El Estado sionista y el bloque atlantista

Últimamente crecen las especulaciones sobre la forma que podría adquirir la segunda fase del alto el fuego cocinado entre Estados Unidos e Israel, en vigor desde el pasado 10 de octubre, en la Franja de Gaza. Inicialmente, este segundo momento debería implicar, según el pacto al que llegaron entre los propios imperialistas, el desarme de Hamás. Sin embargo, entre las determinantes voces estadounidenses se han oído algunas que han llegado a plantear la posibilidad de aceptar un desarme parcial, contraviniendo las líneas rojas del sionismo israelí. Más allá de cualquier otra consideración (por ejemplo, comprobar qué piensan los islamistas del asunto), lo que sí es una certeza es que la mera enunciación de la cuestión es un signo de la crisis estructural del imperialismo yanqui, pues lo que alimenta su ansia de “paz” en Oriente Medio es únicamente su insaciable apetito caníbal, su desvelo por acumular fuerzas en otros escenarios para preparar, en las mejores condiciones, la Tercera Guerra Mundial. Como venimos advirtiendo, el protagonismo de las contradicciones inter-imperialistas es tanto resultado como desencadenante de la dislocación del sistema imperialista mundial. Los desanclajes estructurales que observamos en todos los órdenes son la manifestación de la crisis de mediaciones que, en primer lugar, acusa el viejo hegemón imperial, aquel en torno al cual se articuló aquel sistema durante todo un período histórico: Estados Unidos y su bloque atlantista. Es en este trance histórico-político que sus intereses colisionan abiertamente con los del Estado sionista y para muestra no sólo la cuestión palestina, sino todo lo que tiene que ver con Irán, desde el malogrado acuerdo nuclear de la pasada década a la denominada guerra de los 12 días del último verano. Por supuesto, como buenos white knights, los caníbales de Washington, Tel-Aviv y el resto de centros imperialistas aliados resuelven sus caballerosas disputas de propietarios martirizando a los pueblos esclavizados. Ya lo expresó a su modo Friedrich Merz, canciller alemán de día y vampiro financiero de noche, quien recientemente afirmó que, a pesar de sus germánicas enmiendas al modo sionista de cometer un genocidio (a pesar de los tecnicismos, vaya), para la burguesía monopolista alemana «apoyar a Israel forma parte de nuestro ADN». Y así es, lo llevan en la sangre y algún día el proletariado se lo va a recordar como tributo necesario para que nuestra especie, a través de la más grande de las revoluciones, olvide los horrores de este infierno que es la sociedad de clases.

Pero por de pronto el Estado sionista es una fuente de todo tipo de estímulos para las clases dirigentes del mundo y, muy particularmente, para la burguesía atlantista. Siempre hay que tener en cuenta la condición de Israel como colonia de asentamiento, como punta de lanza de la civilización cristiana occidental entre el impío salvajismo asiático. Porque ello le otorga privilegios imperiales de todo tipo incluso desde el punto de vista de los otros carroñeros. A Israel se le exige lo mismo que se le deja hacer: experimentar, esforzarse por estar en la vanguardia tecnológica de la coerción estatal y por cebar el moderno racismo genetista. También lo comentó, notablemente excitado, el imbécil de Merz cuando los sionistas lanzaron su campaña de bombardeos contra Irán el último verano: «Israel está haciendo el trabajo sucio por todos nosotros». Como al eunuco teutón de BlackRock, puede decirse que al Estado sionista le pagan, literalmente, por hacer lo que le gusta: excluyendo el paréntesis abierto de la guerra imperialista en Ucrania, Israel es el principal receptor de ayuda militar estadounidense (3.300 millones de dólares en 2025) y disfruta de una arquitectura de seguridad regional a expensas del Pentágono, paquete que incluye el vasallaje mediado de sus vecinos pro-atlantistas y que ha hecho de Egipto un fiel escudero del sionismo que, por eso mismo, es el tradicional segundo beneficiario de la financiación militar yanqui (1.300 millones de dólares en 2025). De hecho, Egipto e Israel fueron los únicos polizontes en nómina que quedaron exentos de las restricciones temporales a la ayuda militar que la Casa Blanca impuso cuando Trump tomó posesión por segunda vez.

Como decimos, el verso libre sionista es inspirador para el atlantismo y su pugna por cerrar el expediente palestino cristaliza como un reaccionario prisma de futuro para las luchas de clases que están por venir, pues estira los de por sí elásticos límites de la represión burguesa en el ámbito doméstico y establece una nueva media social de terror imperialista necesario para tratar con los pueblos incivilizados en las expediciones fuera del jardín. Y es que esta es otra de las virtudes de una metrópolis imperialista situada en territorio colonial. La morbosa atracción que para las élites dominantes ejercen los territorios de frontera reside en que allí, sencillamente, las fronteras se difuminan, no hay límites en el sentido rutinario de cualquier otra dictadura de clase burguesa. Y por tanto, no queda claro qué expediente es de orden interno y cuál corresponde a los asuntos exteriores. Dicho esto, los sionistas lo tienen muy claro: la limpieza étnica de los palestinos es para ellos una cuestión de índole interno que se refiere a la depuración racial del núcleo nacional de Eretz Israel. El espíritu de democracia Völkisch implica un cuerpo militar vertical y el amalgamamiento horizontal de la diversidad de intereses de clase convocados a servir al proyecto nacionalista del sionismo. Sobre estos cimientos, el régimen israelí es un aliado insustituible para el atlantismo, pues no hay reforma que pueda alterar su proyección específicamente colonial y racista, así como la orientación necesaria de sus relaciones internacionales, tendida irremediablemente hacia el flanco occidental del imperialismo. Es decir, la existencia de cualquier Estado de Israel se basa y basará en esos pilares inamovibles. Y este carácter irreformable es único en la región1, como muestran las numerosas alteraciones en las filiaciones internacionales que han protagonizado los Estados post-coloniales de la zona desde la segunda mitad del siglo pasado: de la Siria pre-baazista a la Siria post-baazista, pasando por Egipto, Irak o Irán; fuese a través de la injerencia extranjera, de golpes cuarteleros o de alteraciones en la composición de clases de la élite dominante apoyadas en movimientos de masas, aquellos Estados reaccionarios cambiaron de patrocinador imperial en el mundo, lo que denota una flexibilidad, si se le puede llamar así, que ni tolera ni permite la rigidez de la única democracia en la región. Y qué duda cabe, este modelo de régimen Völkisch es celebrado por el nazi-fascismo contemporáneo de Europa, de la misma manera que contó con el mayor de los respetos por parte de sus abuelos hitlerianos, aquellos que hace 80 años fueron aplastados por el Ejército Rojo soviético. Puede que en los desfiles azovistas en Kiev o Leópolis todavía no se exhiban los retratos de un Theodor Herzl o de un Ben-Gurion. Pero en el discurso de los dirigentes antisemitas ucranianos las laudatorias referencias al sionismo son tan explícitas como constantes. Los banderistas aplican un programa de construcción estatal etno-nacional y la estabilización política de este proyecto correlaciona con la articulación de una sociedad burguesa militarizada en estado de guerra permanente. El entusiasmo del mundo Azov por Israel, equiparable al que siente por la financiación casi ilimitada de sus turbios negocios por parte de la OTAN, llega a tal punto que ha integrado y hecho suyo el asqueroso y distópico concepto de start up nation, esa actualización de la vieja mentalidad del entrepreneur decimonónico que aúna, bajo el abrigo del capital monopolista, especulación financiera, fetichismo tecnológico, racismo y militarismo.

La morfología de clases de Israel y su integración concreta en el esquema imperial estadounidense convierten a ambas potencias, respectivamente, en piezas inseparables e insustituibles. Este cuadro histórico e internacional básico es imprescindible para analizar y comprender la actuación político-militar del sionismo y poder valorar sus resultados. En definitiva, se trata de no perder de vista que el Estado sionista es una correlación de fuerzas de clase que expresa la alianza entre el capital financiero y la aristocracia obrera más su trenzado en el sistema imperialista mundial como parte del bloque atlantista, con el imprescindible y fundamental patrocinio de Estados Unidos. Desde aquí, como decimos, debemos medir a qué se ha dedicado últimamente el Estado sionista. El impacto insurreccional del 7 de octubre obligó a Israel, en primer lugar, a recomponerse para retomar la iniciativa. Comenzó el mismo día 7 aplicando la directiva Hannibal que es todo un aviso a navegantes sobre cómo tratan las clases dominantes los asuntos que tocan hueso, sobre qué está dispuesta a sacrificar la burguesía por mantener su orden y el tipo de cuadros y mandos que genera para esa función de perspectiva histórico-estratégica, cuya disciplina político-militar se sustenta en toda una concepción del mundo. Pero lo fundamental ahora es comprobar que el Estado burgués sionista hubo de enfrentarse a una situación crítica que le vino impuesta y que pudo transformar en su contrario, vinculando militarmente el control y superación de la crisis con la aplicación de su programa general. La situación crítica abierta en octubre de 2023 se convirtió en la posibilidad de realizar un toque de diana para atemperar la profunda crisis interna que atraviesa el régimen: el hebreo protestón dejó las plazas de Haifa o Tel-Aviv, se puso el uniforme de reservista de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y se marchó rumbo a Gaza. En la Franja se reactivó la versión industrial del genocidio, una segunda Nakba extendida por otros métodos a Cisjordania y Jerusalén. Y mientras esto sucedía, el acotamiento de la guerra masiva en Gaza se combinó con una sucesión de campañas que, contempladas en su conjunto, pueden calificarse de una guerra regional que por iniciativa de los sionistas se ha extendido desde Palestina hacia los campos de batalla de Líbano, Siria e Irán. En esta guerra el Estado sionista ha logrado imponer su superioridad para compartimentar cada uno de los frentes del supuestamente unitario eje de la resistencia (evitando una guerra regional total, descontrolada y en la que sus enemigos hubieran podido sentir la tentación de unificarse en un auténtico frente común), avanzando gravemente en la limpieza étnica de Palestina; desactivando temporalmente a Hezbolá; colaborando en la destrucción de Siria, hoy gobernada por una alianza entre los remanentes del aparato estatal baazista y un yihadismo patrocinado por Ankara y simpático a los intereses sionistas; y conteniendo cualquier posible acción de Irán, obligada a mantenerse a la defensiva. En esta secuencia la única intervención realmente forzada tiene que ver con los intentos de frenar la solidaridad yemení con palestina. La implicación directa de los socios atlantistas es otro logro sionista, que ha forzado la maquinaria y ha hecho valer sus credenciales coloniales para retener y fijar al máximo a las fuerzas aliadas en su entorno, desde Estados Unidos a Reino Unido, Francia y Alemania, que han participado activamente en el sistema defensivo aéreo israelí, esencial para cubrir sus agresiones ofensivas. Por supuesto, no se nos olvida la complicidad directa e indirecta, cínica y de contrabando, del Estado español que, por ejemplo, ofreció una base logística fundamental a los bombarderos estadounidenses que atacaron Irán el pasado verano.

Fuera del terreno estrictamente militar, la inundación de Al-Aqsa frenó la firma de los acuerdos de Abraham, pero a la larga el contenido de estos acuerdos, la normalización de relaciones entre los Estados árabes pro-atlanistas e Israel, se ha realizado por otros medios: basta ver la aprobatoria indiferencia con la matanza de Gaza que muestran los matarifes de Riad o El Cairo, quienes solamente han protestado por el exceso dentro del exceso, es decir, cuando la sangre de los esclavos amenaza con desbordar la Franja para salpicar sus dominios palaciegos de un modo directo, a través de propuestas como la expulsión de los palestinos a la península de Sinaí… El momentum sionista es tal que incluso han lanzado sus misiles contra Qatar, con el diplomático propósito de asesinar a sus huéspedes palestinos. En resumen, amortiguando el golpe táctico-militar recibido dos años atrás, el Estado sionista ha podido estabilizar relativamente su crisis interna, ha seccionado decisivamente las relaciones entre sus enemigos, convirtiendo en un anacronismo términos como eje de resistencia, y ha podido alinear militarmente a sus aliados imperialistas, imbricando su remodelación imperial de Oriente Medio con los intereses de otras potencias regionales colegas de bloque atlantista y enemigas de la república islámica iraní2.

Tan irónico como macabro, la única contención real que en eso que se llama comunidad internacional ha encontrado el terror sionista se debe al desagrado de su principal benefactor, cuyos intereses estratégicos pasan por estabilizar Oriente Medio para concentrarse en la acumulación de fuerzas contra China. Hay que apuntar, por cierto, que en este forcejeo entre caballeros, que hay que tomarse muy en serio como una grieta real en el sistema imperial yanqui, ni siquiera se ha amagado con poner sobre la mesa argumentos relacionados con los derechos humanos ni nada que se le pareciese: he ahí el esbozo de pelotazo inmobiliario publicitado por Estados Unidos como futuro para Gaza. Y quizás esta es una de las pocas ventajas que ofrece nuestro oscuro tiempo, el fin de la empalagosa palabrería humanitaria utilizada por la más criminal de todas las clases propietarias que ha conocido la historia: está bien que a los ministerios de guerra los vuelvan a llamar por lo que son. Y más valdría que la pretendida vanguardia proletaria se aplique el cuento, empiece a llamar a las cosas por su nombre y estudie metódicamente la experiencia revolucionaria de su clase para enterrar de una vez el eclecticismo ideológico, el sacerdotal paternalismo con las luchas de resistencia y la fe ingenua en el movimiento espontáneo de masas. Porque incluso aquel superficial cambio de vocabulario tiene que ver, más que con el payaso de Trump, con corrientes profundas de la lucha de clases. En concreto, aquella escenificación desde la defensa a la guerra tiene que ver con el fin de los consensos que una vez articularon la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y que, con todos sus roces, alteraciones, rupturas y expedientes acumulados habían servido en estas décadas que nos preceden para dar cierto equilibrio al canibalismo del capital global. Pero aquellos consensos ya están más que amortizados para el imperialismo y son, de hecho, una pesada losa para las potencias.

La ONU fue una expresión institucionalizada de aquellos consensos y su vida es toda una demostración del lugar que el expediente palestino ha ocupado y ocupa en aquel orden y en su actual desorden. Desde su establecimiento, este organismo fue un factor de cronificación de la opresión de los palestinos, ligada irremediablemente a la resolución de la cuestión judía al modo burgués-imperialista. No deja de ser motivo de oprobio para los comunistas la aquiescencia soviética para con la formación de Israel en 1948, aprobación que por lo demás estuvo muy lejos de significar que los soviéticos, por mucho que su línea se hubiese escurrido hacia la Realpolitik más estrecha, tuvieran algo que ver con la paternidad de la bestia, aunque asistieran al bautizo: como sabían los prohombres imperialistas y racistas del pasado, y como repiten sus herederos de hoy en día, el ADN del Estado sionista es 100% burgués y anti-comunista. Sea como fuere, la Catástrofe fue bendecida por la ONU que, como complemento humanitario de la realización de la barbarie, empezó a desarrollar algunas de sus más reconocibles funciones carcelarias contra los pueblos oprimidos (UNRWA). Desde allí, pasando por la reiterativa palabrería sobre la farsa de la solución de los dos Estados, hemos llegado a la segunda Nakba, que es también aprovechamiento sionista de las brechas abiertas en los viejos consensos para solucionar, al modo burgués-imperialista, la cuestión palestina. Y es que, muy lejos de lo que propagan los más necios apologetas del soberanismo y el imperialismo con características social-nacionalistas, la celebrada multipolaridad tiene muy poco que ver con que el dogal sobre los pueblos vaya a aflojarse en algún sentido. Al contrario, un nuevo reparto imperialista sólo puede significar mayor emanación de sangre por parte de los oprimidos, como comprobamos día a día. En el caso palestino, en septiembre la ONU aprobó una declaración en favor de la creación de un Estado propio, que contó con el respaldo de China, Rusia y la India. Pero el primer artículo de aquella declaración estaba tomado del primer mandamiento de las tablas de Moisés según la BBC y la Deutsche Welle: ¡desarmar a la resistencia palestina! Y es que, ni el pragmático socialfascista chino, ni el prestidigitador neo-zarista ruso, ni el anti-comunista hindú tienen interés alguno en ofuscar a sus colegas sionistas más de lo que lo harían el republicano francés, el social-liberal español o el jeque saudí, firmantes todos ellos de la dichosa declaración. Síntoma de la gelatinosa firmeza de los tiempos que corren: en septiembre los supuestos simpatizantes de Palestina (Rusia, China) estaban más comprometidos con las líneas rojas de Israel (desarme total de Hamás), que lo que han llegado a estarlo a finales de diciembre sus enemigos declarados (Estados Unidos).

