llegado ya a lo hondo de la sociedad china, donde habitan las masas incontables, ahora ya en movimiento. Mao describe este periodo que acaba de iniciarse de la siguiente manera:

“(…) la fase de la Guerra Revolucionaria Agraria. Gracias a la experiencia adquirida durante la primera fase, a una mejor comprensión de las condiciones históricas y sociales de China y de las características y leyes de la revolución china, y también a que nuestros cuadros habían asimilado mejor la teoría marxista-leninista y sabían mejor cómo integrarla con la práctica de la revolución china, nuestro Partido pudo llevar adelante con éxito, durante diez años, la lucha revolucionaria agraria. La burguesía había traicionado, pero el Partido supo apoyarse firmemente en los campesinos. Las organizaciones del Partido no sólo volvieron a crecer sino que se consolidaron.”[34]

Así pues, es a través de una profundización social, que es a la vez ampliación de su radio de acción, en un descenso desde lo ideológico general a lo más particular concreto, ganando una preciosa experiencia en contacto con todas las clases más o menos progresivas de la sociedad china, como la Línea Política se encuentra ya en condiciones de comenzar a formular el Programa concreto de la Revolución China. A eso, a la cristalización programática, es precisamente a lo que se está refiriendo Mao cuando habla de la “integración de la teoría marxista-leninista con la práctica de la revolución china”. De este modo, desde finales de 1927 podemos considerar que el PCC ha dado ya los pasos esenciales para su constitución; pero ésta, debido a las particularidades históricas y políticas en que se enmarca la Revolución China, será todavía por un tiempo, como veremos, un proceso problemático.

En cualquier caso, el llamado de Mao a realizar un balance se produce en un momento especialmente oportuno. Como decíamos, para 1939, ya en Yenán, el PCC se ha convertido en el referente de la resistencia nacional, el partido al que vuelven su mirada todos los sectores de la sociedad china ansiosos por terminar radicalmente con el secular y humillante sojuzgamiento de su país. Efectivamente, tras el de 1925, entre 1937 –inicio de la guerra abierta con Japón— y 1940, época en la que Mao completa ese balance en el que nos hemos apoyado para empezar a comprender el proceso de constitución del PCC, el Partido vive otro momento decisivo en su crecimiento: durante esos años su número de militantes asciende vertiginosamente de 40.000 a 800.000.[35] El riesgo de dilución ideológico-política del comunismo chino como fuerza independiente es particularmente severo ante ese aluvión de nuevos miembros, la mayoría atraídos al Partido por motivos más patrióticos que clasistas. De ahí la apremiante necesidad sentida[36] de un balance que ordene y sistematice la historia del Partido y de ahí que sea ésta la época en que Mao elabora sus obras filosóficas más célebres.[37] Este trabajo de balance dispondrá al PCC en posición de profundizar y ultimar su Línea, cuya más señera muestra probablemente sea Sobre la nueva democracia, y su Programa, sentando las bases definitivas que auparán al Partido a la victoria, contra Japón primero, y contra el KMT después, llevando a la fundación de la República Popular.

En relación con ello, de las entrañas de este balance también surgirá un elemento absolutamente clave en el desarrollo de la Línea y el estilo de trabajo del PCC, como es la campaña de rectificación en la que el Partido se embarca desde 1942 y que se puede considerar como una auténtica semilla de la GRCP. Efectivamente, se trata de una campaña de elevación ideológica de los miembros del PCC y de estrechamiento de sus lazos con las masas, destinada a garantizar la independencia ideológico-política del comunismo chino; motivación impuesta por la necesidad de digerir el explosivo crecimiento cuantitativo del Partido, pero que pasará a formar parte estructural del bagaje y pensamiento maoístas. Particularmente, en ella se acuña plenamente el concepto maoísta de la línea de masas, decisivo y sobre el que abundaremos. La campaña de rectificación se asienta sobre sesiones colectivas de estudio, donde se intenta fomentar el debate ideológico, aunque éste se articula sobre un procedimiento muy reglado y formalizado a priori en función del esquema maoísta unidad-crítica-unidad, estrechamente vinculado a esa línea de masas, animando a través de esa discusión a los militantes a la aplicación de la crítica y la autocrítica de sus trayectorias y actitudes en sesiones colectivas. Con esta campaña se consiguió el asentamiento de la dirección del Partido, una elevación de su nivel cualitativo, con la multiplicación del número de cuadros aptos, se fortaleció el enraizamiento del PCC en las bases de apoyo y, en definitiva, se cohesionó el movimiento comunista chino en un momento en que, paradójicamente, era su éxito político la mayor amenaza a su independencia y desarrollo. Esta campaña se saldó con una depuración del Partido, que expulsó de sus filas alrededor de un 5-10% de su militancia inicial.[38] Aun a pesar de sus defectos –que también, inevitablemente, pasarán a formar parte de la concepción maoísta—, esta campaña de rectificación, y sus motivaciones, era un extraordinario y saludable revulsivo si se sitúan en el contexto del MCI de la época, donde los métodos y el estilo de trabajo administrativos se imponían cada vez más y en que la línea de Frente Popular diluía crecientemente al movimiento comunista en las pantanosas aguas de la democracia burguesa, amenazando su independencia a todos los niveles (es la época, no lo olvidemos, de la autodisolución de la IC).

En definitiva, en las condiciones históricas necesarias del Ciclo de Octubre que determinarán la orientación progresiva de la RPM hacia el Oriente, impulsada por ese viento del Este, la constitución de un verdadero Partido Comunista en China, país que por su composición de clases, la disposición política de las mismas y su relación con el imperialismo, así como por las tareas pendientes a resolver por la revolución, se encontraba en una posición históricamente paradigmática respecto a la propia estructura social mundial contemporánea, determina la definitiva consagración del proletariado como referente universal y como sujeto histórico. En China, la RPM alcanza lo hondo y profundo del mundo de entonces, y este descenso histórico, que, por su atesoramiento de aprendizaje revolucionario, es simultáneo y dialéctico ascenso, eclosiona finalmente con la más elevada experiencia revolucionaria de todo el Ciclo, la GRCP, creando un verdadero puente hacia un futuro revolucionario más elevado, hacia un Segundo Ciclo de la RPM.

En la comprensión del proceso de constitución del PCC hemos seguido a Mao en una de sus más reconocidas y brillantes exposiciones ideológicas. Estrictamente, Mao no acomoda las fases y periodos del proceso tal y como nosotros los hemos bosquejado, sino que, inmerso en el Ciclo y sin la suficiente perspectiva histórica, los ordena necesaria y correctamente en función de las conquistas alcanzadas y las exigencias de continuidad de la Revolución China. No obstante, el rigor del revolucionario chino es tal que los elementos necesarios para la comprensión de la constitución de un Partido Comunista están, sin destacar especialmente, presentes explícitamente, y no sólo eso, sino que además se encuentran dispuestos en el orden científicamente preciso. Así, como hemos visto, Mao establece claramente distinguidos y secuenciados los momentos clave del proceso social que signan la constitución de un verdadero Partido Comunista: de la vanguardia teórica a las grandes masas, pasando por la mediación de la vanguardia práctica. De la ebullición intelectual del Movimiento del 4 de Mayo, donde el marxismo debe abrirse paso como referente de la Revolución China en pugna con otras ideologías que aspiran a su hegemonía, a las grandes masas campesinas, pasando por un proletariado que ha sido ya activado y encuadrado por el movimiento nacional. Efectivamente, las características objetivas de la Revolución China imbricaban necesariamente la cuestión nacional con la revolución social, así como la estructura de clases de la sociedad china, oprimida, atrasada y sin la complejidad de las modernas sociedades capitalistas, permitía al proletariado jugar, como conjunto homogéneo, a la vez que el de activo luchador social, el rol clave de mediador en el movimiento nacional. Finalmente, paralelo a este proceso de profundización-ampliación social en el que nos hemos centrado, atisbamos a ver las claves del aterrizaje del marxismo en una realidad específica particular, los momentos capitales de su proceso ideológico-político, en un camino de concreción creciente de la teoría revolucionaria. Desde su defensa general como verdad teórica más abstracta en las luchas ideológicas del Movimiento del 4 de Mayo, hasta la necesidad de sus primeras formulaciones programáticas precisas, coincidentes con la construcción de las primeras bases de apoyo rurales: de la defensa de la Línea General, tal y como ha podido ser aprehendida desde el MCI, desde ese retumbar artillero de Octubre y sus instituciones, fundamentalmente la Komintern, hasta el inicio de la formulación del Programa para la revolución agraria, nudo gordiano de la entera Revolución China, pasando por el pulido de la Línea Política a través de la dolorosa, pero enriquecedora, experiencia de la Primera Guerra Civil Revolucionaria, de la colaboración con el KMT. Un proceso cuya culminación sólo ha sido posible desde la experiencia y relación de la vanguardia marxista con todas las clases progresivas de la sociedad china, así como, consecuentemente, desde la relación de todas las clases entre sí.

III. … en unas condiciones necesarias e históricamente determinadas

III.1. El movimiento nacional del pueblo chino

Como hemos señalado, las exigencias objetivas del desenvolvimiento de la Revolución China otorgaban una preponderancia clave al problema del sojuzgamiento nacional de China, situando en primer plano las necesidades de la revolución nacional. Ésa es, al menos, la perspectiva de Mao, refrendada por la práctica revolucionaria del PCC:

“Incuestionablemente, las tareas principales consisten en golpear a estos dos enemigos, o sea, en realizar una revolución nacional para acabar con la opresión extranjera del imperialismo y una revolución democrática para terminar con la opresión interior de los terratenientes feudales; de estas tareas, la primordial es la revolución nacional para derrocar al imperialismo.”[39]

Si las bases del Ciclo de Octubre están marcadas por el entrelazamiento histórico de la revolución burguesa con la revolución proletaria y si ello ya se refleja políticamente en el acontecimiento que le da salida, la Revolución de Octubre, aun más profunda será la incidencia de esta determinación política, del peso de la revolución democrática, en el escenario chino. La estructura socioeconómica del país así como la forma de su encuadramiento en el sistema imperialista mundial determinarán este peso del factor democrático y su marcada inclinación nacional. La revolución nacional es en China un hecho que lleva décadas en marcha cuando el comunismo y el proletariado chinos entran en escena como actores políticos. La propia composición, situación y peso relativo del proletariado chino respecto de las otras clases, así como su historia política, la forma nacional primera de su movilización, determinan que nuestra clase, la más avanzada, sea, por ello, la más sensible a las paradojas que genera esta ineluctable encrucijada histórica. Ello se reflejará en el carácter dual de su actividad política, primariamente nacional, pero también de clase. Inevitablemente, este estigma de bastardía se reflejará a su vez en la fuerza política llamada a representarlo, el PCC, que se enraíza fuertemente en el seno del proletariado en estos decisivos primeros años de infancia del Partido.[40] Si ya hemos visto cómo entre 1922 y 1925 el proletariado chino ejerce como fuerza de choque del movimiento nacional contra el imperialismo, pronto, aun sin dejar a un lado su implicación nacionalista, su desenvolvimiento empieza a afectar también a la propia burguesía china.[41] Ello va a ser otro factor, junto a la creciente inquietud en el agro que lleva al estallido de la guerra campesina, que agrie y debilite la alianza PCC-KMT, fortaleciendo al ala derecha de este último partido.

Si esto, si este peso objetivo necesario del componente nacional, ya era así en el suelo social natural del PCC, aun se va a marcar más cuando el Partido desplace su centro de gravedad de masas hacia el campo y se apoye sobre el ingente campesinado, “ejército básico del movimiento nacional”, por recordar a Stalin.

Pero el elemento decisivo respecto al peso de la orientación nacionalista en el PCC va a ser su relación con la burguesía nacional. La importancia extraordinaria de esta relación la subraya Mao con contundencia:

“La revolución china y el Partido Comunista de China se han desarrollado precisamente a través de esta compleja relación con la burguesía. (…) Los fracasos o triunfos del Partido, sus retrocesos o avances, su reducción o ampliación, su desarrollo o consolidación, están todos necesariamente ligados a la relación del Partido con la burguesía y a su relación con la lucha armada.”[42]

Dejando por el momento la cuestión de la lucha armada, efectivamente, la relación del PCC con la burguesía nacional va a ser absolutamente decisiva y no sólo en el crucial periodo de nacimiento del Partido. Como hemos visto, el terreno fértil donde se planta la semilla del comunismo chino es el Movimiento del 4 de Mayo. Asimismo, hemos señalado con Mao que es un movimiento político fundamentalmente intelectual, donde junto a los incipientes representantes del proletariado conviven los de diversas capas de la burguesía. Igualmente, hemos observado que es en la lucha ideológica entre estas corrientes teóricas convivientes de matriz occidental como el marxismo se abre paso en China. No obstante, algunos de los elementos de estas tendencias burguesas se van a adherir a ese marxismo que va a conformar el maoísmo.[43] Ello, por supuesto, es inevitable y es el peaje necesario que el marxismo pagó históricamente para referenciarse como ideología hegemónica entre la vanguardia, como su concreción y adaptación, en un proceso de negación de la negación más o menos incompleto, en las condiciones particulares de una realidad específica. Por supuesto, de nuevo, ello no es ninguna particularidad de la Revolución China, sino la expresión en la misma de la alianza general que el marxismo realizó con el materialismo vulgar contra el pensamiento idealista –en su forma dominante propia del sistema feudal; siendo, pues, la expresión filosófica de ese entrelazamiento histórico de las revoluciones burguesa y proletaria que venimos subrayando— en los prolegómenos del Ciclo de Octubre, sobre la que la LR ha insistido en numerosas ocasiones, y que le sirvió para referenciarse en un mundo dominado por unas orientaciones culturales históricamente determinadas. De hecho, Mao es perfectamente consciente de esta alianza, aunque tal vez no tanto de los peajes que se cobrará a largo plazo, especialmente en el plano de la dialéctica:

“(…) el proletariado chino, con su pensamiento científico, puede formar un frente único contra el imperialismo, el feudalismo y la superstición con los materialistas y hombres de ciencia de la burguesía china que sean progresistas, pero nunca puede formar un frente único con ningún tipo de idealismo reaccionario.”[44]

Pero, como decimos, esta alianza no fue una simple servidumbre para el marxismo, sino que tuvo sus contrapartidas, como, por ejemplo, la potenciación de la difusión del marxismo, aun con todos los límites históricos de éste. En China, el nacionalismo no sólo va a ser la escuela donde se inicien a la actividad política muchos de los futuros dirigentes clave del PCC y la Revolución China, empezando por el propio Mao[45], sino que el carácter vagamente socializante del ideal nacionalista que promueve el padre del KMT, Sun Yat-sen, que será el sostén de la izquierda de este partido y el más decidido partidario de la alianza con la URSS, expresado en el tercero de los Tres Principios del Pueblo, el de Vida del Pueblo, facilitó la incorporación del marxismo por la intelectualidad china. Elocuentemente, la primera traducción del Manifiesto Comunista al idioma chino, en 1906, fue obra del Min pao, el periódico de Sun Yat-sen en el exilio.[46]

En este sentido, desde el punto de vista político del desarrollo concreto de la Revolución China, esta alianza y esta relación van a ser cruciales. Efectivamente, desde que se establece el acuerdo de colaboración entre el PCC y el KMT, que permite la entrada en esta última organización de los comunistas a título individual, el amparo de la bóveda nacionalista va a ser fundamental en el crecimiento del PCC. Ella no sólo permite y facilita la acción y el contacto de los comunistas entre las masas, sino que, con la alianza entre el KMT y la URSS, que había allanado el camino para el acuerdo del PCC con los nacionalistas, los asesores soviéticos encabezados por Borodin y miembros destacados del PCC, como Li Ta-chao, van a jugar un papel clave en la propia reorganización del KMT. Desde entonces hasta que las relaciones mutuas comiencen a agrietarse a partir de 1926, los comunistas van a estar sobrerrepresentados en los organismos del KMT respecto a su peso cuantitativo en el mismo. Así, por ejemplo, en el I Congreso del KMT, celebrado en enero de 1924, 40 de los 200 delegados presentes van a ser comunistas, un 20% de los mismos, así como 3 de los 24 miembros que van a componer el primer Comité Central (CC) del KMT[47]; ello en un momento en que el PCC no alcanzaba la cifra del millar de militantes mientras que el KMT contaba con varios cientos de miles. Evidentemente, el peso de la ayuda soviética jugaba un papel clave en esta desproporción que irritaba al ala derecha del KMT. El propio Mao desempeñará varios cargos de importancia en las estructuras del KMT durante estos años.[48] De hecho, las primeras experiencias del Partido entre el campesinado se producen bajo el paraguas de esta colaboración y, hecho clave, la chispa que va a incendiar el campo, ya afectado por el Movimiento del 30 de Mayo, y a precipitar la explosión de la guerra campesina va a ser la Expedición al Norte, la ansiada empresa, iniciada por fin en 1926, de reunificación militar de China, encabezada y dirigida por los nacionalistas.[49]

El KMT, cuyos orígenes se remontan hasta 1895 y que empieza a jugar un papel destacado en la vida política china desde la revolución de 1911, era para mediados de los 1920 el movimiento clave del firmamento chino. Sucintamente, podemos considerar al KMT de la época como el representante de la burguesía nacional en alianza creciente con un sector de la burguesía compradora y que se sostiene sobre la masa de la pequeña burguesía urbana. Sus lazos con el campo son escasos, y nulos entre en la inmensa masa del campesinado pobre, pero no su influencia inicial en el despertar del joven proletariado chino. Aunque la hegemonía sobre este último pronto le fue arrebatada por el PCC, el KMT era el representante principal de la masa urbana de la sociedad china, minoritaria pero, como hemos dicho, cualitativamente fundamental. Hasta la muerte de Sun Yat-sen en 1925 podemos decir que fue su izquierda, la representante del vínculo entre la burguesía nacional y la pequeña burguesía urbana, la que hegemonizó el partido. Pero desde ese momento, a medida que el KMT se extiende con la revolución nacional y los militaristas del Norte van entrando en bancarrota, el peso de la burguesía compradora en su seno no deja de aumentar, a medida que muchos de sus elementos abandonan a sus representantes militaristas en quiebra. Paralelamente, como hemos visto, la extensión de la revolución nacional, que provoca una creciente actividad de clase del proletariado y el estallido de la guerra campesina, aumentan el pánico burgués general en el seno del KMT. El equilibro de fuerzas se inclina decididamente hacia el ala derecha de este partido, que en 1927 romperá la alianza con el PCC, vulnerable en este momento por el dominio de ese oportunismo de derecha que entrega la dirección de la revolución nacional al KMT y amenaza la independencia del comunismo[50], y desatará el terror blanco.

Aunque en un primer momento el KMT parece el dueño de la situación, su incapacidad para destruir al PCC, así como para canalizar o reprimir la guerra campesina, estabilizando la situación en el campo, le irán haciendo transigir crecientemente, paralelamente al aumento de la preponderancia de la burguesía compradora en su seno, con el imperialismo, especialmente el occidental. Esta política creciente de componendas y colusión con el imperialismo, cuando la revolución nacional, avivada por el paso de la guerra campesina a la Guerra Popular, no ceja, irá haciendo aumentar las fricciones internas del KMT en torno a la burguesía nacional, cada vez más disgustada por esta orientación.

El marco teórico para poder actuar sobre estas contradicciones internas en el campo de la burguesía lo establecerá Mao con su tesis del doble carácter de la burguesía nacional china, que, desde el análisis de sus vacilaciones, a la vez que abre la puerta a la colaboración con ella en tanto se muestre consecuentemente anti-imperialista, establece firmemente, recogiendo la experiencia inicial del Partido, la necesidad irrenunciable de mantener la independencia del movimiento comunista chino a todos los niveles.[51] Propulsado por el profundo enraizamiento del PCC en el movimiento y la revolución nacionales, el Partido sacará provecho de estas contradicciones con una intensísima propaganda de carácter patriótico y de denuncia de la conciliación kuomintangista con el imperialismo.[52] El debilitamiento de la revolución nacional por la traición del KMT propiciará, además, la expansión del imperialismo japonés, que se anexiona Manchuria en 1931. Los siguientes años serán punteados por una serie de agresiones e incidentes protagonizados por este imperialismo, ante los que el KMT se muestra impotente, desatendiendo la defensa nacional y más preocupado en lanzar sus campañas de cerco y aniquilamiento contra los comunistas. Ello favorecerá aun más la extensión de la influencia del PCC que enarbola una política de consecuente resistencia anti-japonesa. El Partido llegará incluso, en un acto más simbólico que efectivo, a declarar unilateralmente la guerra a Japón en 1932.[53] Esta política tendrá un éxito impresionante en agudizar las contradicciones internas del KMT, que se ve sacudido por numerosos incidentes y revueltas internas más o menos graves que tienen como causa la inconsecuencia de la resistencia contra Japón del partido y el gobierno. Destacan la revuelta de Fukien en 1933 o el incidente de Sian en 1936, pero el momento decisivo va ser el Movimiento del 9 de diciembre de 1935, fecha de una manifestación estudiantil anti-japonesa en Pekín, cuyo impulso se extiende rápidamente a las principales ciudades y alcanza también el campo y que porta como principal consigna el fin de la guerra civil (no olvidemos que en la última fase de ésta el KMT casi obtiene el éxito militar, obligando en 1934 al PCC a abandonar las bases de Kiangsi y a emprender la Larga Marcha). De este modo se allana la formación del frente único nacional en 1937 a partir de la invasión a gran escala del imperialismo japonés.

Como decimos, los réditos de la campaña de resistencia nacional del PCC serán enormes, consiguiendo establecer entre la opinión pública de un país embarcado en una larga revolución nacional la equivalencia entre el anti-patriotismo y el anti-comunismo:

“El resultado negativo de las campañas contrarrevolucionarias de ‘cerco y aniquilamiento’ fue la invasión de nuestro país por el imperialismo japonés. Esta es la razón principal de que, todavía hoy, el pueblo de todo el país siga abominando de esos diez años de anticomunismo.”[54]

De hecho, en opinión de Mao, éste será el acontecimiento político clave que propiciará la victoria final del PCC en 1949. En 1964, ante una delegación de socialistas japoneses, Mao declaraba contundentemente:

“Ya conversé en otra oportunidad sobre este particular con amigos japoneses. Pedían mil disculpas por el hecho de que el ejército japonés hubiera atacado a China como agresor. Yo conteste: ¡No! Si vuestro ejército imperial no hubiera invadido como agresor una gran parte de China, nos habría sido imposible llegar a la solidaridad del pueblo chino para enfrentarnos a vosotros. Entonces el Partido Comunista Chino no habría llegado al poder. Por consiguiente, el ejército imperial japonés fue un profesor excelente para nosotros (…). No es necesario pedir perdón. El militarismo japonés nos ha facilitado las cosas. Debido a ello el pueblo chino ha podido tomar el poder.”[55]

Desde el punto de vista político, esta línea del PCC le permitió mantener un enorme prestigio e influencia entre la intelectualidad de los centros urbanos, de los que había sido expulsado en 1927, así como impulsar la descomposición política y el estrechamiento de la base social del KMT, con la progresiva referencialización del PCC entre crecientes sectores de la burguesía nacional, como testimonian los incidentes y revueltas referidas, así como el señalado y espectacular crecimiento cuantitativo del Partido Comunista a partir de 1937. Los beneficios que el PCC va a cosechar de esta política serán, como vemos, inmensos en lo inmediato, imposible de ser despreciados o rechazados, pero van a generar problemas, que se significarán particularmente en el largo plazo y de los que, como muestra la campaña de rectificación de 1942, los dirigentes del Partido no eran del todo desconocedores. En este sentido, una elocuente muestra son los constantes llamados de atención respecto al carácter de la militancia del Partido que, a partir de este momento, serán una constante en la historia del PCC hasta el mismo final de la GRCP:

“Muchos miembros del Partido se han incorporado a él en el plano organizativo, pero ideológicamente no lo han hecho del todo o incluso no lo han hecho en absoluto.”[56]

De este modo, podemos concluir que no es sólo que el PCC pasase simplemente a encabezar la revolución nacional, sino que el Partido Comunista, dirigiendo la guerra de liberación nacional, la integró plenamente, convirtiéndose en el auténtico movimiento nacional del pueblo chino y arrebatando al KMT ese título que ostentaba.[57]

III.2. El indeleble desgarro de una dualidad

Tratadas ya las particularidades en la constitución del PCC en lo que respecta a la relaciones del proletariado revolucionario con las otras clases de la sociedad china, especialmente la burguesía nacional, en el contexto específico impuesto por la Revolución China, es necesario referirse, para seguir profundizando en la comprensión de esta constitución en su concreción histórica, a la relación del PCC con el MCI, particularmente con la IC.

 Aparte de transmitir inevitablemente las limitaciones del marxismo propias del paradigma de Octubre (el peso del economicismo, el espontaneísmo, la teoría de las fuerzas productivas, etc.), que el PCC, por supuesto, asumiría, la influencia de la IC no puede considerarse de ninguna manera como completamente negativa. Fue ella la que, a través de sus delegados, como Voitinsky y Maring, dio a los diseminados círculos de estudio marxista chinos los primeros resortes de organización y línea política, la que, con su asesoramiento y ayuda material, impulsó extraordinariamente la operatividad del Partido, especialmente en sus primeros y críticos tiempos y, tal vez la más importante, fue el referente de Octubre, y el enorme prestigio que éste tenía entre los pueblos del mundo, particularmente en Oriente, lo que propulsó rápidamente la popularidad del PCC entre los obreros y campesinos chinos. La expresión ideológico-política más condensada de este referente fue la línea establecida por la Komintern en su II Congreso de 1920 respecto a la cuestión nacional y colonial que, rompiendo para siempre con la tónica eurocentrista que había marcado a la II Internacional, abrió las puertas de la revolución social a los pueblos de Oriente, conjugándola con sus necesidades de liberación y desarrollo nacional. La política de Nueva Democracia, que luego Mao va a perfeccionar, encuentra sus insustituibles bases allí. En este sentido, por ejemplo, va a ser precisamente la IC la primera que llame la atención del PCC, volcado inicialmente en el trabajo sindical entre el proletariado urbano, hacia la crucial cuestión campesina.[58] También será la IC la que empuje al PCC a la alianza con el KMT, permitiéndole, gracias a su influencia y prestigio y a los de la URSS, tener ese peso desproporcionado en el aparato nacionalista. Ello será benéfico en la medida en que sirve de revulsivo al obrerismo inicial del Partido y, como hemos visto, favorece su expansión inicial, su referencialización y la adquisición de una primera y preciosa experiencia política.

No obstante, el otro aspecto de esta política, que empezará a introducir una distorsión que marcará una dualidad de profundo calado en la historia del desarrollo del comunismo chino, es que esta alianza PCC-KMT corre en paralelo a la alianza URSS-KMT. Aquí se empezarán a percibir los síntomas de la contradicción, en la que se debatirá la IC y que, a medida que se acentúe, marcará su degeneración y final autodisolución, entre los intereses de desarrollo de la RPM y los intereses de preservación del Estado soviético en cuanto tal Estado. En China esta incipiente contradicción provocará, en momentos críticos, vacilaciones y confusión entre los comunistas chinos que agravarán y profundizarán las derivas oportunistas de los propios dirigentes del PCC en este periodo.[59]

Como ya ha indicado la LR, la trayectoria del MCI durante el Ciclo de Octubre está marcada, a medida que la RPM entra en crisis y se muestra incapaz de avanzar, especialmente en los emplazamientos de avanzada del imperialismo, en las metrópolis, por el reafloramiento de las viejas concepciones socialdemócratas, cuyo sustrato último nunca fue completamente depurado: tras su eclipse leninista, el espontaneísmo y el economicismo van recuperando su papel hegemónico y se coronan, cuando aún no se ha abandonado la vocación revolucionaria y el principio de la violencia revolucionaria, con su consecuencia insurreccionalista.

Esta primera crisis del MCI, verificada a mediados de los 1920 con el fracaso de la revolución proletaria en Europa y agravada en China por el desastre de 1927, va a producir un periodo de desorientación en el PCC que, en el entretanto de la configuración de una alternativa revolucionaria original, va a poner al Partido chino al borde de la destrucción. Son los años de las “desviaciones ‘izquierdistas’” de Chü Chiu-pai, Li Li-san y Wang Ming y sus 28 bolcheviques entre 1927 y 1931. El repliegue teórico general del MCI, propiciado por esa crisis, va a cristalizar en el PCC en una línea aventurerista, consagrada en el entreacto de los V y VI Congresos del Partido en 1927 y 1928[60], que hace suyos los peores postulados del economicismo pustchista. Ejemplo elocuente de ello es la resolución del CC del PCC de junio de 1930, con el Partido bajo el ascendente de Li Li-san:

“La gran lucha del proletariado es la fuerza decisiva en cuanto a los éxitos preliminares en una o varias provincias. Sin una oleada de huelgas por parte de la clase obrera, sin una insurrección armada de las ciudades, no puede haber éxito en una o varias provincias. Es una idea completamente errónea no conceder una particular atención al trabajo urbano y confiar en las aldeas para cercar las ciudades. (…) La táctica de guerrilla es completamente incompatible con esta línea y debe, por tanto, experimentar cambios fundamentales.”[61]

El resultado de esta pendulación “izquierdista” del economicismo fueron dos grandes ofensivas insurreccionales en 1927 y 1930, ambas centradas en el asalto a las ciudades y con la mira puesta en una victoria rápida y decisiva. La primera agotó al proletariado urbano y sacrificó sus mejores elementos y la segunda arrojó al asalto frontal de los centros urbanos a las incipientes fuerzas guerrilleras que los supervivientes de 1927 estaban organizando en el campo, saldándose también con un estruendoso fracaso, que obligó a la evacuación de la primera base de apoyo rural en Ching Kang Shan y a la retirada a Kiangsi.