Desde la perspectiva de la vanguardia proletaria y la reconstitución del marxismo-leninismo, todo esto nos advierte una vez más sobre la importancia de la lucha contra el estilo cliché y contra el tratamiento doctrinario de la lucha de clases, nos informa de la necesidad de someter cada contexto particular al escrutinio marxista, aplicando siempre el análisis concreto de la situación concreta. Las contradicciones inter-imperialistas han pasado a ser las determinantes desde el punto de vista del conjunto contradictorio del «sistema de relaciones internacionales que es el capitalismo», pero esto no quiere decir que sean las únicas o que sean siempre las principales cuando atendemos a las luchas de clases en una determinada formación social o en una región localizada. Tampoco significa que los bloques imperialistas no puedan coludir, más o menos cordialmente, en determinados puntos, como sucede con la crucifixión de Palestina.

El baño de sangre en Palestina y la reconstitución del comunismo

La suma oficial, actualizada en diciembre de 2025, dice que desde octubre de 2023 el sionismo ha asesinado a 71.000 palestinos y sepultado entre escombros a más de 10.000. Pero estas, como se sabe, son cifras contenidas, que se basan en el conteo de cadáveres por parte de las autoridades sanitarias de Gaza. Muy desgraciadamente, informes como el emitido por la misma ONU el pasado verano estiman que el total de muertos puede llegar realmente a los 680.000, números a los que ya apuntaba el estudio de la revista The Lancet publicado en 2024. Contar a los heridos y mutilados es sencillamente inútil. Recortadas sus dimensiones por los bloques de hormigón que dibujan la línea amarilla impuesta por las FDI, en la Franja el 80% de los edificios han sido destruidos, mientras entre sus ruinas se ha atrincherado el instrumento militar del hambre como medida aplicada por la democracia de referencia de los dueños del jardín. Hace unos meses, la Knéset aprobó una moción en favor de la anexión formal de Cisjordania, que de por sí es una ficción en cuanto a realidad política soberana, pues a la corrosiva presencia de las colonias invasoras hay que añadir el colaboracionismo de la autoridad palestina de Fatah. En este período, mientras la guerra a gran escala se ceba con la Franja, en la Ribera Occidental los pogromos y la intervención de las fuerzas de seguridad han segado centenares de vidas, destruido los medios de subsistencia y borrado cualquier rastro de existencia palestina en multitud de pueblos. Solamente allí, y desde hace dos años, las cacerías «anti-terroristas» del Shin Bet han arrancado de sus hogares a 21.000 palestinos, secuestrados y enviados a los centros de tortura israelíes. Y ya hace tiempo que las FDI superaron las 100.000 toneladas de bombas lanzadas sobre la Franja… Ante este baño de sangre la única actitud cabal y coherente, la única posición comunista posible en pleno siglo XXI, pasa por entregarse a la reconstitución del método más adecuado, más acorde a nuestra época, para dar cuenta actualizada de la lección que sobre el terror reaccionario burgués extrajo el proletariado en el siglo XIX, en el contexto democrático-insurreccional de su descollamiento histórico como partido revolucionario, porque estas «vanas masacres», este «irritante holocausto», este «canibalismo de la contrarrevolución», deben convencernos de que «sólo existe un medio de abreviar, simplificar, concentrar, la agonía de la vieja sociedad y el cruento dolor del parto de la nueva; un sólo medio: el terror revolucionario»3.

Como hemos visto, la libertad con que el terror sionista se ha desempeñado en estos años es todo un síntoma de la siniestra, específica y caprichosa entente a la que por activa y por pasiva han llegado los diferentes centros imperialistas, y sus subalternos regionales, en relación a Palestina. Y si el imperialismo no ha podido completar la Endlösung en este período ha sido por una sola razón, por un único motivo: porque el movimiento de liberación nacional palestino ha mantenido la capacidad político-militar para denegar el control total y permanente del territorio a las fuerzas de ocupación. Sólo la incesante y generosa entrega de los obreros y campesinos pobres, que son el grueso de la fuerza miliciana en esta guerra de resistencia nacional, ha conseguido mantener la existencia física de la nación palestina. Durante más de dos años, y tras el inevitable repliegue que siguió a la espectacular inundación de las defensas sionistas el 7 de octubre, una fuerza insurgente irregular desplegada en forma de pequeñas unidades móviles de infantería ligera ha sido capaz de sostenerse por sus propios medios en una guerra urbana en contexto de total asedio por parte de uno de los principales ejércitos del mundo. Cuando las hostilidades cesaron (Israel en ningún momento ha dejado de bombardear), la milicia todavía tenía capacidad operativa para desarrollar acciones guerrilleras en zonas formalmente dominadas por las FDI, como en la ciudad de Gaza y otras posiciones al norte, mientras mantenía el control en el sector centro-sur de la Franja. Allí han evitado la presencia de los sionistas y han impedido que se instalen abiertamente clanes mafiosos de tipo paramilitar, auténticos pequeños Mahmud Abás, que vienen operando como fuerzas auxiliares del sionismo, atacando a los militantes de la resistencia, cometiendo todo tipo de abusos contra la población y saqueando convoyes de alimentos.

La sola enunciación de la forma en que se desarrolla la guerra de resistencia nacional palestina debería hacer palidecer a inveterados y noveles guardianes del viejo discurso hegemónico en el Movimiento Comunista Internacional (MCI), quienes, con una pata en el economicismo y otra en el empirismo nacionalista, anatemizan, para eludir, un debate serio sobre la línea militar proletaria, relegando el devenir de la revolución a la superstición insurreccional, la reforma social, el derrumbe capitalista o las características nacionales de tal o cual pueblo. Y es que uno de los mitos centrales de aquel mundo de superstición en que hoy se pudre el grueso del movimiento comunista es la supuesta impenetrabilidad de la ciudad para los movimientos político-militares de las clases oprimidas y, más en concreto, para la estabilización de una guerrilla urbana en condiciones de guerra abierta contra un Estado, fuera de acciones terroristas puntuales o de situaciones de una lucha de baja intensidad (pensamos, por ejemplo, en los años de kale borroka en Hego Euskal Herria), es decir, fuera de los métodos pequeño-burgueses de enfrentar al aparato represivo estatal. Por supuesto, tales prejuicios están por debajo de la experiencia histórica del MCI, que en su despliegue durante el ciclo de Octubre pudo terminar remachando la universalidad de la guerra popular como línea militar del proletariado. La cuestión es que la heroica lucha de los palestinos nos ofrece un ejemplo en vivo y en directo de cuán bajo ha caído el revisionismo, incluso respecto a las luchas de clases en que ni siquiera concurre el proletariado como clase independiente. Así, en la densidad urbana de la Franja de Gaza, allí donde se concentran en toda su crudeza las relaciones imperialistas y los más brutales métodos de coerción y opresión capitalista, comprobamos que la realidad militar de la resistencia manda al carajo, por pura necesidad práctica de la lucha de clases real y concreta, ese dogma pequeño-burgués, pues allí se sostiene una guerra de larga duración cuyo componente sociológico determinante está integrado por quienes no tienen nada que perder salvo sus cadenas, cuya columna vertebral está basada en comandos guerrilleros que implementan acción clandestina apoyada entre las masas como forma de subvertir la superioridad tecnológica del enemigo… Por supuesto, y al contrario de lo que hacen algunos maoístas (no menos dogmáticos que el revisionismo al uso), de aquí no se deduce una guerra popular en el sentido socialista científico del término, pues esto sería tanto como quebrar la dialéctica entre forma y contenido de la revolución proletaria y equivaldría a una deturpación positivista de la línea militar revolucionaria, como si esta pudiese codificarse desde la reunión arbitraria de unos cuantos datos extraídos de la realidad inmediata y sin mayores considerandos sobre la lucha de clases, empezando por la ideología en torno a la que se articula el movimiento, el tipo de relaciones entre su dirección y sus bases y el programa que aplican, en definitiva, sin atender al carácter de clase de ese movimiento. En el contexto palestino, la ideología reaccionaria islamista que profesa la vanguardia nacional responde a los intereses de las clases propietarias, burguesas, cuyo fanatismo reside, no en sus monsergas religiosas, sino en su posición de clase, en su contradictoria persistencia en buscar algún tipo de componenda y de integración dentro del sistema imperialista mundial. Y con todo esto, el revisionismo no le llega ni a las suelas. En suma, la guerra de resistencia nacional en Palestina, si se estudia críticamente y desde la perspectiva de la recomposición del pensamiento proletario independiente, evidencia la futilidad del discurso economicista y subraya su carácter liquidacionista, porque si aplicamos el dogma dominante, la resistencia palestina se aparece como un fallo en el sistema, como algo que no debería ser...

Que estas auténticas correas de transmisión del imperialismo en el movimiento obrero sean capaces de compaginar sus dogmas y la solidaridad con Palestina es correlato de su carácter de clase (aristocracia obrera) y delinea los contornos de su falsa conciencia, de su comprensión unilateral de la lucha de clases y su pacato reflejo en esa moral (sucia, cristiana, filistea), que es capaz de indignarse ante los resultados más lacerantes de la sociedad burguesa en descomposición, pero incapaz de plantearse cabalmente la recuperación dialéctica de los medios para su destrucción mediante el terror revolucionario de masas y que no puede por menos de santiguarse tres veces al escuchar algo relativo a la dimensión ontológica de la violencia revolucionaria proletaria. Pero esta unidad metafísica de una cosa y su contraria es, ante todo, la demostración objetiva de la arbitrariedad subjetiva oportunista, es la pesada constatación de que los programas y líneas políticas del revisionismo carecen de principios firmes, son una mezcolanza ecléctica montada sobre la marcha, a partir de lo que ofrece el proceso del calendario y lo que se descubre como novedad dentro de un tarro de formol, en función del posibilismo político dictado por su posible impacto mediático, a salto de mata entre tradiciones políticas, certezas oficiales, resistencias económicas y ocurrencias de los más variados intelectuales orgánicos y vendedores ambulantes, maestros todos en el arte de sacar uno u otro conejo de la chistera en función del auditorio... o de quién pague la siguiente vuelta. Pero es que todo esto es verdaderamente coherente cuando se deja de lado, como apartado en un rincón, que el marxismo se funda en la experiencia histórica de la lucha de clases proletaria, que la praxis revolucionaria es la partera de las leyes de la revolución y que, en consecuencia la Formación es eje central de la recomposición del comunismo y el Balance del ciclo de Octubre su piedra de toque, el método para cifrar, consolidar y articular concéntricamente la correspondencia dialéctica entre principios, medios y el fin supremo del comunismo. Y es que al final se trata siempre de la vieja historia: el movimiento lo es todo, el objetivo final no es nada. Por cierto, que Bernstein, neokantiano padre del lema universal del oportunismo y defensor de la política colonial del II Reich, fue categórico enemigo de la violencia revolucionaria, a la que consecuentemente opuso el evolucionismo reformista como verdadera dialéctica del movimiento socialista europeo y el partido obrero de masas… Y si de bien nacidos es ser agradecidos, lo que ya hemos agradecido al capital monopolista unas páginas más arriba estamos dispuestos a repetirlo una vez más, sin contraprestación de tipo alguno, con todos sus lugartenientes entre las filas del proletariado: por si no queda claro, la redacción de Línea Proletaria les quedará enormemente agradecida el día en que se dejen de adornos y se atrevan a llamar a las cosas por su nombre, por poco atractivo que pueda resultarles, a corto plazo, reconocer que para ellos el movimiento lo es todo, el objetivo final no es nada.

La causa de la liberación nacional palestina va a lo hondo de este mundo, conecta con el sentido histórico y profundo de la democracia desde el punto de vista del proletariado revolucionario y enlaza con problemas fundamentales para la reconstitución del marxismo como teoría de vanguardia. Esta aseveración no es gratuita, no es fórmula vacía para cumplir con el dogma. Así que, breve y esquemáticamente, y sólo para evitar caer en el pernicioso estilo de la frase revolucionaria, diremos algo más sobre el asunto. La aplicación de la tesis del ciclo revolucionario cerrado revela el agotamiento histórico de la dialéctica masas-Estado, esto es, que la dirección política deja de ser el aspecto principal del movimiento revolucionario, que ahora pasa a subordinarse al problema de la ideología, de la transformación y elevación de la vanguardia proletaria desde la reconstitución de su concepción del mundo como núcleo y premisa del desenvolvimiento completo de la revolución proletaria. A esta nueva secuencia histórica, que debe pasar a guiar la correlación política entre los instrumentos de la revolución, la denominamos dialéctica vanguardia-Partido. Esta dialéctica histórica de nuevo tipo niega el problema de la dirección política no para desecharlo mecánicamente, sino para crecer «conforme a Hegel» (Lenin), suprimiendo, conservando y elevando su contenido desde la perspectiva global que nos ofrece el bagaje acumulado por un siglo de revoluciones proletarias (Balance del ciclo de Octubre). Este proceso de negación dialéctica tiene que resolverse teóricamente, se desenvuelve mediante la lucha de clases (lucha de dos líneas) y tiene que ejecutarse de forma práctico-concreta (línea de masas), siguiendo metódicamente un camino materialista que no puede sortearse con conjuros metafísicos. El Plan de Reconstitución aborda la solución teórica y delinea los hitos de la solución práctica de ese sendero dialéctico que tiene que transitar la vanguardia revolucionaria. Si la fase de reconstitución ideológica, que pone en el centro la recomposición de la concepción proletaria del mundo, es la primera negación de la centralidad histórica necesaria que tuvo la dirección política durante el ciclo de Octubre (dialéctica masas-Estado); la reconstitución política del Partido Comunista (fusión de teoría y práctica) es la negación de la negación: el proletariado, elevado a la condición de partido de nuevo tipo desde la revolución de las conciencias en el seno de la vanguardia de la clase obrera (dialéctica vanguardia-Partido), se convierte en clase revolucionaria y, a la vez, en clase dirigente al coincidir su (re)constitución como partido con su aterrizaje a escala social a través de la guerra popular y la aplicación del programa de dictadura del proletariado (Ideología-Partido-Guerra Popular-Nuevo Poder).

En su particular contexto urbano, en aquellos campos de concentración masificados en los que la única propiedad tangible y permanente de la población son las cadenas de la esclavitud nacional, la cuestión palestina se revela como la cuestión de la tierra, aunque no en el sentido clásico. Porque aquí no se trata del régimen de la propiedad agraria, de cómo la estructura de clases del campo aúna al terrateniente con la burguesía burocrático-compradora y a ésta con el capital global. Realmente pudo ser así antes de la instalación sionista, antes del establecimiento de la metrópolis colonial-imperialista y el desgajamiento de la cuestión palestina de la cuestión árabe. Aquel acontecimiento alteró el cuadro típico de un país oprimido en la era post-colonial que se abría ante el mundo y ya la dependencia y subyugación de los palestinos pasó a estar completamente determinada no por la explotación económica, sino por la más pura y dura opresión política. Por supuesto, ambos respectos no se repelen, sino que se articulan en una jerarquía de prioridades sujeta al arbitrio de la potencia opresora. En este caso, claro que los sionistas han explotado al proletariado palestino y succionado los bienes y recursos de esta nación, pero todo ello se subordina al interés general, a la disciplina Völkisch y sus bases constitutivas. Ya lo delineó el socialfascista Ben-Gurion en su plan inicial de limpieza étnica, resumiendo el no lugar de los palestinos bajo el sol imperialista: «los viejos morirán y los jóvenes olvidarán». La cuestión palestina está en el vórtice de la tormenta de Oriente Medio desde su misma emergencia como problema nacional excepcional y es un factor de crisis revolucionaria permanente para toda la región desde la década de 1930 (antes incluso de ser, sensu stricto, una cuestión de los palestinos) hasta el presente. Desde entonces Palestina vive una guerra de resistencia nacional que ha pasado por todo tipo de etapas y en las que se han entrecruzado intereses internacionales de clase de todo tipo. La cuestión palestina está ya en el centro de la revuelta árabe (1936-1939); por supuesto, de la primera Nakba (1948) y de las sucesivas guerras de los Estados árabes contra el régimen sionista (1948, 1956, 1967, 1973); estuvo a punto de desbordar en una guerra civil a gran escala en Jordania (1970) y fue uno de los capítulos imprescindibles de la guerra civil en Líbano (1975-1990); como no puede ser de otro modo, define las dos grandes Intifadas modernas (1987, 2000), la resistencia militar continuada, particularmente a lo largo de este siglo, y la guerra de alta intensidad derivada de la inundación de Al-Aqsa en 2023. Y esto no es más que un listado rápido y resumido de la cuestión. El negativo material de esta realidad, va de suyo, convierte la causa de la liberación palestina en una lucha disruptiva, inmediatamente anti-imperialista, cuyo progreso necesariamente significa poner patas arriba la forma concreta en que el conjunto contradictorio de relaciones capitalistas del sistema imperialista mundial enraíza en la región, es decir, autodeterminación nacional palestina = destrucción revolucionaria de Israel.

La cuestión palestina nos ofrece la perspectiva de cómo aun en las condiciones de ciclo revolucionario cerrado puede resultar políticamente operativa la dialéctica masas-Estado y cómo ésta, reteniendo esa virtualidad política revolucionaria, debe ser asimilada, conforme a Hegel, desde la dialéctica vanguardia-Partido. La reconstitución del sujeto revolucionario en Palestina debe hacerse cargo, necesariamente, de su aterrizaje en las condiciones de una guerra de resistencia nacional en marcha, donde la vanguardia práctica, al menos su componente decisivo, está militarizada como parte de una guerra justa, de una guerra nacional que enfrenta a la barbarie fascista en su forma más destructiva, racista y genocida. En Palestina la nación en armas es factor de progreso. Sin embargo, en la época del capitalismo imperialista, la burguesía ya no es clase portadora de porvenir y esto se revela en su crudeza en las contradicciones que atenazan a la fracción burguesa que dirige el movimiento nacional (la mediana y pequeña burguesía que representa Hamás), que cabalga entre la liberación y los intentos de componenda e integración con las potencias regionales. En otra ocasión hemos realizado una demostración concreta de estos límites generales de la burguesía en el contexto concreto de la realidad palestina. Ahora, cabe remarcar que todo este escenario hace aún más acuciante la necesidad de que el proletariado palestino torne en partido revolucionario independiente para situarse en la condición de combatiente de vanguardia por la democracia. Palestina muestra cómo su movimiento nacional de liberación actúa como «uno de los fermentos, como uno de los bacilos que ayudan a que entre en escena la verdadera fuerza contra el imperialismo: el proletariado socialista» (Lenin). Pero en estas circunstancias, y como advertíamos, el proletariado socialista no entra en escena para negar mecánicamente la cuestión nacional palestina, sino para llevarla hasta sus últimas consecuencias, para transformarla y elevarla hasta hacer de la democracia revolucionaria palestina una base de apoyo de la RPM, contando con todas las clases de la nación dispuestas a continuar la lucha por la existencia nacional en alianza y bajo la dirección del proletariado.

Puede que algunos de los amigos que han llegado hasta aquí se estén haciendo una pregunta cuya respuesta, estamos convencidos, esperan con ganas algunos de nuestros enemigos: ¿qué pasa con la clase obrera de Israel? Por nuestra parte la cosa quedó más que clara en octubre-noviembre de 2023. Sin embargo, y dejando de lado a los demagogos oportunistas, no somos ajenos a ciertos errores tendentes a alterar el sentido de nuestro posicionamiento, a confundir nuestra línea política ante la cuestión palestina. En Línea Proletaria siempre hemos defendido que la revolución de nuevo tipo en Palestina, que tiene como capítulo necesario central el problema democrático de la emancipación nacional, necesita articularse en torno a una línea internacionalista. Si por principio definimos el internacionalismo proletario como la unidad e indivisibilidad de la lucha de clases, el contexto general de la revolución palestina demanda establecer bases de apoyo en las entrañas de la bestia, en la retaguardia del Estado sionista, cuyo futuro pasa por su destrucción a través de la guerra popular. En términos generales esta perspectiva se articularía como alianza entre el pueblo palestino comandado por el proletariado revolucionario y el proletariado de Israel. Y punto. A partir de aquí una mirada a la lucha de clases demostraba y sigue demostrando que el proletariado de Israel no es una clase independiente, sino que se encuentra disperso, subordinado a los intereses de otras clases y por lo general comprometido, por obra u omisión, con el Estado sionista. En 2023 ya expresamos, consecuentes con nuestra parte en la división internacionalista del trabajo, con la solidaridad para con los oprimidos y la lucha contra los opresores, que la «clase obrera de Israel es cómplice de la opresión, tiene las manos manchadas con la sangre del esclavo y sólo podrá lavárselas con la sangre del esclavista: sólo tomando la iniciativa y cumpliendo con los requisitos de esa misión internacionalista (la destrucción del Estado sionista) se redimirá de sus pecados socialchovinistas y conquistará la confianza de sus iguales»4. Es decir, que tras enunciar una serie de principios a modo de referencia histórica general para situar la cuestión, algo básico para establecer una posición marxista concreta sobre cualquier asunto, armamos un discurso político cuya síntesis en forma de consignas, de orientación concreta para la vanguardia comunista, dice: ¡Abajo el Estado sionista! (destrucción revolucionaria del Estado colonial-imperialista); ¡Viva el movimiento de liberación nacional palestino! (solidaridad total con los oprimidos, reconocimiento de su movimiento nacional como única plataforma política operativa de auto-defensa y como realización concreta en la vida real de la autodeterminación palestina; promoción de su legítima lucha anti-imperialista); ¡Impulsemos el internacionalismo proletario! (redoblar el esfuerzo de la vanguardia proletaria internacional por crear las mejores condiciones, de todo tipo, para la liberación nacional palestina; no bajar la guardia ni por un instante en la lucha de dos líneas contra el socialchovinismo; denuncia de nuestros imperialistas). En estos dos largos años no se ha producido ningún desplazamiento entre las clases y, consecutivamente, la clase obrera de Israel no ha creado un frente interno en la retaguardia de las FDI ni ha hecho nada significativo para frenar, boicotear o entorpecer el genocidio. Así que nuestra posición política concreta no ha cambiado. Desde luego ha habido obreros que se han plantado, que se han negado a participar en la barbarie y que cuentan con toda nuestra solidaridad. Pero son una minoría y solamente pueden contarse en términos de individuos, no de clase, no de partido, no en una dimensión que se acerque mínimamente a contrarrestar el terrible genocidio del que la gran mayoría son cómplices, posición para la que no cabe absolutamente ningún tipo de excusa. Por eso, cuando la revolución palestina alce el vuelo, en su cualidad democrática e internacionalista, impondrá los requisitos de la redención, para quien pueda haberla, entre todos los que han transigido con todo esto, por muy asalariada que sea su condición social… o precisamente por eso.

Aquellos errores y aquella confusión sobre nuestra línea política han consistido, esencialmente (y esto es algo que hemos advertido en algunas formas de agitación que pretendían hacerse eco de nuestro posicionamiento concreto), en distorsionar la relación entre principios, línea general y política, provocando un batiburrillo tendente a desequilibrar la dialéctica de la posición concreta de la Línea de Reconstitución al insistir en un principio abstracto, general, sobre la participación en la revolución de la clase obrera de Israel: pero es que esta, y no insistiremos más en la evidencia, ni está ni se le espera. Y por eso insistir en aquel aspecto abstracto desdibuja la línea política internacionalista, equivale a exigirle a los oprimidos que esperen al pueblo opresor: y esperarlo es tanto como reconocerle sus privilegios como pueblo elegido. Este es un grave error que malogra la correcta posición comunista, que obstaculiza la reconstitución del internacionalismo proletario, entorpece la solidaridad con la lucha anti-imperialista y, en última instancia, liquida la autodeterminación nacional del pueblo palestino; error marcado por la insensibilidad doctrinaria y la inmadurez de una vanguardia que si quiere intitularse como tal debe aprender a pensar por sí misma, que es premisa para manejar de forma independiente las herramientas de la política proletaria y abandonar de una vez por todas el rutinarismo, el estilo cliché y la frase revolucionaria que embotan las mentes de la vanguardia obrera.

No se nos escapa que esa insistencia doctrinaria tiene algo que ver, con toda probabilidad, con un pueril intento por doblar el palo frente al oportunismo que se pone a la cola del nacionalismo pequeño-burgués. Pero esto es aceptar el marco de pensamiento dominante y es un síntoma de dependencia de clase, de dejarse arrastrar por la corriente y equivale a intentar evitar el mal menor concediendo honores al mal mayor. En su forma extrema este error es una variante de politicismo que, en este caso, se sitúa en la posición propia del economismo imperialista y del obrerismo. Si podemos calificar el resultado práctico de esa mentalidad ecléctica (anti-dialéctica) de “infantilismo izquierdista”, no podemos dejar de señalar cuál es su reverso político necesario: el más senil derechismo oportunista. Recordemos a los pragmáticos del PCTE, que ahí siguen erre que erre solicitando, no saben muy bien a quién, que se respeten las fronteras de 1967, es decir, que se mantenga en pie el Estado sionista cuyo genocidio luego denuncian. Si descartamos la narcolepsia como explicación más razonable de esta postura política, sólo quedan en pie la tradición (compuesta de los más diversos expedientes tácticos acumulados) y las más arcaicas certezas generales revisionistas. En este caso la tradición la marca la vieja escuela pro-soviética: se asume como algo incuestionable la táctica de los soviéticos (finalmente favorables, desde 1947, a la creación de Israel), medida que cayó en el oportunismo en materia de política internacional incluso desde el canon frentepopulista (bajo el que todavía cabía interpretar la solución de la cuestión judía mediante la total erradicación del fascismo en Europa)5. Aunque honestamente, no es que los revisionistas pro-soviéticos se hayan remontado a la década de 1940 para fundamentar su política internacional. Más sencillo que todo esto, al cabo de los años aquello derivó en el artefacto político de los dos Estados, el cual seguía ahí en la década de 1980 y, sin más, lo metieron en la mochila como tantas otras cosas. Desde entonces, han caminado tanto tiempo junto a él que ya no consideran soltarlo (se ha convertido en un factor cultural-ideológico de reproducción de este nicho político de aristocracia obrera), mucho menos cuando pueden justificarlo a través del otro respecto, el de sus certezas generales revisionistas, que no son otras que la confianza reformista en la evolución del Estado burgués hacia el socialismo (¡incluso el sionista!) y el sueño materialista vulgar (idealista) de que la clase obrera y su lucha de resistencia son de por sí revolucionarias. Por supuesto, y como ocurre con sus referentes oportunistas del MAKI israelí, los componentes de esta fórmula no sirven de nada al internacionalismo proletario, pero mezclados en forma de pastilla programática, sirven como placebo para rebajar los más graves síntomas de la somnolencia política crónica que padece el revisionismo: para muestra, su enfado cuando se les recuerda su posición política sin decorados de ningún tipo (los motivos decorativos se los puso Felipe VI cuando bendijo, como rey de Jerusalén, la solución de los dos Estados).

La cuestión palestina es una cuestión de fondo universal (en las siguientes páginas de Línea Proletaria profundizaremos en el asunto: ver Sionismo y antisemitismo, ante el comunismo) pues sólo cuestiones universales tienen un impacto y repercusión como el que ha alcanzado la solidaridad con Palestina a lo largo y ancho del planeta. Han debido pasar años hasta que se ha introducido en la gran discusión política dentro de los países imperialistas como muestran las, ahora sí, manifestaciones masivas que se produjeron en países como Italia (boicot marítimo pacífico al sionismo), Inglaterra (donde la reacción se ha cebado con Palestine Action) e incluso el Estado español. Correlativamente, las clases reaccionarias han querido meter sus sucias pezuñas parlamentarias y sindicales en la solidaridad con Palestina, lo que es también todo un síntoma, desde luego no el más edificante, de que se ha identificado esa relevancia y quieren integrarla, hacerla suya, ahogarla… tal y como ha hecho con Palestina el Estado español, eslabón necesario de la OTAN y aliado del sionismo. Mucho más edificante es otro signo de ese componente universal, de esa naturaleza de cuestión social en que está ungida la cuestión nacional palestina: el triángulo rojo, que anuncia el incierto futuro del soldado imperialista, convertido en auténtico patrimonio de la cultura democrática internacional. Y desde luego ya nos hemos referido a las buenas lecciones que los palestinos ofrecen a la vanguardia proletaria, si ésta está dispuesta a comprenderlas, a estudiarlas a fondo y sin dejarse arrastrar por la corriente. De hecho, la promoción de la autodeterminación palestina, la defensa de este movimiento de liberación nacional, es una tarea revolucionaria básica, una exigencia del internacionalismo proletario que debe desarrollarse en las más múltiples formas y como parte de la reconstitución del comunismo. La pequeña nación Palestina está formada por un pueblo enorme que, con sus mejores hijos entregándose en la causa de liberación anti-imperialista, alienta con su ejemplo a un mundo carente de referencias. Tanto da si la reacción sonríe o se finge estremecida ante el genocidio que ha llevado a cabo y que seguirá cometiendo mientras pueda. Los comunistas sabemos que este terrible baño de sangre no ahoga la revolución, sino que la riega.