En estos desastres se va a consagrar esa dualidad en el PCC que hemos indicado. Efectivamente, el PCC, en tanto sección nacional de la IC, era una correa de transmisión del Partido Mundial de la Revolución. Ello situaba a la dirección política del Partido como mediador entre este Partido Mundial y la realidad nacional específica de China. Este esquema, absolutamente correcto y acorde con el internacionalismo proletario, comienza a agrietarse tan pronto como ese Partido Mundial experimenta una crisis y no tiene la flexibilidad, teórica en primer lugar, para afrontar una situación original, la que afronta la RPM en esos años como experiencia universal inédita, no sabiéndose abrir paso creativamente a través de ella. El problema, por tanto, es fundamentalmente de dirección ideológica, encuadrado en los límites del paradigma de Octubre, y no de la forma de estructuración político-organizativa general de la IC. En cualquier caso, la crisis del MCI situaba al aparato político de dirección del PCC en medio de una brecha entre el estancamiento de la RPM y la necesidad de hallar una salida original al mismo, en primer lugar sobre el terreno de la práctica de su revolución nacional. La inmadurez histórica general del proletariado como clase revolucionaria así como el prestigio de la URSS orientaban a esta dirección hacia el primer respecto, a ser precisamente una correa de transmisión del estancamiento revolucionario general, lo que se agravaba por el peso añadido que otorgaba el prestigio de ser los más vinculados con los aparatos de dirección internacional del proletariado radicados en la patria socialista. Si a ello le añadimos la desviación socialchovinista que se empieza a manifestar en esos años, expresión de esa crisis general, en el desarrollo de la correcta teoría del socialismo en un solo país, y que desequilibra definitivamente el tratamiento de la contradicción RPM-Estado soviético[62], tenemos un cuadro completo de la gravedad de la situación y de la amenaza que suponía para la Revolución China.

En este cuadro y con la relación de fuerzas en el seno del PCC que del mismo resultaba, el enderezamiento de la situación aconsejará al ala creativa del Partido Comunista, que ya se empieza a agrupar en torno a Mao, el no dar una batalla frontal contra la dirección política del Partido, sino que optará por una especie de aplicación política de la táctica de guerrilla. Efectivamente, como hemos dicho, Mao ya lleva desde 1926 reclamando la necesidad de una mayor atención al campo, lo que implica una mayor independencia respecto al KMT y la posibilidad de un desarrollo creativo de la revolución. Es esta semilla de potenciación de lo subjetivo proletario lo que sitúa a Mao en la posición de reunir en un polo a los experimentados supervivientes de las derrotas de esos años y de descollar hacia la dirección de la Revolución China. Un ejemplo es lo que Mao escribía en enero de 1930:

“Parte de los camaradas de nuestro Partido aún no saben cómo apreciar correctamente la situación actual, ni cuáles son las acciones que esta situación exige de nosotros. (...) Al parecer, consideran inútil dedicarse al duro trabajo de establecer el Poder en momentos en que el auge revolucionario está lejano todavía (…). Esta teoría sobre la necesidad de ganarse primero a las masas a escala nacional y en todas partes, y establecer después el Poder, no corresponde a las condiciones reales de la revolución china.” [63]

Todavía en 1927, durante el Levantamiento de la Cosecha de Otoño, Mao acata disciplinadamente las órdenes de asalto a las ciudades y debe guiar la retirada hacia Kiangsi. No obstante, como hemos visto, a pesar del desastre, la dirección política formal del PCC sigue orientada hacia las ciudades y hacia su toma directa e inmediata. Mao entiende que ello representa una amenaza directa al aterrizaje definitivo de la vanguardia proletaria, quebrantada y debilitada cuantitativamente por el sangriento desastre de 1927, entre las grandes masas de la Revolución China, entre el océano del campesinado, especialmente el pobre, justo en el momento en que el PCC está en condiciones de hacerlo, lo que, además, representa congruentemente el único camino en la situación dada para la supervivencia del propio Partido: la amenaza de destrucción amenaza al PCC justo en el instante en que está dando el último paso de su constitución material. Así, en 1930 Mao esquivará mediante lo que podemos denominar una especie de discreta y sensata “insubordinación” las directivas putschistas de la dirección política del PCC, lo que le permite salvaguardar sus fuerzas y asentar las nuevas bases de apoyo[64] que a partir de 1931 se conforman como la República Soviética de Kiangsi, de la que Mao pasará inmediatamente a ser Presidente. En contraste, Mao, que ya figuraba en el CC del PCC en su III Congreso en 1923, no será renovado en ese puesto en el V Congreso, y el VI, celebrado sintomáticamente en Moscú en el verano de 1928, aunque reintegrará a Mao en el CC, no contará con la presencia de éste ni con la de ningún representante de las incipientes bases de apoyo rurales.[65]

De este modo, en los años cruciales de 1927-1935, Mao, aunque como hemos visto, no soslaya la exposición pública de su posición crítica, lo que le permite agrupar políticamente en torno suyo al sector del PCC más implicado en la continuidad material de la revolución, no está presente en el aparato de dirección y elaboración política del Partido, ni tampoco parece esforzarse mucho por estarlo, sino que opta por un discreto pero crucial trabajo político de carácter semi-autónomo enfocado a la edificación, organización y asentamiento del Nuevo Poder en el campo y del correspondiente Ejército Rojo que lo soporte. Ello culmina definitivamente la constitución del PCC como Partido de Nuevo Tipo, pues lo asienta entre las grandes masas campesinas en tanto contingente principal de la Revolución China que se dota de dirección proletaria. Pero no obstante, como advertíamos, de forma problemática, en el sentido de que, debido a las peculiaridades en el desarrollo histórico concreto de la Revolución China y a la incardinación de la misma en el marco general de la RPM durante el Ciclo de Octubre en un primer momento de estancamiento de ésta, establece una dualidad en el seno del PCC entre su aparato de dirección política, por un lado, y el aparato militar y administrativo estatal del que esta revolución se empieza a dotar, por el otro. La expresión formal más evidente de la misma es que Mao gana su título de Presidente precisamente a la cabeza del segundo mientras simultáneamente ocupa una discreta posición secundaria en el primero, bajo la dirección oficial de otros equipos. Aunque esta dualidad se subsanará en parte a partir de la Conferencia de Tsunyi de enero de 1935, en la primera etapa de la Larga Marcha, que sitúa de facto a Mao a la cabeza de la dirección política del PCC, en cierto modo no dejará de prolongarse por la compleja relación que el PCC mantendrá con la orientación de un MCI aún centralizado internacionalmente, primero con la IC y después con la URSS hasta 1950.[66]

En definitiva, en estos cruciales y problemáticos años, Mao se destaca a la dirección de la Revolución China desde una labor política que podemos decir sin duda que salva a ésta y al propio PCC de su destrucción, pero ello se hace al margen del aparato político de dirección del Partido, en el que Mao no establece hegemónicamente su línea hasta 1935, de facto, y hasta su VII Congreso en 1945, formal y oficialmente. Esta dualidad entre forma (aparato político-organizativo) y contenido (línea política) experimentada durante un periodo crucial de la Revolución China, precisamente el de constitución social-material del PCC, dejará una profunda huella en la concepción de Mao y sus seguidores respecto del Partido Comunista y su función como mecanismo orgánico de transmisión de la concepción proletaria del mundo y elevación de las masas hacia esta posición, agravada por la comprensión organicista del Partido que dominará de forma general la tradición de la Komintern, algo, todo ello, que no dejará de tener consecuencias en el futuro. Aunque, por un lado, esta experiencia ayudará a los comunistas chinos a desechar la teoría revisionista del partido monolítico y a acentuar el crucial principio de la Lucha de Dos Líneas, por otra parte, y junto al enorme prestigio de Mao atesorado en estos años en su labor de enderezamiento del rumbo de la Revolución China, agrandado por su dirección victoriosa posterior de la misma, este foso, esta anómala dualidad, será una de las principales grietas por la que se cuele la teoría de la Jefatura, tan cara al maoísmo.

III.3. Soldados y campesinos

Finalmente, para acabar de comprender en toda su especificidad histórica la constitución de ese verdadero Partido Comunista que es el PCC, y tras haber observado este proceso en relación con la burguesía nacional china y el MCI, debemos echar un vistazo a su relación con la principal base sociológica que le sirve de soporte, el campesinado, y la forma de su movilización y encuadramiento. Y es que Mao no sólo es el dirigente político de la Revolución China, sino también su teórico, y su primera gran aportación de calado universal no es otra que la teoría militar del proletariado, la Guerra Popular: precisamente, la principal forma de relación social que va a establecer con esa masa campesina. Este hecho es capital y será, a diferencia de lo ocurrido en la Revolución Rusa, la forma de desarrollo de la Revolución China durante un periodo muy prolongado.

Como hemos visto, el PCC ha debido de trasladar su centro de gravedad al campo desde 1927. Pero ello no se hace de una forma ordenada y sistemática, esto es, consciente, sino que es la descarnada vía que un gran número de cuadros supervivientes del desastre de ese año y del mortífero terror blanco que se desata encuentran para asegurar su mera supervivencia física. Asimismo, la situación que encuentran allí es la de una guerra campesina ya desatada, que lleva meses rugiendo sin que el PCC haya jugado el papel principal en su organización, sino que es un producto de la forma más o menos consecuentemente anti-imperialista en que la revolución nacional se ha llevado durante el periodo de alianza PCC-KMT. Esta situación facilita la conexión inmediata de la vanguardia con la masa campesina, pero, por otra parte, plantea la cuestión del tipo de conciencia, nacionalista, que ha servido para movilizarla. En cualquier caso, Mao, con su anterior atención hacia el campesinado, tiene ya los rudimentos para encajar en un esquema teórico la nueva situación y, por tanto, darle un horizonte de continuidad congruente con las necesidades objetivas de la Revolución China.

El punto principal que queremos destacar es, no obstante, que la guerra campesina se potencia y alcanza el estadio de Guerra Popular de forma espontánea, es decir, sin que sea el producto de una línea planificada, sino por la propia necesidad que va imponiendo una lucha de clases en desarrollo que, de esta forma, se transforma en ley. Efectivamente, Mao va reuniendo y sistematizando la experiencia de una lucha de clases que toma la forma de lucha armada desde el comienzo, y aun antes de que el PCC se encuentre en las zonas rurales de forma significativa, que se realiza contra un adversario cuya potencia militar es en un principio inconmensurablemente mayor que la que los comunistas pueden poner en liza, pero cuya base social, a su vez, es precaria desde el momento en que su traición a la revolución nacional consecuente les empuja a una colusión con el imperialismo, siendo por ello una lucha armada cuya perspectiva de desarrollo es prolongada y cuya continuidad exige el concurso de masas y su encuadramiento, esto es, la erección de un Poder sostenido sobre un Programa de revolución agraria.

Todo ello es universal, aun excluyendo de la ecuación la cuestión democrático-campesina en el marco de una revolución nacional, lo que no puede ocultar la necesidad de una participación revolucionaria activa de las masas, con lo que ello exige, esto es, una transformación revolucionaria inmediata y efectiva y los instrumentos indispensables para ésta: un Programa revolucionario y la fuerza material que lo sustente y asegure, el Poder y sus fusiles. No obstante, Mao no da este paso de universalización y, por tanto, de potenciación del sujeto, sino que permanece apegado al terreno de la Revolución China. Con toda seguridad, en las condiciones del Ciclo de Octubre, esto era una necesidad ineluctable y la forma cómo la RPM y su autocomprensión se hubieron de abrir paso. Habrá que esperar, no por casualidad, a los prolegómenos de la GRCP y a la misma para ver publicado un primer intento de presentar explícitamente la Guerra Popular como una teoría universal; intento no muy afortunado dicho sea de paso.[67] En cualquier caso, esta falta de un esfuerzo teórico universalista coadyuvará a que, una vez conquistado el poder en todo el país, no se plantee la posibilidad de darle continuidad estratégica a la Guerra Popular como una base de edificación de la República Popular y de construcción del Comunismo, facilitando el debilitamiento de la línea proletaria y la situación en que ésta se encontrará en 1966. Igualmente, e íntimamente relacionado con lo anterior, la misma falta de sistematización universalista soslayará la necesidad de asentar el vínculo intrínseco entre la Guerra Popular y el Partido Comunista, la una como mecanismo de movilización y encuadramiento de grandes masas, el otro como mecanismo de elevación orgánica de esas masas a la concepción comunista del mundo, difuminando la relación jerárquica entre ambos elementos. A esto último contribuyó decisivamente la propia experiencia de la Revolución China y del PCC en ella, que hemos referido, con las masas en movimiento y la guerra campesina ya dadas por la revolución democrática-nacional, y con esa dualidad forma-contenido en la estructuración del Partido en un momento crucial de su constitución. De nuevo, como en el conjunto del Ciclo, la cuestión se planteaba como ganar la dirección de un movimiento de masas dado[68], lo que, en el desenvolvimiento concreto de la Revolución China, en que este movimiento se encuentra ya y literalmente en pie de guerra, pone en primer plano la cuestión del Ejército. En este contexto histórico-objetivo, resulta natural la tendencia de Mao a identificar el Partido con la lucha armada:

“Puede decirse que la historia de nuestro Partido es una historia de lucha armada. (…) Separadamente de la lucha armada, de la guerra de guerrillas, no se podrá comprender nuestra línea política ni, por consiguiente, la construcción de nuestro Partido.”[69]

Aunque la formulación, en especial su segunda parte, no es en sí misma incorrecta en abstracto, la cuestión es que durante el Ciclo de Octubre no se alcanzó a definir con precisión la diferencia entre constitución y construcción del Partido, tal y como sólo podía hacerlo la LR con la perspectiva histórica de que hoy disponemos. Durante el Ciclo –incluyendo a los que aún hoy no han salido de su marco ideológico—, en que estos dos conceptos tendieron a usarse de forma intercambiable, y en medio de ese desgarrador dualismo señalado para China, la tendencia militarista a identificar el Partido con el Ejército y a reducir su actividad a la de dirección de la lucha armada[70] sólo podía ser muy aguda. Es cierto que Mao esquiva esta tentación, y su célebre y reiterada insistencia en que “el Partido manda al fusil” da fe de ello. Pero esta aseveración, plenamente congruente con el marxismo, provenía además del propio marco de la Revolución China, del aborrecimiento de la tradición democrático-revolucionaria nativa, de la que el PCC será heredero, hacia los señores de la guerra y los militaristas, representantes de la feudalidad, el sojuzgamiento y la disgregación nacional de China. De hecho, el principio de subordinación de lo militar al poder civil también era común al KMT, al menos durante su periodo de participación en la revolución democrática. No obstante, la propia insistencia de Mao indica que la tendencia estaba allí, objetivamente determinada por la realidad concreta de la Revolución China (el propio KMT acabó bajo el control del Generalísimo Chiang Kai-shek) y por la historia del desarrollo y evolución del sujeto proletario revolucionario chino.

Todavía más, esta tendencia sólo podía verse reforzada por la propia y correcta aplicación de la estrategia de Guerra Popular, en la que, necesariamente, es el Ejército Rojo el que abre paso, el que actúa de propagandista armado, ensancha el espacio del Nuevo Poder y organiza militarmente a cada vez más masas. La cuestión es la fortaleza de la premisa para el que este ejército actúa como mediador, el Partido Comunista, y el cómo la comprendamos. Y esta premisa está debilitada desde el momento en que la Guerra Popular no emana de la médula de su aparato de dirección política como acción de Línea sistemática y coherente –y esto es una clave indispensable para comprender lo que queremos decir cuando hablamos de desarrollo espontáneo de la Guerra Popular en China. En las circunstancias objetivas que se fueron dando en la Revolución China y que determinaron esa forma de estructuración de la Guerra Popular en una relación muy particular con ese aparato político referido –esa dualidad—, la tendencia a que fuera el Ejército Popular de Liberación (EPL)[71] el que fuera percibido como la verdadera vanguardia y no como un instrumento de mediación, el más importante ciertamente, de la misma hacia las masas se hacía inevitablemente muy marcada.[72] Aunque ello, esta tendencia al trastocamiento de la jerarquía de las instituciones revolucionarias no era, en principio, especialmente peligroso para la consecución de la victoria militar sobre los imperialistas y reaccionarios, en cambio, mostraría su gravedad posteriormente, a la hora de la construcción socialista.

Pero todavía hay un elemento más que contribuía, en este apartado, a debilitar la premisa del Partido Comunista como director histórico de todo el proceso revolucionario, que no es otro que el propio peso que el factor democrático-nacional tenía en la determinación del carácter de la Revolución China, de sus detonantes, ritmos y metas objetivos. Ya hemos hablado algo de ello al referirnos a la relación del PCC con la burguesía nacional, pero aquí la cuestión es otra. Si la Revolución China tenía asignada una tarea de construcción nacional, al menos en tanto lucha anti-imperialista de una semi-colonia y contra la disgregación del país, si el movimiento nacional, incluyendo a su “ejército básico” campesino, estaba ya en marcha en el momento de intervenir el PCC, entonces la inercia histórica de esta “tempestad incontenible” había de abrirse paso, obligando al PCC a ser también orgánicamente el movimiento nacional chino. Y como el marxismo nos enseña, el objetivo básico de todo movimiento nacional es conformar su Estado nacional, con lo que ello supone en cuanto a la primacía de su principal soporte orgánico, el Ejército[73], pues como sabemos, el poder nace del fusil. De nuevo, aquí aparece en toda su crudeza la premisa histórica general de todo el Ciclo de Octubre: el entrelazamiento histórico de las revoluciones burguesa y proletaria y la necesaria inmadurez revolucionaria del proletariado que la signaba. Ello es la base histórica que determinó la aparición y racionalización invertida de los instrumentos e instituciones del proletariado, de la relación entre el movimiento revolucionario y el Estado revolucionario, del Partido Comunista con la dictadura del proletariado. Nuevamente, nada original sucede al respecto en China, sino que aquí solamente es mayor la profundidad y el peso de esta marca de lactancia de nuestra clase.

De cualquier manera, la experiencia de la Guerra Popular sostenida sobre la guerra campesina en un marco de revolución nacional, será, como no podía suceder de otra manera, fundamental en la maduración de las concepciones y el estilo de trabajo del PCC y del propio Mao, concepciones que se imprimieron indeleblemente en su forma de observar y abordar la lucha de clases y que ya no abandonarían su dirección de la Revolución China en ninguna de sus etapas. En particular, su experiencia con el campesinado y la revolución democrática en el campo durante el prolongado periodo de 1927-1949 será decisiva. Dejando a un lado la importante cuestión del contenido de la política de revolución agraria del PCC y su evolución y modulación en función de las vicisitudes y necesidades de desarrollo de la Revolución China, nos interesa especialmente resaltar las cuestiones cruciales de la composición de clases y la forma de abordar la estructuración del Nuevo Poder en el campo, especialmente en la fase de la Guerra Anti-japonesa, pues durante ella se asentarán las semillas de las que crecerá, sin solución de continuidad, el árbol de la victoria en 1949 y la fundación de la República Popular.

Respecto a lo primero, el análisis de Mao hacia 1940, en ese crucial periodo de crecimiento del PCC, establece su composición cuantitativa de la siguiente manera:

“(…) los campesinos ricos. Representan alrededor del 5 por ciento de la población rural (ellos y los terratenientes representan juntos alrededor del 10 por ciento), y se los denomina burguesía rural. (…) Hablando en términos generales, pueden contribuir en algo a la lucha antiimperialista de las masas campesinas y mantenerse neutrales en la lucha revolucionaria agraria contra los terratenientes. (…) los campesinos medios. Representan alrededor del 20 por ciento de la población rural. (…) No sólo pueden incorporarse a la revolución antiimperialista y la revolución agraria, sino también aceptar el socialismo. Por eso, los campesinos medios en su totalidad pueden ser un aliado confiable del proletariado y una parte importante de las fuerzas motrices de la revolución. (…) los campesinos pobres. Ellos y los asalariados agrícolas representan juntos alrededor del 70 por ciento de la población rural. Los campesinos pobres son las vastas masas campesinas sin tierra o con muy poca tierra, el semiproletariado rural, la mayor fuerza motriz de la revolución china, el aliado natural y más confiable del proletariado y el contingente principal en las filas de la revolución china.”[74]

Independientemente de lo correcto del análisis de Mao y de su congruencia con una Revolución de Nueva Democracia, en la que el primer objetivo no es el capitalismo y la propiedad privada en general[75], con lo que ello permite de agrupamiento en torno al proletariado de un amplio abanico de fuerzas de clase heterogéneas, lo que llama la atención es ese porcentaje del 5-10% de elementos hostiles, junto a intermedios entre la revolución y la contrarrevolución de los que puede caber esperar una cierta neutralidad en determinada etapa de la revolución. Estrictamente, siguiendo a Mao, el sector innegociablemente hostil, los terratenientes, representaría el 5% de la población rural. Es interesante retener estos porcentajes y subrayar cómo coinciden con el número de depurados del PCC durante esa “semilla de la GRCP”, referida más arriba, que fue la campaña de rectificación de 1942: entre el 5-10% de expulsados, lo que podría ser un perfecto reflejo de la suma de elementos hostiles y del sector más derechista de esos intermedios entre revolución y reacción.

En este sentido, observemos cuál es la composición de los órganos de Poder en las bases de apoyo anti-japonesas de este periodo que Mao recomienda:

“De acuerdo con el principio del Poder de frente único nacional antijaponés, la distribución de puestos debe ser de un tercio para los comunistas, un tercio para los progresistas de izquierda y un tercio para los elementos intermedios que no son de izquierda ni de derecha.”[76]

De nuevo, en principio no hay nada que objetar a esta composición heterogénea de la representación política y la estructura estatal, adecuada para el desarrollo de las relaciones mercantiles, mecanismo inmediato para el crecimiento de la producción y, especialmente, para asegurar la cohesión política del bloque de clases democrático en este periodo de la revolución. La clave, por supuesto, es la dirección política del proletariado revolucionario, asegurada por la preeminencia del Partido Comunista[77] y, especialmente en China, por su identificación con los organismos militares de la revolución. La vocación nacional de esta estructura de poder es subrayada por Mao[78], pero de nuevo, lo que nos interesa resaltar es esa estructura tríplice del poder, fundada sobre la reunión de elementos externos entre sí, que volveremos a encontrar en el futuro desarrollo de la Revolución China.

III.4. Recapitulando

En definitiva, y como conclusión, hemos comprobado, siguiendo escrupulosamente a Mao, que en China se dio la constitución de un auténtico Partido Comunista. En el país asiático, efectivamente, se articula la vinculación del marxismo históricamente existente con un movimiento de masas donde el proletariado juega un papel central cualitativamente determinante, pero cuyo peso cuantitativo debe hallarse en congruencia con la estructura de clases del país y la fase objetiva por la que atraviesa la revolución. Este complejo de relaciones objetivas se desarrolla en el proceso social que lleva desde una vanguardia teórica a las grandes masas, imbricado con el proceso de progresiva concreción ideológica que transita desde la universalidad general de la teoría marxista-leninista a su fusión con “la práctica de la revolución china”, por recordar la fórmula con la que Mao se refiere al Programa.

No obstante, este esquema universal inevitablemente sólo forma el esqueleto, la columna vertebral de un organismo cuyo complejo de fibras y tejidos adopta la rica forma determinada necesariamente por el contexto histórico y político concreto en que se desenvuelve. Dos elementos son decisivos aquí para que esta estructura universal adopte las orientaciones que, para o bien o para mal, determinarán el devenir específico de la Revolución China. Uno, de carácter objetivo, referido a las condiciones materiales de China, es ese peso del factor democrático-nacional en ese hondo y profundo de la RPM en su viraje histórico hacia Oriente. Ello, por un lado, obliga al PCC a integrar en sí mismo el movimiento nacional del pueblo chino y fuerza a una preeminencia de lo militar en su desarrollo y estructuración, expresión necesaria de la nación en armas que exige la revolución anti-feudal, anti-colonial y anti-imperialista, pero, por otro, de acuerdo con ese viento del Este y con esa profundidad, permite el afloramiento de la Guerra Popular desde la dirección comunista de la guerra campesina, contribuyendo decisivamente a la emergencia del sujeto histórico proletario.

Esta tendencia objetiva que parece arrastrar al PCC a su identificación con el Ejército, más que ser la firme mano que asiera el fusil como su instrumento, es favorecida por otro elemento, esta vez subjetivo, que es la historia de la evolución del MCI durante el Ciclo de Octubre y la forma de integración del PCC en el mismo. Hacia 1927 el PCC se apresta a encarar el momento culminante de su constitución, cuando la vanguardia se ha fundido con la masa del proletariado chino y debe buscar la manera de conectar con una fuerza decisiva, esto es, con esa gran masa de la Revolución China que será el campesinado. Precisamente en ese momento clave, un primer estancamiento de la RPM se conjuga congruentemente con el dominio del oportunismo de derechas en el PCC, favoreciendo el desastre de ese fatídico año y su expiación “izquierdista” posterior. El golpe asestado justo en el momento de tomar definitivamente tierra desequilibra al PCC, tal vez para siempre, pues no sólo debilita decisivamente su sostén proletario urbano, expulsándolo de las ciudades por más de veinte años –lo que, probablemente, no dejará de tener un impacto a largo plazo en la posterior construcción socialista—, sino que, e incluso más decisivo, determina la precariedad de las condiciones de su conexión y fusión con las grandes masas de la Revolución China[79], establecida más por la necesidad de la supervivencia física, que por un plan colectivo sistematizado. Ese plan estaba germinando en Mao en la época previa a 1927, pero no puede imponerse y madurar por medio de un proceso unificado de debate y elaboración colectiva, sino que, cual salvavidas, debe cursarse precipitadamente, aun por encima de instancias claves del propio PCC. Es esa dualidad de estos años decisivos que, si no afecta a la esencia y al contenido de la fusión del marxismo existente con la práctica social concreta como movimiento revolucionario, sí acarrea deformidades en la forma del organismo que pesarán sobre el resto de su periplo vital.

Aun con estas taras de nacimiento e infancia, el cuerpo del proletariado revolucionario chino se mostrará arrolladoramente vigoroso y solvente para imponerse sobre sus decrépitos adversarios en la etapa democrática de la revolución. Pero en ésta consumirá su juventud y alcanzará la madurez, época en la que todo organismo ve mermada ya su capacidad de adaptación, en que su visión del mundo ya está asentada y es más arduo asimilar nuevas ideas. De este modo, cargado de cicatrices y con todo el peso de este itinerario a sus espaldas, es como el proletariado revolucionario chino deberá encarar la grave responsabilidad del pionero con la que de nuevo le distinguirá la severa y exigente historia de la RPM.

IV. Entre el viento del Oeste y el viento del Este: 1949-1966

Pero antes de llegar a ese momento culminante y decisivo, queda otro tramo de camino que irá disponiendo la situación de los actores sobre las tablas para la representación final del drama de la Revolución China. Pasaremos sobre este periodo rápida y discretamente, limitándonos a señalar sus, a nuestro juicio, elementos fundamentales y dejando para el futuro la necesidad de prestarle, en el marco del completo Balance del Ciclo de Octubre, la atención debida.

Este periodo está marcado por el borrascoso soplo de vientos cruzados que entrechocan violentamente entre sí, desgastando inevitablemente la salud de nuestro protagonista y de su magullado organismo. Si, de acuerdo con la poética metáfora de Mao, hemos definido el viento del Este como el aire fresco que oxigena y vigoriza la subjetividad proletaria, verdeándola y rejuveneciéndola, podemos definir, a contrario, el viento del Oeste como la fétida atmósfera de los esquemas anquilosados; como la huracanada ráfaga que empuja infatigablemente al mundo a lo que debe ser naturalmente de acuerdo con el avasallador y alienante objetivismo de la acumulación capitalista y sus probadas e impersonales dinámicas de reproducción; viento que domina siempre que se relaja el esfuerzo consciente de mantener la proa de la revolución hacia el Levante. Y es que como declaran los maoístas:

“El presidente Mao ha dicho: ‘ir contra la corriente es un principio del marxismo-leninismo.’”[80]

Esquemáticamente, podemos dividir estos diecisiete años en la historia de la Revolución China como dominados alternativamente por estos vientos en colisión en dos periodos interpuestos para cada uno. El viento del Oeste se impondrá durante la etapa de 1949-1956 y, de nuevo, en 1959-1962, mientras que el viento del Este sopla con fuerza para 1956-1959 y, otra vez, entre 1962-1966 empujando a la tempestad revolucionaria de la GRCP. Por supuesto, esto es un esquema, y el dominio de ninguno de los vientos es siempre pleno, sino que encuentra resistencias y brisas contrarias aun en sus periodos de preeminencia. No obstante, la tendencia general es a una continuada orientación hacia la oscuridad del Poniente en este prolongado pulso, que forzará a los maoístas a un intento radical de invertir la marea en 1966.