La guerra contra Irán y las piezas del gran juego en Oriente Medio

En el mes de junio tuvo lugar la que pronto fue bautizada como la guerra de los 12 días y que no fue más que el último escalón, hasta el momento, al que ha llegado la guerra de agresión de Israel contra Irán que es, a su vez, otro capítulo dentro de la destrucción creativa de Oriente Medio. El 13 de junio las FDI comenzaron su agresión, con el propósito de neutralizar el programa nuclear iraní, destruir su capacidad de misiles balísticos y favorecer un regime change. La ofensiva sionista inició aplicando una secuencia similar a la seguida contra Hezbolá en 2024 al tratar, mediante bombardeos selectivos, de decapitar a la cúpula de las fuerzas armadas y los aparatos de seguridad para hacer colapsar su cadena de mando. Pero el primer hito de esta andanada no era otro que forzar la participación de Estados Unidos en la agresión, pues esa era la clave para acercarse a cualquiera de los objetivos militares que se marcó el Estado sionista. La crisis de mediaciones se manifiesta en el gran juego de Oriente Medio a través de la creciente contradicción entre los intereses estratégicos del sionismo y los del imperialismo yanqui. El declive histórico y estructural de este último, que por lo demás sigue siendo el principal polizonte mundial, implica que su capacidad de maniobra va menguando, se va achicando desde aquella posición unipolar que disfrutó hasta hace muy poco en un mundo que, sin embargo, ya es muy lejano. Este declive general implica un mayor protagonismo de los aliados en cada región, por eso Estados Unidos se afana en disciplinarlos a todos a través de la vertiente militar, vía coherente en cuanto a que representa la columna vertebral de todo poder y, a la vez, es una pieza privilegiada del poder yanqui dentro de su propio bloque imperialista construido, claro, a su imagen y semejanza. En Oriente Medio esta correlación implica la difícil tarea de disciplinar al desbocado gendarme regional (al principal de todos ellos) cuya agenda va en sentido opuesto a la de Estados Unidos: donde uno quiere alcanzar y mantener ciertos equilibrios, el otro busca desequilibrarlo todo para forzar al máximo las condiciones de cualquier nuevo equilibrio. Y todo esto se ha manifestado en la forma en que finalmente intervino Estados Unidos, que se hizo cargo de la agresión militar con el objeto de reconducir la guerra contra los iraníes hacia los medios políticos mediante los cuales ya se dirimía previamente. Y es que en ningún momento la presión yanqui ha cesado en las intentonas por hacer capitular a Teherán. Por su lado, Irán fue capaz de absorber los golpes iniciales, reorganizarse y contraatacar en lo que podría haber devenido en una campaña prolongada de desgaste mediante el intercambio de misiles. Pero la respuesta iraní, como ocurrió durante 2024, consistió en una desescalada controlada, suficiente para marcar una voluntad defensiva a la vez que demostraba el interés por rebajar la situación. Ejemplo de ello fueron los ataques misilísticos sobre las bases estadounidenses en Qatar e Irak, que se hicieron previo aviso. Esta respuesta, especialmente en el primer caso, contenía la advertencia a los monarcas pro-sionistas del golfo Pérsico de que cualquier escalada hacia una guerra abierta les implicaría de forma directa.

En cuanto a los objetivos de la agresión sionista en territorio iraní, realmente ninguno de ellos se completó, como bien demuestran las renovadas preocupaciones de los israelíes por el ritmo de producción de misiles balísticos de la industria militar iraní y que hace a los imperialistas plantearse la necesidad de implementar su política de «cortar el césped». Qué duda cabe, no obstante, de que la capacidad defensiva aérea iraní recibió un duro golpe, como también su cúpula militar. Pero su programa nuclear no fue neutralizado y el cambio de régimen promocionado por Israel y abrazado nada menos que por el joven Reza Pahlavi, reconocido en los salones de la diplomacia mundial como «bloody parasitical imperial whore» (galardón internacional que tiene un enorme mérito recibir en 2025, en un mundo en el que abundan los Zelensky y las María Corina Machado), no se produjo. Por cierto, que si algo puso una vez más sobre la mesa la guerra de los 12 días fue la posición absolutamente irrelevante de la Unión Europea, conquistada a golpe de eso que denominan con tanta solemnidad «autonomía estratégica». Si en la década pasada los imperialistas europeos al menos fueron capaces de escenificar su malestar con el gobierno Trump cuando mandó al traste el acuerdo nuclear, en esta nueva crisis la siempre comedida Kaja Kallas fue la primera en reclamar el completo desmantelamiento del programa nuclear iraní, mientras el baboso de Mark Rutte alabó entre jadeos a su daddy Trump. Por supuesto, y para completar el círculo, desde La Haya, capital de eso que llaman derecho internacional, cerraron filas contra Irán y amenazaron con restaurar todas las sanciones internacionales si no capitulaba.

Si nos fijamos en la crisis desde el punto de vista de la situación interna en Irán, la agresión tuvo, y tiene, un claro componente de injerencia imperialista, de intromisión en las luchas de clases en el seno de la sociedad iraní. En este sentido, la agresión debía interpelar a la columna vertebral del Estado, intentando romper alguno de sus eslabones para provocar un desplazamiento en las fracciones del sector decisivo de la burguesía iraní. La república islámica se montó a través de una revolución política, en el viejo sentido del término, que desplazó a la vieja élite dirigente, oligarquía burguesa vinculada al imperialismo yanqui, cuyas funciones político-económicas no fueron transformadas sino más bien traspasadas, depositadas directamente en el Estado como garante de la gestión de los intereses colectivos de los nuevos sectores burgueses incorporados a la clase dominante. En lo que tuvo de revolución, el movimiento de masas que derribó al viejo Reza Pahlavi fue cooptado por el islamismo, cuya vieja estructura política fue capaz de articularse como el nuevo partido de Estado, como pieza política clave del nuevo bloque dirigente republicano. Hay dos grandes dualidades en la vida de esa república islámica: una tiene que ver con su conformación, con el amalgamamiento entre el reaccionario partido burgués islámico que se apoyó en una crisis revolucionaria de masas y el aparato del viejo Estado, que quedó intacto pero al que se le añadieron nuevos resortes que, en realidad, son una réplica de sus funciones básicas fundamentales, como muestra la convivencia entre el ejército y la guardia revolucionaria. La otra dualidad tiene que ver con el largo proceso de descomposición de ese nuevo bloque dominante y que se remonta al final de la guerra con Irak y la implementación del programa neoliberal. Como hemos dicho, la revolución islámica no tocó lo fundamental de la estructura de clases del país, cuyo modelo respondía a la típica relación de dependencia imperialista en un país regado de importantes recursos energéticos. A partir de la década de 1990 la imposición del paquete neoliberal empieza a promover nuevos intereses en el seno de la clase dominante: el capital privado se extiende, pero matizado por la intervención del aparato estatal en favor de la burguesía que controla directamente ese aparato y que está relacionada, como no podía ser de otro modo, con el ejército y con el partido de Estado. No sin ironía, aparece así una fracción del capital cuya función podemos asimilar con los rasgos de la vieja burguesía burocrático-compradora y que aquí se alza como la más firme defensora de la autonomía política del régimen en la escena internacional; mientras a su lado se acumula una reaccionaria burguesía media que busca su total ensamblaje económico con el imperialismo internacional (especialmente el europeo) y que está dispuesta a realizar un grado de concesiones mucho más elevado desde el punto de vista de la soberanía nacional. En este precario equilibrio entre clases, sobre este cúmulo de contradicciones internas, se sostiene la clase dominante de Irán, donde los recurrentes estallidos de masas son genuino resultado de la lucha de clases y no son una simple cuestión de la injerencia imperialista que, por lo demás, siempre está presente en cualquier contexto, dado el dominio absoluto e incontestable de la burguesía internacional sobre el proletariado y los pueblos oprimidos.

Precisamente es la fracción aperturista de la burguesía iraní la que se encuentra a las riendas del gobierno republicano encabezado por Masoud Pezeshkian. Signo de la fraternidad entre los pueblos que profesa esta república islámica, tan pronto como terminaron los bombardeos yanquis, Pezeshikan fue corriendo a la ciudad de Shusha, en el Nagorno Karabaj limpiado étnicamente de armenios, para saludar amistosamente los éxitos de Azerbaiyán. Que el presidente iraní considere cuestión de primer orden aplacar al nacionalismo azerí no es un asunto de relaciones exteriores, sino una cuestión capital para cubrir la retaguardia interna, puesto que la república islámica sigue siendo, como lo fue bajo la bota militar del sha, una cárcel de naciones para kurdos, baluches, azeríes, etc. cuya unidad con los persas se basa en la fuerza bruta, en la opresión nacional, en la negación del derecho a la autodeterminación. Se cumple así el principio internacionalista por el cual «un pueblo que oprime a otro no puede ser libre» (Marx), sino que forja sus propias cadenas, cuyos eslabones ofrecen un buen lugar al que aferrarse a los imperialistas, libres para jugar la baza de la división sectaria étnico-nacionalista que es, de hecho, uno de los grandes objetivos del sionismo: demoler el sistema regional de Estados para sustituirlo por un mosaico étnico de guerras de exterminio entre los pueblos, en el sentido sirio, libio o irakí del término.

La burguesía dominante en Irán, y a la contra de las poco piadosas mentiras que se cuentan a sí mismos los amigos obreros de la causa soberanista y multipolar, carece de cualquier credencial anti-imperialista. Porque la república islámica ha demostrado en demasiadas ocasiones su colaboracionismo con el imperialismo para machacar a otros pueblos: ayudó a Estados Unidos en la invasión de Afganistán y promovió el sectarismo en Irak (el mismo juego criminal en que se basó el baazismo árabe de Sadam), favoreciendo el debilitamiento de la resistencia contra la ocupación estadounidense, al obstruir cualquier tipo de unidad nacional o frente común en la lucha contra el «Gran Satán». Por otra parte, no puede dejarse de lado eso que una vez se llamó eje de resistencia, cuyo centro se encuentra en Teherán. Ciertamente, Irán ha apoyado decisivamente a diferentes movimientos de resistencia islámica (Hezbolá en Líbano, Ansar Alá en Yemen, Hamás en Palestina…), movimientos que en sus condiciones específicas concretas, de forma contradictoria (tanto en lo que se refiere a su desarrollo interno, al papel que ocupan en sus respectivas formaciones sociales y en su relación con el resto de esos movimientos)6, retienen en su seno un aspecto de lucha anti-imperialista. En lo que este eje tuvo de entrelazamiento anti-imperialista, de compleja y contradictoria red internacional en cuyo interior podían cohabitar elementos de resistencia y combate contra el imperialismo, su historia requiere de una lectura atenta de la vanguardia comunista, pues es un hecho innegable que el MCI ha sido incapaz, al menos desde la restauración burguesa en China más de medio siglo atrás, de generar algo equiparable. Ni siquiera el MRI, a pesar de organizarse al abrigo de la Guerra Popular en el Perú, alcanzó este nivel de coordinación, apoyo o solidaridad simultánea entre diferentes teatros de combate de masas articulados sobre una misma base ideológica. De nuevo, el eje nada tiene que ver, ni cuantitativa ni cualitativamente, con las alturas alcanzadas por la experiencia histórica del proletariado durante el ciclo de Octubre. Pero que clases burguesas nacionales con una ideología profundamente reaccionaria hayan sabido adaptar tácticas y métodos de una clase internacional mejor que los representantes de esta última, demuestra hasta qué punto llega la crisis del comunismo y es otro motivo más para adoptar una auténtica perspectiva de vanguardia y pasar a luchar por la reconstitución de la Línea General de la RPM. Dicho esto, no podemos dejar de insistir en que el eje, tomado globalmente, ni mucho menos podía comprenderse como una fuerza anti-imperialista. Porque para su principal impulsor, el Estado burgués iraní, aquellos movimientos de resistencia no eran sino la parte más visible de su defensa avanzada, aquella que le procuraba profundidad estratégica en el forcejeo, que ha devenido en guerra abierta con las otras potencias regionales, principalmente con el imperialismo sionista, cuando la mayoría de aquellas piezas se han venido abajo o sufren un grave deterioro. Para la burguesía iraní el eje de resistencia no representaba ninguna base para promover su revolución islámica en escala internacional, sino que era un medio exterior para mantener su posición de privilegio en el interior de su república, un instrumento estratégico para garantizar su proyección regional y, correlativamente, apuntalar la dictadura de clase burguesa dentro de Irán. Con todo, la burguesía iraní ha debido desarrollar aquel instrumento estratégico de poder regional teniendo en cuenta el marco material de su subalternidad dentro del sistema imperialista mundial y por eso se ha visto obligada a apoyarse en fuerzas insurgentes y en medios que los burgueses califican como asimétricos, comparados con la brutal simetría que se gastan los portaviones y los bombarderos estratégicos de los asesinos de la OTAN.

En 2022, el considerado como principal jefe militar del 7 de octubre, Yahya Sinwar dijo: «Por Dios, lo veo con mis propios ojos [una guerra] que va a transformar el planeta. Será la guerra regional y religiosa que lo quemará todo, tanto verde como seco». Palabras proféticas. Sin embargo, y muy desgraciadamente para los pueblos de la región, aquella guerra fue contenida, manejada y proyectada por Israel, cuya clase dominante ha sabido cabalgar mejor las contradicciones regionales, ha sabido, desde su privilegio imperial, operar mejor que su enemigo sobre la dialéctica masas-Estado en el ámbito internacional. Por aciago que sea el momento actual, lejos de cualquier lectura derrotista, todo este marco de la lucha de clases en la región nos habla de la madurez de las condiciones objetivas para la revolución social y demuestra que son las condiciones subjetivas, las que tienen que ver con el proletariado como clase independiente, las que faltan por presentarse a la lucha final. Efectivamente, hace falta una guerra que transforme el planeta, que lo queme todo, tanto verde como seco, pero para llegar a buen puerto esta guerra ya no puede sostenerse sobre la estrechez nacional de la burguesía (mucho menos en la estrechez del sindicato y de la resistencia obrera), sino que debe basarse en la clase internacional portadora de futuro, debe partir de la reconstitución del proletariado como sujeto revolucionario a través del manejo de la dialéctica histórica de nuevo tipo.

Materiales para una guerra civil en Estados Unidos

Pero el mundo capitalista, desangrándose en sus contradicciones, no va a esperar al proletariado revolucionario, no lo necesita para consumirse en su propio fuego, para acabar guerreando contra sí mismo llevándose por el camino a toda la civilización, por bárbara que haya devenido bajo su dominio histórico general. Y para muestra las luchas de clases en Estados Unidos, donde la fracción de la élite dominante que actualmente ocupa el trono de la Casa Blanca considera que el instrumento mediante el cual aplican su programa de reconfiguración interna se resume en tres palabras: cold civil war. Y ojo, que hablamos de una burguesía que siempre ha sido muy consciente no sólo de su lugar en el mundo, sino de la necesidad de construir ese lugar en el mundo, de anticiparlo planificadamente, de generar las condiciones políticas, militares y culturales de la existencia misma de ese lugar. Así, si a finales del siglo XIX entre la burguesía industrial estadounidense se valoraba que «un sistema basado en la propiedad privada necesita un liderazgo con conciencia de clase tanto como lo necesita un movimiento revolucionario»7, en la cúspide de su poder imperial, a principios de este siglo, los halcones como Karl Rove, asesor presidencial de G. W. Bush, podían permitirse el lujo de decir que «nosotros somos ahora un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad...».

Estados Unidos es el centro de las convulsiones del bloque imperialista atlantista y representa una forma avanzada de la crisis en todo ese bloque, tanto por la objetiva estructura de clases de estos países, como por la acción subjetiva del imperialismo estadounidense, que disciplina a sus aliados y cincela su conducta para definir y asegurar los posibles cierres de la crisis en la misma dirección. En otra ocasión hemos dicho que el America First trumpista ha triunfado en tanto ha sido capaz de asentar como sentido común del capital monopolista yanqui la certeza de la guerra contra China. En el siguiente epígrafe profundizaremos en este equilibrio y en sus nuevas contradicciones. Aquí bastará con decir que ese equilibrio sólo define una orientación general, pero ni mucho menos puede ser, de por sí y en las condiciones actuales, medio concreto para soldar a la sociedad oficial estadounidense. Nada más lejos de la realidad. Tras este punto de equilibrio se revelan las brechas entre bloques y en el interior de cada bloque, que son múltiples y que dan sentido a todas las indecisiones, enredos, forcejeos, avances, retrocesos y pasos en falso que viene dando Estados Unidos y que se personifican majestuosamente en el borderline que da nombre a la situación. Si descendemos algo más en la cuestión, el trumpismo define la crisis del régimen en tanto que su naturaleza anti-establishment no deja de ser un duplicado del propio establishment en cuanto a la coincidencia de las que siguen siendo las clases esenciales para comprender la estructura de clases de un país imperialista: el capital monopolista y la aristocracia obrera. Pero esto todavía no nos dice mucho sobre las nuevas posibles mediaciones, esto es, en qué sentido se hunden los viejos partidos y en cuál redefinen, o más bien intentan redefinir, sus perspectivas políticas hacia los sectores llamados a ser la nueva base de masas del régimen que se urde entre bastidores... y a plena luz, al modo del más insufrible show de la telebasura que esta gente inventó en su prime como Imperio. Pero para situar esa subjetividad anti-establishment de la burguesía, debemos primero atender a las condiciones materiales en que se realizó su establishment.

Muy sumariamente, este vino definido por el New Deal, por el pacto de clases entre el capital financiero y la aristocracia del trabajo. Como la democracia burguesa es un bien preciado y limitado, la integración formal del sindicato en la vida institucional del régimen de post-guerra se hizo en detrimento de la porción de la que disfrutaba el que podemos denominar sector no monopolista de la burguesía y que, en la primera potencia mundial, mezclaba entonces a una amplia y variada gama de capitalistas, que va desde propietarios agrarios y pequeños burgueses (el Main Street) a especuladores inmobiliarios. Y es que, si en el plano interno esta fracción burguesa se vio desplazada por la aristocracia obrera, en el plano externo se consideró perjudicada por el papel de Estados Unidos en relación a la reconstrucción de Europa: allí, en la Europa occidental, el imperialismo yanqui, actuando como capitalista colectivo mundial, se vio forzado a crear un cortafuegos anti-comunista, lo que en materia económica supuso garantizar un mercado europeo protegido, donde la voracidad de cada capitalista individual estadounidense estaba controlada, limitada y sometida a los intereses estratégicos del capital, guarnecidos por el Estado burgués monopolista, en la lucha contra la RPM. Así que por los corrimientos de clase estructurales al calor de la guerra mundial, en este amplio sector del capital se van a ir concentrando y acumulando históricamente todo el recelo y los reproches burgueses contra el establishment, contra la forma concreta en que se articuló la dictadura burguesa en Estados Unidos desde la década de 1940. Tales recelos, por supuesto, empalmarían naturalmente con la mentalidad esclavista del sur, los perdedores del siglo anterior, cuyo irredentismo explotó nuevamente en la década de 1960 como reacción contra los derechos civiles (momento en que el caballero blanco del sur se pasa del partido demócrata al partido republicano) y, más en general, con esa mentalidad anti-Estado del pequeño propietario que sólo necesitaba un aparato estatal mínimo, pagar los impuestos justos, para que el Estado federal exterminase a los nativos en la inmensidad del Oeste. En fin, que a través de esa brecha en el seno de la clase dominante, subproducto del nuevo pacto de la época, se fue cultivando ese espíritu anti-establishment entre una burguesía media que no se sentía interpelada ni por la haute finance de la costa este, ni por el cinturón industrial del medio oeste, ni por su brillante reflejo cultural en la costa californiana, ni por el techo federal bajo el que todas aquellas florecían: en fin, que Wall Street, los sindicatos, Hollywood y el gobierno federal se le aparecían como los agentes del peligro rojo, como la realización del soviet way of life en América… nada nuevo en la historia, pues ya los inspectores de trabajo en la Inglaterra victoriana eran considerados por los propietarios de las fábricas como peligrosos jacobinos delegados de la Convención.

Esta auténtica clase media capitalista ascendió luego (a partir de los 1970-1980) a lomos de la financiarización de la economía y la desregulación del mercado internacional y fue recobrando protagonismo económico y político gracias a ese globalismo contra el cual se ha amamantado ideológicamente durante décadas. Y este último es el punto clave, subjetivo, que decanta hacia un determinado lado la respuesta interna a la actual crisis estadounidense. Porque como contraparte burguesa del New Deal, los enemigos reaccionarios del no menos reaccionario bloque dominante (al que aquellos no dejaban de pertenecer, aunque en una posición subalterna), no perdieron un momento y se pusieron a trabajar concienzudamente para armar toda una red ideológica cuyo primer interés fue formar cuadros en base a su concepción del mundo, asentándose en las universidades para desde ahí elaborar un discurso de masas para luchar por la hegemonía entre sectores más amplios de la burguesía. Y esto está muy lejos de ser un resumen panfletario: es lo que estos tipos dicen de sí mismos, a través de una profunda convicción burguesa, de fondo hayekiano, sobre lo que denominan economía intelectual y cuya táctica general se resume en David Koch, uno de los principales financieros y jefes políticos de este ambiente reaccionario: «los libertarios necesitan una estrategia integrada, tanto vertical como horizontalmente, para lograr el cambio social, desde la creación de ideas hasta el desarrollo de políticas, pasando por la educación, las organizaciones de base, el lobby, los litigios y la acción política»8. De hecho, la denominada red Koch ha sido uno de los principales instrumentos que ha precipitado la formación del trumpismo, creando el marco ideológico-cultural y los encuentros organizativos necesarios, para que un sector de la élite de la élite, del sector decisivo del capital financiero, se haya terminado apoyando en aquella vieja casta de burgueses provincianos ultra-nacionalistas que ha reverdecido gracias al globalismo que conjuran y que arrastra tras de sí no sólo a esa clase media, sino también, y más recientemente, a amplios estratos de la aristocracia obrera. Queda por comprobar hasta qué punto puede resultar estable una base de masas que agrupa a la burguesía media, naturalmente anti-sindical e interesada en exprimir al máximo al proletariado, y a ese sector de la aristocracia obrera que pelea por aferrarse a las prebendas de su viejo pacto de clase con el gran capital…

Las contradicciones del trumpismo son evidentes, hasta tal punto que de entre la base de masas popular del movimiento ya han salido voces que plantean una nítida división entre el Make America y el Great Again, mostrando así su disconformidad con una política gubernamental que vive al límite, en el trastorno constante de tener que desvestir un santo para vestir a otro. La balanza entre los intereses fundamentales de la burguesía financiera y los de su base de masas comba de un lado a otro constantemente. En este sentido la inmigración se sitúa como centro de todos los enredos y como perspectiva, no muy halagüeña, de su resolución. Así fue con el caso de las visas H-1B (permisos para trabajadores extranjeros cualificados, vinculados a la ingeniería y la alta tecnología): inicialmente el gobierno cedió a los intereses de las big tech, pero finalmente impuso importantes restricciones, puso por delante el criterio político, a fin de contentar a la base popular más chovinista. La cuestión del ICE, la fuerza policial que se dedica a la caza de trabajadores inmigrantes, también ha marcado gravemente la política interna. En primer lugar, y dadas las condiciones de la lucha de clases en Estados Unidos, donde la reacción ultra es un auténtico movimiento de masas, las deportaciones masivas cumplen una función de catarsis colectiva nacional(ista) contra el chivo expiatorio más ajeno, más móvil, menos atado a las condiciones locales, el elemento más variable de toda la función capitalista: el proletariado inmigrante. Aquel era el fondo del antisemitismo y hoy es el fondo del chovinismo anti-inmigración. Que aquella catarsis se realice directamente a través del aparato del Estado, y esto es una advertencia sobre el signo de los tiempos que corren, no deja de ser una demostración de orden y contención por parte de la propia burguesía ante el peligro de anarquía que siempre viene aparejado a los movimientos de masas, también los más reaccionarios, como reflejo de la base anárquica del capital. La gran burguesía también debe tener cuidado con lo que desea, pues su evidente maestría para manejar los resortes del movimiento de masas y del Estado monopolista no excluye que la cosa se le pueda ir de madre, más teniendo en cuenta no sólo la base de masas contradictoria de lo que hoy sigue siendo el trumpismo, sino que la inmensa malla de intelectuales orgánicos de la que dispone a través de todo tipo de corrientes y tradiciones diversas (libertarios, nazis, nacionalistas evangélicos, católicos fascistas, el ku klux klan…), indesligable de aquellas contradicciones de clase, es un permanente hervidero de díscolos y aspirantes a reforzar a su propia fracción sobre las demás aprovechando las grietas que inevitablemente abre la acción de gobierno trumpista: ahí, como otra variable más, la pelea por la gestión política del asesinato de Charlie Kirk, que se saldó con una auténtica maniobra de Estado (en las que los yanquis son los campeones) para que el propio Trump capitalizase la desaparición de uno de sus díscolos (crítico con la continuación de la participación yanqui en Ucrania; contrario, hasta que dio inicio, a la intervención en Irán…). Volviendo al ICE, las deportaciones de la fuerza de trabajo son también un claro factor de disciplinamiento de la fuerza de trabajo. Y finalmente, aunque luego diremos algo más sobre este asunto de la política de inmigración, el ICE es un organismo institucional, sí, pero sortea las formas institucionales precedentes y no deja de ser una manifestación de la lucha al interior del bloque de poder y, en este caso, de cómo el trumpismo se ha visto obligado a flanquearlo por fuera, agravando aún más la crisis en el seno del aparato del Estado.

En todo este escenario, la noción de cold civil war es mucho más que un simple término, que una buena ocurrencia para vender libros, rellenar horas de podcast y colocar elegantes titulares en el substack de turno. Para los reaccionarios de toda clase que promueven y consumen este término el carácter frío de esta guerra civil depende del otro bando, de que su resistencia no les obligue a pasar a una caliente guerra civil abierta. Es decir, ellos, en la forma del partido republicano trumpista, ya están en marcha, expulsando del aparato del Estado a quienes consideran un obstáculo para realizar sus intereses de clase, revestidos de la realización nacional estadounidense y, faltaría más, de la lucha contra el marxismo cultural. En esto, hay que apuntarlo, no hay tragedia, lo que hay es una farsa del tamaño del monte Rushmore. Y es que el New Deal fue, en términos políticos, una batalla más en la lucha a muerte contra el comunismo. A Roosevelt, según se dice, le gustaba repetir que su pacto de clases era un socialismo privado para evitar el socialismo real. Por supuesto, la burguesía estadounidense siempre combatió a los obreros revolucionarios y afiló su sistema represivo interior persiguiendo al comunismo en un proceso de larga data que se encumbró con el macartismo de posguerra. La tragedia histórica, la caza de brujas anti-comunista, era subproducto, o más bien parte, de la guerra global contra el comunismo, de la lucha contra la Unión Soviética (esa que los imperialistas intentaron matar desde la cuna) y la RPM en general; era un modo tajante de disciplinar al proletariado en casa, clase que estaba fuera del sistema; y sirvió para cerrar el bloque de poder entre los reaccionarios de arriba (capital financiero) y los de abajo (aristocracia obrera). Por su lado, la farsa contemporánea, el actual ajuste de cuentas con lo woke, es una guerra interna, es una batalla contra la propia realidad que la burguesía estadounidense se ha creado; sirve para ordenar la fuerza de trabajo sí, pero ante todo habla del canibalismo dentro del sistema, entre las clases que han participado en la democracia americana durante estas décadas; y es la manifestación de que no hay cierre de bloque de poder a la vista, sino una crisis en continuo y agudo desarrollo. Farsa implica repetición histórica, implica volver mecánicamente sobre los pasos andados, implica extraer unilateralmente las fuerzas para la acción presente de un pasado distinto, implica muchas cosas, pero no implica pura irracionalidad. Recordemos que el último cambio de guardia turnista insatisfactorio para el trumpismo terminó con el asalto del Capitolio en enero de 2021, insurrección que se encuadró al final de un ciclo de movilización espontánea que cristalizó en las manifestaciones armadas de la alt-right y en una auténtica presión fascista de masas sobre las instituciones burguesas que llegó a forzar, en estados como Michigan, las decisiones del legislativo, en un ejemplo desnudo de la dialéctica masas-Estado operando espontáneamente en las condiciones de un país imperialista.

¿Qué sucede con el otro bando de esta guerra civil fría? En el bloque del viejo partido demócrata, gran representante histórico de la alianza entre capital financiero y aristocracia obrera en los términos que se realizó durante el siglo XX, no dejan de ser notables algunos desplazamientos. La figura de Zohran Mamdani, el primer alcalde socialista de Nueva York es sintomática: sin menoscabo del oportunismo de su socialismo homeopático (ninguna novedad a este lado del Atlántico), que en plena campaña electoral se atreviese a romper el precinto de la crítica al Estado sionista es toda una señal de la quiebra de los consensos históricos al interior de este bloque. Por cierto, muestra de la fragilidad real de consensos menos históricos y más contemporáneos, resulta que la elección del socialista Mamdani se asentó en el voto masculino... ¿dónde quedó la histeria colectiva de la década pasada? ¿No se suponía que la mujer es la última fuente de progreso y el varón la quintaesencia de la reacción pura y dura?9 Fuera de la rueda estrictamente electoral, durante el año se han producido manifestaciones espontáneas de inmigrantes contra el ICE, en acciones que han enfrentado a los manifestantes contra un conglomerado de fuerzas de seguridad que ha incluido a la guardia nacional, fuerza militar que el gobierno ha lanzado sobre territorio interno. Por otro lado (y remarcamos exactamente esto: que hasta ahora han ido por otro lado), se han dado grandes manifestaciones anti-Trump que han escogido como lema principal #NoKings, lo que es muy ilustrativo de las corrientes que se entrecruzan actualmente en Estados Unidos y de las perspectivas a largo plazo que unas y otras tienen. Desde luego la lucha anti-woke del trumpismo es una parodia del viejo anti-comunismo, pero escoge términos y nociones políticas de profundidad histórica y que remiten abiertamente a la lucha civil, al combate armado en el seno de la nación. ¿Qué hay al otro lado? El anti-trumpismo, un conglomerado de cretinos parlamentarios, reformistas y oportunistas de las más variadas escuelas que se reúnen en torno a la bandera de la unidad nacional. Mientras los unos hacen de cada hito histórico de la nación estadounidense una línea de defensa de sus intereses de bloque, una excusa para la guerra interna, los otros se remontan nada menos que a 1776 para reivindicar la armonía total entre fracciones burguesas a través del recuerdo de un país sin reyes… don’t tread on me! Y efectivamente, ante este viejo trasto desempolvado por el oportunismo estadounidense, y que ha sido la bandera del oportunismo en el Estado español, los proletarios comunistas solo podemos darles la razón: para cometer un genocidio contra los nativos americanos y borrarlos del continente no se necesitan reyes; los confederados no tenían rey, pues los esclavistas eran los únicos reyes de sus fincas y de sus esclavos, como los burgueses lo son de sus fábricas y sus obreros; se puede pasar sin reyes para ejecutar un exterminio en masa en Filipinas; no hace falta monarquía para respetar al emperador de Japón mientras se lanzan bombas atómicas sobre sus súbditos; no hay que esperar a un real decreto para una Gladio ni para una Cóndor, ni para arrasar Vietnam con napalm o destruir Irak y Afganistán y a tantos otros; tampoco piden una corona para alimentar al terror genocida de Israel; etc. En fin, lo que está claro a día de hoy es que si la guerra civil estadounidense se repite, de momento no habrá bando anti-esclavista, al menos como partido, pues solo el proletariado revolucionario puede cumplir ese papel.