El primer, y decisivo, periodo de dominio del viento del Oeste, hasta 1956, se caracteriza por dos corrientes estrechamente entrelazadas: la adopción mecánica del esquema soviético de industrialización acelerada durante el primer plan quinquenal chino, es decir, el modelo de acumulación intensiva propio de la revolución industrial que el Partido Bolchevique trató de aplicar conscientemente, pero que finalmente contribuyó decisivamente a sumergirlo, y, en segundo lugar, la tendencia a la estructuración del Estado más acorde con ese modelo económico de potenciación y profundización de la división social del trabajo: un aparato burocrático cada vez más separado de las masas e inmerso en su dinámica administrativa autosuficiente, correlativa a la de su basamento económico. Como decimos, ambos aspectos, el económico y el político, son estrictamente indesligables. En cuanto a lo primero, su adopción por los revolucionarios chinos se enmarca en el general estadio de inmadurez e inexperiencia histórica con el que el proletariado afrontó el Ciclo de Octubre, potenciado por el prestigio que aún conservaba la URSS en ese momento como pionera de la construcción socialista. Otra vez, esta inexperiencia era más aguda en el caso chino, como el mismo Mao reconocía.[81]

Varios factores confluyen en este proceso, pero la clave, ya indicada, es que la dirección revolucionaria china “dejó de lado” la Guerra Popular como una base estratégica también de construcción socialista. Ya hemos apuntado alguna razón, quizá la más importante –esa falta de sistematización universalista de la Guerra Popular—, pues tiene que ver con la disposición y comprensión del sujeto revolucionario respecto a su carácter y al de sus tareas. También las taras de nacimiento señaladas, alrededor de esa dualidad en el desarrollo del PCC aparecen aquí: efectivamente, la derrota de 1927 expulsó al Partido de las ciudades y le privó de una experiencia valiosísima justo cuando había de desarrollarse y madurar; ciudades que precisamente van a convertirse en los centros administrativos principales del nuevo régimen. Mao era perfectamente consciente de esta debilidad, que obligará a la utilización del viejo aparato administrativo.[82] También, por esa dualidad indicada y por el peso objetivo y directivo del factor militar en la Revolución China, en las propias bases de apoyo se observa la tendencia del sector civil del movimiento revolucionario a una cierta especialización administrativa y burocrática, algo que también impulsa a Mao a promover esas campañas de rectificación.

Otros factores que confluyen en esta inconveniente articulación del nuevo régimen tienen que ver con la señalada entidad del factor democrático-nacional en el triunfo de 1949 y se refieren al peso necesario de la burguesía nacional en los aparatos de poder político, incluso en las bases de apoyo rurales durante la guerra, a pesar de las restricciones formales[83]; y en las administraciones económica y cultural, tendencia que va a ser profundizada en los primeros años de la República Popular, por la propia dirección que toma la organización de la economía[84] y esa confusión, recurrente durante el Ciclo, de la estatalización de los medios de producción con su socialización. A este hecho se suma el rápido derrumbamiento del KMT desde 1948, trufado de deserciones masivas de tropas y altos mandos que pasan a engrosar las filas del EPL. Este abrupto colapso hace que gran parte del país caiga en manos del PCC sin una experiencia de sedimentación organizativa similar a la que había podido tener en sus bases de apoyo tradicionales. A todo ello hay que añadir la avalancha de nuevas incorporaciones al PCC tras la victoria, inevitablemente motivadas en gran parte, más que por firmes convicciones ideológicas, por las ventajas materiales que la incorporación al Partido podía deparar, con lo que ello tenía de refuerzo de la tendencia de éste a convertirse en aparato técnico de gestión administrativa.[85] Indudablemente, no obstante, el largo periodo de experiencia en las bases de apoyo, algo de lo que los bolcheviques carecieron por completo, a pesar de la forma repentina que adopta la liberación final del conjunto del país, fue un factor objetivo que ayudó a la línea proletaria a preservar ciertas posiciones y fortaleza, aun a pesar de sus limitaciones.

Finalmente, como colofón, dado el peso decisivo de este elemento en la conformación y evolución del movimiento comunista chino, aparecen las reformas que durante los 1950 se realizan en el EPL, motivadas por el prestigio soviético y las supuestas lecciones de la Guerra de Corea, tendentes a su profesionalización y especialización técnica para una guerra convencional regular de grandes unidades.

En definitiva, todo ello, en gran parte inevitable por los condicionantes históricos objetivos de la RPM en general y de la propia Revolución China en particular[86], creaba un caldo de cultivo idóneo para el alumbramiento y desarrollo de una nueva burguesía y fortalecía las posiciones del revisionismo en el seno del PCC, exactamente igual a como había sucedido en la URSS. Esta situación, además, se vio agravada por la forma en que el PCC asumió el revés de ese auténtico soplo del “viento del comunismo” que fue el Gran Salto Adelante y que precarizó las posiciones de la línea maoísta en la estructura del Partido.[87] Ello, a pesar del contraataque de Mao desde 1962, que allana el terreno para la GRCP, dejaba a éste en una situación frágil en la cúpula del PCC incluso en vísperas de la Revolución Cultural Proletaria.[88]

Del otro lado, en la cuenta del viento del Este cabe anotar dos sucesos de extraordinaria importancia, que marcan uno de los puntos álgidos en el devenir del Ciclo de Octubre: el balance que los comunistas chinos emprenden de la experiencia histórica del socialismo, de la práctica de la dictadura del proletariado, en el marco de la Gran Polémica con el revisionismo soviético, y la primera aplicación práctica de las enseñanzas de las incipientes conclusiones obtenidas: el Gran Salto Adelante. Nos limitaremos a indicar la importancia de que la vanguardia proletaria hoy preste especial atención a estos acontecimientos. El punto de inflexión que pone en guardia a los comunistas chinos es el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Aunque pasará un tiempo hasta que se comprenda el verdadero carácter capitalista de la forma social y política que ha madurado –efectivamente, “un río no se congela en una noche de frío”— y se ha venido a implantar definitivamente en la URSS, los comunistas chinos se embarcan en un trabajo de estudio y reflexión que será uno de los pilares fundamentales que sostendrán el edificio de la GRCP. Una muestra histórica de la potencialidad del ejercicio de Balance, sobre la que los comunistas honestos deberían meditar, es que gracias a la propaganda pública de este debate, de esta lucha de líneas en el MCI, se creará un estado de opinión que permitirá que el siguiente ciclo de crisis social y política que estalle en China se canalice hacia la izquierda, en una oleada revolucionaria sin precedentes que tendrá un impacto mundial alrededor de 1968. De este modo, el ejercicio de balance es soporte de la más alta experiencia revolucionaria del Ciclo de Octubre. Compárese a los resultados de casi diez años de economicismo y productivismo que dieron lugar, durante la crisis de 1956-1957, a una auténtica floración derechista, que incluyó, desde las mismas universidades que diez años más tarde serían un foco revolucionario, la agitación en pro de la insurrección armada contra el Estado socialista –no contra su posible degeneración o usurpación revisionista.[89]

Respecto al balance que realiza el PCC, en el marco del cual podemos encontrar algunos de los más inspiradores pasajes de Mao, baste señalar que su columna vertebral es un desplazamiento del eje de gravedad fundamental de la sociedad de transición, del socialismo, del periodo histórico de construcción del Comunismo, desde la problemática productivista y económica hacia la cuestión del sujeto, de la dirección ideológica y política y su forma de articulación; esa, como dicen los revolucionarios chinos, “primacía de la política”. Durante este debate, los comunistas chinos desempolvan algunos de los principios fundamentales del marxismo, ya antiguos pero que habían sido sepultados por décadas de rutinarias inquietudes economicistas y productivistas: la continuación de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado bajo el socialismo, el principio anti-determinista de que en esta etapa no está aún decidido quién vencerá, la importancia clave de la activa implicación de la clase proletaria en su propia liberación, etc. Asimismo, profundizan en congruencia con el marxismo respecto a la comprensión de las bases materiales que propician el surgimiento de una nueva burguesía en esta sociedad de transición, recuperando la problemática marxista clave en torno a la división social del trabajo. No obstante, de nuevo, los límites objetivos generales del Ciclo de Octubre, sus premisas compartidas por absolutamente todas las corrientes del MCI que cristalizaron durante él y su expresión específica en China ponen barreras a este balance e impiden que la ruptura con las concepciones economicistas sea completa. Entre otros límites, cabe destacar el que los maoístas no consiguieron desembarazarse del todo de la concepción del socialismo como formación social y modo de producción específico y sustantivo (en vez de como sociedad de transición en que conviven en pugna elementos de lo viejo y de lo nuevo), definido además fundamentalmente por las relaciones jurídicas de propiedad.[90] Estos límites tendrán graves consecuencias en el momento de la última y decisiva prueba de fuerza entre la revolución y la contrarrevolución en China[91], pero, en cualquier caso, el balance contribuye al rearme ideológico de los comunistas chinos y les dispone para desatar una tormenta revolucionaria sin parangón en la historia de la humanidad.

Como decimos, el Gran Salto Adelante en 1958 será una primera aplicación de algunas de estas lecciones, en un intento a gran escala de implicar a las masas en la construcción económica y en la administración del Estado con la creación de millares de comunas populares. Si bien ha tendido a considerarse un fracaso, empezando porque la relación de fuerzas entre las líneas al interior del PCC impuso similar valoración incluso entre los propios comunistas chinos, hay que decir que, si ya la categoría de “fracaso” sólo puede tener un valor relativo desde una perspectiva dialéctica del desarrollo de la materia, tal juicio se funda en concepciones productivistas, cuya profesión de fe compartida debilitaba la línea proletaria dentro del PCC. Pero incluso en ese dominio el “fracaso” es relativizable[92]: efectivamente, el Gran Salto Adelante culminó la colectivización de la agricultura china que, tras las calamidades naturales de los primeros años, solucionó el endémico y secular problema del hambre en China. En cualquier caso, dejamos la definitiva valoración de este episodio al desarrollo del Balance de la experiencia histórica de la RPM que proponemos a la vanguardia.

Por último, la lucha de dos líneas que la izquierda, en posición precaria, emprende en la dirección del PCC permite atisbar a Mao el enraizamiento del revisionismo en las estructuras del PCC y el Estado, vigorizado por las orientaciones y factores señalados. Además, esta lucha permite a los maoístas cobrarse algunas piezas, como la destitución del impulsor de las reformas de los años 50 en el EPL, Peng Teh-huai, en el Pleno de Lushan de 1959 y su reemplazo por Lin Piao, que desde 1960 impulsará una política para retornar al EPL a sus tradiciones de la guerra revolucionaria: supresión de rangos, reorientación guerrillera, mayor imbricación con las masas y el trabajo productivo, etc.; además de iniciar campañas de estudio del pensamiento Mao –expresión de las cuales será el famoso Libro Rojo de citas, del que Lin Piao será el compilador— en el interior del EPL. Desde 1964 estará en marcha la campaña “aprender del EPL”, que será uno de los centros aglutinantes de los impulsores de la GRCP dentro del PCC. EL otro foco de acción de la izquierda en estos años que preparan en lo inmediato la GRCP será el campo, escenario principal donde se despliegan a partir de 1963 empresas como el Movimiento de Educación Socialista y los Cuatro Saneamientos, que, en la tradición de las campañas de rectificación, buscan mejorar la calidad de los cuadros del Partido en el campo y asentar la colectivización. En estas escaramuzas se irá destacando la figura de Liu Shao-chi como principal figura antagonista de Mao y cabeza de la línea derechista, bien arraigada en el aparato del Partido y de la administración del Estado: tal es ya el peso de las limitaciones del paradigma de Octubre y tan abrumadoras las consecuencias del predominio de su expresión.

V. La Gran Revolución Cultural Proletaria

V.1. La segunda juventud de la revolución

En los inicios de la gran ola revolucionaria que iba a desatar el mayor movimiento de masas que ha visto la historia, conmocionando toda China entre 1966 y 1969 y cuyos incandescentes rescoldos no se apagarían definitivamente hasta 1976, Chiang Ching, en un discurso ante un entusiasmado auditorio de guardias rojos, en una sentencia que concentra muchas de las paradojas que iban a malograr la GRCP, declaraba:

“Vosotros sois la juventud revolucionaria, vosotros conocéis el pensamiento de Mao mejor que nadie. Sois la nueva generación revolucionaria. Nosotros no podemos dirigiros, porque esta situación no tiene precedentes. ¡Cread el mundo moderno! Nos falta esta experiencia y nosotros no podemos dirigiros. Pero os apoyaremos.”[93]

Contrariamente a lo que expresaba su esposa, para Mao la situación en la primavera de 1966 y en los años precedentes debía de tener un inconfundible aroma familiar. Efectivamente, aislado del aparato político del PCC y en minoría en sus órganos de dirección, se veía obligado a observar cómo se impulsaba una política que indudable e inevitablemente llevaba a China a repetir lo sucedido en la URSS, a la restauración del capitalismo. De nuevo, la misma dualidad, la misma distancia y el mismo enfrentamiento entre la línea revolucionaria y el aparato político que debía implementarla que en los años críticos de 1927-1931. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, empezando por su indiscutible prestigio y autoridad personales, que reforzaban su posición y ensanchaban su campo de maniobra; pero también sus rivales de ahora eran más poderosos, sostenidos, no ya sobre el ascendente de su vinculación con unas instituciones revolucionarias radicadas en un lejano país extranjero, sino sobre un mastodóntico aparato organizativo que se insertaba sobre el cuerpo de la administración burocrática de todo un Estado y cuya capacidad para puentear administrativamente su prestigio personal estaba más que probada.[94]

En tales circunstancias el recuerdo de esos años clave, hacía más de tres décadas –en los que se hallan algunas de las principales semillas de la actual situación—, con toda probabilidad se tenía que hacer sentir en Mao. Y la cuestión es que, más allá de que obedeciera a un plan determinado sistemáticamente de antemano, o fuera la forma material que encontró la izquierda para abrirse paso en la correlación de fuerzas dada entre las dos líneas en el seno del PCC, la táctica que objetivamente Mao va a implementar también va a reproducir casi al detalle su línea de actuación de 1927-1931.

Al igual que en esos años, la línea revolucionaria se empieza a aglutinar, articular y cohesionar desde el debate abierto y la crítica de las desviaciones y del revisionismo. Si entre 1926-1930 fue la crítica al economicismo, ciego ante el campesinado, y al insurreccionalismo, ahora había sido la crítica al economicismo y al productivismo en la construcción socialista, aun con todas sus limitaciones, proyectada en la figura de la URSS. Hay que recordar que en ambos casos, la lucha ideológica apuntaba a la potenciación del elemento subjetivo y creativo en la revolución proletaria.

Más aun, al igual que entonces, la táctica de Mao, más allá de escarceos y escaramuzas, como el Pleno de Lushan, más que lanzar un ataque frontal contra el cuerpo político de la línea derechista, parece decantarse por una acción periférica de acumulación de fuerzas, que asegure y asiente su retaguardia estratégica. Y precisamente, al igual que a finales de los 1920, va a creer encontrar esa retaguardia, esas bases de apoyo, en el EPL y en el campo, con esas designaciones y esas campañas que hemos visto más arriba. De hecho, precisamente en el Pleno de Lushan de 1959, en una admonición que indica que Mao no dejaba de tener muy en cuenta la experiencia de los años de Revolución de Nueva Democracia, el líder chino llegaría a decir:

“Si aparecieran 700.000 artículos en la prensa, reflejando solamente las cosas malas, entonces ya no sería el proletariado sino el estado burgués (…). En un caso así me marcharía al campo y dirigiría a los campesinos con el fin de provocar la caída del gobierno actual. Si nuestro ejército popular de liberación no me siguiera, organizaría un ejército rojo, otro ejército de liberación. Pero creo que el ejército de liberación me seguiría.”[95]

Sólo entonces, aglutinado un sector del PCC, minoritario en los aparatos pero significativo, y sintiendo segura su retaguardia tras las campañas de rectificación en el campo y las nuevas dirección y política en el EPL, Mao y la izquierda del PCC apuntan a las ciudades, centros administrativos del Estado y bastiones de la derecha, que se asienta en ellos.

En esta dirección, con vistas al asalto definitivo, se empieza a avivar la Revolución Cultural. Señalando que este concepto puede encontrar bases históricas en el movimiento comunista previas a la revolución proletaria en China, especialmente en los últimos escritos de Lenin de los años 1922-1923, subrayaremos ahora el hondo calado de esta categoría en la tradición revolucionaria china. Ella no sólo es una constante en los escritos de Mao en su dirección de la Revolución de Nueva Democracia, sino que recordemos que para el revolucionario chino el paso a esta fase, la transformación de la vieja revolución burguesa en una de nuevo tipo dirigida por el proletariado, viene antecedida por una auténtica revolución cultural, cuya gran cristalización política será el Movimiento del 4 de Mayo, movimiento intelectual y urbano que es la matriz del movimiento comunista chino.[96] Por tanto, esta nueva alusión y promoción de la revolución cultural quizá sea mejor entendida si nos quitamos las anteojeras superestructurales y la comprendemos, no tanto como una acción dirigida al compartimento de la “cultura” en el sentido estrecho de la acepción[97] (no obstante, hay que reconocer que a ello contribuyen las ambigüedades inducidas por las propias limitaciones del balance chino de la experiencia soviética, que volveremos a encontrar más adelante), aunque ésa pueda ser su primera manifestación fenoménica, sino como un llamamiento profundo al desarrollo de un verdadero movimiento revolucionario urbano, a la promoción de una nueva generación de intelectuales de vanguardia que pueda participar en un combate político de calado estructural, como efectivamente sucedió. En cualquier caso, de nuevo, esta apelación de Mao y la izquierda del PCC a la Revolución Cultural es una nueva reminiscencia a la experiencia revolucionaria de 1920 y puede entenderse como la invocación de un nuevo salto cualitativo en la Revolución China.[98] Significativamente, el primer punto de ese auténtico programa de la GRCP que es la Decisión del CC del PCC sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria, los famosos 16 Puntos del 8 de agosto de 1966, recoge, en perfecta congruencia con el marxismo, la reseñada experiencia revolucionaria de Mao en la constitución del PCC:

“Para derrocar a un régimen, es siempre necesario ante todo crear la opinión pública y trabajar en el terreno ideológico. Así proceden las clases revolucionarias y así también lo hacen las clases contrarrevolucionarias. La práctica ha demostrado como totalmente correcta esta tesis del camarada Mao Tse-tung.”[99]

El llamamiento, efectivamente, es un éxito, y para la primavera de 1966 las universidades chinas son un hervidero de agitación, encabezada por una nueva generación de juventud intelectual de vanguardia, amamantada al calor de los años de polémica pública contra el revisionismo soviético, en la que encuentra un horizonte a sus propias inquietudes y perspectivas, y movilizada por la lucha cultural que se viene intensificando en los últimos meses (oficialmente, se dató el inicio de la GRCP con la publicación en noviembre de 1965 del artículo de Yao Wen-yuan sobre la obra La destitución de Hai Rui, velada alusión a la lucha de líneas en el PCC que el futuro miembro de los cuatro desvela), que también incluye el proyecto para una radical transformación del sistema de enseñanza. Es importante añadir que durante la primavera de 1966, con motivo del 95º aniversario de la Comuna de París, la izquierda lanza una serie de artículos que repasan este acontecimiento cardinal de la historia de la RPM y que van a espolear a estos sectores intelectuales de vanguardia.[100]

En la movilización de este sector social va a jugar un papel clave otro elemento, cuyo rastro también conduce a los orígenes de la experiencia revolucionaria china y a esa dualidad fundamental. Efectivamente, Mao, bloqueado por el aparato oficial del Partido (significativamente, los textos de la izquierda que animan el combate cultural no encuentran publicación en los órganos centrales de Pekín, núcleo de la administración del país, sino que deben ser publicados en los diarios locales de ese bastión de la izquierda que es Shanghái), ha de recurrir a todo su prestigio personal para impulsar el movimiento revolucionario. Ahí, en la continuidad de esa dualidad que marca al PCC desde su misma constitución está, como advertíamos, la base objetiva, en relación con el desarrollo político de la lucha de clases y la experiencia histórica de la Revolución China y más allá de los defectos de carácter e impulsos subjetivos de cada personaje, de la desviación que conduce a la teoría de la Jefatura, y que se expresa en ese culto a la personalidad reconocido por Mao. De nuevo, la melodía de la GRCP resuena familiar en relación con la experiencia previa de la Revolución China, pero ahora el prestigio personal de Mao es inconmensurablemente mayor que el que podía tener en 1927, hasta el punto de que puede convertirse en un arma política objetiva. Precisamente, Mao, en una conversación con Edgar Snow, justifica ese culto como recurso de movilización política de masas ante la debilidad de sus posiciones en el aparato político del PCC:

“En la época de nuestro coloquio de 1965, continuó diciendo Mao, una buena parte del poder –sobre la maquinaria propagandística de los comités del partido locales y de las provincias, y especialmente dentro del Comité del Partido de la Municipalidad de Pekín— había quedado fuera de su control. Por eso había declarado que era necesario más culto a la personalidad, con el objeto de estimular a las masas para que desmantelaran la burocracia anti-Mao del partido.”[101]

Probablemente quepa encontrar más bases objetivas para este culto en la milenaria historia de China[102], pero la cuestión a destacar es que la base histórica de la teoría de la Jefatura, en tanto ella encuentra sus raíces en la experiencia de la Revolución China, se apoya precisamente sobre un recurso táctico para superar las posiciones de debilidad de la izquierda en un determinado momento; recurso que, a su vez, se sustenta sobre distorsiones, históricamente determinadas, en la forma de constitución del PCC. De nuevo, tenemos aquí un ejemplo prístino de eso que la LR ha subrayado respecto a la evolución del marxismo durante el Ciclo de Octubre: cómo los expedientes tácticos de coyuntura se han solidificado, se han ido agregando al corpus teórico de la doctrina revolucionaria sin posterior evaluación crítica y depuración, contribuyendo decisivamente a su anquilosamiento y desgaste.

Aun con todo, el recurso tiene éxito y la movilización estudiantil se intensifica. Con el fin de canalizar este movimiento al alza funcionaba ya el denominado Grupo de los cinco, responsable de la organización de la Revolución Cultural en los establecimientos educativos. Encabezado por el alcalde de Pekín, Peng Cheng, que era un destacado apoyo de la línea de Liu Shao-chi, su intento de encuadrar el movimiento en los marcos del debate académico y evitar el contagio a otros dominios de la organización social y política generará fricciones y resistencias entre la base de masas ya movilizada en las universidades. Esta reacción sirve de apoyo a la Circular del CC del PCC del 16 de mayo de 1966, que lanza una durísima crítica sobre Peng Cheng y, a su vez, sirve de espaldarazo al movimiento estudiantil. El dazibao del 25 de mayo de 1966 de la joven profesora de filosofía Nieh Yuan-tsu, criticando a las autoridades académicas y la forma en que el aparato del PCC está gestionado la Revolución Cultural, calificado por Mao como “primer dazibao marxista-leninista del país” y “manifiesto de la Comuna de Pekín, Comuna de París para los años sesenta del siglo XX[103], acelera los acontecimientos. El aparato del PCC, encabezado por Liu Shao-chi, maniobra, sacrificando a Peng Cheng, que es destituido, y tratando de reconducir el movimiento de la Revolución Cultural mediante el envío de grupos de trabajo del Partido a las universidades para organizar sesiones de crítica y autocrítica en el estilo de la tradición del PCC, sobre la base del principio unidad-crítica-unidad. Pero su carácter rutinario y administrativo, así como el intento reiterado de sus dirigentes de mantener el debate seccionado y aprisionado racionalmente en los límites de la esfera educativa y académica, será sentido por los estudiantes como la aplicación de un auténtico terror blanco, percepción que será sostenida y apoyada por Mao. En efecto, los viejos métodos del Partido, ya no sólo no son suficientes para mantener una conexión de masas, sino que, superados por el grado de desarrollo de las contradicciones sociales alcanzado en China y osificados, solidificados, por su imbricación con un aparato administrativo estatal separado de las masas, se muestran como su contrario respecto a lo que podían ser en la anterior fase de revolución democrática, como reaccionarios y coercitivos. [104]

Estos choques y fricciones en la dirección del PCC en los inicios de la GRCP son una espléndida muestra de la táctica de guerrilla política que Mao reedita[105], apoyándose en la experiencia de la guerra revolucionaria y su gestión de la situación de dualidad en el Partido en el referido momento de su constitución material. Así, Mao permite que un destacado representante de la línea de derecha, Peng Cheng, asuma el control momentáneo del movimiento que la izquierda está impulsando, lo que previsiblemente generará fricciones con unas masas en efervescencia que serán, en su momento, aprovechadas para aislarlo y señalarlo. Este golpe sobre un representante importante de la derecha, pero no de primer nivel, reduce la plataforma de los que se encuentran en ese escalafón superior, empezando por su cabeza, Liu Shao-chi, que se ven obligados a intervenir para minimizar los daños. De este modo, Mao empieza enfrentando a sus adversarios tomándolos aisladamente, lo que les debilita a la vez que acumula una fuerza de masas para la izquierda. En efecto, la intervención de Liu Shao-chi y la respuesta estudiantil marcan el punto de no retorno de la GRCP. Durante los “50 días” de control de las universidades por los grupos de trabajo de Liu, la resistencia estudiantil se eleva un grado y alcanza el estadio de la auto-organización: aparecen los primeros grupos de guardias rojos que, efectivamente, no son una creación directa, ejecutivo-organizativa, de la izquierda ni de Mao, sino que surgen autónomamente y en contra del aparato político-organizativo del PCC[106], fundamentalmente en manos de la derecha. En cualquier caso, conviene subrayar que esta táctica de guerrilla política, por hábil que resultara, no dejaba de ser una expresión de la permanente debilidad del ala izquierda del PCC, que sólo el ascenso del movimiento de masas a que esta ala había coadyuvado pudo mitigar temporalmente.

El siguiente movimiento de Mao es decisivo y coloca, a pesar de todo, a Liu, es decir, a las altas esferas del aparato del PCC, en la picota. Efectivamente, el 5 de agosto de 1966, Mao respalda a los estudiantes y lanza su famoso dazibao: “Bombardead el cuartel general”. La crisis política queda destapada en toda su crudeza y el movimiento de la GRCP toma un decidido impulso ascendente que durará hasta principios del siguiente año. La izquierda del PCC reorganiza los organismos dirigentes de la GRCP, que quedan copados por sus miembros. Desde el verano de 1966, las organizaciones de la Guardia Roja, compuestas de estudiantes de la universidad y la enseñanza media, hasta alcanzar los 13 millones de miembros, convulsionan China, desplazándose de un rincón al otro del vasto país. Las congregaciones y manifestaciones se suceden en las ciudades, y en el otoño empiezan a alcanzar las fábricas, relativamente poco afectadas por la Revolución Cultural hasta el momento. Es decir, como durante el Movimiento del 4 de Mayo, son los destacamentos de la juventud intelectual de vanguardia los que conectan con los establecimientos industriales y sirven de mediadores de la llama revolucionaria hacia ellos. Allí, los obreros empiezan a organizar grupos de rebeldes para impulsar la GRCP.