A modo de conclusión en este apartado, el mundo burgués ofrece constantes lecciones que, bien leídas, delinean los medios que las clases ponen en marcha para conducirse hacia la guerra civil. Esto puede deducirse de las formas explícitas en que la reacción más ultra se maneja en Estados Unidos. Pero si hurgamos un poco más sobre el terreno podemos extraer analíticamente, solamente a modo ilustrativo, y como baremo de la incidencia de las ideas entre las masas y de cómo interaccionan desde el punto de vista de la violencia política, algunas lecciones a través de tres momentos de la vida social estadounidense. Primer momento. Nueva York, diciembre de 2024: Luigi Mangione ejecuta, en una acción de terror individual, al CEO de una aseguradora sanitaria, provoca el pánico entre los directivos del sector y levanta una ola de simpatías transversal en las masas estadounidenses, entre las que puede decirse que ha calado el razonamiento básico, que encuentra una sólida fundamentación científica y popular, y que pueden contrastar en su realidad inmediata, sobre la caducidad del modelo sanitario. Es decir la cuestión está aceptada en términos de programa y, resuelto esto, con pocas palabras basta: «delay, deny, depose». Segundo momento. Washington D.C., mayo de 2025: Elías Rodríguez ejecuta, en una acción de terror individual, a dos burócratas sionistas, en una demostración de solidaridad con Palestina. Rodríguez, que desarrolló en una interesante carta sus motivos políticos, también levanta pasiones, pero estas alcanzan un radio de acción más limitado que se corresponde, sobre todo, con quienes están particularmente implicados en política, con la vanguardia. Sin duda, la defensa de la causa palestina se ha visto reforzada en Estados Unidos durante los últimos años, pero está lejos de haber penetrado entre las grandes masas populares. Tercer momento. Orem (Utah), septiembre de 2025: desde una distancia superior a los 100 metros, alguien con buena puntería le demuestra al fascista de Charlie Kirk que no tenía razón, lo que provoca desasosiego entre un amplio espectro de la vanguardia oportunista, que salta con todo tipo de reproches morales y se indigna, preocupada, porque considera la acción un paso más en la deriva hacia la confrontación civil armada10. Aquí, y por quién recibió el balazo (no por el tipo de acción), el problema de la guerra civil aparece en su forma bruta, como una cuestión de principios que sólo un reducto revolucionario de la vanguardia teórica considera aceptable, necesario, pero que es abrumadoramente rechazado incluso entre quienes consideran agotado el modo de producción capitalista y se plantean los medios más adecuados para su superación. Sirvan estos tres momentos casuales, anecdóticos incluso y que, insistimos, hemos desgajado deliberadamente de su completo contexto material, para ilustrarnos sobre qué requisitos objetivos debe cumplir el proletariado para actuar como sujeto independiente en la guerra civil que ha de provocar conscientemente. Para cumplir su misión, entonces, la vanguardia comunista debe recorrer el sendero dialéctico que va desde la demostración racional de la superioridad de sus principios y línea general entre la vanguardia teórica, a su difusión política entre la vanguardia práctica en forma de programa, cuya hegemonía entre este sector del proletariado cerrará la reconstitución ideológica y política del comunismo y abrirá, nuevamente, el tiempo histórico de su demostración práctico-revolucionaria. Si se completa aquel sendero, que empieza por situar la ideología proletaria al mando, la necesidad de la violencia revolucionaria por principio, del carácter políticamente justo de la guerra civil ante la caducidad histórica del mundo capitalista, estarán tan firmemente arraigados entre lo mejor del proletariado, que ya podrá considerarse partido de nuevo tipo preparado para iniciar la guerra civil revolucionaria.

Las contradicciones en el seno del capital monopolista estadounidense y el trasfondo de una nueva gran guerra imperialista

«Se cita al Dr. Kissinger diciendo que considera a Estados Unidos como Atenas y a la Unión Soviética como Esparta. “Los días de gloria de Estados Unidos han pasado y ahora es el momento de la Unión Soviética”. Y añadió: “Mi trabajo como secretario de Estado es negociar la segunda mejor posición disponible que sea aceptable”». Con estas palabras, el entonces candidato a la presidencia Ronald Reagan, denunciaba en 1976 la política de disuasión del Metternich de Nixon con la Unión Soviética y la idea de un equilibrio entre potencias. Si Kissinger realmente dijo esto es otro asunto, pero lo cierto es que el imperialismo yanqui atravesaba en esa década una profunda crisis que tenía su expresión tanto en la derrota de Vietnam como en una fuerte agitación interna, producto de los cambios que atravesaba el capitalismo estadounidense. No fueron pocos los que en aquellos años hablaban del declive del Imperio Americano, un periodo trufado de crisis que duraría desde 1968 hasta el momento en que terminaría de estabilizarse el bloque imperialista atlantista en 1980, como parte de un largo proceso de rearticulación y reajuste de toda la esfera capitaneada por Estados Unidos. Esta verdadera reforma del imperialismo, que se coronó con Washington ocupando aquella «ciudad sobre la colina», nos debe prevenir contra toda comprensión determinista y economicista de las relaciones inter-imperialistas; la jerarquía de relaciones dentro de la familia atlantista tuvo que alterarse para acomodar las nuevas necesidades del imperialismo con el giro neoliberal. Hoy la burguesía occidental se encuentra una vez más inundada por ese estado de ánimo tan spengleriano del declive de Occidente y, no menos consciente de que «las fuerzas de la historia le favorecen», el socialimperialismo chino viene demostrando, crecientemente, una superioridad industrial y tecnológica a la del viejo y gran hegemón. Precisamente es esa perspectiva histórica la que necesitamos para entender la nueva estrategia de seguridad nacional del peacemaker in chief de la Casa Blanca, pues en contra de las repetidas lecturas de los politólogos de turno, siempre al acecho del último giro de guion, Estados Unidos sigue moviéndose bajo la larga sombra de la trampa de Tucídides, lo que es de todo menos una novedad. Por supuesto, los tiempos obligan a incluir todo tipo de cambios y ajustes tácticos, algunos de los cuales tocan la estructura, pero el plano de obras se mantiene y se trata, únicamente de asignar prioridades, adjudicar costes y repartir cargas, pues como ya dijera Richard Nixon en 1969 «[los aliados] deben asumir mayores responsabilidades, por su bien y el nuestro». Por supuesto, el diablo está en los detalles y los cambios del imperialismo yanqui (cuyo pivote, valga la redundancia, fue el gráfico pivot to Asia) responden, no a una magnánima y bondadosa pérdida de interés por la unipolaridad, sino a la realidad de la profunda crisis de la estructura global y sistema de organizaciones que es el atlantismo, crisis que necesariamente se expresa en el corazón de dicha estructura. Síntoma de lo profundo de esta crisis es que ante la burguesía financiera estadounidense la cuestión se ha presentado como dilema entre preservación del Imperio y el dominio dentro de la Patria.

Frente a los rigores de la crisis siempre es bueno volver a los orígenes, que ayudan a proveer de certezas y seguridad a la política imperial yanqui. Por esa razón la estrategia de seguridad nacional de 2025 sitúa como primera prioridad el hemisferio occidental. La noción del Destino Manifiesto contiene, desde sus orígenes, una dialéctica entre excepcionalismo y universalismo que, sin duda, encuentra su anclaje material en la larga onda de la revolución burguesa, en cómo fueron asimilando, a lo largo de generaciones de emigrados europeos, las doctrinas de la emergente clase capitalista aquellos que terminarían por ser la vanguardia de la guerra de independencia y la clase dirigente de la nueva nación estadounidense. Y como resumió con agudeza el historiador, por lo demás oportunista sin remedio, Perry Anderson «las coordenadas que originaron el imperio surgieron al mismo tiempo que la propia nación»11. Fue la conquista del Oeste la que dio una dimensión continental a la nación norteamericana gracias a la adquisición de dos ricos territorios en la guerra contra México: Texas y California. Y así, abierto a dos vastos océanos, Estados Unidos pudo verse resguardado de cualquier amenaza externa a su dominio y, al mismo tiempo, crear las condiciones para controlar las líneas exteriores de la geopolítica mundial según la concepción mahaniana de los mares. Este es el contexto histórico, con sus premisas materiales y culturales, que dio forma política y cuerpo material a la hemisférica doctrina Monroe. La renovada y trillada guerra contra las drogas lanzada por la administración Trump, esta vez con la etiqueta de narcoterrorismo, no tiene otro propósito que mantener esa hegemonía hemisférica, que permitiría una proyección de poder más flexible. El imperialismo yanqui está forzando a los países de América Latina para que (re)abran las puertas a sus militares al tiempo que trata de expulsar al capital chino del continente, como se ha visto con el canal de Panamá. En Venezuela los gringos han acusado a Nicolás Maduro de dirigir un narcoestado que da cobijo al Tren de Aragua, una organización convenientemente declarada terrorista, y de transportar fentanilo a Estados Unidos, clasificada ahora como un arma de destrucción masiva... ¡vaya si hemos vuelto a Irak!

En el caso de Venezuela, el imperialismo yanqui, se ha concentrado, hasta ahora, no tanto en la preparación de una compleja y costosa invasión militar a gran escala como sí en la diplomacia de cañonero para coaccionar a la columna vertebral del Estado, a fin de generar un ruido de sables en el cuartel. A ello apuntan las amenazas de ataque contra los centros de mando del ejército bolivariano y la concentración de fuerzas militares, sin precedentes en el mar del Caribe, para bloquear la frágil economía venezolana. En el otro lado, Maduro ha continuado haciendo llamados a la paz y la convivencia con los corsarios que quieren esquilmar Venezuela: después de todo la revolución bolivariana nunca rompió con su inserción en la economía imperialista mundial a través del mercado petrolero, ni con las relaciones de clase asociadas a este entramado. De hecho, durante los últimos años Maduro se apoyó en las contradicciones inter-imperialistas hasta volver a congraciarse con el bloque atlantista a raíz de la guerra de Ucrania, aprovechando que los imperialistas occidentales se concentraban en expulsar a su querida Rusia del mercado petrolífero: si es que todo son ejemplos de la más elevada fraternidad en el mundo multipolar que se viene…Como sucedió en Irak, la presión imperialista contra Venezuela va de petróleo, pero no va de petróleo. Abundando un poco más en esto, los precios del crudo se fijan mayoritariamente en los mercados West Texas Intermediate y Brent del Mar del Norte, sin embargo, como explica Adam Hanieh, estos «no se basan en el intercambio físico del petróleo sino más bien en el comercio de derivados financieros» que se negocian en los mercados financieros NYMEX y la Intercontinental Exchange, situados en Nueva York y Europa occidental respectivamente, «siendo la mayor parte de las operaciones financieras en estos mercados realizadas por grandes bancos de inversión con sede en Estados Unidos». La hegemonía del dólar se sirve de estos contratos de futuro que dan forma a los petrodólares, pues «todos los otros tipos de petróleo en el mundo están vinculados a los precios de estos contratos»12. Por contra, el socialimperialismo chino viene desde 2012 promocionando su alternativa al capital financiero atlantista con el Shanghai International Exchange, con contratos de futuros de crudo denominados en renminbi y negociados con Venezuela o Brasil, lo cual es una afrenta al privilegio exorbitante del dólar. Así, la aventura militar de los gringos en Venezuela tiene como trasfondo el control de estos recursos estratégicos... y el sostenimiento del dólar. El otro aspecto de esta agresión imperialista se liga con la política interna, el despliegue militar del comando sur refuerza la lógica del enemigo interno al proyectar una amenaza externa en la forma de la inmigración que debe ser repelida en las costas y expulsada para depurar el país porque envenena la nación con la droga, que queda asociada jurídicamente a todo el entramado institucional antiterrorista mediante el narcoterrorismo. De hecho, uno de los objetivos del nazi judío Stephen Miller, subdirector de gabinete de la Casa Blanca, es utilizar la agresión contra Venezuela para invocar la ley de enemigos extranjeros, que permitiría acelerar las deportaciones masivas de inmigrantes, en este caso de miles de venezolanos. Por eso la política imperialista en América Latina es clave para la rearticulación que está llevando a cabo un sector de la burguesía estadounidense, siendo un medio de militarización de la política interna y ampliación de los poderes presidenciales.

Mirando hacia el oriente la perspectiva de una gran conflagración imperialista sigue muy viva, por más que el magnate de Mar-a-Lago agite la bandera de la paz y que la estrategia de seguridad nacional jure y perjure que el objetivo es «disuadir y prevenir un conflicto militar a gran escala». Como ya hemos dicho, la división fundamental en el seno del capital monopolista estadounidense en lo que a política internacional se refiere se encuentra en los ritmos de la confrontación anti-China, en los métodos para intentar conformar una base estable de masas y disciplinar un frente común entre sus aliados. Lo que refleja el nuevo documento de la Casa Blanca más bien es una tensión entre, por un lado, los sectores que, preocupados por el creciente poderío militar chino, consideran necesario hacer de Taiwán el punto de choque. Después de todo, la propia experiencia del hegemón norteamericano es esa, pues la conquista del Mediterráneo americano selló el dominio sobre el conjunto del continente. Para el gigante asiático ese Mediterráneo no es otro que el mar del sur de China, del mismo modo que Taiwán ocuparía el lugar de una Cuba, proporcionando acceso directo a la segunda cadena de islas y dividiendo el noreste y el sudeste asiático en dos teatros distintos. Al otro lado, dentro del sector decisivo de la burguesía yanqui, están quienes consideran que Taiwán no es significativa y puede ser abandonada y ponen todo el peso en un rearme industrial a largo plazo, valorando que Estados Unidos no está preparado para ese salto, pues necesita tiempo para generar cadenas de suministro que no sean dependientes de China, establecer capacidades de procesamiento de tierras raras (y aquí, de nuevo, América Latina es vital) y cambiar la relación entre el dólar y el resto del mundo para atraer inversiones y capacidad industrial, algo para lo que un dólar fuerte como moneda de reserva actúa como repelente. El objetivo, entonces, pasaría por forzar incentivos usando el dólar como palanca: este es el asunto central de la guerra comercial lanzada por Trump en abril, buscando extorsionar a otros mercados para que se abran a los productos estadounidenses y canalicen inversiones de capital industrial a Estados Unidos. Esta ronda de aranceles también tuvo como objetivo a China, continuando la política iniciada en 2018 de contención. Sin embargo, a diferencia de entonces, la clase dominante china no se ha conformado con absorber el golpe, sino que ha respondido a los aranceles y embargos estadounidenses con la misma moneda, con restricciones a minerales críticos. Si entonces el imperialismo estadounidense contaba con una clara ventaja tecnológica que le permitió estrangular el suministro de semiconductores, como le pasó a Huawei, desde entonces las grandes tecnológicas chinas han tomado la delantera en 5G, avanzando incluso en 6G (Huawei), trenes de alta velocidad, vehículos eléctricos (BYD), baterías eléctricas (CATL) y drones (DJI). Ciertamente el fuerte impulso de China para ascender en la cadena de valor tecnológica e industrial se produjo a costa de una enorme crisis inmobiliaria nacional (ya que el capital se redirigió hacia la industria) y, en suma, de la clase obrera. Es decir, China decidió demoler de forma controlada su burbuja inmobiliaria (Evergrande), redirigiendo todos sus recursos financieros del consumo y del sector inmobiliario hacia un único objetivo: desoccidentalizar las cadenas de suministro y tecnología, con un gran coste para su base de inversores, el crecimiento económico y el consumo interno, e incluso para su tasa de natalidad, que se ha desplomado de 18 millones en 2016 a 9 millones en 2023. En contra de toda concepción economicista vulgar, el Estado socialfascista chino, como capitalista colectivo, sacrificó todo aquello que consideró superfluo en favor de tener los medios para enfrentar a Estados Unidos.

La tregua de Busan acordada entre Donald Trump y Xi Jinping en noviembre no ha sido otra cosa que una derrota de Estados Unidos, un reconocimiento de que han perdido la ventaja y de que ahora son las cadenas de suministro de Estados Unidos las más vulnerables. Si Washington tuvo que ceder fue porque sin las tierras raras chinas –cuyo proceso de refinamiento está también altamente dominado por la industria china– la industria armamentística estadounidense se vería prácticamente paralizada. O como mínimo, tendría dificultades para ayudar a sus aliados (Israel o Ucrania) a reponer sus existencias en tiempos de guerra. Así lo dijo el director ejecutivo de Raytheon, que se opuso a un desacople de China pues «no hay alternativa», igual que el director ejecutivo de Ford, que tuvo que cerrar fábricas ante la escasez de tierras raras. Por eso mismo, un sector importante de la burguesía monopolista yanqui parece insistir en que se debe reconsiderar la relación con China, aceptando por ahora una détente temporal. Tras la cumbre de Busan, la Rand Corporationthink tank vinculado al Pentágono– publicó un informe en el que se argumentaba que, en lugar de tratar a China como adversario, a largo plazo sería beneficioso para los intereses de Estados Unidos establecer una relación más constructiva con este país. El informe llegaba incluso a destacar que Estados Unidos no tiene realmente «ningún interés nacional importante que defender en Taiwán». Curiosamente el informe fue retirado al cabo de un par de semanas. Pero es indicativo de un cambio de actitud entre algunos de los miembros del complejo militar-industrial estadounidense, menos entusiastas ante los golpes de pecho y más favorables a preparar mejor el terreno. Pero como veremos, y como refleja el hecho de que se retirara el documento, no es este el sector del gran capital el que por ahora parece llevar la voz cantante.

Debemos recordar que si mientras la economía china sufrió una fuerte desaceleración económica, la burguesía financiera yanqui ha gozado de altísimas ganancias de capital bursátil durante estos últimos siete años. Dado que la capitalización bursátil de EEUU es ahora más del doble del valor del PIB estadounidense, mantener la estabilidad de los precios de las acciones es ahora esencial para mantener el crecimiento económico de Estados Unidos. Esta dependencia de la bolsa, además, viene sustentándose durante el último año en lo que parece ser una burbuja de la inteligencia artificial, cuya capitalización en el mercado bursátil corresponde a alrededor del 80% de las ganancias de acciones estadounidenses en 2025. Esta situación hace muy difícil que Estados Unidos pueda planear una industrialización en los mismos términos que China, pues la política industrial casi siempre reduce el rendimiento de capital invertido. Además, los inversores extranjeros se han acostumbrado a los extraordinarios rendimientos que ofrecen las empresas tecnológicas estadounidenses, cuyos modelos de negocio generan inmensos flujos de caja a partir de inversión de capital físico o mano de obra mínima. Las redes sociales, el software, la tecnología financiera y las telecomunicaciones móviles son industrias intrínsecamente poco intensivas en capital. Por el contrario, el sector militar y las fábricas de refinamiento de tierras raras o semiconductores son sectores intensivos en capital y es casi seguro que generarán rendimientos muy inferiores a los obtenidos por los líderes tecnológicos tradicionales, como Alphabet, Meta y Microsoft. Para empeorar las cosas, esos mismos gigantes tecnológicos tradicionales se han vuelto cada vez más intensivos en capital, impulsados por su compromiso unánime de invertir recursos ilimitados en la fantasía, perfectamente acorde con la propia lógica que genera el capital financiero, de construir lo que llaman una Inteligencia Artificial General (AGI). El resultado es que los incentivos financieros para que los inversores extranjeros financien la política industrial estadounidense destinada a la autosuficiencia tecnológica y manufacturera son bajos y ese cambio corre el riesgo de provocar salidas de activos que financian los enormes déficits comerciales de Estados Unidos. La consecuencia política de esta dinámica general es que el sector de la burguesía financiera vinculado a Silicon Valley viene ganando un peso considerable en la política exterior y su simbiosis con el aparato militar durante 2025 es una muestra de esta tendencia. El ejército estadounidense ha nombrado a cuatro ejecutivos de empresas tecnológicas como oficiales de reserva con rango de teniente coronel (específicamente ejecutivos de Palantir, Meta, Thinking Machine Lab y OpenAI), que han pasado a formar parte del Destacamento 201, el Cuerpo Ejecutivo de Innovación. Shyam Sankar, de Palantir, considera que Estados Unidos se encuentra en un «estado de emergencia no declarado» describiendo su participación en el ejército como un proyecto similar al de Oppenheimer, siguiendo un argumentario plagado de referencias explícitas a las dos guerras mundiales precedentes13. Estas empresas tecnológicas han entrado en el circuito de los grandes contratistas de defensa, quitando espacio de mercado a los tradicionales big five, en una muestra de la confianza yanqui en que la carrera armamentística se decide por el desarrollo de la inteligencia artificial. Por lo que la reciente derrota en la guerra comercial acelera las angustias de quienes piensan que Estados Unidos debe hacer uso de su actual ventaja militar para enfrentar a China antes de perderla.

Desde el punto de vista de la carrera armamentística entre imperialistas, la cuestión no es si China alcanzará el nivel de sofisticación tecnológica yanqui, por el contrario, la cuestión es si Estados Unidos será capaz de alcanzar el nivel de escala industrial de los chinos. Tómese como ejemplo práctico esto: Estados Unidos todavía cuenta con los chips de alta gama de Nvidia y las máquinas ASML, pero la ventaja industrial cuantitativa china ha demostrado ser más eficiente con los modelos de DeepSeek y Qwen de Alibaba, sin necesidad de las gigantescas inversiones que exigen empresas como OpenAI. Por eso en China están confiados: «una potencia industrial nunca ha perdido cuando es desafiada por una potencia financiera - incluso cuando esa potencia financiera resultó ser la hegemonía mundial reinante», ha comentado Lu Feng, un reputado economista chino que plantea que es el momento de redoblar la producción industrial, pues cuanto mayor y más diverso sea el sistema industrial de un país, que incluye no sólo diferentes sectores sino también factores de apoyo como la educación y la financiación, tanto más rápido será su avance tecnológico. De la misma forma parece pensar Yifu Lin, economista, cercano al Kuomintang continental, defensor de continuar apostando por políticas expansivas de crecimiento y esperar al estallido de la burbuja de la IA en Estados Unidos. Y es que esta creciente confianza del socialimperialismo chino en su propia capacidad ha ganado peso en 2025, algo que también ha podido verse en las cada vez más recurrentes operaciones militares de entrenamiento y preparación para un bloqueo y posible invasión de Taiwán desde 2022. El ejército chino se ve en condiciones de desafiar a Estados Unidos en el terreno militar y si algo le falta al socialfascismo es un sistema, un régimen que exportar más allá de sus fronteras nacionales. El citado Lu Feng, que por supuesto es un tipo de orden en la nueva vieja China, considera que la rivalidad entre Estados Unidos y China es una competencia entre dos sistemas: el “socialismo industrial” chino y el “capitalismo financiero” estadounidense.14 Más ventajas de la multipolaridad, que es lo que antaño se denominaba ultraimperialismo: estas dos formas de dictadura del capital, que durante años han convivido simbióticamente en provecho del saqueo y el expolio de los países oprimidos, ahora se canibalizan amenazando a la humanidad con un holocausto nuclear.

Si el hemisferio occidental parece ser la nueva prioridad de la administración Trump y China el gran competidor a batir, en Europa es donde se fragua el nuevo régimen internacional del bloque imperialista occidental, pues es donde Estados Unidos históricamente ha encontrado la densidad de relaciones capitalistas suficiente. Así fue en el caso de Woodrow Wilson, y también lo fue con Roosevelt y Truman. Decíamos que el imperialismo yanqui ya había realizado un profundo reajuste de jerarquías y responsabilidad durante la crisis de los años setenta con la transformación neoliberal. De la misma forma, estos días, todo indica a un reajuste ante el agotamiento de este modelo de acumulación, instaurado con la unipolaridad. Los contornos exactos los desconocemos, pero la figura que emerge ante la fractura del bloque euro-atlántico es la de un nacionalismo que asegure un cierre de filas más cohesionado como defensa de la Europa blanca, cambio de régimen que viene siendo anunciado por el vicepresidente y nacionalista cristiano J. D. Vance. La idea de fondo, que merodea desde hace tiempo pero que va tomando forma, es la de delegar la responsabilidad de la guerra contra el imperialismo ruso a la Unión Europea; lo que permitiría a Trump, de forma similar a Nixon, quien quería vietnamizar el conflicto para llegar a un posible entendimiento con China, europeizar el conflicto ucraniano para alcanzar un entendimiento con Rusia. Y nuestra clase debe tener claro que el capital monopolista europeo está trabajando activamente para enviarnos a la carnicería imperialista, como demuestra la aprobación del servicio militar obligatorio por cuotas en Alemania y el servicio militar voluntario en Francia. Y para que se afirme como nuevo sentido común, el jefe del estado mayor francés, sucesor de los Joffre y los Pétain y que opina que hoy debe prevalecer «la fuerza del espíritu para aceptar el sufrimiento con el fin de proteger quiénes somos», lo ha dejado meridianamente claro: «[la nación] debe estar preparad[a] para aceptar perder a sus hijos».

Ucrania: guerra y fascismo; fascismo y guerra

El mes de mayo Alemania inauguró en Lituania, y en medio del jolgorio de la ecúmene liberal del jardín, la base militar que debe albergar a la nueva 45ª brigada blindada de la Bundeswehr y que estará completamente operativa en 2027. La cita fue especialmente emotiva para la burguesía alemana puesto que hacía como unos 80 años que no establecía a sus tropas, con visos de permanencia, en el extranjero. En aquel entonces sus fuerzas armadas respondían al nombre de Wehrmacht y, del mismo modo que la cruz de hierro sigue adornando los blindados germanos, en la primavera de 1944 todavía se decía lo que el canciller alemán repitió en la primavera de 2025: «defender Vilna es defender Berlín». Este podría ser el resumen del estado de la cuestión de la guerra imperialista en Ucrania en lo que toca a la diplomacia: cualquier tipo de armisticio que pueda producirse no será más que un paréntesis para acumular fuerzas en la guerra contra Rusia. Pero para alcanzar ese paréntesis la guerra en curso debería tocar a su fin, perspectiva que de momento no ha hecho más que prorrogarse, entre otras cosas, por la presión de las capitales europeas. Como avanzamos en marzo (Fuck the EU! ¡No a la guerra imperialista!) la Unión Europea ha devenido en el más fiel bastión del atlantismo en su forma clásica y si algo ha hecho en lo que se refiere a las negociaciones con Moscú ha sido representar el sector más recalcitrante, el más renuente a cualquier tipo de pausa en el conflicto: ahí está la reciente aprobación de un préstamo de 90.000 millones de euros sin intereses para que Ucrania pueda seguir combatiendo. Las correlaciones de fuerza y los equilibrios al interior del bloque atlantista forzaron la ruptura de vínculos entre Alemania y Rusia, vínculos esencialmente económicos que habían mantenido a los alemanes en una posición relativamente moderada (comparada con los yanquis y los ingleses) sobre el conflicto con los rusos. Pero liberada de aquellos vínculos, su sometimiento a la disciplina atlantista ha transformado a esta potencia imperialista, o más bien la ha devuelto, a la posición de enérgica potencia anti-rusa. Y es esto, haber asumido la inevitabilidad del conflicto directo con Rusia, y no la supuesta preocupación por la soberanía e integridad territorial ucraniana, lo que hace de las capitales europeas las primeras interesadas en que, hasta ahora, haya prevalecido la consigna de seguir combatiendo hasta el último ucraniano. Por supuesto, lo que opinen de esto las masas ucranianas secuestradas y recluidas en trincheras no importa absolutamente nada, pero ¿acaso importó alguna vez? Todo esto, claro, es un éxito del imperialismo estadounidense y de nuevo una demostración de que su hundimiento como superpotencia tiene un alcance histórico, expresa cambios en las profundas corrientes en que se sostiene su poder, pero eso no implica que en el escenario inmediato no siga siendo la primera fuerza militar y la que parte, en el contexto de contradicciones inter-imperialistas, con la ventaja estructural de seguir manejando todo un conjunto de mediaciones, aunque estén en crisis, para defender sus dominios y poner firmes a sus vasallos.

Por su lado, el imperialismo ruso evaluó incorrectamente sus fuerzas en 2022 y lo que en su cabeza realmente era una operación militar especial para enmendar el régimen de Maidán y volver a los viejos equilibrios de la Ucrania post-soviética, se convirtió en una prolongada guerra de desgaste que ya ha superado en duración a la participación rusa en la primera guerra mundial. Pero desde ahí, Rusia ha sido capaz de leer su derrota en el campo de batalla: sólo así pudo adaptarse a la situación para recomponer sus fuerzas y reajustar sus objetivos, alterando el cuadro de su perspectiva económica interna, de sus relaciones internacionales y de su disposición militar en la guerra en curso, tanto desde el punto de vista de los recursos dispuestos sobre el terreno como de las tácticas a implementar. Así, Rusia ha terminado recuperando y reteniendo la iniciativa estratégica en el campo de batalla, acotando esta impresionante guerra de desgaste, con centenares de kilómetros de frente, en unas condiciones asumibles y favorables a sus reformulados objetivos. Sobre el terreno esto se ha comprobado en los últimos meses, donde el ritmo de avance de las tropas rusas, lento pero sostenido sobre una presión constante en todas la línea del frente a través de la acción de la infantería apoyada por los drones, ha terminado por hacer caer fortalezas y ciudades de primera línea como la de Seversk (en Donetsk, abriendo condiciones para el rodeo, desde el norte, de las ciudades de Sloviansk y Kramatorsk) o Giuliapole (en Zaporozhie, en el corazón del corredor ruso que une el sureste de Ucrania) y, sobretodo, le ha permitido tomar definitivamente, y tras cercar a las fuerzas proxys del atlantismo, el que fue uno de los más importantes nodos logísticos de los ucranianos, y que conectaba los frentes sur y este: Pokrovsk.

Por otro lado, las fuerzas ucranianas únicamente pueden celebrar sus avances dentro de Kupiansk, en Járkov. Allí han forzado un repliegue táctico de los rusos, probablemente a costa de consumir una parte importante de las reservas que les quedan a estas alturas. Y es que la falta de tropas sigue siendo el principal problema que se encuentran en el frente los ucranianos. Solo el primer semestre de 2025 se abrieron más de 100.000 expedientes por deserción (casi los mismos que en los tres años anteriores juntos) y parece que los castigos a los desertores no contabilizados oficialmente se han tenido que relajar a fin de que, quienes abandonen el frente, puedan volver en algún momento (se estiman en más de 200.000 los que se han ausentado del frente sin permiso). La falta de personal ha llevado, hace apenas unas semanas, a disolver la legión internacional (que vivía relativamente cómoda) para reubicar a sus voluntariosos miembros (mercenarios, libertarios y nazis extranjeros) en otras unidades de primera línea donde podrán disfrutar hasta el último momento de sus vacaciones en Ucrania. La situación es tal que Andriy Biletsky se queja de que «el país no está combatiendo». En septiembre este jefe azovista, conocido como el Führer blanco, fue ascendido a general de brigada, luego de que su brigada fuese transformada en el 3º cuerpo de ejército. Porque durante este año el ejército ucraniano ha iniciado su transformación organizativa, pasando del nivel de brigadas al nivel de cuerpos de ejército. Desde el punto de vista puramente militar este cambio es altamente significativo pues, al contrario que las brigadas, los cuerpos tienen una estructura de mando propio, estable, disponen de su propio personal y son autónomos a nivel operativo, pudiendo cubrir más de 100 km en la línea de frente (una brigada cubre en torno a 30 km). Por supuesto, cuentan con un equipamiento y disponibilidad de material mucho más elevada que las brigadas. Otra cuestión son los problemas asociados a este cambio: si todo salto organizativo trae aparejado un momento crítico, de desorden antes de que se consoliden la nueva jerarquía y los nuevos métodos (si es que llegan a cuajar), en la grave situación que atraviesa el ejército ucraniano esto pone en cuestión la efectividad militar, a corto plazo, de estos cambios. No sólo por la combinación de estructuras militares diferentes, con mandos y estilo de trabajo dispares, sino porque faltan hombres, en cantidad y calidad, para cubrir la compleja red organizacional que pretenden poner en funcionamiento. Y, no menos importante, porque el Estado ucraniano depende por completo de la financiación y el suministro militar del atlantismo. Las implicaciones políticas de esta transformación organizativa son de la máxima importancia, pues es expresión de las correlaciones de fuerzas dentro de la clase dominante ucraniana. Y es que, ante todo, define el lugar imprescindible del fascismo y su continuada ascendencia dentro del aparato del Estado desde 2014 y, sobre todo, desde 2022: demostración de que el fascismo se ha convertido en la columna vertebral de las fuerzas armadas es que las brigadas Azov han sido las primeras en pasar a cuerpo de ejército, lo que implica que toda la estructura militar del Estado se está reorganizando en torno a ellas.