La llegada de la GRCP al corazón de la producción industrial va a aumentar la inquietud en el PCC, no sólo entre la derecha, opuesta desde el principio al movimiento y que, ante la fuerza de la marea, se arrastra a su zaga tratando de obstaculizarlo, sino también entre la izquierda que lo ha alentado. Efectivamente, ese programa de la GRCP que son los 16 Puntos establece la plena compatibilidad entre el desarrollo de la Revolución Cultural y el mantenimiento de la producción: “empeñarse en la revolución y promover la producción” será una letanía cada vez más machacona, que contribuyó objetivamente a debilitar a la línea de izquierda y que no abandonará a la GRCP hasta su mismo final.[107]

Efectivamente, desde el principio, la línea de izquierda del PCC se ha mostrado prudente y ha tratado de dar unas formas y metodologías al movimiento para evitar, no sólo un choque frontal con las poderosas posiciones de la derecha, sino también la tentación anárquica del propio movimiento de masas. De este modo, por ejemplo, el apartado 11 de los 16 Puntos establece formas específicas muy regladas para elaborar las críticas. Nos encontramos, de nuevo, ante ese estilo formalista de la “línea de masas, que, como recordamos, viene de la época de la campaña de rectificación en Yenán, muy centrado en las actitudes y gestos procedimentales. Ello, como vemos, es patrimonio de ambas líneas en el PCC, con la diferencia de que la izquierda trata de usarla en un sentido positivo para con el movimiento, mientras que la derecha la hace con un ánimo marcadamente restrictivo. La cuestión es que, como todo revestimiento formal, está vacío sin un contenido que articular. La abstracción respecto a éste, respecto a toda forma concreta de la lucha de clases y a toda línea política en un momento específico, es precisamente una de las debilidades de la “línea de masas” maoísta, forjada en otro estadio histórico de esta lucha de clases en China, un elemento de su solidificación, de su fetichización, que la empuja, no en el sentido de articular revolucionariamente el nuevo movimiento de masas, sino justamente en el de lastrarlo. En este sentido, de reglamentación y canalización del movimiento, va la restricción de los posibles adversarios que, en el punto 5 de los 16, sitúa sólo en un 5% de malos elementos, llamando a la unión del 95% de masas y cuadros “buenos, relativamente buenos y errados pero no derechistas“(punto 8).[108] De nuevo, estamos ante la aplicación mecánica de las concepciones forjadas en el curso de la Revolución de Nueva Democracia, esta vez de la experiencia de Mao en el campo y su análisis de la composición y magnitudes de las diversas clases y fracciones de clase en el mismo; así como también de la voluntarista proyección de la experiencia de aislamiento progresivo de la reacción que agrietó la base social del KMT con la atracción al campo democrático del grueso de la burguesía nacional. Cabe señalar que ello sustentó una de las más señaladas carencias de la GRCP: la falta de un análisis sistemático de la estructura de clases en la China del momento, que hubiera sido parecido al que el propio Mao elaboró en 1926. Aunque se avanza bastante en la definición de las fuentes y raíces materiales que en la estructura de la sociedad de transición propician el desarrollo de una nueva burguesía[109], no se acabó de definir su verdadero peso en relación con el conjunto de la estructura de clases y los alineamientos que ello determinaba.[110]

No obstante, a pesar de las prevenciones y precauciones de la propia izquierda del PCC, el movimiento continúa intensificándose, desbordando los marcos formales que se han ideado para él, en una espiral de acción-reacción con las autoridades administrativas oficiales que amenaza con el estallido de un enfrentamiento violento generalizado. La derecha adopta la táctica de enfrentar masas contra masas y crea sus propias agrupaciones de “guardias rojos” y “rebeldes obreros”[111], que exitosamente inducen la confusión, aumentan las provocaciones y acentúan la tendencia a la violenta desintegración caótica del movimiento, que, junto a la creciente oleada de asaltos a edificios administrativos, comisarías e incluso cuarteles, amenaza con lo propio al mismo Estado. Aun así, la línea ascendente no es detenida y a principios de 1967 se produce el momento decisivo de la GRCP: la tormenta revolucionaria de enero, que culmina a principios de febrero con la proclamación de la Comuna de Shanghái.

V.2. La cuestión de la Comuna

Como ya hemos señalado, la imagen de la Comuna de París había espoleado la imaginación de la juventud intelectual de vanguardia y le había dotado de un horizonte político total que apuntaba a una transformación radical del Estado chino; de hecho a la demolición del armazón burocrático que se había ido formando y solidificando en las casi dos décadas precedentes y su sustitución por un Estado de dictadura de las masas. La situación de un movimiento de masas enfrentado a ese armazón y las destituciones masivas[112], muchas veces violentas, de cuadros y responsables del mismo por este movimiento, generaban una condición política básica para tal operación. De hecho, éste era uno de los artículos clave de los 16 Puntos:

“(…) los grupos, comités y congresos de la Revolución cultural no deben ser organizaciones provisionales, sino organizaciones de masas permanentes y duraderas. Son adecuadas no sólo para las escuelas y las instituciones, sino en lo fundamental también para las fábricas, minas y otras empresas, para los barrios y aldeas. Es necesario practicar un sistema de elecciones generales, semejante al de la Comuna de París (…). Las listas de candidatos deberían ser presentadas por las masas revolucionarias luego de plenas discusiones, y las elecciones celebradas después que las masas hayan discutido las listas una y otra vez. Las masas pueden criticar en cualquier momento a los miembros de los grupos y comités de la Revolución cultural y a los delegados electos (…) [estos miembros y delegados] pueden ser sustituidos mediante elecciones o destituidos por las masas después de discutirlo.”[113]

Desgraciadamente, la vida de la Comuna de Shanghái –también se llega a proclamar la Comuna en Pekín y en Taiyuan— apenas será de unas semanas, menos que la de su inspiradora parisina. En el momento decisivo, Mao y la izquierda del PCC retroceden, apostando por una solución de compromiso: los comités revolucionarios o de triple alianza.

Desde enero, en medio de la tormenta, la izquierda del PCC, encabezada por Mao, empieza a aceptar medidas encaminadas al mantenimiento del orden. Entre otras, la más importante es la aprobación de la intervención del EPL, oficialmente con la consigna de “apoyar a la izquierda”, pero que, en la práctica, va a actuar de árbitro por encima de las masas entre las facciones enfrentadas de las mismas, a la par que garantizará el mantenimiento de un básico esqueleto de aparato estatal administrativo, prácticamente desmantelado junto al del Partido. Este arbitraje externo, por cierto, es una muestra de cómo el EPL había perdido objetivamente, a pesar de las reformas de Lin Piao, su imbricación con las masas desde 1949.

En este sentido, desde finales de ese mismo enero, antes incluso de la proclamación de la Comuna de Shanghái, se empiezan a impulsar congresos de gran alianza para promover la organización de estos comités revolucionarios, cuya paulatina y problemática constitución, en medio de la resistencia de los sectores más de izquierda de las masas, se prolongará hasta finales de 1968. Estos comités se deben componer en un tercio por cuadros sanos del PCC, un tercio para representantes del EPL y un tercio para los de las organizaciones de masas surgidas en la GRCP. En la práctica, con el aparato del PCC prácticamente desmantelado y la carencia de cohesión de unas inexpertas organizaciones de masas recién desnortadas tras la abrupta pérdida de su horizonte político, la primacía y dirección de los mismos corresponderá al EPL, enormemente más articulado y cohesionado y que ha sido mantenido alejado de las conmociones revolucionarias (apartado 15 de los 16 Puntos), aun a pesar de ciertos incidentes internos y señales de división. De nuevo, el recuerdo de esa composición triple del poder en las bases de apoyo durante la revolución democrática no puede por menos que evocarse.

Los comités revolucionarios representaban objetivamente una conciliación con las capas sociales aupadas precisamente sobre el mantenimiento de los aparatos de Estado, separados y por encima de las masas, así como con las relaciones y clases sociales que ellos reproducen a la par que expresan, propiciadas por la división social del trabajo. Ello, algo más justificable en la fase de Nueva Democracia, es un verdadero lastre para el socialismo en tanto transición al Comunismo. Aunque esta división del trabajo no puede por supuesto ser suprimida inmediatamente, la estructura de la Comuna, fundada sobre un poder totalizador unificado, que reduce al mínimo la división de poderes y se sustenta sobre organizaciones de masas de base, armadas y dotadas de plenos poderes de fiscalización y control de los escalones superiores (mandato imperativo y revocación), es la que mejor asegura una constante presión política en pos de la erradicación de esa división social del trabajo. En cambio, esa estructura triple, asentada sobre organismos corporativos, potencia precisamente los intersticios que son, justamente, los vectores adecuados de reproducción política del juego mercantil y de la división social del trabajo. Además de las carencias ideológicas sobre las que volveremos, relacionadas con los límites generales del paradigma de Octubre, pero también con las limitaciones del balance hecho sobre la experiencia soviética y, especialmente, como vemos, con el peso en la izquierda del PCC de la experiencia de la revolución en su fase de Nueva Democracia, el principal condicionante político que fuerza a este acto de compromiso, es, sin duda, la debilidad de la posición de la izquierda, que, junto a la agudeza de las contradicciones de clase existentes, va siendo progresivamente reafirmada en el curso de la lucha. Efectivamente, y es clave, parece ser que las señales de división en el seno del EPL no apuntaban precisamente en la dirección de favorecer a la izquierda[114], algo que sería confirmado poco después, durante el verano de 1967, en los auténticos combates militares a gran escala que tendrán lugar en Cantón y, sobre todo, en Wuhan, donde el EPL, a pesar de las consignas oficiales, se posicionará frente a esta izquierda. El luctuoso sello definitivo de esta orientación objetiva se dará en 1976.

Así pues, la consumación del cambio radical programado, de la revolución promovida, parecía implicar necesariamente, dadas las condiciones en que se había llegado al escenario de mediados de los 1960 y las correlaciones de fuerzas que determinaban –ese predominio del viento del Oeste que hemos reseñado—, el estallido de una guerra civil revolucionaria. Algo por otra parte, ya establecido por el mismo Mao:

Una gran revolución no puede prescindir de una guerra civil. Es una ley. Si solamente se ve el lado negativo de la guerra y no el lado positivo se tiene solamente una perspectiva parcial del problema. Y hablar solamente del carácter destructivo de la guerra es perjudicial para la revolución popular.”[115]

Si la GRCP era realmente una Gran Revolución, como lo fue en la riqueza de su concreción histórica, aunque precisamente fuera una revolución finalmente derrotada, tal vez explorar ese “lado positivo” de la guerra hubiera sido la única manera de dar un postrer impulso a una experiencia de construcción socialista general, la del Ciclo, que daba muestras de estar en su ocaso, ganando quizá una valiosa experiencia extra para encarar el nuevo Ciclo de la RPM. En todo caso, los condicionantes y el bagaje objetivo que portaba la vanguardia, como vamos viendo, la impulsaban en la dirección contraria. A pesar de ello, en última instancia faltó el acto de voluntad subjetiva imprescindible en toda acción revolucionaria, ese universal atreverse: éste es, tal vez, el mayor reproche que se le puede hacer a un revolucionario como Mao. Y es que como decían los mejores discípulos del dirigente chino, los revolucionarios peruanos:

“Resaltemos cómo hemos comenzado de la ‘nada’, porque así nos enseñó el Presidente Mao; teniendo Partido con línea justa y correcta el problema era comenzar, pues no es problema de cuántos son sino de si quieres iniciar o no.” [116]

Entonces, con seguridad, la clave sea si para mediados de los 1960 existía en China esa premisa política objetiva del querer, del atreverse: el Partido revolucionario, o si su ausencia era la fuente objetiva de la debilidad de la izquierda agrupada en torno a Mao. Volveremos sobre esta problemática absolutamente clave, a nuestro juicio desatendida por las valoraciones más o menos constructivas e interesantes que el MCI ha realizado de la GRCP, especialmente la que dentro del Ciclo de Octubre fue su ala más avanzada, el maoísmo. Al respecto, no abundaremos en las inconsistencias de la posición que en general adopta esta corriente política al juzgar la disyuntiva que en 1967 se planteó entre la vía de la Comuna y la de los comités revolucionarios, habitualmente soslayada, cuando no se cae en la insostenible equiparación de los segundos con la primera.[117]

Sin embargo, en torno a esta cuestión sí que nos gustaría realizar una apreciación respecto a las posiciones de los camaradas del CCT, adscrito a la LR, cuando abordan esta problemática en el recorrido por la Revolución China que realizan en su trabajo Elementos en torno a la construcción del comunismo durante el Ciclo de Octubre.[118] En su último epígrafe del capítulo dedicado a la Revolución China, sin duda el mejor de todo ese apartado, titulado ¿Errores de aplicación o “errores” de base en la conducción de la GRCP?, los camaradas del CCT realizan una en general consecuente crítica de la opción adoptada en favor de los comités revolucionarios y sus implicaciones, introduciendo y enunciando además, muy meritoriamente, la problemática de la reconstitución del Partido Comunista como tarea necesaria de la GRCP. No obstante, en un epígrafe anterior, Revolución Cultural: elementos centrales, los propios camaradas socavan la congruencia de su crítica posterior cuando, tras indicar que, efectivamente, la opción de los comités era la más conservadora para con el conjunto de relaciones sociales existente y para la “apropiación del aparato estatal por las masas”, plantean a continuación:

“(…) no es menos cierto que los propios comités revolucionarios, aun constituyendo un claro retroceso respecto del objetivo primigenio de la forma comunal de organización, suponían un cierto avance respecto de la situación precedente en la relación entre masas y Estado. En ellos estaban representadas las organizaciones de masas proletarias y populares, siendo éstas incorporadas directamente a la gestión del poder político, y por lo tanto, minando de modo fragmentario, aunque no resolviendo, la contradicción existente entre la sociedad y las estructuras estatales.”

Mencionando sólo de pasada el oxímoron de que una forma de Estado solucione la contradicción sociedad-Estado, algo sólo resoluble por la abolición del segundo desde la elevación cualitativa de la primera, esto es, en la sociedad comunista, únicamente concebible a nivel mundial; la cuestión es precisamente que ese “minado fragmentario” no es otra cosa que la reproducción política del problema de la división social del trabajo, la sanción en la estructura política del sistema de producción privada e independiente que se mantiene en la esfera de las relaciones de producción reales, no jurídicas. Con ello los camaradas hacen añicos de un plumazo la consistencia de su reiterada crítica a los bolcheviques respecto a su “concepción reformista del socialismo”, pues precisamente este “cierto avance” no es otra cosa que una reforma; una reforma que demuestra además la verdad de que, sin horizonte revolucionario, ésta sólo coadyuva a la reproducción del problema. Y precisamente el horizonte revolucionario, la Comuna en este caso, se arrumba del marco de posibilidades políticas efectivas desde el momento en que se opta por los comités revolucionarios. Así, éstos sólo pueden considerarse un “avance” desde una concepción gradualista y empirista del proceso social, desde una consideración de las masas como elemento dado, estático e impersonal, que no tiene en cuenta la transformación subjetiva de las mismas, el proceso de su elevación consciente, de su revolucionarización –precisamente el problema del Partido Comunista, que, como decimos, los camaradas del CCT enuncian más adelante, pero que no desarrollan—; elevación y revolucionarización que sufre un duro quebranto desde el momento en que la disyuntiva política planteada efectivamente por la lucha, el estadio concreto que ésta ha alcanzado, no se establece entre la “situación precedente” y la reforma –ese “minado fragmentario”—, sino entre ésta y la revolución. Ejemplos en la historia de la RPM, empezando por el propio Estado español, sobran respecto a la desmoralización que este tipo de “avances” produce en la clase revolucionaria y, precisamente, la GRCP suministra uno más, con la facilidad con la que el movimiento de masas fue eliminado como variable política a tener en cuenta a medida que los comités revolucionarios fueron asentándose.

Emplazando a los camaradas a la reflexión sobre la lógica que ha guiado tal aseveración y la contradicción que genera con otras partes más meritorias de su trabajo, debemos hacer un último apunte sobre la inconsecuencia de Mao en el problema de la Comuna respecto a las concepciones y planteamientos de auténtica vanguardia que él mismo había enunciado en fases anteriores de la Revolución China. En una conversación con Chang Chun-chiao en los días en que aún estaba en vigor la Comuna de Shanghái, Mao enumera los argumentos que le llevan a recelar de la misma. Además de reducirla a una cuestión formal de nominación y contraponerla al Partido –argumentos ambos difícilmente sostenibles desde el punto de vista marxista—, Mao plantea los problemas de reconocimiento internacional de China que esta transformación de la forma estatal podría acarrear y la soledad, que parece apuntar al carácter excesivamente destacado, de avanzada, de la Comuna, tal vez apropiado para una urbe proletaria como Shanghái, pero no respecto a la estructura social predominante en el país como conjunto, aún mayoritariamente rural y campesina:

“La ventaja de este método sería que podríamos conservar el entusiasmo de la población, pues todos quieren esta comuna. La desventaja estriba en que sería la única en todo el país. ¿No estaríais, en este caso, demasiado solitarios?”[119]

Además de reconocer el apoyo popular que esta meta tiene y, por tanto, redundar en lo que señalábamos respecto al irreparable daño que su arrumbamiento tiene para el desarrollo subjetivo del movimiento de masas, los dos argumentos señalados al final, el del reconocimiento internacional y el de su carácter solitario, excesivamente de vanguardia, tienen en el fondo el común denominador del marcado carácter nacional que se imprimió en el movimiento comunista chino por las características objetivas del desarrollo de la revolución. Por un lado, apunta a los problemas de aislamiento internacional que podrían agravarse para una China, no lo olvidemos, amenazada no sólo por el cerco yanqui –que además de las bases en Corea del Sur, Japón y Taiwán, despliega entonces medio millón de soldados en Vietnam—, sino también, y quizá más peligroso en ese momento, por el social-imperialismo soviético, con el que, en 1969, llegarían a darse auténticos enfrentamientos militares en las fronteras del norte. Por el otro, ese carácter “solitario” podría agravar los desequilibrios en la articulación de un país que no llevaba ni dos décadas reunificado (excluyendo aún a Formosa).

Brevemente, respecto al primero de estos argumentos, cabe recordar la famosa sentencia maoísta sobre el carácter de papel de los tigres imperialistas y la potencialidad de la Guerra Popular para afrontar esa amenaza. En cuanto al segundo, prestemos atención a lo que el propio Mao decía en 1942:

“La Gran Retaguardia también cambia, y los lectores de allá no necesitan que los autores de las bases de apoyo revolucionarias les cuenten las historias aburridas de siempre; esperan que les hablen de los nuevos hombres y del nuevo mundo. Por lo tanto, cuanto más una obra esté escrita para las masas de las bases de apoyo revolucionarias, tanto mayor será su importancia nacional. (…) China marcha hacia adelante, no hacia atrás, y son las bases de apoyo revolucionarias, y no cualquier región atrasada, retrógrada, las que dirigen su avance.”[120]

Aclarando que en la terminología de la Guerra anti-japonesa, “Gran Retaguardia” se refería a la mayoría del país no ocupado por los japoneses y controlado por el KMT, mientras que la “Pequeña Retaguardia” eran las bases de apoyo dirigidas por el PCC tras las líneas enemigas y sentando la inseparabilidad de la cuestión política general respecto de la esfera cultural, tanto para el marxismo como, obviamente y en particular dentro de él, para el maoísmo; Mao marca la cuestión clave de toda actividad revolucionaria de vanguardia, proletaria, cuyo criterio no es fundamentalmente cuantitativo –la situación de la mayoría del país— ni productivista –la zona de Yenán no destacaba precisamente en este aspecto—, sino cualitativo y de dirección ideológica y política, capaz de establecer un horizonte, un referente de avanzada hacia el que encaminarse para sectores más vastos y retrasados del país. Este argumento, de impecable estirpe proletaria revolucionaria, es perfectamente aplicable a la “soledad” de la Shanghái comunera de 1967. A favor de ello se suman, además, razones de carácter económico, secundarias pero también a tener en cuenta, como la atracción que la mayor metrópoli industrial del país ejercía en efecto sobre el resto del mismo (una ventaja sobre Yenán y congruente con el estadio y carácter indudablemente socialista de la Revolución China a mediados de los 1960), potenciadora del efecto referencial que su forma de organización político-estatal de vanguardia, ampliamente popular, como Mao reconoce, podría haber proyectado sobre el conjunto de China. Si a esto le sumamos la experiencia del Gran Salto Adelante y lo que había aportado en cuanto a experiencia de organización de formas comunales en el campo, podemos atisbar que esa “soledad” no era ni mucho menos un problema insalvable. La cuestión clave, de nuevo, era de concepción ideológica y de relación política de fuerzas, así como de ese atreverse a impulsar una acción que podría haber alterado decisivamente esa relación indicada.

En cualquier caso y respecto a los acontecimientos que se suceden en la GRCP, efectivamente, la tempestad revolucionaria desatada era de tal magnitud que el curso de estabilización y vuelta al orden por el que ya se había encaminado la lucha de clases en China no estuvo aún exento de graves sobresaltos, especialmente durante el verano de 1967, que verá el mayor grado de violencia de todo el proceso. Remarcando que la GRCP no termina aquí y que aún hay experiencias interesantes que deberán ser atendidas en el marco del Balance integral del Ciclo de Octubre, lo que ya no subsiste es un horizonte político radical alternativo y consistente. Efectivamente, desde que se da marcha atrás en Shanghái, la cuestión de la Comuna, salvo una breve mención a raíz del Mayo francés de 1968[121], desparecerá de toda publicación oficial, permaneciendo sólo en la perspectiva de algunas agrupaciones de extrema izquierda, incapaces de volver a materializarla como horizonte político general para la sociedad china y pronto presas del disciplinamiento de la llamada “ultraizquierda” que va a ir dominando crecientemente un proscenio político chino marcado ya decididamente por el viento del Oeste.

V.3. Cerrando el círculo: sobre los límites estratégicos e ideológicos de la GRCP

Hemos ido viendo que, a pesar de lo declarado por Chiang Ching en cuanto a la inexperiencia del ala revolucionaria del PCC y su supuesta incapacidad para encabezar la nueva fase de la revolución, esta ala, encabezada, a pesar de todo, por Mao, no deja de desplegar durante toda la GRCP una numerosa serie de elementos tácticos de primer orden, así como también estratégicos, que, para bien o para mal, han sido rectores decisivos de la Revolución Cultural y que son inmediata y directamente conectables con la experiencia de la Revolución China en su fase de Nueva Democracia, de la que él ha sido el dirigente político y racionalizador teórico indiscutible.

Como la teoría revolucionaria no es sino una síntesis de la práctica revolucionaria previa, ello no es necesariamente erróneo en sí mismo, presentándose incluso como una necesidad. Dejando a un lado ahora la capacidad de creativa innovación que esta práctica, una vez sistematizada y apoyándose sobre las líneas maestras de una creciente comprensión del decurso histórico y la obra revolucionaria, puede proyectar hacia el futuro, y cuya falta de prospección es con probabilidad uno de los debes de la dirigencia revolucionaria china, la cuestión es que esta implementación de toda una panoplia de recursos tácticos procedentes de la experiencia previa se realiza unilateralmente fuera del marco estratégico general que entonces les dio sentido. Éste, determinado por el estallido previo de la guerra campesina en el contexto de una revolución nacional en auge no es otro, como problema de dirección de grandes masas ya en movimiento, que el desarrollo de la Guerra Popular. Durante la GRCP no hay un planteamiento sostenido en esta dirección que empuje hacia el armamento sistemático de las masas, hacia ese mar armado de masas.[122] Precisamente, el arrumbamiento de la Comuna supone la supresión del único marco político que podía consecuentemente sostener tal empresa.

Junto a este fatal retroceso político, conectado con la preponderancia de la derecha en la relación entre las líneas, existen una serie de concepciones ideológicas de fondo, históricamente determinadas, que empujan a la izquierda a una trágica complacencia con la situación y las perspectivas de la Revolución. Las, a nuestro entender, principales ya las hemos ido destacando, por lo que nos limitaremos a enumerarlas y señalar su conexión e imbricación lógicas. Éstas, relacionadas con los límites históricos del paradigma de Octubre y las vicisitudes objetivas por las que hubo de pasar la Revolución China, las podemos resumir como: la concepción economicista del socialismo como modo de producción distinto y específico, en cuya definición las relaciones jurídicas de propiedad juegan el papel fundamental; el fuerte carácter nacionalista que las circunstancias de la Revolución imprimieron en el PCC y el entendimiento de éste, del Partido, como esencialmente la organización de la vanguardia.

Como vemos, éstas son comunes al conjunto del Ciclo de Octubre, fuertemente marcado por el carácter democrático que atravesó en mayor o menor medida a las experiencias revolucionarias que lo protagonizaron, la rusa y la china esencialmente. La conexión entre los dos primeros elementos es evidente: la nacionalización de la economía como eje central de la concepción de la base económica propia del socialismo y que suma estatalización y nacionalismo. La fuerza lógica e histórica de ambos conceptos se retroalimenta, asentándolos y haciendo casi imposible su cuestionamiento a fondo, a pesar de los pasos dados en tal camino, nunca completamente recorrido durante el Ciclo.[123] Ello crea el marco base que permite concepciones como la de una “dictadura burguesa sin capitalismo” e infunde una engañosa tranquilidad y una ingenua confianza en el futuro, sazonada con ese determinismo de la inevitabilidad del Comunismo, que coadyuvan a la prudencia del ala revolucionaria del PCC y a tratar de sortear la decisión radical a la que se encaminaba la GRCP.

De este modo, en el fondo, los dirigentes revolucionarios chinos confían, aun sobre puntuales declaraciones verbales, en que se encuentran aún, a pesar de todo, en su Estado, lo que les conmina a su preservación, optando finalmente por la reforma del mismo. Y aquí hay que admitir que, desde una perspectiva consecuente del socialismo como sociedad de transición cuyo carácter está determinado por la línea política e ideológica que estipula la dirección hacia la que ésta se encamina, la línea proletaria, aun con todas sus limitaciones, todavía era capaz de condicionar en parte esa orientación en la China de mediados de los 1960, como demuestra la propia preparación y desencadenamiento de la GRCP. Su influencia era aún significativa, pero nadaba contra una corriente que ya en este momento sólo podía haberse visto alterada por la consumación de la apuesta radical que la GRCP llevaba implícita: ésta era, como probó la historia, la última tabla de salvación del socialismo en China. Es de esta manera como cabe entender los precarios momentos de dialéctica transición en que la restauración y la contrarrestauración se hallan en relativo equilibrio –precisamente, algo siempre relativo, como el propio Mao nos enseñó—: de forma cualitativa, revolucionaria, pues necesariamente conducen a un salto, a una decisión definitiva sin marcha atrás, y desde la esfera primordial de la política y de la ideología, de qué clase y, por tanto, de qué concepción del mundo determinarán esa decisión. Así pues, nada de Estado obrero deformado, sino la fluyente dialéctica de la lucha de clases en toda la riqueza de su concreción histórica.

Este desmovilizador marco que estamos bosquejando es coronado por esa concepción del Partido revolucionario como organización de la vanguardia, absolutamente generalizada y tan cara a la tradición de la Komintern durante el conjunto del Ciclo. Como la LR ya ha abundado en numerosas ocasiones, esta comprensión organicista del principal mecanismo revolucionario del proletariado impone el dominio de la lógica de la intersubjetividad, de la articulación del Partido como reunión subjetiva entre individuos externos que deben ser conectados primordialmente por lazos organizativos. Frente a ella, la correcta perspectiva leninista, reflotada en toda su consecuencia por la LR, lo entiende como relación social objetiva, como movimiento social cuya médula está engranada fundamentalmente por un complejo de vínculos ideológicos y políticos y que se plasman en el plano orgánico como suma de organizaciones, frente a la lógica de esa plasmación como suma de individuos que domina en la concepción organicista.

En este sentido, si Mao y la izquierda del PCC avanzan, y éste es uno de sus grandes méritos, hacia el asentamiento de la comprensión del socialismo como problema de dirección histórica y de clase, esta concepción organicista del Partido[124], unida a la confianza perviviente en la sustantividad del modo de producción socialista, determinarán que esa comprensión de la cuestión crucial de dirección se descarríe hacia una desviación subjetivista. Si el sistema socialista está dado, no es una fluyente dinámica de transición, y el Partido es una suma de individuos, entonces, en efecto, el problema de dirección no atañe tanto al sistema de relaciones sociales en todos los planos, no es tanto una cuestión histórica y de clase, sino que se focaliza en personalidades que ocupan puestos claves en las alturas del aparato de dirección política establecido. De ahí que el blanco de la GRCP apunte desde el principio contra “aquellos elementos en el seno del Partido que ocupan puestos dirigentes y siguen el camino capitalista” y de ahí la deriva, a medida que se desaprovechan inadvertidamente las oportunidades de rearticular un sistema de relaciones sociales revolucionarias (la reconstitución del Partido Comunista) y la revolución, en consecuencia, declina, a una acentuación individualista del foco de los males, con su desafortunado correlato de caracterizaciones personales y morales. Por cierto que, en este sentido, esos porcentajes de malos elementos, tan del gusto maoísta, aparecen como corolario necesario de esta concepción cuando se le quiere dar cierta proyección social, en tanto agrupamiento cuantitativo de individuos definidos principalmente por sus actitudes personales. De nuevo, esta deriva objetiva se ve irresistiblemente fortalecida por la experiencia de la fase democrática de la revolución, especialmente por las anomalías que su discurrir imprimió en la constitución material del PCC, concretadas en esa determinante dualidad señalada. Entonces el marco también estaba dado en ese imponente ascenso de la revolución nacional, plasmado en la “tempestad incontenible” de la guerra campesina, y se trataba de evitar o minimizar las interferencias del aparato político que pudieran malograr la potenciación de su inercia. La concepción espontaneísta, economicista y mecanicista de la revolución que acabó dominando el paradigma de Octubre como liberación de las potencialidades ya inscritas, dadas, en las fuerzas productivas o en las masas respecto de corsés externos adheridos, aparece vívidamente.

Al asentamiento de esta percepción contradictoria que domina a la izquierda durante la GRCP y su preparación, que combina la alarma ante los claros síntomas de creciente preeminencia del revisionismo y la confianza en la solidez de la casa común del régimen socialista, expresión de ese precario momento de equilibrio que señalamos, contribuye decisivamente, como vemos, la experiencia de la fase democrática de la Revolución China. Hemos repasado ya el redespliegue de muchos de sus momentos durante la GRCP, pero una importante clave descansa precisamente en ese periodo crucial de preparación de la Revolución Cultural, en que Mao trata de asegurar la retaguardia estratégica para la nueva prueba de fuerza que se anuncia. Como veíamos, esta reminiscente preparación se dirigía principalmente hacia el EPL y el campo.

Nuevamente, reaparece en toda su crudeza esa dualidad crucial en el momento de constitución del PCC y cómo, en el marco que objetivamente imponen las circunstancias de la revolución democrática, ésta tiende a desequilibrar hacia el respecto del Ejército la correcta disposición y relaciones dentro de la institucionalidad revolucionaria entre el Partido y las fuerzas armadas. Enfrentado a la médula del aparato político y administrativo del Partido y el Estado, reviviendo el desgarro de décadas atrás y bajo el arrastrante influjo de las concepciones que venimos indicando, Mao puede tranquilizarse al considerar que la sustitución de los individuos en la dirección del EPL, de Peng Teh-huai a Lin Piao, pone el Ejército bajo el control de la izquierda. Ello encaja perfectamente con su experiencia en la Nueva Democracia y es un elemento clave a la hora de soslayar la cuestión de la oportunidad de la Guerra Popular durante la GRCP. No obstante, el EPL, como hemos venido observando, ya no es un movimiento revolucionario de masas armadas, sino un aparato solidificado y autosuficiente sacudido por el mismo viento occidental que ha ido condicionando la estructura del Estado chino desde 1949. Igualmente, las tareas de la revolución en su fase socialista son otras cualitativamente diferentes respecto a su fase democrática. Ni las campañas ideológicas en el EPL, limitadas en su superficialidad catequística, ni los intentos, parciales respecto al conjunto de la formación social, reformistas por tanto, de implicar más a las tropas en la vida económica de las masas, conseguirán subvertir decisivamente estos condicionantes estructurales. Servirán a lo sumo para permitir que el EPL se convierta en una base de agrupación y cohesión política de la izquierda del PCC durante la preparación de la GRCP, aunque, paradójicamente, contribuirán a la confusión y desorganización de ésta una vez que durante la Revolución Cultural y en sus momentos decisivos, el EPL se sitúe junto al partido del orden, siendo incluso, por la desarticulación del aparato del PCC, su componente fundamental. Así, la suma de la comprensión científica del Ejército como médula de todo Estado, también la del que se asienta sobre un sistema socialista supuestamente sustantivo, solidificado, junto a la experiencia del papel del EPL en la dualidad que signa la revolución democrática en China y las inquietudes nacionales respecto a las amenazas exteriores que se ciernen sobre el país, aprisionará a Mao y a la izquierda del PCC, determinando fatalmente sus acciones y elecciones. De hecho, éste, el del Ejército, será el problema clave que sentencie la GRCP: si con la desestimación de la vía de la Comuna se abre paso la primera gran contraofensiva derechista, la contracorriente de febrero de 1967, Mao y la izquierda aún avivarán una respuesta de masas que, reactivamente radicalizadas, conduce a la explosión del verano de ese año, donde, como en Wuhan y otros sitios, el EPL acaba por demostrar sangrientamente su orientación estructural. Ante el consiguiente cuestionamiento del EPL por el movimiento de masas, la izquierda, desnortada (véase el referido discurso de Chiang Ching y su casi inmediata retractación), removida la base de apoyo del Ejército en la que confiaba y habiendo perdido decisivamente ya en Shanghái la oportunidad de edificar otra diferente, recula definitivamente para el otoño de 1967. Los desórdenes de masas que aún restan no serán ya sino el estrellarse sobre la roca de una ola descendente.

En cuanto al campo, podemos decir que su papel en la GRCP, totalmente secundario, no parece ser sino una nueva conformación de la referida tesis leniniana respecto a la dificultad de desarrollar y culminar la revolución en los países atrasados. La GRCP se decidió entre las masas urbanas y proletarias. Los maoístas pudieron usar las áreas rurales para acumular fuerzas, tanto histórica (fase de Nueva Democracia), como políticamente (campañas del Movimiento de Educación Socialista), pero su incapacidad para articular coherentemente al proletariado urbano fue lo que determinó el destino de la GRCP.[125] Como volvería a suceder en el epílogo del Ciclo de Octubre, podemos decir que los revolucionarios maoístas se estrellaron contra las ciudades. Aun a pesar de algunas experiencias interesantísimas de comunistización del trabajo, que dan valiosas pistas sobre la forma de afrontar la superación de la ley del valor[126], las masas campesinas chinas no pudieron suministrar una fuerza decisiva cuando la revolución navegaba plenamente por su fase socialista. El peso, tanto el económico del campo chino, como, sobre todo, el histórico-político, en tanto limitación fundamental de la experiencia revolucionaria creativa del PCC a su fase democrática –es la parte de verdad de esa “inexperiencia” de la que hablaba Chiang Ching—, marcada por su debilidad urbana desde 1927, se hicieron sentir con toda su fuerza durante la GRCP. Incluso más, invertida la marea de la GRCP hacia el restablecimiento del orden, el campo se convirtió en reserva del mismo, siendo el escenario principal de ese disciplinamiento de la llamada “ultraizquierda” y también del reciclaje de los cuadros del desarbolado aparato administrativo partidario y estatal (Escuelas del 7 de Mayo). Estos últimos, a medida que se imponía la normalización del país, volvían a sus responsabilidades[127] y, agrupándose en creciente legión en torno a la recalcitrante e irreductible figura Teng Hsiao-ping, afilaban los cuchillos de la revancha, como trágicamente comprobaría la izquierda en 1976. Al respecto, tal vez no haya expresión más elocuente de la limitación histórica del sustrato democrático-campesino para pesar favorablemente en la GRCP que el papel que Chen Yung-kuei, dirigente de la comuna modelo de Tachai, jugó en la oposición contra la postrer ofensiva que la izquierda, debilitada y en un creciente aislamiento (como gráficamente testimonia su malintencionadamente caricaturesca descripción como banda de los cuatro), lanzó contra Teng Hsiao-ping durante los últimos meses de vida de Mao.[128]

Si el papel del EPL y el campo van cerrando el círculo de la Revolución China y la GRCP, justamente como lo abrieron cuarenta años antes y aún en los comienzos de los 1960, en una ejemplar muestra de la ley dialéctica que rige el decurso histórico, precisamente el escenario del campo como elemento de estabilización social en la fase descendente de la GRCP nos permite referir el último elemento estratégico clave de las concepciones maoístas que hemos venido anunciando, que no es otro que esa célebre “línea de masas.

Efectivamente, desde finales de 1967, los campos chinos se convierten en el escenario del exilio, en muchos casos forzado, de cientos de miles de estudiantes y rebeldes que habían formado la vanguardia del movimiento de masas desatado por la GRCP. El referente que ahora debe orientarlos es claro. Como declaran las publicaciones de la época:

“Los pequeños y medianos campesinos son nuestros mejores maestros. Debemos someternos valientemente a su nueva escuela.”[129]

No cabe ver en la concepción de esta orientación simplemente una artera maniobra represiva, tal y como fue sentida por una gran parte de la extrema izquierda y como la suele caracterizar la propaganda imperialista, sino que ella se enraíza en lo más hondo de las concepciones maoístas y de la Revolución China. De hecho, en el campo, junto a los “extremistas” iban a rehabilitarse también los representantes derechistas del aparato administrativo derribados por los primeros. Era, pues, un intento de refundir de nuevo China, de forjar la anhelada unión de ese 95% de buenos elementos, expresión de masas de la misma política reformista de conciliación que se institucionalizaba con los comités revolucionarios.

Como hemos visto, el origen histórico de esta “línea de masas”, ejemplarmente expresado en la campaña de rectificación de Yenán, se encuentra en la época de la guerra popular y en cómo el aprendizaje y la forja del estilo de trabajo del PCC se realiza en medio del campesinado en guerra. Asimismo, hemos visto que en el contexto del MCI de la época, esta renovada atención por los vínculos con las masas que auspiciaban los comunistas chinos representaba un auténtico revulsivo. Pero, no obstante, tenía serias limitaciones, objetivamente determinadas por el carácter previo y dado del movimiento campesino y nacional y la naturaleza de la revolución en curso. Veamos una definición paradigmática de este concepto:

“En todo el trabajo práctico de nuestro Partido, toda dirección correcta está basada necesariamente en el principio: `de las masas a las masas’. Esto significa recoger las ideas (dispersas y no sistematizadas) de las masas y sintetizarlas (transformarlas, mediante el estudio, en ideas sintetizadas y sistematizadas) para luego llevarlas a las masas, difundirlas y explicarlas, de modo que las masas las hagan suyas, perseveren en ellas y las traduzcan en acción, y comprobar en la acción de las masas la justeza de esas ideas. Luego, hay que volver a recoger y sintetizar las ideas de las masas y a llevarlas a las masas para que perseveren en ellas, y así indefinidamente, de modo que las ideas se tornan cada vez más justas, más vivas y más ricas de contenido. Tal es la teoría marxista del conocimiento.”[130]

Es a través de este tipo de formulaciones como mejor podemos atisbar las limitaciones generales del marxismo del Ciclo de Octubre, ejemplarmente expresadas en el maoísmo. Si éste reacciona a la concepción externa y administrativa de la relación de la vanguardia con las masas que, siendo generosos, empezaba a hegemonizar al MCI en los 1930, lo hace para desequilibrar el fiel de la balanza hacia el otro extremo, hacia las masas tal y como vienen dadas. De nuevo, las características objetivas de la Revolución China, democrática y con las masas campesinas ya en movimiento militar, explican el marco histórico material de tal desviación del marxismo. Aquí el papel de la vanguardia queda totalmente desdibujado, deja de jugar un papel sustantivo propio y se convierte en mero catalizador de algo que ya existe previamente –al igual que la guerra campesina precede a su dirección comunista en la Revolución China—, inscrito en las propias masas. La transformación de éstas es meramente cuantitativa, externa, como reunión y sistematización de lo que ya tienen inmediatamente en sí mismas, aunque disperso y deslavazado. De este modo, la vanguardia sólo juega el papel de racionalizador también externo de una realidad en el fondo inmutable, cuya naturaleza es, al igual que las ideas de las masas, sólo imperfecta (“menos justa, viva y rica”, esto es: sólo una cuestión de grado) en la medida en que no es conocida, racionalizada y sistematizada.

La posición epistemológica que de ello resulta no es, por supuesto, la marxista, sino el inductivismo ingenuo que anima los orígenes de la Revolución Científica, del sujeto como observante ordenador y racionalizador de unas leyes (ideas) ya dadas y, por tanto, externas a sí. Esta concepción durante el siglo XX aún podía ocupar la posición de vanguardia en países oprimidos, dominados por la semi-feudalidad, pero sus límites se ponían descarnadamente en evidencia en los lugares, como las metrópolis imperialistas, donde las tareas de la revolución democrática estaban fundamentalmente concluidas. Ello era la expresión en el plano gnoseológico de una revolución (democrática), históricamente inconclusa y aún en marcha, y de un movimiento de masas (nacional), cuya misma e inmediata virtualidad y la exigencia de su dirección política demandaban el impregnarse de su sustrato, el conocerlo más que el transformarlo, pues él era en sí mismo transformación objetiva y necesaria (de las relaciones pre-capitalistas y feudales). Una vez más, el empirismo y el positivismo aparecen como la manifestación filosófica del entrelazamiento histórico de las revoluciones burguesa y proletaria, de las alianzas que un inmaduro proletariado tuvo que realizar para comenzar a destacarse como sujeto de esa historia. La radicalidad con la que el maoísmo, como vemos, formula y racionaliza estos condicionantes vuelve a expresar la profundidad paradigmática de la experiencia china en el marco del Ciclo de Octubre. Pero por ello mismo, a la hora de realizar el salto cualitativo que exige el paso a la fase proletaria y socialista de la revolución mostrará crudamente sus limitaciones. La tendencia de la corriente maoísta a desestimar la negación de la negación como categoría fundamental de la dialéctica es la manifestación filosófica de esta limitación, al igual que la tendencia regresiva a volver al campo, al aprendizaje en la “escuela campesina”, en la fase de estancamiento y descenso de la GRCP fue su expresión política de masas.

Desde el punto de vista marxista puede ser cierto que el aprendizaje de la vanguardia se realiza desde la experiencia de las masas. El marxismo cuenta efectivamente con una Línea de Masas como uno de sus componentes básicos, pero rechaza tajantemente la reducción empirista de la categoría de “masas”. Las masas de las que fundamentalmente aprende la vanguardia proletaria son las masas de avanzada de la historia, las que protagonizan los momentos decisivos y determinantes de la misma, las que se encuentran en las encrucijadas de los saltos cualitativos que marcan el devenir de la humanidad, no las dadas en la empírica inmediatez circundante. Es desde la comprensión del papel de esas masas revolucionarias en la historia como la vanguardia empieza a alcanzar tal posición, lo que implica un proceso de transformación de sí misma (negación) que la coloca en situación de dar el salto cualitativo que le permita actuar sobre esas masas dadas, cuyo carácter es a su vez transformado por esa acción, elevándose ellas mismas a la posición de vanguardia, que vuelve así a ser transformada (negación de la negación). En este proceso los saltos son cualitativos e implican una permanente transformación e interrelación de los elementos que lo componen. Sólo así, de forma dialéctica e histórica, cabría comprender desde el marxismo la peligrosa consigna “de las masas a las masas”, siendo esencialmente las primeras de éstas las que han actuado en el curso de la historia, las que nos han dejado un legado de experiencia revolucionaria. Pero por ello, esta experiencia no puede reducirse a sus vivencias y opiniones inmediatas, ya periclitadas por la negatividad de la historia, sino que se refiere a las concepciones históricamente determinadas que las guiaron, esto es, también a la posición de la vanguardia que en ese momento actuó, y a la forma concreta que adoptó la defensa más o menos consecuente de determinados intereses materiales. Este polifacético y dinámico complejo histórico-social no puede constreñirse simplemente en la categoría de “masas”, sino que su conceptualización más exacta es precisamente “lucha de clases”. De ahí que la letanía maoísta “las masas hacen la historia” tienda a convertirse en una reducción empirista y espontaneísta del fundamental principio marxista de “la lucha de clases es el motor de la historia”.

De este modo, el reduccionismo empirista gnoseológico y político al que empujaba la “línea de masas” maoísta, la fetichización de las masas dadas inmediatamente en que se resume, se daba la mano en perfecta sintonía con la experiencia de la revolución nacional y con el entendimiento sustantivo del sistema socialista. Todo ello solidificaba un marco incuestionable que imponía unas reglas del juego como exigencia de su preservación. Así cabe entender la expresión formalista, intensamente regulada, con la que los comunistas chinos cincelaron esa línea de masas, con formas precisadas de desarrollar los debates y exponer sus resultados, con la insistencia en formas procedimentales establecidas a priori y con el acento en las actitudes y maneras personales.[131] Y es que, efectivamente, si la labor creativa subjetiva (la actividad de la vanguardia) se reduce a la reunión y sistematización de una realidad externa dada (por ejemplo, las ideas de las masas), entonces la clave que define al sujeto son las formas de ordenación y clasificación de esa realidad en el fondo inmutable. Así, con pasmosa coherencia filosófica, empirismo y formalismo se entrelazan y esta reglamentación se convierte en la casa comúnsocialista” que permite la convivencia de las dos líneas enfrentadas, deseca las iniciativas de la vanguardia y constriñe el movimiento de masas, eludiendo el desenlace radical que anunciaba la GRCP. Así, la reglada “línea de masas” maoísta acababa reducida a un pellejo vacío, forma que admitía una (limitada) utilización por la izquierda, así como también por la derecha. De ahí que fuera a la vez, tanto banderín de enganche de la GRCP en su lanzamiento, insuflando vida a esa extrema izquierda china de los 1960, como estandarte de represión de esa misma sensibilidad en el declinar de la revolución: de las masas a las masas, así como del campo al campo; tal podría ser el resumen de la trayectoria de la Revolución China y sus límites infranqueables, tal y como fueron traumáticamente vividos por miles de rebeldes en el declinar de la GRCP.[132] Si a ello le sumamos cómo el suelo del EPL, hasta entonces tenido por puntal seguro, se abrió bajo los pies de la izquierda maoísta en ese decisivo 1967 y lo flanqueamos por los límites generales del paradigma de Octubre, podemos tener una perspectiva más o menos de conjunto de la barrera que se demostró infranqueable para los revolucionarios chinos. Lo que signó su ascenso, una vez agotada su potencialidad histórica, tornó su contrario y los mismos mimbres de la revolución democrática que lo propulsaron acabaron engullendo al proletariado socialista chino.

V.4. Algunas enseñanzas universales de lo que no pudo ser: elementos para la reconstitución del PCC en 1966

Hasta ahora nos hemos esforzado por señalar, aun a riesgo de ser reiterativos, los elementos objetivos, grabados a fuego en la experiencia de la Revolución China y en la forma en que se desenvolvió, cuyo peso fue decisivo en la determinación de las líneas de actuación de los revolucionarios chinos, hasta el punto de hacerlas finalmente necesarias. Es éste un ejercicio básico de materialismo histórico, fundamental para que la labor crítica de la LR no descarríe hacia el terreno del doctrinarismo. Ello tiene que ver con el carácter objetivo material del sujeto, tal y como Marx defendió en sus Tesis sobre Feuerbach; elemento que también es realidad y no sólo un observador racional externo de la misma. Sólo desde la prospección de la formación histórica de la morfología de este sujeto cabe insertar las críticas a sus limitaciones ideológicas en un marco marxista coherente, pues éstas nunca son abstractas, sino determinadas por la cubierta material que las incuba. Es desde esta consideración fundamental que el materialismo histórico se abre al socialismo científico, que entiende que la primera ley de la obra revolucionaria es la actividad del sujeto. Por ello, la perspectiva genuina de la teoría revolucionaria tiende a establecer en primer lugar la cuestión de la materialidad de ese sujeto, que no es otro que el Partido Comunista.

Desde estas consideraciones y habiendo trabajado ya el marco material que determinó la fisonomía del sujeto revolucionario chino, empujándolo fatalmente hacia determinados achaques y falencias, cabe preguntarse, desde esa ley del sujeto, si había algún camino alternativo; si la historia en la encrucijada –pues tal es uno de los caracteres de las revoluciones— que abrió en 1966 permitía explorar otras sendas. Ciñéndonos a la perspectiva principal adoptada en este estudio, nos centraremos en los elementos morfológicos que, efectivamente, la realidad de una auténtica revolución como fue la GRCP diseminó por el escenario de la lucha de clases en China y que podrían haber formado el caldo primordial para un nuevo organismo revolucionario: para la reconstitución del PCC.

Efectivamente, para mediados de los 1960, curvado y astillado por ese viento occidental, el PCC había derivado de Partido proletario de nuevo tipo, aunque con todas sus especificidades y taras históricas, a fundamentalmente un aparato administrativo de gestión económica y política, fusionado más que con las masas con un armazón burocrático estatal separado de aquéllas. No obstante la situación era compleja, no cabiendo sostener que para esa época la influencia del proletariado, la orientación y perspectiva del Comunismo, hubieran desaparecido de la formación política china. El ala izquierda del PCC, alertada por la experiencia soviética y vigorizada por su aprendizaje de la misma, mantenía una significativa capacidad de influir en la deriva de la sociedad y el Estado chinos. Además, las grandes empresas de masas lanzadas desde 1957 habían permitido que el vínculo de esa izquierda con ellas no se desecara completamente, si bien, tanto la dirección dominante de las ventiscas en los pasados diecisiete años, como el peso de la propia historia del PCC, caracterizada por esa dualidad congénita, tendían a acentuar su debilitamiento. Tal vez la mejor prueba de esta debilidad y, por tanto, de la necesidad de la reconstitución partidaria, sea la necesidad que Mao y la izquierda tuvieron de apelar al culto a la personalidad, a la Jefatura, para propulsar la movilización de masas en 1966, demostrando que el vínculo de la vanguardia con las masas ya no podía considerarse como una fusión sino que era externo.

De todos modos, hubiera sido ella, la izquierda del PCC, como, a pesar de lo dicho por Chiang Ching, efectivamente fue, aunque nunca abandonara esa posición de exterioridad respecto a las masas, la llamada a ejercer como vanguardia ideológica y, por tanto, la que detentara la iniciativa del proceso. En ese momento, la izquierda del PCC representaba sin duda la vanguardia del MCI y del proletariado internacional. Ello era así tanto por sus conquistas ideológicas relacionadas con la experiencia histórica de la dictadura del proletariado, como por su posibilidad efectiva de influir inmediatamente sobre la transformación de la realidad desde esas conquistas, así como también por su capacidad de referenciarse internacionalmente. El basamento ideológico que animaba a este destacamento de vanguardia del proletariado internacional agrupaba una característica mezcolanza de concepciones de avanzada junto a otras ya en crisis y dejadas atrás por la experiencia de la lucha de clases del proletariado, relacionadas con esos límites del paradigma de Octubre, una importante muestra de las cuales ya hemos referido, y a las que se añadía el peso, no siempre ligero, como hemos visto, de la experiencia de la Revolución China. Pero, como indicamos, junto a ellas se agrupaban concepciones de verdadera vanguardia que hoy no pueden por menos que ser punto de partida del nuevo Ciclo de la RPM en preparación. La característica esencial que las define, como también hemos señalado, es el encumbramiento del factor subjetivo consciente en la obra revolucionaria del proletariado, lo que permite recuperar el horizonte del Comunismo y encuadrar el verdadero sentido y objetivo de la revolución proletaria. Veamos sucintamente una muestra; se dice justo al inicio de los 16 Puntos:

“La gran Revolución Cultural proletaria que se desencadena actualmente, [es] una gran revolución que llega al alma misma de la gente (…)”.[133]

Efectivamente, Mao responde con contundencia al planteamiento de cuál es el objetivo de la GRCP:

“Luchar contra los detentadores del poder que siguen la vía capitalista es la tarea principal pero no es el objeto. El objeto es resolver el problema de la concepción del mundo (…). Para aseguraros de que seguiréis resueltamente la vía del socialismo deberéis someteros a un completo revolucionamiento ideológico proletario.”[134]

Este riquísimo fragmento marca auténticas líneas maestras de la revolución proletaria. El poder no es para ella el fin, sino que su conquista o fortalecimiento sólo es un medio; que puede ser la “tarea principal” de determinado momento, pero que sólo es un resorte para transformar al hombre, para llegar a su “alma”: transformar el mundo para transformar al hombre. De ahí que la revolución proletaria sea la sentencia del pragmatismo. Si el poder es sólo un medio, entonces está determinado por su fin, por ese hombre nuevo, siendo, por tanto, lo importante el carácter del poder, las premisas sobre las que se asienta. El objetivo de la autoconsciencia humana, con sus consiguientes condiciones materiales, exige dirección consciente, que abra el horizonte y amplíe el radio de su influjo. Mao insiste en esta clave: “la cuestión importante es la transformación de los hombres.”[135] De este modo, con el individuo humano en el centro de toda inquietud[136], entronca con la mejor tradición marxista, lo que permite vislumbrar el replanteamiento del socialismo como una tarea de transformación totalizadora:

“Nuestra tesis es que debemos realizar la revolución socialista sobre tres frentes: político, económico e ideológico.”[137]

Se trata de una evidente referencia a la famosa sentencia de Engels recogida célebremente por Lenin en ese monumento a la actividad consciente del proletariado que es el ¿Qué hacer?, pero ahora elevado a la época de transición con el proletariado en el poder. Ello, además de suponer un refrescante revulsivo respecto a las dominantes concepciones soviéticas del momento (de hecho, Mao aquí está criticando el Manual de economía política editado en la URSS en 1959), de “transformación” seccionada y fragmentada, por etapas, concentrada en el ámbito económico y el desarrollo productivo, que se trasladaría mecánicamente a las demás esferas sociales, sugiere la noción de la revolución proletaria como proceso total y omnímodo, no sólo respecto a los frentes a cubrir en cada etapa, sino también en su desenvolvimiento procesual: una tarea única, que es siempre revolución, que va desarrollándose y enriqueciéndose a través de saltos cualitativos. Así, los cometidos del proletariado son esencialmente los mismos antes y después de la toma del poder (Engels y Mao), lo que cambia es sólo la forma de su despliegue, su radio de amplitud, su capacidad de incidencia, etc. Con ello, los comunistas chinos reabren el horizonte del Comunismo, enterrado por el revisionismo en la URSS, cuyo “Comunismo”, prometido por Jruschov en 1961 para un par de décadas vista, se parecía dramáticamente al mundo existente: un “Comunismo” regido por las estadísticas de producción, bajo la escrutadora mirada del leviatán estatal y encerrado en un mutilador marco nacional.

Como decimos, todas estas concepciones convivían característicamente con toda una panoplia de elementos viejos, necesariamente no depurados, que lastraron decisivamente la GRCP. No obstante, ello era suficiente en el momento para considerar dotada a la izquierda del PCC de los rudimentos de una teoría de vanguardia en la concreción de su determinación histórica. Asimismo, esta izquierda acertó a formular un Programa político que conectaba estas concepciones con una perspectiva de transformación radical inmediata de las condiciones de las masas: la Comuna. De nuevo, esta meta convivía contradictoriamente con otros objetivos que podían restarle su sustantividad y evaporarla, como en efecto sucedió.

 Igualmente existían los fundamentos de una Línea Política que podía servir para mediar entre ambos extremos, y que, además de referir a cuestiones universales cruciales para la revolución proletaria, entroncaba y enraizaba profundamente en las condiciones concretas de la sociedad china y con las tradiciones generadas históricamente por la lucha de clases en el país asiático. Nos referimos al papel de la intelectualidad revolucionaria y al indicado hondo significado en la tradición revolucionaria china del concepto de Revolución Cultural. De nuevo, Mao, en 1967, evocaba los mejores momentos que estaban en la base del movimiento revolucionario del proletariado chino:

“Los intelectuales revolucionarios y los jóvenes estudiantes fueron los primeros en adquirir conciencia, lo que corresponde a las leyes de desenvolvimiento de la revolución.”[138]

De este modo, la problemática del intelectual no sólo arraigaba profundamente en la historia de China, marcada por una dolorosa y exacerbada división social del trabajo, sino que conectaba con el problema clave y universal de la dirección consciente e histórica que la revolución proletaria, a diferencia de las formas de revolución pretéritas, exige, apuntando además al núcleo de la transformación de las bases materiales de la sociedad hacia el Comunismo, al avance en la erradicación de esa división social del trabajo. Precisamente, si, como enseña el materialismo histórico, el papel de la conciencia destaca crecientemente a medida que progresa el desarrollo de la materia social[139], los centros de creación, encuadramiento e institucionalización de esta conciencia social se convierten en el núcleo de una problemática fundamental con proyección totalizadora hacia la entera formación social. Desde el punto de vista político se trata de decidir si, por usar los términos en los que lo planteó la GRCP, estos centros son terreno de cultivo de un nuevo mandarinato, pulidos lastres, su más vistosa manifestación, de la reproducción de esa división del trabajo o, por el contrario, son pabellones de reclutamiento de la vanguardia comunista, viveros materiales para la dirección consciente, y por tanto histórica, de la sociedad hacia el Comunismo. Sólo desde el control proletario de esta esfera cabe proyectar una revolucionarización sistemática y planificada del conjunto social. De ahí que el inicio de la GRCP por ese plano, el de la cultura y su expresión primera en el sistema educativo, no nos parezca, como han planteado algunos camaradas, una limitación de la misma, sino la expresión de su potencialidad universal.

Evidentemente, esta cuestión es insoluble desde el planteamiento del reordenamiento fragmentario y exclusivo de este plano, de su reforma administrativa por el Estado proletario, sino que sólo puede ser punto de partida oportuno de una ola de revolucionarización social, de un salto cualitativo –uno de muchos— en el largo camino histórico hacia el Comunismo. Tal es lo que proyecta la experiencia de la GRCP. Para ello las masas estudiantiles y la intelectualidad revolucionaria deben buscar su autotransformación, no encerrándose en su redil corporativo, sino saliendo a la fusión con las grandes masas proletarias, en un proceso de transformación mutua que se exprese en movimiento determinado de elevación social hacia el Comunismo, de incidencia en la realidad práctica del mundo así como, correlativa y simultáneamente, de impulso del desarrollo social de la conciencia comunista. La GRCP abre la perspectiva de que éste no es, después del establecimiento de la dictadura del proletariado, un proceso gradual, cuantitativo y lineal, sino que debe manifestarse también revolucionariamente, mediante momentos marcados por la ruptura y el salto cualitativo. De este modo, la problemática que plantea la GRCP en tanto experiencia universal, depurada de sus condicionantes históricos particulares, no es sino la recuperación práctica del enunciado crítico-revolucionario marxiano:

“(…) [el] comunismo (…) es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a estas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales.”[140]

Nótese cómo Marx se ciñe al punto de vista materialista y va haciendo ascender desde las relaciones de producción hasta las ideas los distintos planos de la transformación social, pero no sólo señala todos y cada uno, con lo que ello implica de la necesidad de un trabajo sustantivo específico en cada uno de ellos (es decir, no es suficiente cambiar las relaciones de producción para que, cual mecánico castillo de naipes, se suceda la transformación total; esto es, no sólo se trata de cambiar el mundo), sino que el paso a cada plano sucesivo está marcado por el crecimiento de la amplitud y la globalidad abarcadora (relaciones de producción-relaciones sociales-ideas). De ahí que el proceso de transición histórica hacia la autoconciencia social, hacia el Comunismo, sólo puede comenzar desde el plano más amplio, desde el que, aunque se sustente sobre otros estratos, más perspectiva otorga, que no es otro que el ideológico. Sólo desde ahí se accede a una representación de conjunto del proceso histórico que, en su comprehensión, permite planificar su devenir; construirlo con “intención final”, conscientemente, por recordar a Engels. Así pues, en la época de la revolución proletaria el ascenso es consecuentemente dialéctico: de lo abstracto-general a lo concreto-particular.