Hay que notar que el uso del plural cuando nos referimos a Azov tiene una dimensión cualitativa pues hay dos: el Azov de Biletsky y el Azov de Denis Prokopenko. Inicialmente esta escisión se remonta a febrero de 2022, cuando la invasión rusa tuvo como respuesta el surgimiento de milicias y fuerzas territoriales que, por lo general, se montaron por iniciativa de veteranos de la guerra del Donbás entre los que destacaban estos nazis. A partir de ahí aparecen dos centros de poder, uno vinculado a Biletsky, fundador del movimiento en 2014, y el otro a Prokopenko, cuya estrella ascendió por ser uno de los comandantes de los fascistas que se refugiaron en la vieja fábrica soviética de Azovstal durante el asedio de Mariúpol. Después fue liberado por los rusos (otro ejemplo más del alcance de la desnazificación) y, tras un breve paso por Turquía, volvió a Ucrania para reclamar la dirección del azovismo, asunto importante, más allá de la mezquindad personal de estos fascistas, porque ello viene vinculado al control de las redes de financiación, la recepción de equipamiento militar, etc. Pero más allá de estas cosas nazis, las dos casas Azov se han convertido en la base militar y política operativa imprescindible para controlar la vida ucraniana y para ejercer la dictadura burguesa en aquel sufrido territorio. El 1º cuerpo Azov (Prokopenko) forma parte de la guardia nacional, por lo que depende directamente del ministerio de interior. Por su parte, el 3º cuerpo Azov (Biletsky) está integrado en el ejército, por lo que está vinculado al ministerio de defensa. El primero se ha asociado políticamente con el atlantismo: no se nos malinterprete, todos estos nazis forman parte, por procuración, de la colosal montaña de basura que es la OTAN, pero en el caso del 1º cuerpo han aceptado sin problemas el libro de estilo de la conducta liberal-occidental, es decir, que respecto a la agenda económica para Ucrania, el feminismo, los derechos LGTB, etc., les da igual so que arre mientras el Banco Central Europeo pague por matar rusos. Puede decirse que son uno de los tentáculos del viejo establishment yanqui en el frente de batalla europeo y, consecuentemente, en la política local estos fascistas se han convertido en un punto de apoyo de la burguesía liberal de Kiev, cuyo favorito en la subasta por sustituir a Zelensky sigue siendo el general Zaluzhnyi, quien disfruta de un diplomático retiro en Londres. Este sector de la burguesía ucraniana es el que más fervorosamente defiende la continuación de la guerra bajo cualquier circunstancia y no es de extrañar: la región sureste de Ucrania (la primera línea de combate en esta guerra) les resulta completamente ajena; quienes mueren en el conflicto son las masas proletarias y, muy particularmente, las masas de esas regiones a las que, en su fanatismo racista, consideran manchadas culturalmente, demasiado rusas y, por lo tanto, ganado sacrificable en el altar de la nueva Ucrania. De hecho, Biletsky, nazi de Járkov, es considerado entre los más distinguidos círculos patrióticos de Leópolis y Kiev como poco menos que un agente ruso.

Por el contrario, esta otra rama principal del nazismo azovista, el 3º cuerpo del Führer blanco, puede considerarse un auténtico movimiento político-militar de masas (tiene una estructura partidaria civil denominada cuerpo nacional) y esta característica le dota de una relevante independencia y referencialidad que no ha hecho más que crecer en estos años y desde la cual ha sabido manejar sus relaciones con los distintos clanes oligárquicos de la burguesía ucraniana, lo que incluye a un Zelensky que está beneficiando a esta rama fascista en detrimento de las otras, intentando buscar algún tipo de soporte de masas real, toda vez que las élites atlantistas le han retirado el apoyo irrestricto con el que contó desde 2022. Biletsky es una de las voces más autorizadas y firmes que reclaman un alto el fuego, la firma de la paz con Rusia. ¿Una paz para qué? Para convertir a Ucrania en el Israel de Europa. Biletsky quiere consumar el programa nazi para el país del Dniéper en todos sus aspectos, es decir, completar la limpieza nacional y asegurar el compromiso militar de toda la población: si la guerra con Rusia es el precio que tiene que pagar Ucrania para entrar en la Unión Europea (como repiten en Kiev), participar jubilosamente en la guerra es el precio para ser ciudadano en el régimen de Maidán, al que este Azov quiere dar la última vuelta de tuerca para alcanzar el modelo Völkisch de sus colegas sionistas. Biletsky sueña con un ejército profesional homologable al modelo OTAN que, basado en la experiencia acumulada en esta guerra y reconociendo la inferioridad numérica de los ucranianos (que será aún más notable si se termina de aplicar el programa de limpieza contra los considerados malos ucranianos), articule una doctrina militar para la conquista de la superioridad tecnológica ante los rusos, pues según sus cuentas, esta es la única posibilidad que tienen de hacer frente a la superior masa poblacional rusa. A esto lo llama forzar una paz militarizada, a la espera de una smuta rusa (que dan por sentada) que en un futuro cercano abra la veda a un nuevo período de conquistas hacia el este. Hay matices tácticos, hay diferencias técnicas, pero los nietos europeos de Hitler y los herederos ucranianos de Bandera siguen apuntando, estratégicamente, en el mismo sentido. Por eso cualquier paz, llegue antes o después, sólo será un compromiso temporal para acumular fuerzas cara a un enfrentamiento a mayor escala.

Nos hemos fijado en el azovismo porque el nazismo banderista se ha convertido en la centralidad de la política ucraniana. Por supuesto, el fascismo tiene muchas más ramificaciones en Ucrania que, ni mucho menos se agotan en el mundo Azov, y que están bien parapetadas dentro del régimen de Maidán, como es el caso del partido fascista Svoboda (en agosto fue ejecutado en un atentado, mientras iba confiado por las calles de Leópolis, Andri Parubi, fundador de este partido y presidente del parlamento tras el golpe de 2014). La división del movimiento fascista en múltiples escuelas, en diferentes fracciones partidarias y militares, lejos de ser un síntoma de debilidad, es una muestra de su fortaleza dentro del entramado social y del aparato de Estado ucraniano, de los que se ha convertido en factor esencial de su reproducción. Inevitablemente también se ha convertido en un reproductor de las mismas tendencias sobre las que se ha elevado, siendo una de ellas la división en clanes oligárquicos de la burguesía ucraniana. Pero no cabe simplificar esto ni considerar que se trata de los viejos clanes con otro ropaje: el fascismo ucraniano está alimentado por la movilización militarizada de las masas a través de la guerra contra Rusia en una dinámica que revela en toda su crudeza el funcionamiento de la dialéctica masas-Estado y que arroja no pocas lecciones respecto a la destreza que la burguesía ha alcanzado en su manejo. No podemos olvidar, a modo de lección a través del enemigo de clase, que el banderismo fue derrotado por el proletariado soviético hace 80 años y que, tras la liquidación de la insurgencia nacionalista, se vio obligado a pasar 50 años en la clandestinidad para luego re-emerger en la escena de masas cuando se dieron condiciones políticas para ello. Por supuesto, esa trayectoria desde la clandestinidad al dominio de las más fundamentales palancas del Estado ucraniano es inseparable de su agencia de clase y de la ayuda incesante del imperialismo. Pero sirva la trayectoria de este enemigo al que un día derrotó nuestra clase para recordar la vieja lección: los ejércitos derrotados aprenden celosamente.

«Defenderemos las conquistas de Octubre»

El mundo vive tiempos interesantes, tan interesantes que en este Editorial hemos debido concentrarnos en los más calientes puntos dentro de la geografía del sistema imperialista mundial para comprender cómo se están expresando en estos momentos las tendencias de fondo en el interior de este mismo sistema. Para ello hemos acudido a Oriente Medio, nos hemos detenido en la variante interna y externa de la crisis estadounidense (con su correlato en las tensiones con el otro gran centro imperialista que es China) y hemos debido decir algo sobre las formas que adquiere el auge del fascismo en Europa. Todo esto nos ha obligado, últimamente, a orillar la propaganda y la publicidad de nuestro análisis respecto a las luchas de clases en el Estado español. Pero, obviamente, por ser esta la formación social en la que nos encontramos, reviste para nosotros el máximo interés y, en última instancia, los ajustes tácticos que puedan ocasionar todos aquellos desplazamientos de clase a escala internacional tenemos que medirlos al son de las condiciones concretas de la lucha de clases en el Estado español. Dejando para otra ocasión un análisis más pormenorizado de este eslabón de la cadena imperialista (no obstante, este número de Línea Proletaria contiene un profundo análisis de las contradicciones de la clase dominante de este país ligadas a su posición en el ámbito internacional: véase La Casa Ucrania) la que en su momento denominamos crisis de la Restauración 2.0 prosigue su curso y, como no podía ser de otro modo desde que el capital monopolista se aseguró el adelgazamiento de la aristocracia obrera y el grave empeoramiento de las condiciones de vida de las masas proletarias, la cuestión nacional ha seguido estando en el centro de las disputas de la gran lucha de clases, siendo que su curso, agotado el movimiento de masas catalán, sigue, casi siempre, los conductos del parlamentarismo. En 2025 el tribunal de justicia de la Unión Europea dio visto bueno a la ley de amnistía promulgada por el gobierno Sánchez en 2024. El simple hecho de que la disputa en torno a este ley haya debido ser arbitrada por tribunales europeos ya es todo un síntoma de la grave brecha abierta entre la burguesía. Por supuesto, aquella generosa ley lo primero que hizo fue retirar los cargos contra… ¡decenas de policías antidisturbios! En todo caso esta amnistía, en lo que repercutió a líderes y miembros del movimiento nacional catalán sirvió, en su forma burguesa, parlamentaria, de trapicheo, como un atenuante del problema nacional hasta el punto en que logró desactivar la mayoría independentista en las elecciones de diciembre de 2024: Illa se convirtió no sólo en president de la Generalitat, sino en el primer socialista en ganar las elecciones autonómicas en Catalunya. Este atenuante de la cuestión nacional fue el que permitió replicar el bloque social-plurinacional que hoy se desmorona y, como contrapartida, sirvió de alimento al bloque nacional-español que lanzó su contraofensiva en el interior del aparato de Estado (contra el fiscal general finalmente depuesto) lo que es, de nuevo, una fiel imagen del nivel al que están llegando las rupturas en el seno de la clase dominante.

Como suele ocurrir en estas tierras, la sentencia contra el fiscal general (enésima demostración de que la justicia burguesa no necesita pruebas, sino fuerza de espíritu) activó en nuestros demócratas sus más elevadas virtudes antifascistas, quienes salieron a la calle en señal de protesta. Y entre sus heraldos ¡el juez Garzón! Que el jefe del sumario 18/98 se pasee por ahí tranquilamente demuestra hasta qué punto han quedado silenciadas las formas democráticas y pequeño-burguesas de expiación de los pecados oportunistas; y también nos demuestra la escasa originalidad de los productos que promueve el lento hundimiento del régimen del 78: ¡la zorra sigue estando al cuidado del gallinero! Este revival también nos recuerda algo: el papel que el oportunismo y el revisionismo jugaron en el régimen, el espacio que ocupó siempre el comunismo republicano, que no era otro que el de correa de transmisión de la burguesía. Así es, hasta hace cuatro días la izquierda extra-parlamentaria, muy antifascista, muy republicana y hasta muy comunista, sirvió como puntal del régimen desde su periferia, como factor de reproducción de todos los prejuicios oportunistas entre la vanguardia del proletariado y como dispositivo para, de ser necesario, encuadrar cualquier estallido de masasno lo saben pero lo hacen. Estos mamporreros revisionistas no se dieron cuenta de que eran eso, mamporreros con una función muy específica dentro del complejo proceso de reproducción del capital. Por eso, cegados por la supuesta radicalidad obrera de su propia verborrea, ensimismados con la práctica sindical alternativa que se traían entre manos, se sorprendieron cuando otros oportunistas fueron los que gozaron del premio final: atención de los mass media, representación del movimiento espontáneo de masas, institucionalidad y hasta gestión de gobierno para lucir en el currículum de por vida. Hoy no sólo estos oportunistas revenidos que lograron cabalgar la ola del movimiento de masas hace una década, sino hasta los ministros del gobierno con más gasto militar de la historia se quejan de los franquistas y los reaccionarios que están dentro de la judicatura y limitan nuestra democracia. Y esto, claro, mientras siguen pisoteando la memoria de los obreros y campesinos revolucionarios que lucharon contra el fascismo el siglo pasado, algo que jamás perdonaremos a toda esa morralla.

Y en estas llegó un Torre-Pacheco: en verano, este municipio de Murcia fue escenario de varios días de tumulto, de un auténtico pogromo contra la población magrebí, donde hay un alto componente de jornaleros del campo. Situado en la diana, expuesto como chivo expiatorio de todos los males nacionales, el proletariado migrante debe sufrir todas las cargas dentro de quienes ya sufren todas las cargas de este mundo. Mientras el fascismo escenificaba su escuadrismo callejero (como habían hecho un año antes en València durante los primeros días de la DANA) constatando que ya ha devenido movimiento de masas (algo de lo que debe tomar muy seriamente nota la vanguardia proletaria, tal y como venimos insistiendo desde hace años), los imanes de la zona llamaban a los jóvenes inmigrantes perseguidos a mantener la calma mientras un anónimo importante representante de la comunidad musulmana mostraba su desolación ante la prensa: «son chicos apátridas, a los que les cuesta integrarse», «son muchachos que no hablan árabe, pero que tampoco son considerados españoles. Han nacido aquí, pero están en tierra de nadie»15. Y he aquí, entre los lamentos piadosos de un pacífico burgués bienpensante, el hilo entre judeobolchevismo e islamoizquierdismo, el pánico que produce entre la burguesía el sólo hecho de pensar en el universal desarraigo al que está sometida la masa honda y profunda del proletariado. Los comunistas también debemos lamentarnos, pero no porque estos obreros no se integren en la vieja y podrida sociedad burguesa, sino porque aún queda un buen trecho para generar las condiciones para que aquel sector de nuestra clase se integre en masa en el movimiento revolucionario de su clase. Así mismo, este no lugar que el proletariado ya ocupa objetivamente en la sociedad capitalista nos señala, precisamente, que son esas condiciones subjetivas, ideológicas, políticas, militares, las que debe conquistar la vanguardia proletaria, pues sólo desde éstas, la universalidad consciente que porta el comunismo podrá revolucionar la universalidad espontánea que ya ha creado el mundo burgués, fundiendo en Partido Comunista al socialismo científico y el movimiento obrero. Los mecanismos objetivos para el desenvolvimiento de este proceso no podrían ser más endiabladamente sencillos. Ahora que el fascismo reemerge en su forma más brutal y explícita es bueno recordar, estudiar, comprender dialécticamente, la forma en que nuestra clase derrotó al nazi-fascismo durante el ciclo de Octubre. Como contribución a este ejercicio, el lector encontrará en las páginas de Línea Proletaria el trabajo La línea militar revolucionaria y la victoria del Ejército Rojo sobre el nazi-fascismo. Aquí sólo nos queda recordar un viejo cartel que muestra a un soldado rojo propulsado por la experiencia revolucionaria soviética, por la guardia roja de 1917, y a cuya base una consigna sella el más alto compromiso que puede adquirir un ser humano: «defenderemos las conquistas de Octubre». Hoy esas conquistas no tienen la forma real y tangible de un Partido bolchevique dirigiendo un Estado soviético con su Ejército Rojo. Hoy, entre dos ciclos revolucionarios y en medio de la más grave crisis mundial, aquella praxis revolucionaria tan solo es historia. Defenderla, dialécticamente, a través de la lucha de dos líneas y el Balance, es el medio para recuperar su universalidad y aperturar un nuevo ciclo revolucionario.