Además, ello está determinado, no sólo por el objetivo, por el fin histórico de esta revolución, sino también materialmente por su histórico punto de partida. El Comunismo, a diferencia del capitalismo, no reposa en germen en el seno del modo producción anterior. Ello sucedía con el capitalismo pues, en tanto forma de economía ya plenamente social, insertaba sus primeros balbuceos sobre sistemas de economía natural de diversa índole, con lo que su heterogeneidad consustancial respecto a esos otros modos permitía, bajo determinadas condiciones, un crecimiento unívoco de la semilla que llevaba inscrita la superioridad de las formas más sociales de economía.[141] En cambio, el Comunismo representa, desde el punto de vista económico, simplemente la adecuación de las formas de organización de la existencia humana con el carácter social que ya reviste su producción. Por ello, la esfera integral civilizatoria del desenvolvimiento humano en toda su amplitud es el campo de batalla inmediato, pues se trata de la lucha entre las dos formas de organización de la socialidad de este ser humano, capitalismo o Comunismo, que el devenir histórico ha pergeñado: el primero como la traumática disrupción producida por el despliegue de la materia social desde sus formas más naturales, que lleva aún impreso el sello de estas últimas[142] (algo que el marxismo clásico resumió como propiedad privada), el segundo como proyección racional(ista) e intencional de su readecuación. Realmente, pues, la lucha final.

Esto es algo, redundando en los mimbres que soportan la consideración de la existencia de teoría de vanguardia en la China de los 1960, que Mao también llega a formular en su repaso de la experiencia y concepciones soviéticas:

“Desde este punto de vista [el comienzo por la creación de una opinión pública y la conquista del poder político] la revolución proletaria y la revolución burguesa se asemejan fundamentalmente a pesar de algunas diferencias (las relaciones de producción socialistas, por ejemplo, no existían antes de la revolución proletaria, mientras que las relaciones de producción capitalistas comenzaron a desarrollarse en la sociedad feudal).”[143]

Dejando a un lado la formulación errónea, de cuyos desastrosos efectos ya hemos hablado, de “relaciones de producción socialistas”, que viene a ser una muestra ejemplar de ese carácter contradictorio, mezcolanza ecléctica de lo viejo y lo nuevo, de las concepciones que guiaban a los revolucionarios chinos; la cuestión es que, para Mao, las nuevas formas económicas de civilización, independientemente de su nominación, no están dadas en el seno de la antigua, sino que deben venir precedidas de un proceso ideológico y político que cree las condiciones para su edificación, para su construcción.[144] La revolución burguesa y la proletaria sólo entrechocan en un momento (que se expresa en ese entrelazamiento histórico del que tanto hemos hablado), pero tanto sus bases materiales de apoyo, como sus metas, esto es, sus principios y sus fines, difieren radicalmente. De hecho, la GRCP empieza a dibujar que también esos medios (el carácter de esa opinión pública y de ese poder político) van crecientemente desemejándose a medida que el proletariado adquiere sustantividad como clase con andadura histórica independiente: he ahí el Ciclo de Octubre como experiencia de maduración y superación de la infancia proletaria.

En definitiva, todo proyecto que pretenda la edificación del individuo humano como sujeto integral, esto es, su plena socialización, no puede admitir la planificación de su andadura desde un planteamiento seccionado del mismo (no puede, por tanto, apoyarse en el homo oeconomicus, incluida su versión “marxista” más o menos estructuralista, esto es, revisionista), sino que debe partir de la esfera que permita la perspectiva más universal posible. Como decimos, ese punto de apoyo sólo puede encontrarse inmediatamente en lo ideológico y consciente, como expresión contradictoria de la totalidad de la materia social.

La GRCP precisamente va a dar un ejemplo práctico de este esbozo teórico. Efectivamente, la vanguardia ideológica, la izquierda del PCC, a través de balance y lucha de dos líneas en el MCI, que formula una Línea General para éste, generó el caldo de cultivo para la apertura, a diferencia de 1957, de una flor revolucionaria, para la formación de una opinión pública revolucionaria, asentada en primer lugar y, como asume ejemplarmente el maoísmo, entre la juventud intelectual. Ésta aparece como la potencial vanguardia práctica que podría haber jugado el papel de mediador entre las inquietudes y prevenciones contrarrestauradoras de la vanguardia ideológica y las masas del proletariado, como de hecho parcialmente interpretó. Efectivamente, es el movimiento de los guardias rojos el que extiende la GRCP a los centros industriales y conecta con la masa del proletariado, inspirando la organización de destacamentos de rebeldes obreros, con lo que se asentaba la base de grandes masas que reclamaba una posible reconstitución de un Partido Comunista en esta fase de la Revolución.

Que fuera precisamente una capa social definida por su orientación intelectual la que jugara este papel de vanguardia práctica, de mediación social decisiva, no es sino una prueba de todo lo que venimos señalando, del ya determinante carácter socialista de la revolución, del rol incomparable que juega la conciencia en este tipo de revolución y de la elevación, bajo las condiciones de dictadura del proletariado, de su punto de anclaje social básico, con la consiguiente multiplicación de su capacidad para proyectarse a la totalidad de la formación social de forma más inmediata de lo que objetivamente permite el inicio de un proceso revolucionario bajo condiciones de dictadura burguesa. Expresa que, en la medida en que el socialismo pervivía en la sociedad china de mediados de los 1960, en tanto perspectiva de avance efectivo inmediato hacia el Comunismo, los actores sociales partían desde un escalón más elevado en cuanto reimpulso de su elevación histórica a la posición del comunismo.

De hecho, si nos detenemos mínimamente en la morfología de la Guardia Roja vemos claramente cómo delinean dos de los rasgos esenciales que definen a la vanguardia práctica. En primer lugar, son un movimiento espontáneo, en tanto, como hemos subrayado, no son una creación orgánico-ejecutiva de la izquierda del PCC, pero que, en las condiciones del socialismo, se orientan marcadamente, en su espontaneidad político-organizativa, hacia posiciones ideológicas de clase más conscientes y elaboradas. Se trata de ese punto de partida más elevado que señalamos, debido a la decisiva influencia indirecta de una línea proletaria con, a pesar de todo, ciertas posiciones significativas en el aparato de Estado y de creación de opinión, que crea el caldo de cultivo para referenciarse inmediata y externamente, sin la trabajosa creación de vínculos sociales orgánicos que, desde el principio, exige un medio ambiente burgués. En segundo lugar, son los representantes más consecuentes de la resistencia, en la medida en que la primera manifestación política fenoménica de la GRCP se plantea en términos de reforma radical de la enseñanza, aunque lleve en germen, como demostrará, mucho más. Efectivamente, será allí, en la resistencia contra los intentos de la derecha de limitar el movimiento revolucionario a un debate académico y de reforma corporativa y exclusiva(ista) del medio educativo, durante esos “50 días” de terror blanco bajo el dominio de los grupos de trabajo del aparato del PCC, como forjen su primera experiencia político-organizativa, apareciendo la Guardia Roja como tal. Desde ahí, impulsados y alentados por el ala izquierda del PCC, momento que destapa la crisis política revolucionaria en toda su plenitud, los guardias rojos, como una ola, se lanzan, en esos “intercambios de experiencias”[145], a sumergirse en la sociedad china, empezando por supuesto por los grandes núcleos industriales, también urbanos y por tanto aledaños a los principales centros de enseñanza. Allí enlazan con la fuerza social decisiva, el proletariado, cuyo contacto con los estudiantes revolucionarios lo hace entrar en efervescencia, abriendo un camino que conducirá en pocos meses a la proclamación de la Comuna de Shanghái. Como decimos, estaban sobre el tablero los elementos fundamentales para la reconstitución del Partido Comunista que el salto cualitativo socialista en la Revolución China implícito en la GRCP demandaba: de la vanguardia ideológica en la izquierda del PCC a las grandes masas proletarias urbanas, cuantitativamente más importantes que cuarenta años antes e igualmente decisivas desde el punto de vista cualitativo, pasando por la mediación de la vanguardia práctica de guardias rojos, vanguardia práctica de, si se nos permite, nuevo tipo, por su incubación en las condiciones del socialismo.

La construcción subsiguiente de este Partido reclamaba la implementación del programa de transformación radical que implicaba la Comuna, con lo que ello suponía de armamento generalizado de las masas y la virtualidad de guerra civil, pero que hubiera dotado a la vanguardia ideológica, a la izquierda del PCC, de una base de apoyo revolucionaria fiable y a estas grandes masas de la experiencia política imprescindible para su transformación y elevación: el ejercicio directo de su dictadura política. Desde ahí, desde un despliegue consecuente de la Comuna como referencia de articulación para toda China, las posibilidades y formas de conexión con las experiencias comunales que el Gran Salto Adelante había sembrado entre el campesinado hubieran decidido la vía que seguiría China. Pero lo decisivo, lo único que habría generado una relación de fuerzas alternativa para reorientar las velas del país en la dirección del viento del Este, hubiera sido, como ya hemos dicho, el peso cualitativo de la experiencia proletaria de la Comuna.

Ya hemos sobrevolado las concepciones generales y los condicionantes que la experiencia material de la Revolución China imponían sobre la izquierda del PCC, que la determinaron a no plantearse esta vía y a confiar fatalmente como base de apoyo revolucionaria sobre todo en el EPL. Precisamente, en la medida en que su conexión con el aparato administrativo partidario-estatal separado de las masas era la base objetiva inmediata de esas nefastas concepciones sobre la casa común socialista; esa misma conexión fue la que impulsó, no sólo la desatención del único camino consecuente de incorporación revolucionaria de las grandes masas, la vía de la Comuna, sino también el no transitar el tramo que llevaba de la influencia externa sobre la vanguardia práctica, la masa de guardias rojos, a su fusión orgánica con la misma.

En cuanto a lo primero, se desatendió la necesidad de que la incorporación de las grandes masas al movimiento fuera simultánea a su revolucionarización. Esta desatención adoptó la forma de redivivo corporativismo economicista. Y ello a pesar de que la GRCP y las propias concepciones maoístas contenían el germen para un desarrollo consecuentemente revolucionario en esta dirección. Por ejemplo, ya Mao había inquirido en 1957:

“En el curso de la construcción de la sociedad socialista, todos necesitan transformarse, tanto los explotadores como los trabajadores. ¿Quién dice que la clase obrera no lo necesita? Por supuesto, la transformación de los explotadores y la de los trabajadores son diferentes por naturaleza y no deben confundirse. La clase obrera transforma a toda la sociedad en la lucha de clases y en la lucha contra la naturaleza y, al mismo tiempo, se transforma a sí misma.”[146]

Aunque cabría una interpretación de este pasaje como encaminado a la conciliación con la burguesía nacional, como efectivamente se contienen destacables trazas en esta obra, por otra parte, también es una reacción contra el abuso de los métodos administrativos de tratamiento de la lucha de clases, que no dejaba de ser saludable en el contexto histórico del momento. En cualquier caso, el planteamiento de que el proletariado es no sólo sujeto, sino también objeto de su revolución, y por tanto que su condición de partida como clase explotada y alienada exige autotransformación en el proceso de su ascenso a la dirección del proceso social e histórico, que el paso del en sí al para sí de su conciencia es también revolucionaria parte del proceso revolucionario, es universal y resultaba, bien comprendida, un sano revulsivo respecto al obrerismo dominante en el MCI de la época (y en los restos actuales del mismo). Este elemento cardinal es, dicho sea de paso, lo que soslayaban los camaradas del CCT en su, a nuestro juicio, desafortunada y contradictoria valoración de los comités revolucionarios.

Asimismo, los 16 Puntos incluían un entendimiento clave para el relanzamiento de la revolución proletaria:

“La gran Revolución Cultural proletaria es una poderosa fuerza motriz para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales en nuestro país.”[147]

Estas ideas, en plena consonancia con los planteamientos marxistas genuinos, eran parte del complejo ideológico que impulsó la GRCP, pero, como decimos, convivían necesariamente con otras de matriz espontaneísta y obrerista. A medida que las opciones de la izquierda del PCC iban determinando el curso de la GRCP, estas últimas ideas se fueron imponiendo con creciente fuerza. De hecho, como indicamos, desde que la GRCP alcanzó las fábricas, en el otoño de 1966, la consigna que igualaba el mantenimiento inmediato de la producción con el desarrollo de la revolución[148] se convirtió en apabullantemente generalizada. La expresión político-organizativa del creciente dominio de estas concepciones economicistas se tradujo, junto al arrumbamiento de la Comuna, en las trabas puestas a la fusión de la vanguardia práctica, de los guardias rojos, con las masas proletarias. De este modo, desde el mismo otoño de 1966, todo un torrente de directivas y recomendaciones se encamina a la prevención de la formación de un sujeto universal, que surja de la fusión y transformación mutua de estos elementos, a la vez que además reproduce el marco socioeconómico establecido. Así, se previene contra la intervención de los guardias rojos en el interior de las fábricas, se advierte de que los posibles contactos entre guardias rojos y rebeldes obreros se deben realizar fuera de las horas de trabajo, se reglamenta y limita a priori la extensión de la crítica de las masas obreras, que debe ser dirigida sólo a lo que ocurra en su establecimiento, reproduciendo la estructura de fábrica como mecanismo de encuadramiento de los rebeldes, se establece severamente la inoportunidad de que los destacamentos obreros que participan de la GRCP puedan autodenominarse guardias rojos, etc.[149] A pesar de que en los momentos álgidos de la GRCP el movimiento tendió a franquear estos límites, como durante la tormenta de enero en Shanghái, desde el instante en que la izquierda del PCC transigió con ellos, e incluso se identificó con los mismos y los impulsó, se perdió la posibilidad de establecer un sólido puente que elevara el movimiento obrero rebelde hacia la perspectiva de su vanguardia, que fusionara con este movimiento toda la riqueza acumulada en la larga experiencia de la Revolución China, a la vez que ésta se insuflaba nueva vida en contacto con aquél. Ello, que de nuevo implicaba la transformación mutua de las partes en su fusión en un todo superior, era la única posibilidad de darle una continuidad sostenida a la GRCP. Al contrario, las opciones conciliadoras de la izquierda determinaron que en todo momento fuera un elemento permanentemente externo a los obreros el que determinara la intensidad de su movimiento. Esta disposición determinaba objetivamente unas paralizantes consecuencias políticas, independientemente del carácter más o menos bienintencionado de este elemento rector externo. Así, la vanguardia ideológica no estableció lazos orgánicos con el movimiento rebelde, lo que equivale a decir que no sacó a los obreros de las fábricas para darles una perspectiva social e histórica global, para convertirlos en efectiva clase dirigente. La desestimación de la Comuna fue la expresión suprema de esta fatídica opción. Toda la interesante experimentación en el interior de las fábricas respecto al ensayo de formas de superación de la división del trabajo estuvo determinada por este hándicap fatal y fundamental.

Como hemos adelantado, las posiciones que ocupaba en el aparato del Estado, que hacen que, en el contexto necesario del Ciclo, aún se pueda hablar de socialismo en la China de entonces, así como los recursos históricos que atesoraba (el prestigio y el culto de Mao), que eran elementos de utilidad inmediata en la movilización de las masas, junto a la concepción economicista del socialismo y sus correlatos (a lo que cabría añadir el peso histórico del factor nacional en la Revolución China, que siempre actuó como antídoto contra la perspectiva de guerra civil), fue lo que insensibilizó a la izquierda del PCC respecto a la urgencia y necesidad de establecer vínculos orgánicos con los distintos escalones de las masas. Si ya lo hemos visto respecto a la que debería haber sido su base social principal, el proletariado urbano, más acusada aun fue esta insensibilidad respecto al sector que debería haber sido el puente hacia esa base social fundamental, la vanguardia práctica de los guardias rojos. Paradójicamente, lo que eran ventajas inmediatas, que no había por qué desestimar tácticamente, se convirtieron en elementos de debilidad estratégica a medio plazo. Los guardias rojos tendieron a ser utilizados como un instrumento ciego, falto de información sobre la situación global de la sociedad y la historia de la Revolución China, especialmente respecto a los sucesos de la lucha de líneas en la dirección del PCC.[150] Igualmente, nunca se les dotó de objetivos políticos precisos que pudieran traducir su entusiasmo y energía revolucionarias en golpes materiales específicos.[151] De nuevo, la izquierda del PCC no hizo nada por impedir que esta energía se dispersara en el vacío cual honda sin núcleo de irradiación que la sostenga y reproduzca. La táctica de masas contra masas implementada por la derecha fue la puntilla que terminó por agotarla, sentenciada desde que la izquierda del PCC adoptó una ingenua y miope postura de “no intervención”[152] en las querellas entre grupos, que, además, cuando lo eran, sólo se resolvían a posteriori, de nuevo por dictado externo y con total indiferencia respecto de cómo el desarrollo concreto de estas querellas hubiera afectado al desarrollo del movimiento, sino sobre todo en razón de su impacto en el armazón del aparato de Estado al que esta izquierda seguía aferrada. En síntesis, este “no intervencionismo” no era sino la renuncia de la izquierda del PCC a establecer lazos políticos y orgánicos con el movimiento de masas, a transformar a una fogosa juventud de vanguardia que fue dejada al socaire de su fogosidad e inexperiencia.

En última instancia, fue la falta de suficiente deslindamiento con el revisionismo lo que determinó la suerte de la GRCP. Si, aun con todas sus limitaciones, posiblemente necesarias históricamente, algo avanzó la línea proletaria china en el terreno ideológico a este respecto, poco se hizo en el político y menos aun en el organizativo. Es en exacta proporción inversa a ello que pudo vincularse con las masas en estos tres terrenos: más en el terreno ideológico, donde acertó a crear una opinión pública que fue el factor detonante de la GRCP (demostrando, dicho sea de paso, la potencialidad de esta esfera), pero cuya energía no se condensó en un sólido movimiento político-organizativo, esto es, un nuevo Partido Comunista, que hubiera dado a este estado de opinión y a esta explosión de masas una continuidad sostenida e independiente.

Habiendo optado por la conciliación y por la reforma del Estado, la izquierda del PCC, a la hora de plantearse el problema de un Partido, cuyo armazón formal había sido destruido por la GRCP, hubo de seguir con ineluctable lógica material la vía reformista de edificación del mismo, la de su reconstrucción. Efectivamente, ello representa el IX Congreso del PCC, celebrado en abril de 1969, llamado el Congreso de los vencedores, y que supone el reensamblaje del PCC desde la agrupación de los elementos que la ola de la GRCP, en su pasar, había dejado sobre el escenario político chino y que estaban representados en los comités revolucionarios. No hay en ello atisbo de fusión revolucionaria, sino que es un acto de reunión de lo dado que, además y con toda consecuencia, reforzaba aún más la dependencia del Partido respecto de la médula bruta del aparato del Estado, pues aquél se sostenía ahora fundamentalmente, al igual que los comités revolucionarios que eran su plataforma, sobre lo que de éste había quedado menos tocado: el EPL.[153]

Así, con la izquierda aferrada a un aparato que era la solidificación de todo lo que en la sociedad china miraba hacia el Oeste, la derecha, aún empalidecida por su pánico en los primeros momentos de la GRCP, pudo recomponerse e ir batiendo a sus adversarios uno por uno. Todos esos elementos dispersos por el tablero de la lucha de clases en China, que juntos y en unidad superior a su mera suma hubieran supuesto un contrincante revolucionario casi imbatible, fueron vencidos separada y fácilmente a su debido momento. No obstante, la disposición de sus cuerpos inertes, que va jalonando China de 1967 a 1976, al menos –sirva como amarga lección— nos ofrece inversamente la jerarquía de los elementos que podían haber confluido en vivificante fusión revolucionaria. Así, el movimiento obrero rebelde no llegaría a recuperarse de la desmoralizadora calma que sucedió a la tormenta de enero en Shanghái. El agitado verano de 1967 es protagonizado sobre todo por la extrema izquierda de la Guardia Roja, dispersada por el EPL y que recibe su puntilla al verano siguiente. Habiendo renunciado a la posibilidad de otra estructura estatal y dejado desecar el movimiento de masas, la izquierda del PCC debe forzosamente admitir la creciente rehabilitación de una masa de resentidos apparatchiks, agravando su inferioridad y aislamiento. Algunos requiebros y maniobras políticas, que a estas alturas más asemejan intrigas palaciegas, no pueden evitar su dramática suerte: muerto el líder intocable en 1976, sus más fieles seguidores marchan inmediatamente a la mazmorra, mientras que lo que resta de su base social recibe una sangrienta dosis de terror blanco que ninguna Amnistía Internacional denunciará. El socialismo ha expirado finalmente en China.

En definitiva, si política y socialmente la suerte de la GRCP se jugó en las ciudades, ideológicamente se decidió en las insuficiencias del único sector de la sociedad china que podría haber interpretado el papel de vanguardia teórica, fundamentalmente por su perspectiva histórica y por su carácter como depositaria de la experiencia histórica de la Revolución China y, a través de ésta, de la entera RPM: la izquierda del PCC. La clave fue que este sector se negó precisamente a jugar el rol que la historia le tenía asignado: el de vanguardia. Si fue capaz de detonar el proceso, no siguió consecuentemente la lógica abierta por él, no se decidió a buscar una decidida fusión con las masas en la que, transformándose ambas, uniera su suerte a la de éstas.             Este ausentismo, que es la forma primordial que adoptó la conciliación con la derecha, finalmente tampoco le sirvió para evitar el brutal desquite de ésta, demostrando, de todos modos, que esas suertes estaban ya objetivamente ligadas y que la revolución no es un “divertimento vacacional”, por aludir a la amarga humorada de Chou En-lai. Recordando las palabras de Chiang Ching, la izquierda del PCC no se reconoció como lo que objetivamente era, la dirigente del proceso, y, por ello, introdujo una correlativa secuencia de distorsiones que impidió a los otros sectores su transformación, maduración y elevación: su falta de autorreconocimiento como vanguardia impidió al resto del movimiento revolucionario elevarse a esa posición.

De nuevo, esta carencia tenía su expresión condensada en la forma que en el maoísmo modeló su celebérrima “línea de masas”. Ya hemos hablado de los condicionantes materiales, tanto específicamente chinos como generales respecto del entero Ciclo, que están en su concepción, así como algunas de sus implicaciones teóricas y políticas. Como decíamos, su fetichización de las masas, su idealización de las mismas como elemento sustantivo dado inmediatamente, así como la disolución en ellas de la vanguardia, privada de cualquier actividad con entidad propia e independiente, se traducían en unos exacerbados empirismo y espontaneísmo. Ello deja también su indeleble huella en esos 16 Puntos de 1966, donde este concepto es reiterado hasta la saciedad:

“Los comités del Partido a todos los niveles deben atenerse a las directivas dadas por el presidente Mao a lo largo de los años, aplicar cabalmente la línea de ‘de las masas a las masas’ y ser alumnos de las masas antes de convertirse en sus maestros [punto 16]. (…) Ceder la primacía al atreverse a movilizar sin reserva a las masas [3] (…) confiar en las masas, apoyarse en ellas y respetar su iniciativa (…). Hay que dejar que las masas se eduquen a sí mismas [4] (…). En el curso del debate normal y exhaustivo, las masas populares afirmarán lo justo, corregirán lo erróneo y llegarán paso a paso a la unanimidad de criterio.”[154]

Nuevamente, hay mucho de reacción, entroncando con la tradición revolucionaria del PCC, a los métodos externos y administrativos que habían acabado dominando la forma de relación y movilización de masas en otras experiencias de construcción socialista, así como saludables –aunque en algunos casos problemáticos— recordatorios a la necesidad de que “las masas se liberen por sí mismas”, de “no temer los excesos ni los desórdenes” y un fomento de la crítica y el debate público de masas que, en una escala sin precedentes, serán admirados por muchos observadores extranjeros coetáneos, no necesariamente marxistas, como ejemplo histórico de democracia amplia. No obstante, y otra vez, los defectos y limitaciones de esta concepción se mostrarán descarnadamente en la realidad de la GRCP, empezando por la característica sustitución de la idea marxista de que “la liberación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos” por la versión empirista-reduccionista de “la liberación de las masas por sí mismas”, que tiene, como veíamos, un hondo calado.

En esencia, esta desviación positivista del correcto entendimiento marxista de la relación entre la vanguardia y las masas, como vimos, la reducía a un vínculo externo y fundamentalmente epistemológico, donde el sujeto queda reducido a cognoscente ordenador de una realidad que en su esencial sustantividad reside en su plenitud fuera de él. La primera consecuencia es el formalismo que, de nuevo, vemos en todo su esplendor en la GRCP, con toda esa reglamentación que traba el contacto y la fusión de los elementos que podían haber constituido un nuevo sujeto revolucionario. La segunda es la fetichización de las masas, su objetivación como dato externo, que las aísla de toda relación con otros momentos del devenir histórico, del conocimiento de otras formas de desenvolvimiento de las propias masas; en definitiva, las aísla del aprendizaje de la experiencia revolucionaria histórica, quebrando la posibilidad de una transformación de estas masas inmediatas, que son así desubjetivadas. Esta desubjetivación, esto es, la imposibilidad de revolucionarización de las masas, cuyo sustento hubiera sido para ellas su denegado contacto con la experiencia histórica de la lucha de clases, tiene correlativamente, en el respecto de la vanguardia, que porta tal atributo únicamente por ser la depositaria de ese bagaje histórico, la imposibilidad también de transformarse decisivamente, de elevarse desde la experiencia de la fusión social de ese bagaje con las masas inmediatas. No hay sujeto entonces, no hay Partido Comunista, porque se oblitera la detonación de un proceso mediado de sucesiva y dialéctica negación que culmine en síntesis diferente y superior, sino que la relación es positiva, inmediata, dada: externa. Dos ni siquiera llegan a hacer uno porque no se concibe de partida que uno se divide en dos, sino que todo está unilateralmente en uno. La exclusiva “primacía e iniciativa de las masas” deseca toda posibilidad de transformación revolucionaria, empezando por la de los propios estratos sociales inmediatamente implicados en el proceso.

El carácter idealista de tal disposición gnoseológica y política se muestra en el corolario de idealización de esas masas, a las que de forma subjetivista, voluntaristamente, se dota de extraordinarias capacidades de desarrollo y aprendizaje desde sí mismas, sin ninguna consideración de si su posición material objetiva permite tales y desmesuradas expectativas; es decir, sin un análisis desde la perspectiva de clase. El “aprender de ellas antes de ser sus maestros” y la confianza en su capacidad autónoma para llegar a “lo correcto y a la unanimidad de criterio” mostrarán descarnadamente su limitación cuando el movimiento de masas, privado de horizonte concreto y dejado liberalmente a los vaivenes de la lucha de clases, con esa inconsciente “política de no intervención” de la izquierda del PCC, se estrelle contra la natural capacidad de movilización de masas de las clases antagónicas. La tendencia a la desintegración del movimiento y a la de la propia sociedad, con su secuela de un caos sin perspectiva, será la consecuencia, reconocida por Mao y que reforzará al partido del orden. Las denuncias de los “excesos”, la “violencia”, las “fracciones”, el “espíritu de pandilla” e incluso de los “anarquistas”[155] presidirán el gradual retorno a la normalidad desde finales de 1967. Finalmente, los maoístas, por la propia situación en la que ellos mismos se colocaron, hubieron de ceder al “temor a los excesos y los desórdenes”. Como el propio Mao, tras deplorar la actitud “deshonesta” que supuestamente llevó a esta situación, confesaba a Snow en 1970:

“Más adelante el conflicto que se produjo durante la revolución cultural se agravó hasta convertirse en una guerra entre facciones: primero, con lanzas; luego con rifles y morteros. Cuando los extranjeros informaron que en China reinaba un gran caos, no habían estado diciendo mentiras: era la verdad. Se estaba luchando realmente.”[156]

El origen de todo ello no está por supuesto en la “deshonestidad”, categoría espuria en la lucha de clases, sino en la ruptura de los maoístas con los fundamentos teóricos y filosóficos del marxismo en este aspecto. Como ya hemos dicho, aquí la relación vanguardia-masas queda reducida a un vínculo epistemológico, externo, que pulveriza toda posibilidad de transformación material consciente. Esta posición teórica y su correspondiente correlato político no encuentran su asiento en el marxismo, sino en la Revolución Científica, fiel acompañante de la revolución democrática-burguesa. Como también apuntábamos, ello es un reminiscente afloramiento de las premisas históricas objetivas que están en la base de la Revolución China y del bagaje del PCC en el marco del Ciclo de Octubre, expresados en la angustiosa falta de experiencia sentida por los comunistas chinos a la hora de afrontar la construcción socialista.[157] Esta inexperiencia histórica era inevitable y, tras rectificar la adopción unilateral de la experiencia soviética, que no obstante dejó su huella en el fortalecimiento de ese viento occidental, los revolucionarios chinos no tuvieron más remedio que buscar los rudimentos de una guía en el bagaje anterior de su propia revolución, de carácter esencialmente democrático. El marco objetivo de ésta permitió en su momento el despliegue de tales concepciones positivistas y el resultado, de nuevo en ese hondo del Ciclo que es la experiencia china, es la acentuación de la tendencia a la reducción epistemologizante del marxismo, general en el MCI del siglo XX, que el propio Mao expresa en ocasiones ejemplarmente.[158]

Todo ello, además, se sublimaba por la anómala morfología que el curso de esta revolución imprimió en el sujeto revolucionario, en el PCC, con esa dualidad por la que descolló la extraordinaria figura de Mao, y que se convirtió en el sustento histórico de la teoría de la Jefatura. Esta desviación individualista e idealista del marxismo acentúa aún más el carácter desubjetivador del positivismo, pues concentra en una solitaria figura la encarnación del conocimiento científico, agudizando la reducción epistemologizante del sujeto y sellando la insensibilidad por el aspecto crucial de la socialización de ese conocimiento, por su materialización, por la dimensión transformadora de esta materialización y por el aspecto orgánico de su transmisión; en definitiva, por la problemática genuinamente marxista del Partido Comunista como intelectual colectivo y como movimiento histórico de elevación consciente de la clase, de las masas y de la humanidad a la posición del comunismo. Ello se demostró en la GRCP, en la que esta excepcional posición ocupada por Mao, que, como dijimos, era un elemento táctico de utilidad inmediata para la izquierda del PCC, apuntaló la desatención de ésta por la necesidad de tejer vínculos orgánico-materiales con las masas. Ello no sólo solidificó, objetivó, a las masas, sino también al propio Mao, pretendida causa común de izquierda y derecha (“levantar la bandera roja contra la bandera roja”), cuya posición intocable sólo era respetada por la derecha a condición de que se abstuviera de buscar esa vinculación orgánica con las masas. El peso de la tradición china, además, de la que como vimos el propio Mao era consciente, convirtió, ya en el final de su vida, la imponente figura revolucionaria de Mao en una inerte estatua de granito, en ese lejano emperador que, asimismo, era de nuevo garantía de unidad de la nación china y de la paz en el Imperio del centro.

Con ello, vemos en toda su dimensión el aspecto reaccionario que estas concepciones positivistas, que un día pudieron jugar un papel progresivo, tienen cuando el proletariado y el marxismo ponen en el orden del día otras tareas históricas. Para el marxismo el principio rector del universo, el que determina la posición del hombre en él, no es su conocimiento sino su revolucionarización (Decimoprimera tesis sobre Feuerbach). Por ello entiende que el saber no es sino práctica revolucionaria sintetizada[159], cuya transmisión y socialización revoluciona también a su receptor, que en su asimilación y transformación por ella se encuentra en posición de potenciar y proyectar, actualizar, algo que es en todo momento devenir revolucionario. Por eso la formación del Partido Comunista es también ya revolucionarización de los elementos llamados a componerlo (vanguardia y masas), expresándose como ruptura y salto cualitativo de la clase a su conciencia para sí, en su subjetivación desde la negación de su objetividad como capital variable, y en su constitución material como sujeto orgánico operativo. El proletariado, por su posición social objetiva, no puede simplemente conocer, sino que para ello, para poder alzarse hasta una perspectiva suficiente para dotarse de un conocimiento significativo, necesita quebrar y fracturar toda la estructura social que se encuentra sobre sí. Ése y no otro es su verdadero proceso de conocimiento, indesligable del proceso de su revolución. Por eso, el marxismo, fiel discípulo de la dialéctica, no puede separar el conocimiento del ser, siendo ambos revolución, transformación mutua de teoría y práctica. En China, insistimos, la oportunidad de que las masas del proletariado transitaran esta vereda, de que barrieran toda la hojarasca y la inmundicia que los vientos del Poniente habían depositado sobre sí en los años anteriores, se perdió en enero de 1967. Al no haber sido suficientemente instruidas con la experiencia histórica de otros comuneros, al no tratar de internarse por ese camino con todas sus consecuencias, no pudieron finalmente convertirse en maestras de su vanguardia.

En el otro lado, para acabar, la concepción positivista petrifica a estos elementos, siendo sólo capaz de concebirlos en sí, tal como son dados, con lo que a lo sumo es capaz de proyectar un movimiento que no es revolucionarización, sino sólo reproducción. Tal vez la prueba más palpable –y más triste— de ello que nos ofrece la GRCP es la ocupación de la Universidad de Tsinghua en Pekín por destacamentos obreros en julio de 1968, poniendo fin a los últimos disturbios de entidad protagonizados por los guardias rojos. Las masas proletarias jugaron aquí el papel de fuerza de choque para el restablecimiento del orden. Y, por todo lo que hemos visto, ello resulta de una total naturalidad. En efecto, taponada toda otra perspectiva y tutelada su experimentación en las fábricas por un rector permanentemente externo, la conciencia de esta masa obrera no podía ser sino la de la vuelta a la normalidad que se iba imponiendo, la de la reproducción de esa normalidad que les reafirmaba en un lugar específico del ordenamiento social; la conciencia en sí que, desde allí, sólo podía ver en esos estudiantes a unos alborotadores ajenos y aislados… y es que, dejadas pasar las oportunidades de reconstituir Partido Comunista, sólo eso eran ya objetiva y efectivamente…

VI. “Sella y apertura”: la GRCP como condensado de un Ciclo histórico

El amargo final de la GRCP, determinado por las limitaciones históricas, pero también por las perplejidades e inconsecuencias de su vanguardia, dejó aturdido al proletariado revolucionario internacional. A diferencia de su predecesora parisina, la malograda Comuna de China no inspiró, precisamente por esas inconsecuencias, la preparación y el relanzamiento universal de otra oleada de la RPM. Desde 1976 el Ciclo revolucionario se encamina decididamente a su definitivo eclipse. Otra vez, la Revolución China no atesora en su contra cargos diferentes o más graves que los del conjunto de la experiencia proletaria del siglo, igualmente abrupta y desconcertante en su expirar. Al contrario, la GRCP, aun con todas las limitaciones indicadas, fue al menos el intento de esquivar un final que se demostró inevitable. Al menos, de alguna manera, el proletariado chino actuó; llegó a la consciencia de que no se barruntaba un feliz desenlace para sus desvelos revolucionarios y trató de escribir otra historia diferente de la que naturalmente se delineaba en el horizonte. Su último hálito revolucionario no fue el rutinario apagarse de sus hermanos más occidentales, sino que fue un gigantesco sobresalto, cuya agitación, si no fue suficiente para quebrar la inercia del entero mundo, sí bastó para despertar a los más avezados de entre sus hermanos orientales. Este actuar del proletariado chino, si no pudo evitar la restauración en su solar, ni combar el equilibrio metropolitano del capital, sí alumbró un postrero impulso revolucionario: generó maoísmo y éste nos ofrendó un último y precioso bagaje de experiencia revolucionaria, decisiva para el porvenir. No obstante, cinco décadas de historia han demostrado que este excelente vástago, a pesar de todo, no dejó de portar los caracteres de la estirpe paterna, tanto en sus virtudes como en sus insuficiencias. Estas últimas se han evidenciado en su incapacidad, una vez asentado y definido como corriente específica del MCI dentro del Ciclo de Octubre, para referenciarse en las metrópolis imperiales y en su, en consecuencia, marcado carácter oriental, esto es, en su incidencia solamente conmovedora, a pesar de toda su inspiradora magnificencia, en los países oprimidos y como paladín de la guerra campesina. Aunque ha alcanzado tal grado de excelencia, que ya es acervo revolucionario y de clase universal, como para generar esta guerra y no sólo cabalgarla, como para definir y precisar Guerra Popular, no obstante, la probada imposibilidad de acantonarla en las ciudades, cuyos muros han demostrado, en este apagarse de milenio y de Ciclo, ser un eficaz dique para la marea campesina, recuerda demasiado a la suerte final de su padre.

Esta palmaria y probada certidumbre nos permite volver sobre la perspectiva histórica de Ciclo revolucionario. Efectivamente, como hemos comprobado, una de las premisas fundamentales del siglo de Octubre es el trampolín que al despegar revolucionario del proletariado le proporciona la revolución democrática-burguesa: ese entrelazamiento histórico de revoluciones. Este entretejerse, por ser histórico, determina la mixtura general de la clave de bóveda del entero edificio revolucionario del proletariado durante el primer Ciclo de la RPM. Además, esta cubierta histórica general cincela también los detalles menores de cada construcción en su peculiaridad política a medida que la RPM se despliega guiada por ese viento del Este. El peso del sustrato democrático del primer asalto histórico a los cielos del proletariado se evidencia en el transcurrir de su empresa. A medida que ésta se despliega, la profundidad de sus raíces históricas se hace más y más inmovilizadora, determinando finalmente su inmersión de nuevo en la tierra que le vio nacer. El final del Ciclo nos deja sin referencia proletaria global, disperso y fragmentado en el objetivista discurrir de una reproducción del capital, ya madura y asentada, lo que un día fue un temible coloso, un auténtico sujeto histórico, el primero de su linaje.

Pero ese revolucionario viajar hacia el Oriente de nuestra clase nos muestra, si prestamos la debida atención y nos decidimos a retomar tal sendero –empezando por la tarea de cartografiar lo ya recorrido—, la seguridad de que este sujeto, si nos empapamos de su biografía, no será el último de ese linaje. Como ya advertíamos al principio de este estudio, el camino recorrido hacia el Levante es el del creciente auge de la subjetividad y la conciencia revolucionarias. El entrelazamiento histórico, el impulso del trampolín democrático, no es coartada de derrota, sino sólo factor objetivo de su explicación. Al contrario, si el reafloramiento de este sustrato revolucionario-burgués, a medida que la capacidad de innovación creativa de ese primer impulso histórico de la RPM se agotaba, ayuda a comprender la derrota de nuestra clase; ese impulso, por otro lado, dio precisamente la única posibilidad material de desplegar la primera ráfaga de innovadora y creativa actividad proletaria, la primera forma de su subjetividad. El lastre que finalmente se demostró insuperable fue a la vez lo que suministró el terreno de la primera experiencia histórica. Esto es lo más precioso para el proletariado, inconmensurablemente más que tal o cual pragmático resultado puntual de un proceso que precisamente es histórico porque sólo a esa escala, histórica, universal y mundial, puede encontrar la humanidad su verdadera emancipación. Así pues, no cabe maldecir ese trampolín, sino agradecer sinceramente que nos permitiera un primer salto que ahora –en la perspectiva de esa historia— nos habilita para deshacernos definitivamente de él: hoy, a diferencia de un siglo atrás, el proletariado es ya objetivamente una clase madura, mucho más consciente del carácter de su empresa y del modo de afrontarla. Sus piernas son ya lo suficientemente robustas para desasirse de la mano de su antecesor histórico –ése, que aún hoy se antoja venerable aunque obsoleto, tocado por el gorro frigio— y caminar firme, seguro e independiente.

Como decíamos, es el impulso democrático-revolucionario lo que saca a la palestra histórica a nuestra clase: el Sol de 1793, y aun el de 1792, recorta las siluetas de 1848 y 1871. El proletariado europeo decimonónico digiere de la monumental obra critico-revolucionaria que por entonces se erige lo que su desarrollo lactante le permite metabolizar: la necesidad del carácter social de la revolución democrática en marco de revolución industrial. Ello le permite agruparse y reconocerse, pero no dar un salto por encima de ese cuadro, que es el de su primera cuna: el, a pesar de todo, admirable Espartaco acribillado en Berlín y Múnich es el trágico testimonio de la necesaria debilidad de las piernas así gestadas.

No obstante, hacia el Oriente la decantación ideológica de este primer marco, de esta primera cuna histórica, sí se destaca respecto de la inmediata materialidad política de la realidad allí vigente. Ahí ruge la revolución democrática y el trasplante socializante, socialista, de la revolución industrial no es sórdida y circundante realidad, sino deseable, por social, horizonte al que caminar. Por esta fractura, por este hueco de negatividad, de no ser allí realidad política lo que es ya conquista histórica de la humanidad como conjunto, aparece la primera manifestación portentosa del sujeto proletario en todo su esplendor. Allí, el proletariado, en lucha contra el esquematismo (economicista), consigue asir para sí estas conquistas, consigue sintetizar la experiencia práctica histórica pasada y convertirla de fatal objetivismo predeterminado en instrumento de su proyecto. Ya no es él simple producto del curso natural de la historia, sino organismo consciente capaz de tomar distancia de ella y empuñarla. Así muestra todo el vigor histórico que lleva inscrito y desplaza a la burguesía de la que era su presupuesta misión, asumiéndola, digiriéndola, como parte de un camino diferente y propio que conduce a otra meta efectiva. Todo ello es Octubre: salto cualitativo sin precedentes en la historia pues alumbra a su único sujeto: proletariado revolucionario corporizado como Partido Comunista. Y como sujeto, consciencia, una “intención final”: Comunismo como horizonte de emancipación universal posible y plausible, el transitar hacia el cual ya ha empezado efectivamente, ya es certidumbre material; praxis no sólo crítica. El rebato así tocado no sólo conmueve al mundo entero, sino que, especialmente, convoca a los pueblos hasta entonces condenados sólo a observar la historia, a ser mudos espectadores de la misma: su despreciado y sufriente objeto. Octubre universaliza la historia porque muestra a esos pueblos el ejemplo palmario de que pueden actuar en ella, de que si se deciden a gritar, su destino de esclavos coloniales no está fatalmente escrito. Octubre universaliza la historia porque la subjetiva. Un incontable manantial de fuerza social que anidaba silencioso entre esos pueblos, entre esa vasta mayoría (campesina) de la humanidad, se suma entonces al movimiento nacional que el capital, en su afán de rapiña colonial, ha preparado.

Pero Octubre, en la concreción política de su desarrollo específico, nutre la historia hasta aquí: sujeto, horizonte y referente. La implantación consciente, planificada y sistemática de la experiencia de desarrollo económico más avanzada que había proporcionado la humanidad en su práctica histórica, la implantación subjetiva del esquema de la revolución industrial, es un gran hito en el surgir del sujeto universal. No obstante, la experiencia de este sujeto, la longitud de lo por él recorrido, es aún breve y el instrumento que un día asió desde una suficiente perspectiva acaba por envolverle y engullirle en sus poderosas dinámicas objetivas. Ese Plan Quinquenal, que un día fue ilusionante referente de construcción científica de un porvenir mejor, pasa, a base de rutinaria reiteración, de instrumento a fin en sí mismo, en una rueda de autorreproducción que cada vez se asemeja más a la del propio capital. En medio de ese monótono soniquete se adormecerá el proletariado soviético, reintegrándose al proceso objetivo y autosuficiente de la producción.

Pero la llama que ha azuzado tiene relevo. El proletariado chino recoge la antorcha. Ante él se despliega en creciente vigor la “tempestad incontenible” de la revolución nacional y campesina, pero, tanto la mayor distancia que separa su realidad inmediata de lo históricamente alcanzado por la civilización, como el mayor trecho de distancia recorrida por el sujeto histórico, por el proletariado revolucionario internacional, le dotan de una aun mayor perspectiva, de mayor consciencia. Ello le fortifica y le da margen para ponerse al frente de esa revolución democrático-nacional aun más honda, aun más campesina, que la que vivió el viejo imperio de los zares. Es esa profundidad paradigmática de la Revolución China de la que ya hemos hablado, en la que la estructura material, social y económica, del mundo, así como la encrucijada en la transición entre dos revoluciones históricas, la burguesa y la proletaria, y los anhelos y horizontes políticos de toda la época parecen arremolinarse y concentrarse como torrente de universalidad en el país asiático.

Mayor distancia objetiva respecto a lo ya alcanzado por la historia, mayor experiencia de su sujeto: la brecha para la operación negativa de ensanchamiento de la subjetividad está abierta. De nuevo, la lucha contra un esquematismo (economicista) que empieza a reaflorar entre los pioneros de la RPM, su negación, la primera, le permite acaudillar la revolución nacional de forma inédita y creativa. Más experiencia, más camino de originalidad recorrido, más ensanche y más vigorización del sujeto: quiebra de la barricada insurreccional democrático-burguesa y Guerra Popular como estrategia universal de desarrollo militar de la revolución proletaria, que viene a sumarse a los otros preciosos tesoros que ya va acumulando, como retribución histórica de la sangre ofrendada, nuestra clase. Pero su periplo no acaba aquí. Mayor experiencia, mayor recorrido de la RPM, le permiten mayor perspectiva, más consciencia. Prevenido de los límites de lo que fue un primer instrumento necesario de construcción socialista, acierta, tras un primer momento, a arrojar a un lado la herramienta de la revolución industrial y se lanza en un Gran Salto a experimentar otros caminos originales de desarrollo económico. Nueva negación, la segunda. Aún más ensanchamiento, aún más bagaje: más consciencia, más independencia respecto al medio, más sujeto. Ello le permite entrever las amenazas en el horizonte. Pero la brecha objetiva se ha cerrado: no hay referente de civilización más allá de las formas de organización social y económica más avanzadas que cualitativamente ya pueden verse en la propia China. Tampoco hay más experiencia, más bagaje del sujeto universal. El proletariado chino se encuentra en los límites de la historia. Incertidumbre, pero también más fortaleza: el camino de original negatividad que le ha puesto en la vanguardia del desarrollo histórico es demasiado grande. Él no se arredrará ni se dejará llevar adormiladamente. Aún forzará un último pulso: la GRCP, que, de nuevo, como ya fue Octubre, supone un salto cualitativo sin precedentes. Si inicialmente la subjetividad, en un primer gran paso, tomó como objeto lo ofrendado por la práctica histórica anterior como vía de desarrollo civilizatorio superior, ahora ya no hay fundamentalmente más objeto a las espaldas que la propia experiencia revolucionaria del sujeto. Ya no hay más mecánico automatismo: la meta proclamada, el integral florecimiento igual y libre de las potencialidades de los individuos humanos, se corresponde al fin con plena coherencia y consistencia con el medio para alcanzarla: la autoconciencia social será una obra de construcción histórica desde la conciencia o no será. El proletariado ha alcanzado la divisoria de su madurez.

De este modo, en su girar hacia Oriente, impulsado por el trampolín de la revolución democrática, el proletariado revolucionario, a través de una serie de sucesivas negaciones, ha obrado el milagro dialéctico: a fuerza de profundizar, de descender, de imbricarse en esa vieja revolución en marcha, a base de negar todo esquema histórico (economicista) de predeterminación objetiva(ista), en realidad y simultáneamente ha estado ascendiendo, elevándose hasta dar con su propio camino independiente y sustantivo. Mejor dicho: no ha dado con él, porque éste no estaba ya antes en alguna arquetípica dimensión platónica, sino que ese descender y profundizar no ha sido sino la construcción ex novo del camino: originalidad forjada con la negativa universalidad del decurso histórico.

Pero el paso a la madurez conlleva una crisis en todo organismo. El proletariado internacional ha abierto en la China de los 1960 la senda de su desarrollo revolucionario consecuente. No obstante, el bagaje con el que ha llegado hasta aquí, el que en ese momento es su fundamental capital revolucionario, no es otro que el de su dirección consecuente y creativa de la revolución democrática. Con todo, el proletariado chino empaqueta esmerada y cuidadosamente esa experiencia y parte con ella a dar su último servicio a la RPM. La batalla subsiguiente mostrará descarnadamente las insuficiencias de ese material para pavimentar el nuevo camino desbrozado. Pero en esta batalla el proletariado chino, en su mejor tradición, llevará hasta los límites, con toda consecuencia, las premisas, concepciones e instrumentos de la revolución democrática, de los que hasta ahora el proletariado internacional se había estado sirviendo, en decreciente (según recorría esa senda histórica de negativa universalidad) pero aún fundamental medida, y al hacerlo así, los agota. En el entrechocar en esta encrucijada el proletariado pierde la batalla, pero gana la historia. La GRCP condensa la historia de la revolución contemporánea, una historia que se remonta a antes de 1917, en tal grado y con tal densidad, que la intensidad de la llamarada resultante quema las últimas naves democráticas e ilumina el porvenir revolucionario del proletariado. No es sino éste el legado del proletariado chino, que nos envía la exigencia de comprender esta última lección fundamental de su experiencia revolucionaria. Es a nosotros a los que nos toca realizar la siguiente negación, que él, en su derrota, no pudo hacer.

Posemos un momento la mirada sobre alguna de estas viejas naves democráticas, tal y como reposan en el fondo del océano de la historia. Como nos enseña el marxismo, la revolución democrático-burguesa se expresa fundamentalmente como movimiento nacional, cuyo objetivo es esencialmente la construcción de un Estado nacional. Todo ello es la última y más elevada manifestación de la lógica que ha regido hasta ahora la historia de la humanidad organizada a través de las clases; una historia en la que el hombre ha sido el objeto ciego de fuerzas impersonales, creadas por él pero que escapaban a su control consciente. Es pues, la lógica de la historia como proceso objetivo-natural; el viejo “ardid de la razón” que Hegel sintetizó y del que volvería a hablar Engels. De este modo, esta revolución y este movimiento son la expresión política de esas “grandiosas fuerzas que habitaban en el seno del trabajo social”, por recordar a Marx, pero que aún están ciegas. Es la revolución como fuerza objetiva impersonal que se corresponde con la naturaleza del modo de producción que alumbra:

“La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constante distinguen la época burguesa de todas las anteriores.”[160]

Este carácter general de la sociedad burguesa, que aun hoy, en la época de su senil decadencia, podemos comprobar, tiene su correlato, en el plano sociopolítico, en la naturaleza de masas intrínseca de esta sociedad. La revolución burguesa no es sino el ponerse en marcha de estas masas, hasta entonces encadenadas a las antiguas formas de economía natural, atadas a la tierra (de ahí que el movimiento nacional sea “esencialmente un movimiento campesino”), cuya ya permanente inquietud no es sino su “liberación” en el sentido de que, libres de las ataduras naturales, también son “libres” de la posesión de todo medio de producción, obligadas a vagar para hallar simplemente su sustento diario. Ésa es la semilla económica básica de la “incesante conmoción” que este modo de producción registra también en el plano social. Y es que la sociedad burguesa no es otra cosa que la sociedad de movilización de las masas; algo que el marxismo sabe desde sus mismos orígenes:

“Pero antes que la crítica crítica nadie mencionó ‘la organización de la masa’ como un problema a resolver. Por el contrario, se señaló que la sociedad burguesa, la descomposición de la vieja sociedad feudal, es esta organización.”[161]

Entonces, pues, la “permanente inquietud”, una “revolución continua”, la sociedad como “organización de la masa”, etc., son características objetivas de la sociedad burguesa. Son la expresión en todos los planos de la lógica permanente de infinito dinamismo autorreproductor que signa la acumulación de capital (ese “valor que se valoriza”), donde el movimiento es, en sí, solipsista medio y fin de sí mismo. De este modo, la espontaneidad como forma de movimiento es el atributo sociopolítico impreso en las masas como expresión inmediata de su integración con el conjunto social que las determina, que no es sino revolución objetivada. Entonces, la masa así en movimiento es absolutamente subversiva y disolvente respecto a las viejas formas de economía, naturales y patriarcales, pero, en cambio, es correlato necesario, mecanismo de reproducción, de una sociedad que es “movimiento constante”.

Como premisa histórica del Ciclo de Octubre, de este momento de ruptura surge el movimiento proletario a nivel general y este panorama es también el que se encuentra el comunismo en la particularidad política, en los escenarios que va pisando a medida que se adentra en el Oriente. Todo ello, la inmediata anterioridad histórica de la “descomposición de la vieja sociedad feudal”, cuando nuestra clase aún no tenía la experiencia y el recorrido propio suficientes, y su inmediata actualidad política en los escenarios, cada vez más orientales, donde conseguía auparse a la vanguardia del desarrollo social, es la base objetiva que impidió que el proletariado internacional metabolizara, incorporara a su paradigma revolucionario, algo que la crítica revolucionaria ya había puesto de manifiesto: el carácter normal, intrínseco a la formación social capitalista y reproductor de la misma, del movimiento espontáneo de masas. El que el primer paso del proletariado, históricamente necesario y por tanto progresivo en el momento, fuera probarse en este movimiento (formación como clase en sí y periodo de la II Internacional), añadió otro grano a esa incapacidad de metabolización –expresión de su etapa lactante— de algunas verdades cruciales de la crítica revolucionaria. De este modo, se idealizó, se proyectó sobre este movimiento espontáneo una virtualidad revolucionaria general que, en realidad, sólo lo era relativamente respecto a los modos económicos pre-capitalistas. El corolario necesario era considerar como la cuestión cardinal de la revolución la dirección política inmediata de un movimiento inmediatamente dado y tenido por esencialmente revolucionario sin más consideración.

En este sentido, si durante la revolución burguesa la cuestión era encuadrar un movimiento que era la expresión de masas de la emergencia de las relaciones de producción capitalistas, del proceso de acumulación de capital que las vertebra y de su “inquieta” lógica espontánea y autosuficiente, entonces la política emergía como el arte del control del movimiento dado, de ése que era “revolucionario respecto a los antiguos modos de producción”. Así, la revolución burguesa también suministraba la forma de capital político capaz de cumplir tal misión y que era la concordante con la pujante forma de sus movimientos económico y social: el Estado. De ahí la irresistible tendencia de todo movimiento nacional, como expresión política de la pugna de cada burguesía por la creación y conquista de su mercado, a conformar su Estado nacional; de ahí que ese fuera el fin político, el “botín” de todas las revoluciones burguesas:

“Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, un ejército de funcionarios que suma medio millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón de hombres, este espantoso organismo parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, de la decadencia del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar. (…) La primera revolución francesa, con su misión de romper todos los poderes particulares locales, territoriales, municipales y provinciales, para crear la unidad civil de la nación, tenía necesariamente que desarrollar lo que la monarquía absoluta había iniciado: la centralización; pero al mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del poder del Gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado. La monarquía legítima y la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división del trabajo, que crecía a medida que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y por tanto nuevo material para la administración del Estado. (…) Finalmente, la república parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viose obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios y la centralización del poder del Gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación, consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor.”[162]

Hemos transcrito tan largo pasaje porque en él Marx da una magistral muestra, apoyándose en la experiencia arquetípica de la revolución burguesa, en la práctica política más avanzada históricamente entonces, la francesa, de cómo la lógica política de esta revolución es la lógica del perfeccionamiento del Estado, de un aparato que precede históricamente al dominio burgués (“surgió en la época de la monarquía absoluta”), pero al que, al igual que hace con otras formas remanentes de organización económica, encuadra y orienta hacia la reproducción y potenciación de sus intereses. Con la burguesía, el Estado se conforma como capital político, como la inmediata forma objetivada y enajenada, fetichizada, en que se ha condensado la experiencia histórica del desarrollo social de toda la sociedad de clases.

De nuevo, el entrelazamiento histórico de la revolución y la inmadurez del proletariado como clase independiente hicieron que el Estado se convirtiera, también para nuestra clase en sus mocedades revolucionarias, en el centro de toda la problemática política de su revolución: fue una necesidad histórica que la teoría y la práctica de la dictadura del proletariado apareciera antes que la teoría y la práctica del Partido de Nuevo Tipo. La lógica de la revolución como espontaneidad dada en movimiento y la política como control, en tanto dirección, de este movimiento dado, se ensamblaban consistente y perfectamente: consecuentemente, el Partido tendía a quedar subordinado al Estado.[163]

Tras observar algunas de las características estructurales de estos pecios revolucionarios democrático-burgueses y habiendo abundado durante todo el estudio en los detalles sustanciales de su manifestación en la Revolución China, nos limitaremos a señalar que la “línea de masas” maoísta y el papel que el EPL juega durante esa revolución, tanto en su ascender como en su declinar, son las manifestaciones extremas y más consecuentes de cómo el proletariado revolucionario asumió y llevó hasta el final las premisas históricas generales que se encontraban en la base de su primer Ciclo de revoluciones. Como decíamos, el proletariado revolucionario chino las dispuso con esmero para su prueba decisiva y suprema y, removiendo todo un gigantesco país al hacerlo, las agotó para siempre como resortes fundamentales de la revolución social.

Respecto a la espontaneidad de las masas como factor revolucionario de progreso social, sintetizada en esa “línea de masas”, la GRCP, efectivamente, movilizó a las masas en una cantidad e intensidad tal como no había sido vista jamás en la historia. Pero, alcanzando las cumbres de la excelencia en cuanto a la magnitud cuantitativa de esta movilización, en su calidad obtuvo el mismo resultado que ya había decantado la revolución burguesa europea hacía casi dos siglos: el mismo pavor ante la amenaza de desintegración social, el mismo temor ante el caos, las mismas denuncias de la “hidra de la anarquía” que los burgueses liberales franceses, que los Barnave, Guizot, Thiers y demás, ya habían ido profiriendo entonces. La diferencia con la GRCP era esa magnitud y que esta movilización era un resultado deseado de una acción política con “intención final”… en un principio, pues la otra diferencia es que, si entonces, hacía casi dos centurias, esta “anarquía” anunciaba la entrada en la escena histórica del proletariado, ahora eran los representantes de avanzada de esta clase en su histórica determinación, su vanguardia internacional, los mismos que habían promovido el gigantesco movimiento en sus inicios, los que permitían, comprendían y hasta se sumaban a estas alarmadas gesticulaciones: realmente, acababa de terminar todo un Ciclo histórico.

En cuanto al Estado como centro decisivo de toda política revolucionaria –con lo que ello coadyuvaba a que el Partido fuera materialmente absorbido por aquél—, la GRCP hizo otra vez esplendorosa realidad que la dictadura del proletariado es la más amplia democracia para la mayoría, como habían proclamado orgullosos los Soviets medio siglo antes. Las masas se movieron, debatieron, criticaron y hasta golpearon con una libertad que tampoco se había visto jamás en la historia, y, dicho sea de paso, que no se ha vuelto a ver desde entonces. Aun más, la GRCP hizo realidad práctica lo que la revolución burguesa había proclamado formalmente. Si los artículos 33 y 35 de la Constitución francesa de 1793 consagraban jurídicamente y hasta sacralizaban el derecho de rebelión del pueblo, lo justificaban[164], el Estado socialista chino alentó y materializó una rebelión contra un orden establecido que era, con todas sus contradicciones y derivas, al fin y al cabo, el suyo, y no sólo eso, sino que también proclamó y estatuyó la necesidad práctica de repetir tales conmociones periódicamente.[165] Aquí, por cierto, se observa con toda claridad la sentencia de Lenin de que “la dictadura del proletariado es un Estado burgués sin burguesía”, precisamente, el Estado que sólo puede encontrar sus orígenes en las formas más democráticas que la burguesía instituyó durante sus revoluciones. No obstante, de nuevo, como en el apartado anterior, toda esta democracia amplia no sólo no sirvió para evitar la restauración capitalista en general, sino que, en lo inmediato, reforzó al núcleo del aparato estatal, al EPL, como sostén del orden social. Y aunque ningún Lin Piao llegó a interpretar formalmente el papel de un Bonaparte, el rol del EPL en el restablecimiento del orden y en la vuelta a la normalidad, tanto en la época de los comités revolucionarios, como en la relación de fuerzas que eliminó definitivamente a la izquierda del PCC en 1976, no fue estructural y objetivamente muy diferente del que las fuerzas armadas revolucionarias acabaron jugando en las revoluciones democráticas clásicas europeas.

Como vemos, la GRCP llevó a su expresión máxima y a su última consecuencia todos los resortes que estaban en la base de la revolución contemporánea y los desplegó en una magnitud sin precedentes. De este modo, el gran ciclo revolucionario que es la historia contemporánea universal empieza y acaba en el mismo punto. De las masas a las masas: de la burguesía liberal atemorizada por la sans-culotterie, a los sombreros de burro con que las masas rebeldes tocaban las cabezas de los epígonos de Teng Hsiao-ping en su vergonzoso desfilar por las calles de Shanghái. La ilusión del poder: del “soplo de metralla” termidoriano en el Germinal y Pradial del año III, a la patética retractación de Chiang Ching sobre la legitimidad del lloroso soldado del EPL para usar su arma contra las masas rebeldes. Las masas y el Estado han determinado y ordenado la forma de entender y disponer la revolución durante dos siglos. Ciertamente, el mundo ha sido conmovido y removido, pero el esquema yace agotado, como demuestra la suerte del socialismo en China al inmediato concluir de la GRCP y el estado de las masas proletarias, de su conciencia, en ese país, tras varios años de movilización y experimentación con la democracia amplia. También hoy, la gris cotidianidad del discurrir imperialista, en el interregno entre Ciclos de la RPM, momentáneamente libre el apacible sueño burgués de la pesadilla del sujeto proletario, demuestra la irresistible confluencia de los movimientos de masas hacia el Estado. En éste, represor o benefactor, empieza y termina toda la cuestión social tal y como puede articularla el mundo capitalista.

Por supuesto, que no se nos malinterprete. La cuestión del poder, el problema del Estado, es crucial para la revolución proletaria. Salvo el poder todo es ilusión, efectivamente, sólo que el propio poder puede convertirse en una ilusión para los revolucionarios si no se atiende a sus premisas, a la forma de su constitución, a los requisitos que determinan efectivamente cuál es la dirección de clase de ese poder. Deslumbrados por la radical novedad histórica que era el ponerse en marcha de las ingentes masas por la revolución democrática, sin la suficiente perspectiva, sin la suficiente andadura de clase propia, para metabolizar cabalmente el carácter normal en el capitalismo de esta movilización, los revolucionarios proletarios del Ciclo de Octubre tendieron a dar por supuesta estas premisas y, con ello, contribuyeron a su desdibujamiento. Ejemplo paradigmático es El Estado y la revolución, excepcional obra de un maestro revolucionario tan poco sospechoso de desconocer la importancia del Partido de Nuevo Tipo como Lenin, donde, efectivamente, el Partido es presupuesto justo en el lugar donde se da la más alta sistematización de la concepción proletaria respecto a la naturaleza e instrumentos de la política que presidirá el Ciclo de Octubre.

Efectivamente, como hemos indicado, el Estado es auténtico capital político, la decantación de toda la experiencia política práctica que la historia de la sociedad de clases ha suministrado en sí misma. En él, aún hoy, se pueden rastrear las huellas de esa historia, desde la mismísima Antigüedad (derecho romano), hasta la revolución burguesa (la representatividad sistematizada en el parlamentarismo), pasando, por supuesto, en su médula, por toda la codificación de la experiencia militar, tal y como se puede impartir en cualquier academia militar burguesa. El Estado como auténtica materialización de la historia, presenta a ésta, no obstante, al igual que hace la base económica que lo sostiene, objetivada, como aparato solidificado con capacidad autosuficiente de reproducción: un auténtico fetiche de la historia, capaz de generar la ilusión de que estamos separados de la misma; ilusión, dicho sea de paso, muchas veces sangrientamente materializada. El Estado es, pues, la manera como el capitalismo, forma inferior de la materia social, puede “digerir” la experiencia histórica y convertirla en instrumento de praxis política, ese concentrado de la economía. De este modo, el Estado es la insustituible última barrera, el objeto solidificado, que mantiene cohesionada la sociedad capitalista contra la sombra de disgregación espontánea que siempre la acompaña, grabada a fuego en sus genes por la propiedad privada y la anarquía de la producción. De ahí el temor burgués a las masas en movimiento, que desde hace dos siglos, efectivamente, expresa, no tanto la prevención contra otro orden civilizatorio diferente y superior, sino la intrínseca debilidad de su orden como agregador social; la amenaza inscrita y siempre latente de su desintegración, de la permanente virtualidad de su deslizamiento hacia la Barbarie. Este temor, a poco que se debilita la conciencia proletaria y se diluye en mera pulsión reactiva, sublimada como resistencia, también ha contribuido a la fascinación revolucionaria por el movimiento de las masas sin más considerandos. No obstante, este miedo no es sino el reflejo ideológico burgués de la contradicción económica básica en que se mueve el capitalismo, en un círculo vicioso insoluble desde sus mismos parámetros, entre producción social y apropiación privada, cuya expresión sociopolítica es la, igualmente insuperable desde su misma lógica, dialéctica masas-Estado.

Alrededor de esta dialéctica giró el Ciclo de Octubre y, como decimos, la GRCP la forzó hasta sus últimas consecuencias. También y sobre todo en este sentido profundo la GRCP fue la revolución en la revolución, pues intentó, por primera vez a gran escala social e histórica, en un auténtico tour de force voluntarista, superar la lógica de la revolución intrínseca pero objetivada que es el capital, aunque desde sus mismos parámetros. Fracasó inevitablemente en lo inmediato, pero, al agotar esos parámetros, abrió la puerta para otra negación, para un tercer movimiento dialéctico que se resuma en síntesis nueva y superior y que suponga, a través de su recepción hoy, en ese asumir su legado que nos toca a los revolucionarios proletarios actuales, un salto cualitativo en el camino de la emancipación humana, la apertura del Segundo Ciclo de la RPM. Aquí reside el carácter de la GRCP como encrucijada de la historia, como, parafraseando a los revolucionarios peruanos, “sello y apertura”: sella un Ciclo histórico por consumación consecuente y material de sus premisas, y apertura, con el paso que acertó a materializar, majestuosa y masivamente (a escala práctico-histórica, no sólo crítica), en una dirección diferente, no natural, no predeterminada objetivistamente, las premisas de otro Ciclo superior.

De hecho, Mao, en tanto excepcional notario de la Revolución China, en sus luces y sombras, en sus gestas e insuperables límites históricos, acierta a dar la clave del nuevo camino que se abre ante el proletariado, de las premisas y condiciones que debe cumplimentar si quiere que la exigente e implacable Clío le permita dar continuidad a su obra revolucionaria. Ya lo hemos indicado al hablar de los elementos teóricos de avanzada que se encuentran en el animar de la GRCP, pero volvamos con una nueva formulación:

“El proletariado aspira a transformar el universo según su concepción del mundo, y a otro tanto aspira la burguesía.”[166]

En estas formulaciones encontramos seguramente la expresión más condensada de cómo la vanguardia proletaria inmersa en el Ciclo de Octubre acertó, a través de su experiencia práctica, a comprender el salto cualitativo que la revolución proletaria representaba respecto a la forma anterior de concebir y practicar la transformación del mundo. Efectivamente, Mao retoma a Marx y Engels, tal y como éstos lo habían formulado en 1848, y da la revolución por supuesta: comprende que ésa es la esencia objetiva de la materia, y especialmente de su forma superior, social, tal y como muestra por primera vez en toda su potencialidad el capital. La diferencia entre el proletariado y la burguesía ya no puede ser ésta, no puede sustentarse en el sustrato objetivo que soporta a ambos. La diferencia debe residir en otro plano, y Mao da la clave, enlazando de nuevo con el Engels que nos avisaba del carácter de creciente consciencia que distingue al atributo social de la materia a medida que se distingue del reino animal de la necesidad (objetiva). Entonces, la diferencia debe ser cualitativa y encontrarse en el plano de la subjetividad, de esa consciencia y de la “intencionalidad final” de la misma, que Mao resume como transformación del universo según la concepción del mundo específica, que al final es lo que realmente distingue (no su común, intrínseca y espontánea aptitud transformadora), las opciones realmente existentes en liza, las “vías a seguir”.

Tampoco la diferencia puede ser, dicho sea de paso, cuantitativa, de mero grado de agregación abstracta a la transformación: ésa fue, al fin y al cabo, la apuesta, históricamente necesaria, de la GRCP. Efectivamente, hemos señalado que el significado histórico del viento del Este es el giro ascendente hacia el predominio del factor subjetivo consciente de la revolución. No obstante, en dialéctica paradoja, este giro se realiza con objetiva inconsciencia de lo que significa. Tal vez la mejor prueba sea la incapacidad que dentro de los márgenes del Ciclo de Octubre se dio para sistematizar en su coherente multilateralidad la concepción del Partido de Nuevo Tipo, que, por otro lado, realmente llegó a constituirse en su materialidad. El Ciclo de Octubre mostró, debido a ese origen bastardo, con su mitad de sangre democrático-revolucionaria, y seguramente por última vez en la historia (al menos en la medida en que el discurrir futuro de ésta pueda significar avance y progreso), el hegeliano: “no lo saben, pero lo hacen.” Precisamente, el proletariado, como toque de clarín de la emancipación y la autoconciencia que su movimiento revolucionario anuncia y como señal de su madurez históricamente alcanzada, “inscribirá en su bandera”: porque lo saben, lo hacen.

De hecho, precisamente, la GRCP representa el momento álgido del Ciclo y se nos muestra como encrucijada de la historia, porque, a base de forzar los límites de las premisas dispuestas, a base de agregar cantidad, abrió el horizonte del salto cualitativo, que es casi tanto como decir que lo dio. Y al hacerlo, dio el primer paso en la nueva y diferente dirección de la historia, la de la construcción consciente. Pero, como todo primer paso, aún estaba condicionado por el punto de partida que tenía en la inmediata espalda; aún no había podido inspirar en su plenitud la brisa de la nueva vereda. Así, aún bajo el dominio de las viejas premisas, la GRCP como el primer gran acto práctico-histórico de asumir el carácter consciente, subjetivo, de la obra de la RPM sólo podía tener una forma primitiva, expresada más bien como acento unilateral en el otro extremo: si se venía de la hegemonía del objetivismo, la reacción tendió a desviarse hacia el subjetivismo. En efecto, dominado por la dialéctica masas-Estado y su fetichismo, el problema de la dirección de clase en la sociedad de transición quedó reducido a control del aparato político solidificado, del Estado, expresándose entonces, con toda la consecuencia lógico-histórica, como un problema individualista relacionado con las personalidades y sus rasgos morales de carácter, esto es, de una manera subjetivista. Igualmente, la relación de la vanguardia con las masas se mantuvo como externa, como cuantitativa: se consideró, se observó, a estas masas sólo en la magnitud de su movimiento, pero no en su constitución subjetiva, diluyendo efectivamente la problemática de la transformación de su consciencia y el complejo de relaciones sociales y políticas objetivas que eran la premisa de esa transformación, sustituida por la atribución subjetivista y unilateral a esas masas de toda clase de potencialidades y virtudes. De ahí la ligereza con la que se desdeñó la cuestión de la Comuna y de ahí la inadvertencia de la necesidad de tejer vínculos internos, orgánicos, con ellas, esto es, de reconstituir Partido Comunista.

Efectivamente, la cuestión del Partido Comunista condensa la entera problemática de la revolución proletaria tal como ésta se presenta en su madurez. Todos los demás elementos e instituciones revolucionarias del proletariado aparecen subordinados y se disponen en derredor y en función de la problemática que expresa, que no es otra que la elevación de la humanidad, encabezada por el proletariado, a la posición del comunismo. La apuesta civilizatoria superior del comunismo reside en la agrupación de la sociedad desde la consciencia plena de los individuos que la componen, desde su desarrollo integral, que se expresa en conjunto como autoconciencia humana. La historia de la humanidad no aparece ya como el vínculo externo de esta sociedad, tal y como se articula en el capitalismo, que sólo puede apuntalarla en última instancia desde ese capital político histórico objetivado, solidificado, autosuficiente y ajeno a cada individualidad, que es el Estado. El vínculo que propone el comunismo es el vínculo interno, correlativo a la igualdad material, a la abolición de las clases, de la plena consciencia de la posición del hombre en el universo y de su naturaleza histórica y social. En definitiva, el vínculo que mantendrá cohesionada la civilización comunista es la libertad volitiva de mantener en vigor tal vínculo por parte de cada individuo, sustentado en la aprehensión y comprehensión del decurso histórico.

El capital político sobre el que se sustenta tal empresa ya no es la historia objetivada como exterioridad estatal, sino la historia asumida y comprendida, interiorizada, subjetivada, que se materializa como Partido Comunista. Éste es el proceso de revolucionaria transformación simultánea de los hombres y del mundo a través de la lucha de clases expresado como relación social objetiva. El papel clave e insustituible del proceso reside en la vanguardia, que es la mediadora entre la experiencia histórica y el presente social en un proceso simultáneo de transformación mutua de esa experiencia, al ser metabolizada por la fisonomía material concreta de ese presente, y de éste, al ser radicalmente reordenado desde la asunción material de esa experiencia. Ello no es sino otra forma de expresar la fusión vanguardia-masas, pero donde la primera desempeña el papel cualitativo clave, pues pone en contacto a las masas inmediatas con la experiencia histórica de las mismas, construyendo una relación social superior, superior precisamente por ser histórica, que derrumba todo aislamiento, toda solidificación, todo fetiche, en definitiva, toda alienación. El Partido Comunista emerge como sujeto histórico, porque dinamita toda dinámica de referencialidad autosuficiente, acaba con la revolución como girar sobre sí mismo (que es el sentido semántico del vocablo revolución al que se ajusta el capitalismo). No es fundamentalmente dirección política porque no se trata de alimentar las necesidades del movimiento de masas, sino de romper el círculo vicioso de su reproducción. El proceso de su conexión con la historia es el proceso material de ruptura de esa dinámica de autorreproducción solipsista y circular. Es ya entonces la mediación de un proceso de revolucionarización material, un salto cualitativo, lo que se encuentra en la base, como premisa inscrita en su corazón, de la elevación del proletariado a clase revolucionaria. Esta elevación es transformación de la clase obrera desde su asunción del devenir histórico y que le dota de capacidad de proyección social. Es el “radical cambio”, por seguir con Mao, la revolucionarización de su concepción del mundo, hasta entonces determinada por ese aislado y vicioso círculo autorreproductivo en que las sumerge la revolución objetivada del discurrir capitalista. Así, la constitución del organismo revolucionario, del Partido Comunista, es un primer núcleo de revolución social imbricada con la revolución de la conciencia y que establece la premisa de su extensión material concéntrica hasta abarcar la entera materia social. Este abarcamiento es su subjetivación, su dominio desde la aprehensión consciente de su devenir histórico objetivo. Por ello la constitución del Partido Comunista es semilla de la sociedad comunista, porque estatuye un vínculo histórico entre la asunción del pasado, la transformación del presente y la construcción del futuro. Así, la dirección de clase es histórica porque la revolucionarización de las masas proletarias hasta la condición de clase revolucionaria es el primer sillar de un estadio civilizatorio superior, anunciado en la cualidad del organismo social que se encamina a él con “intención final”. El eje de esta dialéctica histórica que vincula Partido Comunista con Comunismo es la concepción proletaria del mundo, pues su transformación objetiva como fuerza material es su subjetivación como transformación de la base social que la corporiza: ella misma se revoluciona al revolucionar a la fuerza social que la portará.

Por eso sólo la correcta comprensión de la cuestión del Partido Comunista como fusión revolucionaria a escala histórica puede dar una respuesta coherente y cualitativamente superior a la problemática que Mao y la GRCP plantean: la unidad de la revolucionarización de la concepción del mundo y de la construcción revolucionaria consciente de una forma de civilización superior. De este modo, la experiencia histórica de la RPM, del Ciclo de Octubre, en su discurrir ha agotado la dialéctica masas-Estado, en tanto consumación de ese trampolín revolucionario-burgués que le dio su primer impulso, y en ese discurrir ha hecho aflorar una dialéctica histórica de nuevo tipo, superior, plenamente correlacionada con la naturaleza específica y cualitativamente sustantiva del proyecto revolucionario-proletario: la dialéctica vanguardia-Partido. La vanguardia como mediación en la autotransformación del proletariado en clase revolucionaria; el Partido como mediación en la autotransformación de la clase revolucionaria en humanidad emancipada y autoconsciente, la construcción de ésta, la adecuación entre su conciencia y la organización social de su existencia.

De hecho, los dos grandes hitos del Ciclo de Octubre plantean la creciente emergencia de esta dialéctica, que florece objetivamente desde la actividad subjetiva del proletariado revolucionario. Octubre, como la primera negación del objetivismo predeterminado de la revolución democrático-burguesa y su esquematismo, como negación del carácter ineluctable de la dirección burguesa de esta revolución, proporcionó la forma de esta dialéctica histórica emergente: el Partido de Nuevo Tipo. La GRCP, como segunda gran negación de este objetivismo predeterminado, como negación de la inevitabilidad del esquemático automatismo de la revolución industrial en la construcción de la nueva sociedad, proporcionó el contenido: el Comunismo como obra de construcción consciente que no se agota en la transformación del mundo, sino que exige la transformación del hombre. La unidad forma-contenido como síntesis de la negación de la negación que representa la asunción de la entera experiencia del Ciclo de Octubre representa la consagración de la madurez histórica del proletariado como clase revolucionaria. Como decimos, esta síntesis no es sino la unidad entre la transformación del mundo y la transformación del hombre, que vemos emerger con creciente nitidez a lo largo del Ciclo del Ciclo de Octubre. Así, por ejemplo, Lenin, en los inmediatos prolegómenos del mismo, planteaba:

“(…) los hombres, libres de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace milenios en todos los preceptos; a observarlas sin violencia, sin coerción, sin subordinación, sin esa máquina especial de coerción que se llama Estado.”[167]

Aunque Lenin señala brillantemente esa problemática marxista que hemos traído, del Estado (burgués) también como última garantía de agregación social, como sólida “máquina” de cohesión de la civilización clasista y llega a la conclusión de su ineluctable desaparición bajo otra forma de organización civilizatoria, establece un hiato entre esta nueva forma civilizatoria y los hombres que han de componerla. La transformación del mundo hacia la una no supone la transformación de los segundos, sino que lo primero es simplemente la liberación, respecto de los ciertamente “absurdos horrores” de la civilización capitalista, de una ética ahistórica, inscrita “desde hace milenios” en los hombres y que será la norma de su desenvolvimiento en el nuevo mundo. En formulaciones como ésta se percibe claramente el sustrato democrático-revolucionario (ese rousseauniano buen salvaje encadenado por la civilización) que necesariamente tenía que formar parte del paradigma de Octubre. Si a ello le sumamos el objetivismo económico industrializador como mecanismo automático de superación de la división social del trabajo[168], de la base estructural de la sociedad de clases, tenemos un cuadro completo de los límites necesarios de la primera manifestación, aun con todo crucial, del ascenso negativo hacia la preeminencia de la subjetividad consciente en el alborear del primer Ciclo de la RPM.

Precisamente, en el umbral de la segunda negación, con ese mayor recorrido y experimentación del proletariado como clase revolucionaria e independiente universal, Mao plantea la unidad de estos términos, de la transformación del mundo y del hombre:

“(…) los bienes materiales abundarán y los valores culturales resultarán enriquecidos. La conciencia comunista del hombre será muy elevada. Se podrá entrar entonces en la era superior del comunismo.”[169]

Para Mao la abundancia material que constituye la base económica del Comunismo es correlativa a la cuantía, “muy elevada”, de la conciencia comunista del hombre. Su relación es, pues, de interpenetración, dialécticamente correlativa. La conciencia de éste ya no es una ética inscrita en una supuesta naturaleza milenaria, sino que es desarrollo histórico vinculado al curso histórico de la revolución, del camino hacia la “era superior del comunismo”. El contenido, la construcción consciente del hombre, se adecúa a su forma, al organismo social que es su premisa. Por cierto, en relación con ello y con la problemática productivista de superación de la división social del trabajo desde el automatismo objetivo del desarrollo económico, que traíamos a colación de Lenin, debe notarse que precisamente la constitución del Partido Comunista es, desde determinada perspectiva, desde uno de los aspectos concretos que lo definen, la aprehensión intelectual del devenir histórico objetivo por la clase que concentra toda su potencialidad, pero que está determinada por su subordinación y encorsetamiento en los límites rasuradores del trabajo exclusivamente manual. Esta aprehensión implica ya una revolución social a determinado grado y determinada escala, pero que se pone en relación directa con el objetivo histórico, con la “intención final” del organismo social, de la relación social revolucionaria, que de este modo se constituye. Ello, de nuevo, nos da una indicación de eso que subrayamos del Partido Comunista como la verdadera semilla histórica del Comunismo, no como simple instrumento político al servicio de una lógica objetiva externa.

Como decimos, sólo la comprensión de la naturaleza del Partido Comunista en toda su dimensión, únicamente posible desde la perspectiva del Ciclo de Octubre concluido, desde la síntesis histórica de su trayecto dialéctico, de esa negación de la negación que hemos visto dibujarse, puede integrar la problemática que la GRCP plantea; sólo la edificación de un nuevo paradigma revolucionario que supere al anterior, a la vez que lo incorpora, sustentado sobre el eje vanguardia-Partido, puede realmente asimilar las lecciones de este punto álgido del Ciclo de Octubre. Paradójicamente, las lecciones que entresacan los mejores vástagos de este periodo de la Revolución China, los mejores maoístas, son en el fondo incapaces de integrar coherentemente el significado de la GRCP y darle la talla que merece como verdadera encrucijada histórica. Nos referimos a la tesis que resume las enseñanzas de la GRCP como Guerra Popular hasta el Comunismo, que, además de entrar en contradicción con el desarrollo objetivo de la GRCP en China y también con la reivindicación del papel de los comités revolucionarios que plantea[170], se sitúa de lleno en ese viejo eje Estado-masas. Efectivamente, la cuestión está planteada en términos más tácticos que estratégicos, más políticos que históricos, y centra el problema en el carácter de la formación estatal como mar armado de masas. La direccionalidad hacia el Comunismo, la “intención final”, de esta formación política está, en el mejor de los casos, presupuesta. Pero precisamente esta presuposición se presta fácilmente a la deducción de que ésta, la intencionalidad comunista, sería consustancial al armamento de las masas, a que éstas empuñen el fusil. La carga espontaneísta de estirpe democrático-revolucionaria de la histórica “línea de masas” maoísta, el peso del factor militar en la articulación jerárquica de las instituciones revolucionarias del proletariado durante la Revolución China, añadido a la fatal distorsión que la teoría de la Jefatura introduce en la cuestión vital de la concepción del mundo y su socialización, así como las premisas generales del Ciclo de Octubre, refuerzan imponentemente la inercia lógico-histórica de esta deriva.[171] De hecho, desde la lógica histórica a que esta concepción empuja resulta difícil integrar la necesidad universal de sucesivas revoluciones culturales como mecanismo de construcción comunista, pues proyecta una imagen de desarrollo lineal hasta el Comunismo, garantizado ya por la forma de organización de las masas. Al contrario, sólo teniendo en cuenta el contenido de esta organización, el carácter imperativo de la consideración y revolucionarización de la subjetividad de estas masas, se puede concebir consistentemente cada una de las sucesivas revoluciones culturales como revolucionarios saltos cualitativos, como rupturas que van expresando la progresiva transformación-elevación de las masas hacia una creciente conciencia comunista. Así pues, esta posición da por supuesto u obvia el problema crucial, cada vez más presente en Mao a medida que madura la Revolución China, de la transformación de los hombres (recordemos, según el revolucionario chino: “la cuestión importante”).

Esta tesis de un sector del actual movimiento maoísta es, ciertamente, la expresión más avanzada de esa vieja dialéctica Estado-masas que nos lega el Ciclo de Octubre y puede y debe ser integrada coherentemente, digerida dialécticamente, en el paradigma revolucionario que presidirá el próximo Ciclo de la RPM, pero sólo desde su subordinación a la dialéctica propia, sustantiva y superior que instituye el despliegue del Partido Comunista con todas sus consecuencias. Éste es el único que garantiza la direccionalidad comunista de este mar armado de masas, de esta sociedad militarizada, que, efectivamente, es la forma que adopta la estatalidad revolucionaria, la dictadura del proletariado; lo único que asegura que la imponente transformación del mundo que ello augura no se desligue de la transformación del hombre que es su inextricable y luminosa coronación.

En definitiva, sólo desde la valoración crítica del Ciclo de Octubre, desde la perspectiva de que nos dota su negación dialéctica, sólo desde el Balance general que propone la LR cabe integrar en el acervo de nuestra clase coherentemente y hasta sus últimas consecuencias las preciosas lecciones revolucionarias que nos lega. Como hemos tratado de demostrar, sólo desde ahí, desde el enfoque del Ciclo de Octubre como conjunto histórico cerrado, cabe comprender y situar en toda su universalidad y proyección para el futuro el legado que nos ofrenda el que fue su punto culminante, la GRCP. Con seguridad, este legado, como comprensión creciente del carácter de la obra de la RPM y de sus instrumentos, nos informará de que ya no habrá más traumáticos cortes como el que hoy vivimos, que no es sino la natural desorientación de la pérdida de las viejas seguridades; viejas seguridades que no eran sino el lastre fetichizado de nuestros antepasados democrático-burgueses. El proletariado, cuando asimile esta lección, sabrá que no es el simple emisario de una supuesta y unívoca necesidad objetiva en la historia, sino su libre creador. Así, las posibles derrotas futuras no serán, para terror de los explotadores y sus lacayos, sino motivo de celebración, porque el actuar consecuentemente revolucionario estará asegurado y todo paso, por mínimo que sea, será acumulación siempre creciente de capital revolucionario para un nuevo intento inmediato y así sucesivamente hasta que el recorrido del sujeto abarque la materia social y se identifique con ella.




Notas: